domingo, 12 de julio de 2026

"Cayó en tierra buena". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra en este Domingo XV del Tiempo Ordinario, nos invita a contemplar el misterio de la comunicación de Dios con nosotros. Vivimos en un mundo saturado de palabras: discursos políticos, noticieros, redes sociales, publicidad... Muchas de esas palabras son vacías, pasan de largo y no transforman el corazón para nada. Sin embargo, las lecturas de este domingo nos presentan una Palabra totalmente distinta. La Palabra de Dios no es un sonido hueco; es una fuerza viva, una semilla cargada de eternidad, un proyecto de amor que busca dar fruto en nuestra propia historia. Dios es el Sembrador generoso que no se cansa de esparcir su vida en el terreno de nuestra existencia.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos regala una de las imágenes más hondas de la Sagrada Escritura: la lluvia y la nieve que bajan del cielo. El Profeta escribe en un contexto de desierto, donde el agua es sinónimo estricto de vida. La lluvia no cae para quedar suspendida o evaporarse de inmediato; cae con una misión clara como es empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé semilla al sembrador y pan al hambriento. Isaías nos enseña una verdad fundamental sobre Dios: Su Palabra siempre es eficaz; Dios no habla en vano. Así como la naturaleza responde al ciclo del agua, la creación y la historia responden a la voz del Creador. Cuando Dios pronuncia una palabra, algo acontece, algo se transforma. Su Palabra no volverá a Él vacía, sino que cumplirá su deseo. Esta lectura nos llena de esperanza, aunque a veces sintamos que el mal, el egoísmo o la indiferencia dominan el mundo. La Palabra de Dios sigue actuando de manera silenciosa, pero irresistible en la historia de la humanidad. El salmo 64 nos lo recuerda que "la semilla cayó en tierra buena y dio fruto". 

San Pablo, en su carta a los Romanos, amplía el horizonte de esta fecundidad. Nos habla de una realidad que todos experimentamos como es el sufrimiento, el dolor y la limitación humana. Sin embargo, el Apóstol introduce una perspectiva revolucionaria: los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros. San Pablo utiliza la metáfora de los dolores del parto. La creación entera está gimiendo, sufriendo los dolores de una nueva vida que está por nacer. No es el gemido estéril de la desesperación o de la muerte, sino el clamor de la esperanza. La semilla de la Palabra de Dios, plantada en este mundo herido por el pecado, está transformando la realidad desde dentro. Nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente aguardando la redención de nuestro cuerpo. Esta lectura nos invita a mirar nuestros sufrimientos cotidianos y las crisis del mundo actual no como el final del camino, sino como el proceso de maduración de un fruto eterno. La gloria de Dios está germinando en medio de nuestras propias debilidades.

Por su parte, el Evangelio de San Mateo nos presenta la célebre parábola del Sembrador. Jesús sale de la casa, se sienta a la orilla del mar y, ante una gran multitud, habla en parábolas. Lo primero que llama la atención es la actitud del Sembrador: es un sembrador "derrochador". No siembra con cálculo matemático ni reserva la semilla sólo para el suelo perfecto. Lanza la semilla a manos llenas, con una generosidad desbordante en cuatro tipos de terreno. Primero el camino, que es el terreno pisoteado, endurecido por el paso de la rutina, los prejuicios y la indiferencia. La semilla cae en la superficie y los pájaros (el maligno) se la llevan. Representa el corazón cerrado que escucha la Palabra pero no la comprende ni la deja entrar. Segundo el terreno pedregoso, donde hay un poco de tierra sobre una base de roca. La semilla brota rápido porque no tiene profundidad, pero al salir el sol se agosta porque no tiene raíces. Representa la fe emocional, el entusiasmo pasajero. Son los cristianos que se alegran en los momentos fáciles, pero flaquean ante la primera dificultad, persecución o sacrificio. Tercero, el terreno entre abrojos, que es donde la semilla germina, pero las zarzas crecen con más fuerza y la ahogan. Jesús explica que estos abrojos son las preocupaciones del mundo y la seducción de la riqueza. Representa el corazón dividido, asfixiado por el materialismo, el activismo y la ansiedad por las cosas temporales. Y, finalmente, está la buena tierra. He aquí el terreno arado, limpio y dispuesto. La semilla germina, echa raíces profundas, crece y da fruto: unos el ciento, otros el sesenta, otros el treinta por uno... Representa a quien escucha la Palabra, la comprende, la acoge en su vida y la traduce en obras de amor y justicia. Jesús nos confronta con una realidad: la semilla siempre es buena y el Sembrador siempre es generoso, pero la eficacia de la cosecha depende de nuestra respuesta libre. Dios respeta tanto nuestra libertad, que permite que su Palabra dependa de la calidad de nuestro corazón... ¿Qué tipo de tierra soy yo en este momento de mi vida?.

La Palabra de Dios este domingo nos hace una pregunta directa al alma: ¿Qué tipo de terreno está encontrando el Señor en nuestro corazón? Quizás descubramos que tenemos zonas de "camino", donde nos hemos vuelto insensibles por la rutina. O zonas de "piedra", donde nos falta constancia para orar y comprometernos cuando llegan las pruebas. O zonas de "abrojos", donde el estrés cotidiano, el dinero y la tecnología están ahogando nuestra vida espiritual. Hoy es el día para pedirle al Señor, el gran Agricultor, que limpie bien nuestro terreno. Que con la fuerza de su Espíritu, rompa las piedras de nuestros egoísmos y arranque los abrojos de nuestras ansiedades, abonando nuestra tierra con su gracia. Amén.

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