domingo, 27 de septiembre de 2026

"Voy, Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios que la Iglesia nos regala en este Domingo XXVI del Tiempo Ordinario es una llamada directa, urgente y profunda a revisar el núcleo de nuestra fe. Hoy, la liturgia rompe nuestras falsas seguridades espirituales y nos sitúa ante un Dios que no se conforma con etiquetas, palabras bonitas o ritos externos. Dios mira el corazón, valora las decisiones reales y nos ofrece, por encima de todo, la gracia de la conversión y el cambio de vida.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel se enfrenta a una queja muy humana del pueblo de Israel: "No es justo el proceder del Señor". Los israelitas se sentían víctimas de un destino rígido y pensaban que Dios los juzgaba de forma arbitraria. Sin embargo, la respuesta del Señor a través del Profeta da un vuelco completo a nuestra lógica y revela la verdadera justicia divina. Ezequiel nos enseña dos verdades fundamentales, por un lado la responsabilidad personal. Nuestra relación con Dios no depende de las glorias pasadas ni de los errores heredados. Se decide en el "aquí y ahora". Y por otro lado está el dinamismo de la conversión. Si un justo se aparta de su justicia y comete la maldad, su pasado no lo salva. Pero —y este es el milagro de la misericordia divina— si el malvado recapacita, se aparta de sus pecados y practica el derecho y la justicia, «salvará su vida». Dios nos está diciendo que nadie queda definitivamente perdido ni nadie está definitivamente asegurado. Lo que nos define no es cómo empezamos el camino, sino cómo lo terminamos. Este texto es un cántico a la libertad humana y a la infinita paciencia de Dios, quien siempre nos deja la puerta abierta para rectificar el rumbo.

San Pablo, escribiendo a la comunidad de Filipos, nos muestra la herramienta espiritual indispensable para poder cambiar de vida: la humildad. El Apóstol nos hace una exhortación bellísima: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús»: ¿Y cuáles son esos sentimientos? Pablo nos los describe en uno de los himnos cristológicos más hermosos de todo el Nuevo Testamento donde ensalza el abajamiento (Kénosis): Cristo, siendo Dios, no hizo alarde de su categoría divina. Al contrario, se despojó de su rango,y asumió la condición de esclavo y se hizo uno de tantos. San Pablo nos pone delante la obediencia absoluta del Señor. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. La conversión que nos pedía Ezequiel no es un esfuerzo de pura fuerza de voluntad; nace de mirar a la cruz. El orgullo es la raíz de todos nuestros rechazos a Dios. Cuando creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás o que no necesitamos cambiar, cerramos el corazón. El Apóstol nos invita a derribar nuestros pedestales y a imitar a un Dios que prefirió lavar los pies y dar la vida antes que imponer su poder.

Todo lo anterior converge de forma magistral en el Evangelio de San Mateo, donde Jesús nos propone la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña. El primer hijo dice con rebeldía: «No quiero», pero después recapacita (como el malvado de Ezequiel) y va a trabajar. El segundo hijo responde con una cortesía impecable: «Voy, señor», pero al final se queda de brazos cruzados y no va. Al preguntar Jesús a las autoridades religiosas quién de los dos cumplió la voluntad del padre, la respuesta es obvia: el primero. Es entonces cuando Cristo lanza una de las advertencias más impactantes de todo el Evangelio: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios». Jesús no está haciendo un elogio del pecado de los cobradores de impuestos y las prostitutas. Lo que elogia es su capacidad de cambiar. Ellos, al escuchar a Juan el Bautista, reconocieron su miseria, se arrepintieron y entraron en la viña. En cambio, los sumos sacerdotes y los ancianos —los que siempre decían "sí" a Dios de labios para afuera— se quedaron paralizados en su propia soberbia, incapaces de convertirse. El peligro más grande para nosotros, que venimos a misa, que rezamos y que nos consideramos "buenos cristianos", es convertirnos en el segundo hijo. Es el peligro de la incoherencia: decirle a Dios un "sí" litúrgico, pero un "no" práctico en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestra Parroquia, en el trabajo y con los necesitados.

Las tres lecturas de hoy se resumen en una sola palabra: ¡Hechos! Dios prefiere un "no" inicial que se convierte y transforma en obediencia sincera a través del arrepentimiento, que un "sí" formal que se desvanece en el tiempo por la pereza espiritual y el egoísmo. Y como la Palabra de Dios nos viene que ni pintada en ocasiones concretas, hoy es un día excelente para hacernos preguntas sinceras delante del altar:. ¿En cuál de los dos hijos me reconozco más en este momento de mi vida; en qué áreas de mi vida le estoy diciendo a Dios "sí; ya voy", pero las sigo postergando (un perdón que no doy, un vicio que no dejo, una soberbia que no me deja cambiar, un tiempo de oración que no cumplo o una participación fingida)?... ¿Tengo la humildad suficiente para reconocer mis errores , arrepentirme y cambiar de dirección?... No tengamos miedo de reconocer que a veces por orgullo le hemos dicho "no" a Dios. Lo hermoso de nuestra fe es que el Señor hoy nos vuelve a ofrecer su viña; su Viña siempre está ahí. No importa lo que hayamos hecho en el pasado; si hoy recapacitamos y nos ponemos de nuevo en camino, el Padre nos recibirá con los brazos abiertos...

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