El alpinista se encaramaba esta vez no en una pared de roca, sino en una torre catedralicia por cuya esbeltez subía haciendo largos con su cuerda, mientras aseguraba el arnés a los mosquetones que le protegían. Era todo un espectáculo contemplar tamaña ascensión. El cielo azul de Oviedo hacía de telón de fondo que permitía resaltar la enorme filigrana de la torre campanario mientras se movía con decisión hacia arriba el insólito escalador. No se trataba de un acróbata furtivo que, de pronto, había encontrado una nueva vía de escalada en el corazón de la ciudad. Tampoco era un funambulista caprichoso que de esa manera reclamaba la atención. Era eso, un año más: el alpinista de la Perdonanza. No llevaba más mochila que una bandera, y pareciera que el gran torreón de la Sancta Ovetensis, como se conoce a la catedral asturiana, se tornaba por unos instantes en un mástil especial en el que izar una especial enseña.
Cada año, llegando este mediado septiembre, tiene lugar en nuestra iglesia madre diocesana un octavario especial que se conoce con ese nombre de la Perdonanza. Al comienzo y al final de esos ocho días se muestra la más importante reliquia que se custodia en la Cámara Santa: el Santo Sudario que envolvió la cabeza de Jesús al bajarlo de la cruz y ser trasladado al sepulcro. El evangelio de Juan da noticia de ello. De modo que el día 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, cuando comienza el octavario, tiene inicio esta mirada piadosa de la cruz del Señor y del Santo Sudario, que volverá a ser contemplado el día 21, en la festividad de San Mateo, evangelista y apóstol. Dos fechas que enmarcan un relato que acerca a los corazones la gracia de su bálsamo.
La bandera de la Perdonanza es un dulce reclamo. Nuestra vida puede tener tropiezos y caídas, puede experimentar el acoso y derribo, la confusión y las contradicciones varias con las que deambulamos entre los desgarros y los sobresaltos de toda índole. Pero sabemos que la última palabra no le corresponde al miedo que nos asusta, ni a las heridas que nos desangran, ni a los pecados que nos oscurecen el alma y nos extravían la mirada. La última palabra se la reserva siempre Dios, tras todas nuestras torpes penúltimas palabras deudoras de nuestra humana condición.
Esto es lo que celebramos durante ocho días, justo cuando comenzamos el curso escolar y el curso pastoral mientras calentamos motores para adentrarnos en un nuevo año donde el Señor volverá a sorprendernos con su amable paciencia capaz de provocar nuestra atención y difuminar nuestras distracciones y cansancios. Y es que verdaderamente todos tenemos la necesidad imperiosa de sabernos perdonados sacudiendo la impostura de cuanto nos aísla en soledad, lo que nos señala acusador y excluyéndonos nos desprecia.
La Perdonanza es un canto que sólo Dios entona con todos los registros del pentagrama de su divino Corazón con su música y letra. Tiene versos de ternura y besos de misericordia en cada una de sus estrofas. Sabe otear cada mañana nuestro deseado regreso tras las aventuras pródigas que nos perdieron en caminos sin meta a ninguna parte, que nos fueron alejando de la verdad, de la bondad y la belleza que siempre nos muestran la gracia que perdimos o que ni siquiera hemos podido propiamente estrenar. En ese abrazo renacemos, cuando pidiendo perdón y confesando nuestras faltas y pecados, recibimos inmerecidamente la alegría de una paz que nos llena de gratitud y nos reconcilia todas las costuras del alma. Esta es la bandera que más necesitamos, cuando en el cielo de la vida se mimbrea con aires de esperanza. Bendita torre catedralicia que nos muestra a toda la ciudad la enseña que pone luz en nuestros ojos con ese abrazo perdonador que nunca nos defrauda. ¡Qué hermosa es la bandera de la Perdonanza!
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

No hay comentarios:
Publicar un comentario