martes, 7 de julio de 2026

Mañana en Lugones

 

"Deben celebrarse sínodos, pero sin cambiar la naturaleza de la Iglesia". Entrevista al Cardenal Don Antonio María Rouco Varela

(La Nuova Bussola Quotidiana) Don Antonio María Rouco Varela es quizás el último de los grandes cardenales wojtylianos. Arzobispo emérito de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal Española en los años de la lucha con el gobierno de Zapatero para defender a la familia, con su autoridad el cardenal de Vilalba, de casi noventa años, fue protagonista de la obra del extraordinario Consistorio concluido hace diez días. Desde el reciente viaje de León XIV a España hasta el viaje sinodal alemán, desde la liturgia antigua hasta el futuro del catolicismo: hay muchos temas que tratamos con él en esta entrevista.

Su Eminencia, ¿está satisfecho con la frecuencia con la que León XIV os convoca a los cardenales para los consistorios?

Fue una sorpresa muy agradable para nosotros. En la historia moderna, los consistorios extraordinarios no eran muy frecuentes. Juan Pablo II se encargó de convocarlos con mayor frecuencia. Al convocarnos tan a menudo, León da una señal de confianza en nosotros, los cardenales. También muestra interés en el Colegio de Cardenales en su conjunto, confiando en él para que le ayude en su ministerio.

La vimos a su lado en Madrid. ¿Esperaba tanto entusiasmo por el viaje del Papa a España?

Sí, porque percibía que había una "sed" por el Papa. Una oportunidad así se ha estado perdiendo desde 2011.

¿Qué fue lo que más te impactó?

El discurso pronunciado en el Parlamento es una obra maestra del ejercicio del magisterio de la Iglesia en relación con la concepción cristiana del Estado. O mejor aún: sobre la concepción éticamente humana del Estado, tal como surgió de la gran catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

¿Se puede decir que ha arrancado los oídos del gobierno de Sánchez en cuestiones éticas?

No habló directamente a ningún partido político, pero sí se pronunció claramente contra aquellas leyes que permiten la eutanasia, el aborto y donde la institución de la familia ha desaparecido. El discurso del Papa fue muy claro. Noté que todos se levantaron y aplaudieron durante siete minutos. ¡Veamos si ahora se convierten!

Al volver al Consistorio, se habló de nuevo de Sínodo. ¿Cómo debería declinarse la sinodalidad para no ser vago?

El Papa lo dijo en la sesión final: es un estilo espiritual. Debe entenderse como una forma de ejercer la caridad dentro de la Iglesia. Luego, traducirlo en normas constitucionales es otra cuestión.

¿Deberíamos continuar por el camino del derecho al voto de los laicos emprendido en 2023?

El Sínodo de Obispos es una institución nacida del Concilio Vaticano II y puesta en marcha por Pablo VI. Así que se puso en práctica, de forma idéntica, durante los 80 y 90 hasta 2023. Ese cambio no es normativo porque el Papa no modificó la constitución en el Sínodo. Así que nada ha cambiado. Los laicos siempre han participado en los Sínodos, lo que no podían hacer era votar. Tengo algo de experiencia habiendo sido también relator general en la segunda Asamblea Especial para Europa del Sínodo de Obispos. Lo que debemos hacer es permanecer fieles a la historia canónica de la institución del Sínodo de Obispos.

¿Cuál es su recomendación sobre los Sínodos?

Siempre se han celebrado sínodos, no son nada nuevo. Es una tradición que debe mantenerse viva, pero no cambiando la naturaleza de la Iglesia.

¿Qué opinas del Camino Sinodal en Alemania?

Esto es otro asunto. Allí creo que la legislación canónica se ha saltado un poco.

¿Le preocupa la situación?

Mucho, porque afecta a los aspectos fundamentales de la fe.

¿Qué se debería hacer?

Hay una cosa que debemos hacer: rezar. Porque demasiadas veces pensamos que los hombres pueden hacerlo todo, incluso decidir la vida de la Iglesia. ¡No, no podemos!

¿Cuál es su opinión sobre este Comité Sinodal que pone a laicos y obispos en igualdad de condiciones y para el cual la Iglesia alemana desea la aprobación de Roma?

Mientras solo quieras quedar y hablar, sigues en el campo de preguntarte si realmente merece la pena. Pero si la consideran un cuerpo que ejerce autoridad en la Iglesia, entonces van en contra de la constitución divina de la Iglesia. Por lo tanto, va en contra de la Iglesia.

Pasemos a uno de los temas que iba a estar en la agenda del Consistorio: la liturgia.

Creo que debemos poner fin a los abusos de la liturgia que niegan las enseñanzas del Vaticano II. La liturgia del Vaticano II debe celebrarse adecuadamente. Y luego necesitamos comprensión para quienes desean el antiguo rito.

¿Cómo se pueden resolver las tensiones persistentes sobre la liturgia antigua?

Permaneciendo fieles a lo que establece el Concilio Vaticano II, con un poco de respeto por la libertad de los fieles dentro de la comunión de la Iglesia. Por lo tanto, no regulan.

¿Cómo recibiste el Summorum Pontificum de Benedicto XVI en Madrid?

Absolutamente. Fue una medida muy completa, creo que fue buena. En Madrid hay una iglesia donde todavía se celebra el antiguo rito. Los fieles deben tomárselo en serio, no convertirse en propagandistas de ello.

Su Eminencia, ¿qué es lo que realmente le preocupa del futuro de la Iglesia?

La crisis de fe, especialmente en Europa. Y luego la institución de la familia y el derecho a la vida amenazada. ¿Nos damos cuenta de cuántos millones de niños han muerto desde que se introdujo la legislación sobre el aborto? Este desprecio por la vida es consecuencia de haber abandonado a Dios. Pero también soy optimista. Pensemos en las Jornadas mundiales de la Juventud: ¿qué grupo humano, qué escuela de pensamiento, cultura y política puede reunir a dos millones de jóvenes en una celebración de la Eucaristía?

lunes, 6 de julio de 2026

Carta de nuestro Párroco ante el inicio del verano

Querida comunidad parroquial:

Llega el verano y con él un tiempo propicio para alternar el ritmo acelerado del año. Las vacaciones no son un simple vacío de actividad ni un paréntesis en nuestra vida de fe; son una oportunidad providencial para el descanso auténtico, el reencuentro con los seres queridos y el cultivo de nuestra vida interior. A menudo caemos en el error de pensar que las vacaciones consisten en acumular actividades o desconectar de todo, incluso de nuestra fe. Sin embargo, el verdadero reposo del corazón sólo se encuentra cuando nos alineamos con la voluntad del Padre. Él mismo nos dice: «En el desierto y en el sosiego está vuestra salvación; en la calma y en la confianza os aseguraréis la fuerza» (Is 30, 15).

Así el Señor nos enseña la importancia de apartarnos del bullicio para recobrar fuerzas. En el Evangelio encontramos su invitación directa: «Venid vosotros solos a un lugar desierto para descansar» (Mc 6, 31). Dios no nos quiere agotados ni ansiosos. Ya desde la Creación, el descanso quedó consagrado como un espacio sagrado, pues «bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado» (Gn 2, 3). Con este gesto, el Creador nos enseña que el mundo no se sostiene por nuestras solas fuerzas, sino por su amor providente. Descansar es, en esencia, un acto de fe: reconocemos humildemente que el universo sigue girando aunque nosotros paremos nuestras actividades cotidianas.

En consonancia con esta sabiduría bíblica, el Papa León XIV nos ha recordado recientemente que el periodo estival es un regalo para equilibrar el espíritu. Como bien señaló el Santo Padre en sus homilías del verano pasado desde su residencia de Castel Gandolfo, debemos aprovechar estos meses para ''conciliar contemplación y acción, descanso y fatiga''. El Pontífice nos insiste en que el verano debe dedicarse a cultivar tiempo con Dios, relajarse y cuidar de los demás. El verdadero descanso no es egoísta; es el que nos sana por dentro para volvernos más generosos con el prójimo.

El descanso cristiano va mucho más allá de reponer energías para volver a trabajar; es el tiempo de la gratuidad y de la celebración. Jesús nos invita a liberarnos de las ansiedades que nos encadenan, para ver más allá de nuestros propios intereses. Él mismo nos consuela con una de las promesas más bellas del Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).

Por eso, os animo a vivir estas semanas con un sentido cristiano. Desconectar para conectar solamente con Dios y su obra creadora. Moderad el uso de las pantallas y la tecnología para escuchar el silencio de la naturaleza y admirarnos de cómo ''En verdes praderas nos hace reposar'' (Sal 23). 

Es tiempo para entablar conversaciones profundas en familia. No hagáis "vacaciones de Dios": Allá donde vayáis, buscad la parroquia local para celebrar la eucaristía dominical. La oración en los días de descanso se vuelve más pausada y agradecida. Ejercitad la caridad: el descanso nos da la paciencia y el tiempo que a veces nos faltan el resto del año para atender a los abuelos, a los enfermos o a quienes se sienten solos.

Que este verano sea un tiempo de gracia en el que el Señor restaure vuestros cuerpos y vuestras almas. También algo “desconectado”, no de Él ni de vosotros, os llevo en mi oración diaria allá donde me pille el día, y os encomiendo a la protección de la Santísima Virgen María, Madre y descanso de los caminantes.

Os desea un feliz descanso y provechoso verano

Joaquín,
vuestro Párroco.

Lecturas recomendadas verano 2026. Por Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre

RECOMENDACIÓN ESPECIAL:

''El arte del buen combate: La libertad interior y los ochos pensamientos malignos'' de Fabio Rosini, publicado en Ediciones Cristiandad. 

MAGISTERIO:

Benedicto XVI, El Señor nos lleva de la mano (Encuentro)

León XIV, Magnifica Humanitas (Edibesa)

León XIV, Alzad la mirada. Viaje apostólico del Papa León XIV a España (San Pablo)

BIOGRAFÍA/ HAGIOGRAFÍA:

Margarita Cantera Montenegro, Fernando III el Santo (Sekotia)

Juan Miguel Zunzunegui, Hernán Cortés. Encuentro y Conquista (La esfera de los libros)

Peter Brown, Agustín de Hipona (Taurus)

Frédéric Manns, Vida de Saulo (San Pablo)

Alejandro Rodríguez de la Peña, El poder cultural de la monarquía medieval (Rialp)

Holly Ordway, La fe de Tolkien, Biografía espiritual (Ediciones Mensajero)

Adrián Bienias, El secreto de Gaudí (Ciudad nueva)

Álvaro Piñero, San Claudio de La Colombiere. Busqué un amigo (BAC)

ESPIRITUALIDAD

Erik Varden, Heridas que sanan (Encuentro)

Javier Siegrit, En su corazón (Nueva Era)

San León Magno, Sermones (Ciudad Nueva)

Pablo Cervera (Ed.), IGNATIUS, relato del peregrino. San Ignacio de Loyola (Bookman)

Klemens Stock, Jesús anuncia la esperanza. Reflexiones sobre el evangelio según San Mateo (Didaskalos)

Pablo Cervera Barranco y Javier Pueyo Velasco, Mirarán al que traspasaron: historia de la espiritualidad del Corazón de Cristo (Monte Carmelo)

NOVELA 

Jesús Sánchez Adalid, Tres alcones para Tamerlán (Editorial HarperCollins, 2026)

Chesterton, La esfera y la cruz (Rialp)

Javier Barraycoa, El genocidio de La Vendee (Libros libres)

domingo, 5 de julio de 2026

"Manso y humilde de corazón". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia del decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario en el Ciclo A, nos revela el verdadero rostro de Dios: un Dios que rechaza la soberbia y abraza la pequeñez,  el cual nos ofrece descanso en medio de nuestros cansancios cotidianos. A través de las lecturas, el Señor nos invita a desarmar nuestro corazón y a vivir según el Espíritu.

La primera lectura nos habla del Rey humilde que trae la paz. El profeta Zacarías proclama una profecía mesiánica llena de esperanza para un pueblo que ha sufrido la opresión de grandes imperios con potente poderío militar. Pero aquí encontramos otra alegría, la alegría de la llegada. El texto comienza con una invitación imperiosa: "¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén!". La razón de este gozo no es un triunfo humano, sino la llegada del Rey esperado. Luego está la paradoja del poder divino. Este rey es "justo y triunfador", pero se presenta "pobre y montado en un borrico"… En la antigüedad, los reyes guerreros montaban grandes corceles de batalla; el asno, en cambio, era el animal de los siervos y del trabajo diario. Dios nos salva desde la mansedumbre, no desde la imposición o la violencia. Otro apunte es el de la destrucción de las armas: este Mesías humilde romperá los arcos de los guerreros y de las caballerías de Jerusalén para dictar la paz. Nos enseña que la verdadera paz no se construye armándonos contra los demás, sino desarmando el corazón. El salmo 144 responde a este anhelo: "bendeciré tu nombre por siempre Dios mío mi rey"…

En la segunda lectura San Pablo nos presenta un contraste teológico y práctico fundamental para la vida diaria: la oposición entre vivir "según la carne" y vivir "según el Espíritu". Ese Espíritu que habita en nosotros como el Apóstol nos recuerda. He aquí nuestra identidad profunda: "Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu". Por el bautismo, el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos vive en nosotros para darnos vida eterna. Esta es la deuda con Dios, no somos deudores de nuestros instintos egoístas ("la carne"), los cuales solamente nos conducen al vacío espiritual y a la muerte. Nuestra única deuda es con el amor del Señor. Somos llamados por tanto a la transformación, a vivir según el Espíritu que exige "dar muerte a las obras del cuerpo": el egoísmo, el rencor, la soberbia… Es una invitación abierta a dejar que Dios gobierne nuestros criterios, decisiones y afectos.

En el Evangelio del capítulo 11 de San Mateo, vemos la revelación a los pequeños y el alivio de Jesús. El pasaje evangélico es uno de los más bellos e íntimos del evangelista, dividido en dos momentos cruciales: la alabanza de Jesús al Padre y su invitación a los “cansados y agobiados”. En la revelación a los sencillos, Jesús alaba al Padre por haber escondido los misterios del Reino a los "sabios y entendidos" (aquellos instalados en su propia autosuficiencia intelectual o legalismo religioso) y habérselos revelado a los "pequeños". Para conocer a Dios no hace falta acumular títulos, sino vaciarse de orgullo y mantener un corazón de niño, abierto a la gracia. Por otro lado, está el aliento para los agobiados con esa invitación universal que Jesús lanza: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré". El Señor ve el peso de nuestras preocupaciones, enfermedades, crisis familiares y heridas emocionales, y se ofrece como nuestro descanso seguro. Él es también el yugo suave, así nos pide cargar con su yugo y aprender de Él, que es "manso y humilde de corazón". A diferencia del yugo opresivo de las normas farisaicas de la época, el yugo de Jesús es el mandamiento del amor. Su carga es ligera porque no la llevamos solos; la llevamos junto a Él, sostenidos por su gracia. En este tiempo estival somos invitados a descansar en Él y ayudar a que otros descansen.

Evangelio Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor 

Homilía del Sr. Arzobispo en la festividad de San Josemaría Escrivá

Saludo a mi hermano en el episcopado, Mons. Raimo Goyarrola, obispo de Helsinki. Al rector de esta Basílica, Don Manuel. Al representante de la delegación del Opus Dei en el noroeste de España, Don Javier. A los sacerdotes concelebrantes. A todos vosotros, amigos y hermanos, deseando que la paz llene vuestros corazones y vuestros pies caminen por las sendas del bien que Dios frecuenta.

Una fiesta de familia puede empezar y concluir en la nostalgia que te queda por los ausentes, mientras vas recorriendo fotos y recuerdos en el álbum de tus ancestros. Tiene sentido, sin duda, pero lo más que se produce es tan sólo esa amalgama agridulce de alguien que pasó por tu vida, o lo que te han contado sobre ella o sobre él con un sentimiento prestado, pero terminada la fecha de la añoranza, acaba inevitablemente el festejo para volver a lo espeso de los días laborables llenándonos de melancolía.

No es lo que hace la Iglesia con la memoria sanctorum, cuando llegadas las fechas correspondientes de su recuerdo litúrgico, nos asomamos a las vidas de nuestros santos, los mejores hijos de la Iglesia, para agradecer sus vidas. Lo decimos con hondura y belleza en el prefacio de los santos de la Santa Misa: Señor, Tú «manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra. Tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita».

Es esto lo que los cristianos celebramos cuando hacemos la memoria de los santos. Son de la familia, claro está, puede suscitarse una legítima y sana nostalgia si pudimos tenerlos cerca en nuestra biografía, pero no se reduce el recuerdo a sentimentalismo fugaz.

Los santos no añaden algo al evangelio, como si éste fuera incompleto; los santos no añaden palabras que no han sido ya pronunciadas por los labios del Maestro; los santos no construyen una ciudad o una casa que no haya sido levantada y edificada ya por Jesucristo. Lo que hacen los santos es repararlas o volver a abrir cuando se han deteriorado o cerrado, o salir en búsqueda de aquellos que se han marchado, o facilitar el camino para que estrenen su adentramiento aquellos que nunca han estado.

Dios nos regala a los santos como una compañía. Una compañía que no suple nuestra libertad, pero sí que la puede despertar, de manera que recordando pueda latir de nuevo nuestro corazón con ese pálpito que nos viene con la gracia del buen Dios. Así sucedió con San Josemaría Escrivá de Balaguer, como con toda esa pléyade de santos que han ido abordando a cada generación cristiana.

Un historiador de la primera época del cristianismo, Gustave Bardy, hablaba de la revolución que supuso la aparición, en aquel imperio decadente, del hecho cristiano, diciendo que aquellos primeros cristianos cambiaron el mundo –y emplea él esta expresión- desde el espectáculo de la santidad. El espectáculo de la santidad no es lógicamente un número circense, no es una genialidad que tiene la medida, o la cualidad de nuestras cosas humanas. Es el consentir que Dios en nosotros haga el bien, es el consentir que Dios en nosotros susurre y muestre. Y por eso es un espectáculo más grande que nosotros mismos. Es un espectáculo que, por provenir precisamente del Santo, del tres veces santo, bendice a quienes lo contemplan, y devuelve la paz a sus corazones, la esperanza a sus miradas, y hace posible que en una comunión real nos contemplemos como hermanos. ¡El espectáculo de la santidad!

Es algo tan antiguo como el primitivo cristianismo, y sin embargo hubo de esperar a San Josemaría para que se tomar conciencia como nunca antes de cómo la santidad no es algo privado de los claustros monásticos, de las epopeyas martiriales, de las hazañas misionera, de las virtudes religiosas o sacerdotales. Todo esto también ha escrito páginas preciosas de santidad en la larga y milenaria historia de la Iglesia.

Pero San Josemaría ha sacado a la calle y la plaza por donde la vida camina, a la familia donde ésta nace y crece, al trabajo en cualquiera de sus formas y responsabilidades, ha sacado la santidad como el reclamo que a todos Dios nos hace, el que de todos espera, y para el que nos agracia y acompaña como nadie. Lo hemos escuchado en el Evangelio que se nos acaba de proclamar: Jesús se hace presente en una escena cotidiana a la orilla del mar, sorprendiendo a unos pescadores profesionales que lavaban sus redes vacías tras una noche sin pescar nada. En ese instante, uno más entre otros, se les acerca para dilatar el horizonte y hacerles pescadores de hombres. En medio de la más ordinaria cotidianeidad, el Señor les invita a remar mar adentro para llenar las redes de sus vidas.

Puede parecernos una obviedad a nosotros que somos casi todos hijos del Concilio Vaticano II, en donde el magisterio supremo de la Iglesia proclamará la vocación universal de la santidad cristiana, pero no había sido así hasta entonces con esta auténtica universalidad que no distingue de edades, condición social, bagaje cultural, o vocación específicamente eclesial. Todos debemos ser santos. Con su gracejo aragonés, lo decía San Josemaría: “tienes la obligación de santificarte. Tú también. ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘sed perfectos, como Padre Celestial es perfecto’” (Camino 291).

Me alegro en esta tarde, poder celebrar con todos vosotros hermanos y hermanas que pertenecéis al Opus Dei o por simpatía estáis cerca de la Obra y sus miembros. Es una gracia para nuestra Diócesis que los hijos espirituales de San Josemaría construyan de tantos modos la Iglesia del Señor que en esta tierra astur peregrina.

Siempre me conmueve leer esa magnífica homilía en el Campus de la Universidad de Navarra en 1967, “amar al mundo apasionadamente”. «Quienes han seguido a Jesucristo —conmigo, pobre pecador— son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo —que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor y la eficacia de su trabajo diocesano—, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres —de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas— que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad —repito—, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares».

No estamos celebrando a San Josemaría como cuando se hace un homenaje póstumo o un recuerdo sentimental de alguien que ha tenido una aportación notable en nuestros días. No, más bien estamos dando gracias a Dios por él y también con él entonamos nuestro canto de alabanza. Por representar un camino de santidad contemporánea, la Iglesia nos lo señala como alguien cercano, de nuestros días, que ha logrado poner la fecha de nuestro tiempo y el domicilio de nuestra circunstancia. Santidad que tiene que ver con esa vida cotidiana de la que no nos escapamos para poder ser fieles cristianos, porque es en esa trama diaria donde nos espera Dios, donde Él seca nuestros sudores, enjuga nuestras lágrimas, comparte nuestros gozos y enciende más y más nuestra esperanza.

Esta fue la intuición de San Josemaría al fundar la obra que con él Dios regaló a su Iglesia. Poder ser sal de esta tierra y luz en este mundo, sin maldecirlos jamás, sino siendo fermento dentro de ellos. Lo decía en uno de los puntos de su libro Forja: «Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto. ¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia» (Forja, 932).

Cuando otros caminos de espiritualidad y vida cristiana han ido escribiendo y siguen haciéndolo preciosas páginas de santidad católica, San Josemaría fue inspirado por el Señor para abrir los ámbitos de esa perfección evangélica. Está bien que haya habido y siga habiendo claustros y monasterios, o conventos y comunidades, que desde los más diversos carismas han acercado a cada generación la ternura de Dios, su fidelidad llena de amor, su solicitud como Padre siendo una bendición para niños y jóvenes, para ancianos, para pobres y necesitados. Pero parecería que sólo se podía ser santo desde esos lares monásticos y conventuales. Mas precisamente cuando era más urgente la presencia de los cristianos en el entramado corriente, surge en el corazón de San Josemaría esa divina inquietud de fundar el Opus Dei como un vivo deseo de invitar a la santidad a hombres y mujeres que son llamados igualmente por Dios en medio de la vida cotidiana.

Hoy damos gracias por todo este ejemplo de vida cristiana santa, rezamos por todo cuando la Obra lleva adelante en el mundo, pero también en nuestra Archidiócesis de Oviedo. Damos gracias a Dios todos: vosotros que pertenecéis a la Obra de varios modos, y cuantos hemos sido llamados a otra vocación pero que estamos cercanos con afecto y gratitud a todos vosotros construyendo la Iglesia de Cristo y sirviéndola como ella quiere ser servida, en palabra del propio San Josemaría.

Pedimos a Santa María, a la Virgen del peinadico que tanta devoción le tuvo él y su madre y cuyo cuadro original pude venerar en mi Diócesis anterior de Huesca, en la Colegiata de Alquézar, que con San Josemaría nos bendigan y acompañen. Seamos santos cotidianamente, buscando la gloria de Dios y la bendición de los hermanos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Basílica del Sagrado Corazón de Jesús.
Gijón, 26 junio de 2026