Nos encontramos ya en las últimas semanas del año litúrgico. La Iglesia, con una profunda pedagogía espiritual, nos invita a levantar la mirada hacia las realidades últimas, hacia lo que los teólogos llaman el carácter escatológico de nuestra fe, el final de los tiempos, nuestra propia muerte y el encuentro definitivo y gozoso cara a cara con el Señor. Las lecturas de hoy no buscan infundirnos miedo, sino todo lo contrario; buscan sacudir nuestra apatía, avivar nuestra sensatez y encender una esperanza firme y gozosa en la vida eterna. Detengámonos con calma a escuchar lo que el Espíritu Santo nos quiere decir hoy a través de cada uno de los textos proclamados.
El libro de la Sabiduría nos regala una bellísima personificación de esta virtud divina. Nos dice el texto que «la sabiduría es radiante e inmarcesible» y que se deja encontrar fácilmente por aquellos que la aman y la buscan. Incluso añade un detalle reconfortante: ella misma va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella, saliéndoles al encuentro en cada pensamiento. La sabiduría en la Sagrada Escritura no es la simple acumulación de conocimientos intelectuales o científicos. La sabiduría es el arte de ver la vida con los ojos de Dios. Es la prudencia consumada de quien sabe ordenar las cosas de este mundo hacia el fin eterno. El sabio es aquel que sabe qué es lo verdaderamente importante y no gasta su vida persiguiendo lo que se marchita. El texto nos advierte que para alcanzar esta sabiduría hay que "madrugar" por ella; es decir, desearla activamente. En un mundo lleno de ruidos, prisas y sobreinformación, la sabiduría divina requiere de nuestra parte atención, silencio y oración. Preguntémonos hoy: ¿Buscamos la guía de Dios en nuestras decisiones cotidianas, o nos dejamos arrastrar por la necedad de los criterios del mundo? El salmo nos da la respuesta: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». El salmista utiliza una imagen muy elocuente: nuestra carne tiene ansia de Dios «como tierra reseca, agostada, sin agua». Describe el anhelo existencial del ser humano. Fuimos creados por Dios y para Dios, y como decía san Agustín, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él. Nada en este mundo —ni el dinero, ni el éxito, ni los placeres materiales— puede saciar el vacío infinito del alma. La oración sincera nace cuando reconocemos nuestra indigencia. El salmista busca a Dios desde el lecho, en las vigilias de la noche, meditando en su auxilio. Esta sed nos mueve a mantenernos despiertos, a no conformarnos con los sustitutos baratos de la felicidad que ofrece la sociedad actual.
San Pablo, por su parte, se dirige a la comunidad de Tesalónica para responder a una gran inquietud que los atribulaba: ¿Qué pasará con los cristianos que ya han muerto antes de la segunda venida de Cristo? La respuesta del Apóstol contiene una de las declaraciones de esperanza más firmes del Nuevo Testamento: «No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza». El fundamento de la escatología cristiana es cristocéntrico: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto». La muerte no tiene la última palabra. La resurrección de Cristo es la garantía de nuestra propia resurrección. Al final de los tiempos seremos transformados y, como escribe San Pablo de forma gloriosa «así estaremos siempre con el Señor». El dolor ante la pérdida de un ser querido es natural y humano; Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Sin embargo, el luto del cristiano está bañado por la luz de la Pascua. No nos afligimos como los que creen que la muerte es la nada absoluta. Por eso, Pablo concluye diciendo: «Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras». En un mundo que esconde la muerte y la vive con desesperación, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la vida eterna.
Llegamos a la cumbre de la Liturgia de la Palabra con el evangelio tomado hoy del capítulo 25 de San Mateo, donde contemplamos la famosa parábola de las diez vírgenes que esperan al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes o sensatas. Las necias tomaron sus lámparas pero no llevaron aceite de reserva; las prudentes, en cambio, llevaron alcuzas con aceite junto con sus lámparas. Como el esposo se retrasaba, a todas les entró sueño y se durmieron. A medianoche se oyó el grito: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Al intentar encender las lámparas, las necias descubrieron que se apagaban y pidieron aceite a las prudentes, quienes se negaron alegando que no alcanzaría para todas, invitándolas a ir a comprarlo. Mientras iban, llegó el esposo, las preparadas entraron con él al banquete y la puerta se cerró. El Esposo es Jesucristo. La boda es el Reino de los Cielos, el banquete celestial. La lámpara representa la fe recibida en el Bautismo, la pertenencia exterior a la Iglesia. El aceite representa las obras de amor, la caridad, la vida de gracia alimentada por la oración y los sacramentos. La fe sin obras es una lámpara apagada.
A primera vista, la negativa de las vírgenes prudentes a compartir su aceite puede parecernos egoísta o insolidaria. Sin embargo, encierra una verdad teológica profunda, el aceite de la gracia y de las obras de amor es intransferible. Nadie puede amar a Dios por ti. Nadie puede creer por ti, ni presentarse ante el tribunal de Dios con la santidad de otro. Hay dimensiones de nuestra relación con el Señor que se forjan en lo íntimo y son estrictamente personales. La puerta cerrada nos recuerda la urgencia del momento presente. El tiempo de la misericordia es ahora, durante nuestra vida terrenal. Cuando llegue el momento final, lo que no hayamos amado, lo que no hayamos perdonado, lo que no hayamos sembrado, ya no se podrá improvisar. Las palabras del Señor concluyen con un mandato rotundo: «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora». Estar en vela no significa padecer insomnio de angustia o miedo. Significa vivir con el corazón despierto, amando intensamente hoy. El peligro más grande del cristiano no es la maldad extrema, sino la desidia, la tibieza, el vivir "despreocupados" como las vírgenes necias, asumiendo que siempre habrá un mañana para volver a Dios o para pedir perdón. Para el que no gestione adecuadamente su ser cristiano, se cerrará la puerta.
Que la Santísima Virgen María nos ayude a conservar nuestras alcuzas llenas del aceite de la fe activa, la caridad cotidiana y la firme esperanza, para que cuando el Esposo vuelva, nos encuentre con las lámparas encendidas y podamos entrar con Él para siempre en el banquete del Reino. Amén.

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