jueves, 3 de abril de 2014

Carta semanal del Sr. Arzobispo


Las tres miserias

Podría parecer más de lo mismo, y que toca por imperativo de calenda. Con estas nos andamos ya con la mitad de la cuaresma a las espaldas. Pero no hay botón de pausa en esta cuesta. Habría que sacudirse la desgana de una cuaresma más, como quien suma trienios de cansancio ante cosas, palabras y gestos que han dejado ya de conmovernos. Queremos adentramos en esta vereda de cambio y conversión sabedores de que tendríamos tantas cosas que ajustar, tantas de las que quitar polvo y aburrimiento, tantas en las que dar un viraje convencido hacia la verdad, hacia la bondad y la belleza.

Pero los días pasan, como se nos escapan las semanas y tantas fechas, y así este tiempo de penitencia cristiana que culmina en el gozo de la pascua, nos reclama un toque de atención cuando su ecuador hemos superado ya. Es verdad que los gestos, los textos, los colores litúrgicos y las prácticas devocionales y los cantos, son los que ya sabemos que aparecen. Pero mi vida hoy es otra a lo que era la de hace un año. Hay novedades que me arrugan y acorralan llenando mis horas y mis días de incertidumbre, de temor y tristeza. También puede haber novedades que me asoman a horizontes inmensos de serena paz con la que Dios dibuja en mi vida la esperanza con los colores de la alegría. El Papa Francisco nos invitaba este año a recorrer el camino cuaresmal como una ocasión para convertir el corazón, para volverlo a Dios y salir al encuentro de los hermanos. Nos proponía tres miradas atentas a este empeño, que tuvieran que ver con lo que él ha llamado las tres miserias.

En primer lugar está la miseria material. Toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo.

Luego está la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor.

Finalmente está la miseria espiritual cuando falta Dios en nuestra vida. Hay que llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.

Tres miserias, tres invitaciones a abrir nuestro corazón para que en esta cuaresma única, Dios nos ilumine y nos convierta con la gracia del perdón. Es lo que pedimos y nos recordamos.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

miércoles, 2 de abril de 2014

IV Miércoles de Cuaresma. El Amor divino


IV MIÉRCOLES DE CUARESMA
(Is 49, 8-15; Sal 144; Jn 5, 17-30)


TRES LLAMADAS
“¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré…” (Is 49,15)
“El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.” (Sal 144)
“No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 5, 30).

CONSIDERACIÓN
Es muy arriesgado traducir el lenguaje y las palabras que se refieren a Dios desde nuestras categorías, basándonos en los significados que damos a los términos, como puede suceder con las palabras padre, madre, esposo o amado.
Sin embargo, Dios mismo ha querido revelarse en nuestra carne, y es en Jesucristo en quien podemos descubrir el significado del amor de Dios.
El amor divino, entrañable, amigo, fraterno, de esponsales y el amor humano se nos ofrecen en la persona del Hijo amado, expresión fiel de la voluntad de su Padre Dios. Vuelve a sorprendernos la coincidencia de los textos bíblicos con la imagen que hoy nos acompaña.

EL AMOR DIVINO
Somos destinatarios del amor de Dios. Por propia iniciativa, nuestro Creador desea expresarnos de muchas maneras que nos quiere.
Dios se ha revelado con rasgos entrañables, maternos, como hoy nos asegura el profeta.
Dios se ha manifestado huésped del alma, con la entrega de su Espíritu Santo, que nos habita.
Dios ha tomado nuestra carne, ha asumido nuestra naturaleza, se ha hecho hermano nuestro.
Jesús nos declara amigos, no siervos, ni esclavos. Nos eleva a tratarlo de tú a tú, y desea mantener este trato siempre en la oración.
Jesús, revelación suprema del amor divino, ha tomado el lenguaje esponsal de los profetas y del salmista. ÉL nos ha invitado a formar un solo Cuerpo, y se nos ha entregado con el amor más grande en el desposorio que consagró con su entrega en la Cruz.
¡Somos amados de Dios! Si esta verdad entrara en nuestro corazón no cabríamos en sí de gozo y de bondad.

Nuestro homenaje al Beato Juan Pablo II hoy que se conmemoran 9 años de su muerte

Eucaristía celebrada por el Beato Juan Pablo II en 1989 en nuestra vecina Parroquia de Lugo de Llanera







Bienvenidos

martes, 1 de abril de 2014

¿En que consiste la Visita Pastoral?


El Obispo Diocesano debe ejercer su oficio de pastor y testigo de Cristo sobre los sacerdotes, religiosos y fieles laicos a él confiados. Por eso realiza visitas pastorales en su Diócesis, con toda la autoridad que le confiere la plenitud del Orden, para conocer a la comunidad diocesana y para dirigir y coordinar todo el trabajo pastoral (ChD 11-19).
La Visita Pastoral en nuestra Diócesis es un tiempo fuerte de Evangelización; un especial encuentro del Pastor con la comunidad en su pluralidad territorial y sectorial; una ocasión para impulsar, revisar y motivar el trabajo pastoral de la comunidad de acuerdo al proceso pastoral diocesano; además, un signo de la comunión dentro de la pluralidad de la Iglesia.

a) Un tiempo fuerte de Evangelización.


La Iglesia “nace de la acción evangelizadora de Jesús y de sus Doce (EN 15). Jesús cumple este envío a través de su ministerio. El ministerio es continuado por los Apóstoles (Hch 2,41ss) y sus sucesores. Hasta el día de hoy y hasta la consumación de los siglos, la Iglesia ha tenido esta sublime tarea. La Iglesia es enviada a ser presencia de Cristo, pero no de otra manera, sino continuando su misión y su condición de evangelizador (EN 15).
Hay que contemplar en la vida y crecimiento de las comunidades primitivas en la Iglesia, el gran valor del ministerio de los Apóstoles. San Pablo los pone siempre en primer lugar en la lista de las funciones al servicio de la comunidad (1 Co 12, 28-31). El nombre de “Apóstoles” es funcional, deriva del verbo “Apostellein” = Enviar. Las comunidades deben recibirlos como al Señor (Ga 4,14).
Dios reúne a su pueblo y lo alimenta con su Palabra, que destina a todos los hombres. Por eso el servicio de la Palabra es el primer objetivo de la misión del ministerio del Señor (1 Co 1,17). Para su ministro la responsabilidad primera y fundamental es la doctrinal (Ef 4, 11; 1 Tm 3,2; 4,6- 13; Hch 20,28-32). Entre la gran riqueza de servicios que van floreciendo en las primitivas comunidades, el servicio de la Palabra ocupa el primer lugar (1 Co 12,8; 1 Pe 4, 11; Heb 13, 7).
Visto esto, la Visita Pastoral es una gran oportunidad que tiene el Obispo, en unión con otras personas, para estimular el cumplimiento de este deber de evangelizar. Evangelizar de manera intensiva, pero no aislada del Plan Diocesano, sobre la Iglesia -en general- y más en particular, sobre el Obispo y la Visita Pastoral.
La realidad ya descubierta dentro del caminar de la Pastoral diocesana, hay que iluminarla con un anuncio claro sobre la Iglesia-Pueblo de Dios, que ayudará a que la mayoría de los miembros de la parroquia sean conscientes de su pertenencia a la comunidad como cristianos. Un pueblo con diversas funciones y con orden, sin anarquía, dando condiciones para que todos puedan crecer como hijos de Dios. La realidad también habría que iluminarla con un anuncio sobre la Iglesia-Comunión de personas.
Una invitación a sentirse una sola cosa en la Parroquia y en la Diócesis, recalcando la obra del Espíritu Santo, que es el que realiza esta comunión entre nosotros. Convencerse cada vez más de que el único Evangelio de Jesucristo sólo puede ser acogido en la unidad (DP 638).
La Visita Pastoral es una oportunidad de presentar la figura del Obispo como fuente y centro de unidad diocesana y de la edificación de la Iglesia-Diócesis. (LG 23;DP 687- 689).
El Obispo, como ministro de Cristo y sucesor de los Apóstoles, en comunión con los demás Obispos y el Papa, con la participación responsable y ordenada de todo el Pueblo de Dios, debe guiar a la Iglesia-Diócesis como pastor, maestro y pontífice.

b) Encuentro del Pastor con la Comunidad.


La Visita Pastoral del Obispo es como una visita de Cristo, Buen Pastor, enviado por el Padre, a través de su representante pleno en la Diócesis a todas las ovejas de su rebaño, Jesús, Buen Pastor (Jn 10,10) que conoce, ama, alimenta y defiende a las ovejas del rebaño de su Padre, dando por ellas la vida.
El Obispo es sucesor directo de los Apóstoles, recibió la plenitud del ministerio sacerdotal, enlaza la Iglesia particular con la Iglesia apostólica y la Iglesia Universal, y tiene una misión en su Iglesia Particular y en la Iglesia Universal.
El Obispo es “profeta, testigo y servidor de la esperanza” (1 Pe 3,15), sobre todo donde es más fuerte la presión de una cultura donde falta la esperanza y la fe misma es cuestionada. Incluso el amor se debilita cuando la esperanza se apaga. Esta, en efecto, es un poderoso sustento para la fe y un incentivo eficaz para la caridad, especialmente en tiempos de creciente incredulidad e indiferencia.
La esperanza toma su fuerza de la certeza de la voluntad salvadora universal de Dios (1 Tm 2,3) y de la presencia constante del Señor Jesús, el Emmanuel, siempre con nosotros hasta el fin de mundo (Mt 28,20)… « (Pastores Gregis 3).
Proclamamos la esperanza que no defrauda, y elevamos a Dios una oración para que nuestro Obispo, en su Visita Pastoral sea en verdad “centinela atento, profeta audaz, testigo creíble y fiel servidor de Cristo -esperanza de la gloria- (Col 1,27)” (Pastores Gregis 3).
La Visita del Obispo a las Parroquias es, sobre todo, el encuentro del Obispo con las personas, es decir: con el clero y los laicos. Y tomando en cuenta que los laicos son mayoría, el Obispo se esforzará por tener contacto con ellos, aunque no sean cristianos practicantes, para poder extender a todos su solicitud de pastor del modo más justo y eficaz.
La frecuencia y duración de la visita debe ser de acuerdo con las necesidades pastorales de cada lugar. Pero siempre se ha de luchar para que sean visitas profundas, con toda calma, con las personas que han participado en el estudio de la realidad. Igualmente se ha de ofrecer el tiempo necesario para conversar con aquellos laicos que lo pidan, sobre asuntos que tocan a la vida espiritual de los mismos y al bien de la parroquia.
Los laicos tienen el derecho de recibir con abundancia, de los sagrados pastores, los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la Palabra de Dios y los Sacramentos. Que puedan manifestar sus necesidades y deseos con aquella libertad y confianza que convienen a los hijos de Dios y hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y al prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecido acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia (LG 37).
La visita se manifiesta como una “búsqueda de la almas necesitadas de saberse amadas con generosidad y guiadas con seguridad” (Pablo VI, Discurso en el Laterano, al iniciar la Visita Pastoral de la Diócesis en Roma, 9 abril 1967).

c) Revisión y motivación de trabajos pastorales.


El Obispo considera deber suyo no solo estimular, alentar y aumentar las fuerzas que trabajan en la Diócesis, sino también coordinarlas entre sí, salvados siempre la libertad y los derechos legítimos de los fieles; así se evitan dispersiones dañosas, multiplicaciones inútiles, discordias mortales (Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, 27).
La Visita Pastoral ofrece al Obispo una ocasión feliz para estimular a todos los agentes de pastoral; para darse cuenta personalmente de las dificultades de la evangelización y de los trabajos apostólicos dentro del Plan Pastoral de la Diócesis; para revisar y revalorizar el programa de pastoral parroquial y diocesana; para reavivar las energías tal vez disminuidas.
La Visita Pastoral ofrece al Obispo una ayuda muy valiosa para que cumpla cada día mejor su «responsabilidad de discernir los carismas y fomentar los ministerios indispensables para que la Iglesia- Diócesis crezca hacia la madurez como comunidad evangelizadora, de tal manera que sea luz y fermento de unidad y liberación integral, apta para el intercambio con las demás Iglesias Particulares… (DP 647).
Servirá mucho también que los clérigos y demás agentes de pastoral de la parroquia tomen conciencia que la Visita Pastoral no debe tomarse como una “auditoría” o como una “fiscalización”, sino que es un medio importantísimo para su formación como pastores. Por eso se ha de procurar que en cada Decanato y parroquia haya participación directa y activa tanto en la preparación remota y próxima, como en la realización de la visita.
Puede suceder que la Visita Pastoral sea un medio que ayude a algunos sacerdotes a superar el aislamiento y la frustración, porque en un plan de conjunto su labor les permite experimentar que su tarea les incorpora a toda la Diócesis. Que su ministerio individual es parte importante dentro del ministerio comunitario diocesano.

d) Un signo de la comunión eclesial


Cada Parroquia forma parte de esa red de comunidades eclesiales que constituyen la Iglesia de Cristo en todo el mundo, organizado en Iglesias Particulares. Podríamos hacer cierta analogía con el significado de la Visita «ad limina apostolorum»:
Dice la Constitución apostólica «Pastor Bonus» de Juan Pablo II en el Anexo I:
“Son realización visible de ese movimiento o circulación entre Iglesia universal e Iglesias particulares, que teológicamente se puede definir como una cierta –pericóresis-, o bien se puede comparar con el movimiento de diástole-sístole, por el que la sangre fluye del corazón hacia las extremidades del cuerpo y e estas vuelve al corazón” (n 2).
En el caso de la Visita Pastoral, se trata del encuentro entre el Obispo, enlace de esa comunidad con los Apóstoles y con la Iglesia Universal, y el párroco y equipo de sacerdotes responsables de una porción de esa Iglesia particular.
La Exhortación Apostólica «Pastores Gregis» en el n. 57 repite y precisa los mismos datos, con muchas referencias patrísticas. Añade la comparación de la visita con la “savia vital que viene de Cristo y une todas las partes como la savia de la vid llega a todos los sarmientos” (Jn 15,5). Esto se pone de manifiesto sobre todo en la Celebración Eucarística: cada Eucaristía se celebra en comunión con el propio Obispo, con el Romano Pontífice, y con el Colegio Episcopal y, a través de ellos, con los fieles de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia, de modo que la Iglesia universal está presente en la particular y ésta se inserta, junto con las demás Iglesias particulares, en la comunión de la Iglesia universal.

IV Martes de Cuaresma. El Bautismo




IV MARTES DE CUARESMA
(Ez 47, 1-9. 12; Sal 45; Jn 5, 1-3. 5-16)


TRES LLAMADAS
“El Ángel me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.” (Ez 47, 2)
“El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.” (Sal 45)
-«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.»
Jesús le dice: -«Levántate, toma tu camilla y echa a andar.» (Jn 5, 8)

CONSIDERACIÓN
La razón por la que, a esta altura del tiempo cuaresmal, se escogen estas lecturas en las que concurre el agua en las tres citas, es porque aquí se ve la prefiguración del agua bautismal.
La corriente que mana del santuario, del lado derecho, es profecía del borbotón que mana del costado de Cristo, origen de la fuente bautismal. La providencia nos permite contemplar hoy la duodécima estación del Via Crucis, imagen del Crucificado.
El hombre curado de parálisis, puesto en pie, representa lo que significa el bautismo. De vivir postrado, sin referencias, a caminar erguido, gracias a la relación con Jesús.

EL BAUTISMO
El bautismo “no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia.” (Francisco 8-01-2014)
Por el bautismo nos incorporamos a la familia de los hijos de Dios.
“El Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia” (Francisco).
“Así como de generación en generación se transmite la vida, del mismo modo también de generación en generación, a través del renacimiento de la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios” (Francisco)
“Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia.” (Francisco)
Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y amar incluso a quien nos ofende y nos causa el mal (Francisco).
Por el bautismo logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. (Francisco)

EL REGALO DE LA RECONCILIACIÓN por Don Joaquín Manuel Serrano Vila

El Papa Francisco confesándose en la pasada jornada de las 24 horas

Dentro de mi turno de “24 horas con el Señor” en la Iglesia de “Las Esclavas”, pasadas las ocho de la mañana y en la penumbra y silencio de la iglesia, a través de la celosía del confesonario, una señora acostumbrada y preparada comenzaba por medio del sacerdote (que para atenderla cerraba con su marcapáginas “El cura de Ars”) su particular encuentro con el Señor, testigo directo, nada menos, desde la custodia en santa exposición.

Su relato sereno de tribulaciones, dudas, miserias y zancadillas del maligno, nos dieron por medio del Espíritu invocado la oportunidad pausada de liberar su alma y conciencia, de esponjar su corazón, purificar actitudes y objetivar intenciones bajo el secreto cómplice y el abrazo amoroso del buen Padre que conoce a cada hijo y que en ese encuentro personal lo llama por su nombre. Enjundiosa reconciliación la primera, a la que en esa hora siguieron otras tres, hasta las nueve.

Es evidente que en estos tiempos el regalo del sacramento de la penitencia no está debidamente valorado y que a pesar de la Exhortación Apostólica “Reconciliatio et Paenitentia”, lo recogido en los cánones 960-963 del C.I.C. y demás documentos Magisteriales y pronunciamientos del Pontificio Consejo para la interpretación de los textos legislativos, bastantes fieles y algunos sacerdotes buscan acomodados sucedáneos a este hermoso obsequio de la gracia divina que, finalmente, han de frustrar la intimidad e individualidad de un encuentro personal con Dios que paternalmente habrá de ajustar la intensidad del abrazo (abrazo y encuentro en cualquier caso) al oído de las circunstancias particulares, quedando privado en suma de éste el “investigador” del cariño y del perdón amoroso de Dios, lo cual, pese al deseo y necesidad, generará en el mismo un “mal sabor de boca” y extraño sentimiento de ineficacia de lo realizado.

Es evidente que me estoy refiriendo a “las ofertas” de las absoluciones colectivas: ¿Cómo es posible que en el barullo y revoltijo humano de una celebración plural pueda valer para mí (que “ni robo, ni mato, ni trato de hacer mal a nadie”) lo mismo que para el que “roba, mata o hace daño”?; ¿Cómo pueden mezclarse las complejas situaciones personales de cada individuo y meter estas en el mismo saco de una oración penitencial compartida que automáticamente lleva a una absolución general para todos, sin saber quién es quién?

Tengo para mí que por comodidad y torpe pudor (constatado por testimonios) la experiencia de una absolución general puede ser más frustrante que la exigencia del paso valiente de arrodillarse ante Dios reconociéndose pecador y esperando de él -sin duda- el amoroso regalo de su personal e intransferible perdón mientras particularmente te llama a ti mismo -sólo a tí- por tu nombre.


Joaquín (Párroco)