Durante 20 años, los cristianos de Alejandría cuidaron a los enfermos de peste hasta el punto de contagiarse ellos mismos. Son el primer testimonio de culto a santos no mártires del cristianismo
(Alfa y Omega) El cristianismo no solo es contracultural; en ocasiones, parece incluso contra natura. Cuando todo ser vivo tiende por puro instinto hacia la conservación de la propia vida, la historia demuestra una y otra vez que los seguidores de Jesús son sin duda capaces de arriesgar su existencia hasta la muerte por hacer el bien a un desconocido. Es lo que sucedió en Alejandría hacia el año 249 d. C. Una epidemia de peste se desató en la ciudad y las calles se quedaron desiertas porque nadie quería exponerse al contagio. Solo se atrevían a salir unos pocos cristianos, que acudían a aliviar los dolores de los enfermos y se ofrecían a enterrar a los muertos. Muchos de ellos morirían poco después a causa de esta temeridad, «y por ello la piedad de los creyentes los consideró como mártires», dice el Martirologio Romano en la página que abre cada 28 de febrero.
La enfermedad que sacudió el Imperio romano fue tan grave que hasta tiene un nombre propio: peste cipriana o de Cipriano. Ello se debe que fue san Cipriano, obispo de Cartago, uno de los que escribió sobre los estragos que hizo la plaga en todo el Mare Nostrum desde el año 249 hasta el 269. En su De mortalitate no tuvo reparo en hablar de «entrañas relajadas en un flujo constante», de «intestinos sacudidos con un vómito continuo», de «ojos ardiendo inyectados de sangre» y hasta de mutilaciones y pérdida del oído y la visión.
No se sabe bien el origen exacto de aquello que sacudió el imperio, pero hay epidemiólogos que mencionan al sarampión, la viruela e incluso el virus del ébola. El caso es que la plaga trajo consigo miles y miles de muertes por todas partes y en poco tiempo, y un descenso demográfico tan pronunciado que comprometió la supervivencia de la agricultura y hasta del Ejército romano en las décadas siguientes. Hay incluso quien ve en este episodio histórico una de las causas del debilitamiento que llevó a Roma, años después, a su destrucción.
En Alejandría, una de las ciudades más pujantes, mató a cerca del 60 % de los habitantes. No existía hogar donde no se derramara llanto por al menos un difunto, hasta que llegó incluso un momento en que muchos cuerpos permanecían sin sepultura. Quienes lograban sobrevivir, deambulaban llenos de pavor y de hambre. Apenas alguien enfermaba, sus allegados lo abandonaban.
Pero, en medio de este caos, surgió un grupo de locos que se reunían cada domingo para adorar y cantar alabanzas a un Dios nuevo: Cristo. Mientras los paganos huían como podían de la ciudad, los cristianos permanecieron en ella cuidando de los que se quedaban atrás.
«Nuestros mejores hermanos»
San Dionisio de Alejandría escribió sobre este período difícil que «la mayoría de nuestros hermanos, por amor y afecto fraternos, olvidándose de sí mismos y unidos unos con otros, visitaban sin precaución a los enfermos, les servían y los cuidaban en Cristo».
Dionisio, antecesor de Cipriano en la sede de la ciudad egipcia, contaba asimismo que los creyentes «hasta morían contentísimos» con los enfermos tras haberse contagiado del mismo mal. Todos ellos —sacerdotes, diáconos y fieles laicos— «asumían voluntariamente» los dolores del otro y, tras curar a los que podían, «al final morían con ellos». Al final, «los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de este modo», concluye Dionisio, «en un género de muerte que en nada parece ser inferior incluso al martirio».
Para Alban Butler, autor de Vidas de santos, el libro de referencia de la hagiografía moderna, el de los fieles de Alejandría de aquellos años «es posiblemente el primer testimonio de culto a santos no mártires que conocemos». De hecho, aunque «no fueron mártires estrictamente de sangre, sí fueron, sin duda, mártires de la caridad».

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