Querida comunidad parroquial:
Nos encontramos de nuevo a las puertas de la Cuaresma, ese itinerario de cuarenta días que la Iglesia nos regala para preparar el corazón hacia la alegría de la Pascua. Como Párroco, me gustaría invitaros a no ver este tiempo como un simple retorno en una rutina de "cumplimiento", sino como una oportunidad de renovación sincera.
El catecismo de la Iglesia subraya cómo ''Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes -obras caritativas y misioneras-'' (CIA nº 1438). Sin duda, este es el tiempo de la misericordia, por ello nos preparamos en conciencia para vivirlo con hondura de espíritu.
Al recibir la ceniza sobre nuestras cabezas, escucharemos una invitación que resonará de forma especial durante estos cuarenta días en nuestro interior: «Conviértete y cree en el Evangelio». Con este gesto sencillo pero cargado de significado, iniciamos la Cuaresma, un tiempo que no es de tristeza, sino de entrenamiento espiritual y de retorno a lo esencial.
Nos adentramos, pues, en el desierto, que como siempre me gusta indicar, es lugar de combate; sí, pero también de encuentro, especialmente con uno mismo. La Cuaresma nos sitúa simbólicamente en la soledad, siguiendo los pasos de Jesús. El desierto es el lugar del silencio donde Dios habla al corazón, pero también es el lugar de la debilidad y la tentación. Hoy, nuestros "desiertos" están marcados por el ruido, las prisas y una excesiva conexión tecnológica que, paradójicamente, nos desconecta de los que tenemos al lado. Os invito a buscar vuestro propio desierto: diez minutos de silencio diario, un paseo sin teléfono, un momento de lectura reposada de la Palabra. No dejéis consultar el Evangelio del día para que la Palabra sea vuestra brújula.
El Papa Léón XIV en su audiencia este pasado día 11 nos pedía que esta Cuaresma que vamos a empezar sea un tiempo para «profundizar nuestro conocimiento y amor por el Señor, examinar nuestros corazones y nuestras vidas, así como para volver a centrar nuestra mirada en Jesús y su amor por nosotros». Y que los tres pilares tradicionales de la cuaresma sean «una fuente de fortaleza en nuestro esfuerzo diario por tomar nuestra cruz y seguir a Cristo». El Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2026 es un auténtico regalo, unas ideas concisas y muy concretas que se nos ofrecen sobre cómo escuchar, tener hambre de la Palabra y vivirlo unidos en comunidad.
Desde antiguo, cada año se nos propone vivir este camino bajo estas tres claves esenciales, tres "armas" de la luz. La Iglesia nos ofrece estas tres herramientas, que son clásicas pero no pasadas de moda, las cuales debemos redescubrir con creatividad:
Una oración que conecte: No se trata de rezar más por obligación, sino de buscar el silencio. Que no sea un monólogo, sino un dejar que Dios nos mire. Os animo a redescubrir el Sacramento de la Reconciliación. Si necesitáis guía, el portal Catholic.net ofrece excelentes reflexiones sobre cómo vivir la confesión como un encuentro de amor. Os invito a participar especialmente en la Adoración Eucarística de los jueves y en el Vía Crucis que rezaremos cada viernes en el templo.
Un ayuno que libere: Más allá de la privación de comida, ayunemos de la indiferencia, de las palabras que hieren y del ruido digital que nos impide escuchar a Dios y al prójimo. No es una dieta, es una disciplina. Ayunemos de juzgar a los demás, de la queja constante y del consumo innecesario. Que lo que ahorremos con nuestro ayuno tenga un rostro concreto: el de los más pobres.
Una caridad que transforme: Que nuestra limosna no sea una moneda para calmar la conciencia, sino un gesto de cercanía. La caridad es el termómetro de nuestra fe. Os pido que miremos a las pobrezas que nos rodean: las familias que pasan necesidad, los parados, los enfermos. La caridad es la expresión máxima de la misión de la Iglesia. La Cuaresma es un buen momento para colaborar activamente en la labor social de la Iglesia, en nuestro caso con Cáritas Parroquial ó, por ejemplo, dedicando tiempo a quienes están solos en nuestras parroquias... Recuerdo con cariño a las Hermanas Amparo y Bibiana, las cuales pusieron por costumbre en esta Parroquia que en Adviento y Cuaresma el Párroco peregrinaba junto a las Hermanas del Santo Ángel por las casas de nuestros mayores y enfermos a saludarles o llevarles la comunión o la Unción de Enfermos.
Somos comunidad en camino, pues nadie camina solo hacia la Pascua. Somos un cuerpo. Por eso, os convoco a los actos comunitarios que a lo largo de estos cuarenta días iremos teniendo: celebraciones, charlas cuaresmales, concierto, retiro, confesiones... Sólo tratan de ser ayudas para no desfallecer en este trayecto que nos encamina hacia la alegría de la Resurrección.
No olvidemos que la meta no es la ceniza, sino el fuego de la noche de Pascua. Todo el esfuerzo de estas semanas tiene un sentido: llegar renovados a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. No tengamos miedo de mirar nuestras heridas y entregárselas al Señor para que Él las cure y las sane.
Os espero este Miércoles de Ceniza, a las 19'30 horas, para iniciar juntos este camino. Recibir la ceniza es reconocer nuestra fragilidad, pero sobre todo, es aceptar que el amor de Dios es capaz de transformarlo todo.
Que este tiempo sea para todos nosotros un verdadero "desierto" donde florezca la esperanza.
Que la Virgen María, que acompañó a su Hijo en el camino de la Cruz, y vivió la Soledad tras depositar su cuerpo en el sepulcro, nos enseñe a ser fieles y a vivir estos cuarenta días con un corazón dócil y esperanzado. Caminamos hacia la mañana de Resurrección, no sólo ahora, sino siempre. Que ello esponje nuestro espíritu, conscientes de que nuestra meta no es la cruz, sino la luz.
Con mi bendición y afecto,
Joaquín:
Vuestro Párroco.

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