La reciente reacción de un centenar de personas ante una publicación del Arzobispo de Oviedo en la red social X (antes Twitter) ha abierto un cisma de interpretaciones en la esfera pública asturiana. En el centro de la polémica: la regularización masiva de más de 500.000 personas y el papel de la Iglesia en el debate migratorio.
Sin embargo, tras el ruido mediático, conviene desgranar dos ejes fundamentales que parecen haber quedado sepultados por la inmediatez digital.
Resulta llamativo cómo la gran mayoría de los ecos mediáticos han pasado de puntillas sobre la premisa que abría la reflexión episcopal. El Sr. Arzobispo comenzaba citando el mandato evangélico: "Fui extranjero y me acogisteis" (Mt 25). "Los inmigrantes tienen nuestra agradecida acogida".
Esta declaración de principios, que fundamenta la labor de la Iglesia, no ha impedido que el prelado plantee un interrogante de orden práctico y logístico: "¿Cuántos podemos asumir?". Lejos de ser una proclama de rechazo, esta pregunta abre un abanico de desafíos que la administración y la sociedad civil suelen evitar: ¿Existe una red sanitaria y de vivienda suficiente para garantizar una vida digna de la gente que llega o la que seguirá llegando?, ¿qué mensaje se envía a quienes esperaron años para obtener sus documentos legalmente y que llevan tiempo haciendo un esfuerzo para integrarse entre nosotros?, ¿hay capacidad organizativa para tramitar medio millón de expedientes sin colapsar el sistema?, ¿está el país preparado para la llegada de las familias que vendrán tras esta regularización?, y un largo etcétera que podríamos plantear.
El segundo punto de fricción surge de la crítica de este pequeño grupo de católicos que pone en tela de juicio la enseñanza del pastor asturiano. Aquí cabe preguntarse qué define con mayor precisión el magisterio de un obispo: ¿un mensaje de 140 caracteres interpretado bajo el sesgo del lector, o su apuesta decidida por instituciones como Cáritas y Manos Unidas, o una homilía o carta pastoral?
Sin duda que la labor diaria de las iniciativas diocesanas en favor de los más vulnerables (incluidos los migrantes) parece ser un argumento de peso que choca con la etiqueta de "rechazo" que algunos intentan adjudicarle. A mi juicio, la enseñanza de un obispo no se mide solo en el pulso de las redes sociales, sino en la gestión de la caridad y la valentía para plantear, en este caso, preguntas incómodas sobre la sostenibilidad del sistema.
Por último, esperemos que en una sociedad libre y democrática también el Arzobispo de Oviedo pueda seguir expresando sus convicciones morales y religiosas.

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