Ha saltado la chispa y como nos gustan tanto los incendios… se armó el jaleo. Me temo que el fuego del que hablaba Jesucristo, —“fuego he venido a traer a la tierra y no quiero sino que arda” (Lucas, 12, 49)— era otro bien distinto.
La cronología de los hechos es sencilla y rápida. Anuncia el gobierno de la Nación que va a hacer una regularización de inmigrantes, en la que se calcula que se van a beneficiar cerca de medio millón de personas. Aclaran que no se les concedería la nacionalidad sino el permiso de residencia, absolutamente necesario para poder tener una contrato de trabajo o alquilar o comprar una vivienda y acudir a los servicios de sanidad y educación con pleno derecho.
El presidente de la CEE don Luis Argüello, hace unas declaraciones explicando que le parece una medida justa, y que ya había sido pedida por muchas organizaciones, algunas pertenecientes a la Iglesia con una ILP (iniciativa legislativa popular) que se presentó en abril de 2024, avalada por mas de 700.000 firmas. Algunos Obispos -no solo nuestro Arzobispo-, manifiestan que les parece bien la medida, como no podía ser de otra manera, faltaría más, pero que hay que poner un poco de orden en todo esto por motivos varios: posible colapso de los servicios sanitarios y sociales, y miedo de muchos ciudadanos a un aumento de la delincuencia por la falta de requisitos serios para la regularización. Cada uno lo hace con sus palabras y su estilo literario, pero pienso que son sentimientos compartidos por muchos.
Desde un punto de vista político, se entrevén razones ocultas de presuntos pactos subrepticios, porque a nadie se le escapa que el momento para tomar esta decisión es peculiar: casi dos años después de haberse recibido la ILP y como moneda de cambio de otras negociaciones y prebendas que más tarde o más temprano acabarán saliendo a la luz.
Y la chispa enciende la mecha. Saltan algunos hechos un basilisco sobre todo por las formas y maneras de decir, que sacadas de contexto pierden totalmente significado y cambian su sentido..
No se puede dudar, a mi al menos no se me ocurre, de que nuestro Arzobispo es el primer interesado en que los migrantes tengan cuanto antes regularizada su situación para no quedarse en un limbo jurídico que puede ser tierra fértil para delincuentes y que nos cueste un ojo de la cara mantener una situación provisional que se va alargando. Nadie puede dudar, y a mí no se me ocurre, que en esta tierra acogemos muy bien al que viene de fuera, y yo que volví después de muchos años de ausencia, lo he notado de nuevo. Nadie puede dudar, y yo no lo hago, del cariño que tiene don Jesús a todos estos hermanos nuestros en la fe, que nos enseñan a vivirla con una devoción que a veces nos avergüenza a la vez que nos enorgullece, porque no la vivimos con tanta intensidad y somos nosotros los que se la hemos dado, hace unos cuantos siglos.
Contaré por último, y creo que tengo autoridad para decirlo por el barrio en el que está mi parroquia, con más del 60 % de la población migrante, que hace unos meses, muy pocos, el propio Arzobispo me animó a hacer una labor en mi parroquia para ellos y se tomó además la molestia de ponerme en contacto con una organización que está haciendo una labor estupenda en otros sitios.
No quiero dejar de señalar que aquellos que se avergüenzan por sus declaraciones e invocan la Sagrada Escritura y el espíritu evangélico y unas cuantas encíclicas que quizá ni se han leído, no tienen el contacto diario que yo tengo con estos hermanos nuestros. No los atienden a diario, no los escuchan ni ayudan, no están en las acogidas de Cáritas diocesana (por cierto), no les administran los sacramentos ni les enseñan la fe y sólo están esperando que salte la chispa para quemar a lo bonzo a quien se le ponga por delante. Los manifiestos, queridos firmantes, no son es evangélicos.
¿Queremos hacer el favor de ayudar de verdad a estos hermanos nuestros necesitados, de ocuparnos de verdad de ellos y no hablar de lo que nosotros no hacemos o hacemos a medias?
Es necesario ocuparse del futuro y no ir poniendo parches con medidas populistas y quién sabe si reversibles si no sirven para lo que se emplean, y pensar en dos cosas de las que no he leído nada en esos textos: cómo incrementamos la natalidad en nuestro propio país, para evitar que tengan que venir de fuera a trabajar en lo que nosotros no queremos o no podemos hacerlo. Y hacer un pacto de Estado serio y despolitizado, para que de verdad seamos ese país que funciona y acoge a todos los que de verdad somos capaces de asumir de manera digna y provechosa, sin que se rebaje la calidad de nuestros servicios. Claro que queremos ser generosos, y lo somos muchas veces, pero nos encanta enzarzarnos en polémicas absurdas que nos hacen perder el tiempo.
La caridad exige decir las cosas con respeto y cariño, para que los que vienen de fuera puedan decir de nosotros: ¡mirad como se aman!. Cuando todos migremos al Reino prometido y se nos examine en el amor, ojalá se nos pueda poner buena nota.

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