(Martín Fernández/ La voz de Galicia) Antes de ser O Santo, el Muy Ilustre Don Manuel Fernández de Castro, obispo de Mondoñedo, era Manolín, un joven ovetense culto, sensible, espiritual. Un día escribió un poema sobre unas ovejas que le regalaron a un recién nacido: «Que'l niñín les quiera / y faiga caricies, / y peine so llana / coles manines./ Qu'el mesmu las eche/ cabe si xuntines,/ y los pies los tape/ pa que non se enfríen».
Ese mismo candor y cuidado que reclamaba para las merinas lo puso él para proteger una lengua minoritaria y en retroceso, el bable, el idioma de su corazón. En 1861, Louis Lucien Bonaparte, sobrino de Napoleón, el Emperador francés, le encargó traducir al asturiano el Evangelio según San Mateo, entonces uno de los textos más populares de Europa. Y le financió la publicación del libro en Londres, tal vez el único volumen de procedencia astur que haya sido editado en la capital inglesa...
Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia, que así se llamaba el prelado, nació en Oviedo en 1834 y murió en Lugo, lejos de la tierra que tanto amó, en 1905. Desde muy joven se inclinó por la vida religiosa y, tras ser ordenado sacerdote, fue catedrático de Latín en el Seminario Conciliar de la capital asturiana y fundador del Catecismo de Oviedo. Cuando tenía 55 años, fue nombrado Obispo de Mondoñedo, diócesis en la que prosiguió la labor pastoral que lo caracterizó: el apoyo a las vocaciones religiosas y la difusión de la doctrina y de la moral cristiana.
Un encargo singular
Su condición clerical no le impidió, sin embargo, participar activamente en la vida social y cultural de su tiempo. En el diario La Unidad -medio vinculado al carlismo- escribió artículos que defendían postulados conservadores y tradicionalistas. En revistas eclesiásticas españolas difundió sus tesis y opiniones sobre asuntos de teología moral. Fue autor de dos libros sobre catequesis. Vertió al «asturianu» en 1854 la bula del Papa Pío IX -Pío Nono- Ineffabilis en la que se define el misterio de la Inmaculada Concepción. Y publicó en la prensa regional, en bable, diversos poemas de tipo costumbrista y popular que le dieron una notable fama y gran notoriedad.
Pero, sin duda, su máximo reconocimiento lo alcanzó con la traducción al bable del Evangelio de San Mateo, libro que fue editado en Londres en 1861 con una tirada inicial de 200 ejemplares. De ellos, según fuentes del Instituto de Estudios Asturianos, solo se conservan cinco: tres, en las bibliotecas Nacional de España, Londres y Vaticana y dos en manos privadas en Asturias. El volumen presenta dos características que lo hacen especial y singular. La primera, que tal vez sea el único libro en lengua asturiana que se editó en Londres. Y la segunda, que su publicación se debió al encargo de un personaje también un tanto raro y singular: Louis Lucien Bonaparte, sobrino de Napoleón Bonaparte, El Emperador de Francia.
Un sobrino de Napoleón que amaba las lenguas minoritarias
En 1861, uno de los libros más populares de Europa era El Evangelio de San Mateo, uno de los cuatro del Nuevo Testamento. Por entonces, a Louis Lucien Bonaparte -que era lingüista, amante de las lenguas minoritarias y sobrino de El Emperador- se le ocurrió comparar cuatro idiomas próximos a su francés materno. Él fue uno de los primeros filólogos que estudiaron las lenguas vivas con métodos rigurosos por medio de la comparación lingüística. Y por eso encargó la traducción del Evangelio de San Mateo al asturiano, al gallego, al portugués y al castellano.
Al bable, se la encargó a un joven sacerdote ovetense que entonces tenía 27 años y que, con el tiempo, llegaría a ser Obispo de Mondoñedo. Para llevar a cabo el pedido, Don Manolín se apoyó en curas y seminaristas asturianos y redactó el texto en la llamada variante central, a la que incorporó usos y palabras de las modalidades oriental y occidental del bable.
La traducción al gallego, Bonaparte la puso en manos del compostelano Vicente Turnes pero, cuando este concluyó su trabajo, el francés consideró que su texto estaba demasiado castellanizado y le hizo un nuevo encargo a José Sánchez de Santa María, un poco conocido traductor gallego que Carballo Calero cita entre los precursores de Rosalía de Castro.
Louis Lucien Bonaparte no solo promovió el estudio de las lenguas de la Península Ibérica sino también los dialectos ingleses, italianos, sardos y albaneses. Y, sobre todo, estudió la lengua vasca, hasta tal punto que sus conclusiones sobre el euskera se mantuvieron en la picota de la investigación hasta el año de 1998 cuando se realizó la actual ordenación dialectal del vasco. Bonaparte había clasificado esta lengua en tres grandes grupos, ocho dialectos, veinticinco «subdialectos» y cincuenta variedades.
Su pasión por el País Vasco lo llevó a mantener largas estancias en él, casarse con una mujer vasca y publicar 33 obras en los distintos dialectos de esta vieja lengua preindoeuropea. Le llamaban O Santo y promovió la creación de la iglesia del Carmen y de rectorales y cruceiros
Manuel Fernández de Castro era un hombre sencillo, próximo y famoso por sus obras de caridad. Los vecinos le llamaban O Santo y entre ellos quedó, por largo tiempo, grato recuerdo y profunda huella, según documentan los historiadores mindonienses Cal Pardo y Andrés García Doural. Cincuenta años después de su muerte, su memoria seguía presente en la diócesis y en 1955 le fue tributado un homenaje en la iglesia parroquial de Nosa Señora do Carmen que él mismo había levantado sobre una vieja ermita de 1664. El nuevo templo fue obra del arquitecto local José Domenech a expensas del obispo De Castro. Su primer párroco fue en 1900 Justo Rivas Fernández, futuro obispo de Plasencia (Cáceres).
Mapa parroquial
En el acto, que contó con gran participación de vecinos y sacerdotes, intervinieron el entonces obispo de Mondoñedo, Mariano Vega Mestre; el deán Vicente Saavedra; el primer párroco de O Carme, Justo Rivas; y los párrocos de Ramil (Vilalba), José Benito Fernández Quintana, y Vilaronte (Foz), Jesús Losada Ares. Por su parte, el Concello de Mondoñedo colocó una lápida y dio su nombre a la avenida que discurre entre la escuela del barrio de Os Muiños de Arriba y la iglesia del Carmen. En su período al frente de la diócesis, Fernández de Castro reordenó en 1895 el mapa parroquial de Mondoñedo, lo que llevó a la desaparición de viejas parroquias como Rilleira de Cesuras, Trigás y Ambroz y a la aparición de las actuales de Os Remedios, San Vicente y O Carmen. Promovió, además, varias obras públicas -cruceiros, petos de ánimas, etcétera- y adquirió inmuebles y terrenos para levantar rectorales en parroquias. A él se debe la construcción del cruceiro de O Fiouco.

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