viernes, 4 de diciembre de 2015

Papa Francisco: «Allí donde hay necesidad siempre está la Iglesia dispuesta a curar las heridas»



(VIS) «He visto -dijo el Papa- que allí donde hay necesidad, casi siempre hay una presencia de la Iglesia dispuesta a curar las heridas de los más necesitados, en los que reconoce el cuerpo llagado y crucificado del Señor Jesús. ¡Cuántas obras de caridad, de promoción humana!¡Cuántos buenos samaritanos anónimos trabajan todos los días en las misiones!».

Después subrayó que la Iglesia, evangelizadora por naturaleza, comienza siempre por evangelizarse a sí misma ya que «discípula del Señor Jesús, escucha su Palabra, de la que obtiene las razones de la esperanza que no defrauda, porque se funda en la gracia del Espíritu Santo. Sólo así es capaz de mantener su frescura y su impulso apostólico». Como afirma el decreto conciliar «Ad Gentes»: «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre» .«Y la Iglesia -reiteró el Pontífice- está al servicio de la misión. No es la Iglesia la que hace la misión: es la misión la que hace la Iglesia. Por lo tanto, la misión no es la herramienta, sino el punto de partida y el fin».
Cristo como mero hombre iluminado

En los últimos meses, la Congregación ha llevado a cabo una encuesta sobre la vitalidad de las Iglesias jóvenes, para encontrar la manera de hacer más eficaz la labor de la misión ad gentes, teniendo también en cuenta la ambigüedad a la que a veces se enfrenta hoy la experiencia de fe. «El mundo secular, aún cuando se muestra acogedor con los valores evangélicos del amor, de la justicia, de la paz y de la sobriedad -observó Francisco al respecto- no muestra la misma apertura a la persona de Jesús: no cree que sea ni el Mesías ni el Hijo de Dios. Todo lo más, lo considera un hombre iluminado. Separa, por lo tanto, el mensaje del mensajero, el don del Dador. En esta situación de separación, los missio ad gentes sirve como motor y horizonte de la fe.... La misión, de hecho, es una fuerza capaz de transformar la Iglesia en su interior, incluso antes que la vida de los pueblos y de las culturas. Por lo tanto, que cada parroquia haga propio el estilo de la misión ad gentes. De ese modo, el Espíritu Santo transformará a los fieles habitudinarios en discípulos, a los discípulos desafectos en misioneros, sacándolos de los miedos y los cierres y proyectándolos en todas las direcciones, hasta el fin del mundo El enfoque kerygmático de la fe, tan familiar entre las Iglesias jóvenes, debe encontrar también espacio entre las de antigua tradición».

El Papa recordó que ni Pablo ni Bernabé tenían detrás un dicasterio misionero y sin embargo, anunciaron la Palabra, crearon diferentes comunidades y derramaron su sangre por el Evangelio. «Con el tiempo aumentó la complejidad, y la necesidad de una unión especial entre las Iglesias de reciente fundación y de la Iglesia universal. Para ello, hace cuatro siglos, el Papa Gregorio XV instituyó la Congregación de Propaganda Fide, que a partir de 1967 tomó el nombre de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos-relató- Es evidente que en esta etapa de la historia no sirve una simple administración de la realidad existente.Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un estado permanente de misión. Es un paradigma... `Ir´ es inherente al Bautismo, y sus límites son los del mundo. Por lo tanto seguid esforzándoos para que el espíritu de la misión `ad gentes´ anime el camino de la Iglesia, y para que sea siempre capaz de escuchar el grito de los pobres y los alejados, que sepa encontrar a todos y anunciar la alegría del Evangelio».

El Santo Padre dio las gracias a la Congregación por su labor de de animación y cooperación misionera, con la que recuerdan a todas las iglesias que «si se limitan al propio horizonte corren peligro de atrofia». «La Iglesia vive y crece en salida, tomando la iniciativa y haciéndose prójimo... En los muchos caminos de la misión ad gentes se entrevé el amanecer de un nuevo día, como lo demuestra el hecho de que las Iglesias jóvenes saben dar y no sólo recibir». Prueba de ello es la disponibilidad de conceder sus sacerdotes a las iglesias hermanas de la misma nación, o del mismo continente, o para servir a las iglesias necesitadas en otras partes del mundo.«La cooperación ya no es sólo a lo largo del eje norte-sur. También hay un movimiento inverso de devolución de los bienes recibidos de los primeros misioneros. Y todos ellos son signos de madurez».

El Papa terminó su discurso instando a todos a rezar y trabajar «para que la Iglesia se conforme cada vez más al modelo de los Hechos de los Apóstoles» .«Inspirados por la fuerza del Evangelio y el Espíritu Santo -exclamó- salgamos de nuestros recintos, emigramos de territorios en los que a veces tenemos la tentación de encerrarnos».

jueves, 3 de diciembre de 2015

Carta semanal del Sr. Arzobispo

Un nuevo año con la que está cayendo: el adviento cristiano

Estamos estrenando un nuevo año los cristianos. Es algo que acontece cuando damos comienzo al adviento, esas cuatro semanas que nos preparan para la celebración de la Navidad ya tan cercana. Es sabido que los cristianos siempre comenzamos el año un poco antes de las calendas habituales en el almanaque civil. Cabe recordar ese dicho popular de “año nuevo, vida nueva” para aplicarlo a nuestro cristiano estreno de año, lo cual quiere expresar algo muy hondo y muy humano: que nuestro corazón no se resigna al fatalismo de lo que acontece como una inercia imparable que nos empuja inevitablemente sin más ni más. Por este motivo nuestro corazón tiene derecho a decir ¡basta! a tantas cosas que no van; que nuestro corazón es justo cuando a pesar de todos los pesares tiene la osadía de soñar una vez más.

La gran posibilidad de una renovación que nos llena de paz y esperanza, por dentro y por fuera, no depende de nuestros acuerdos, no es fruto de un empeño colectivo de que las cosas sean de otro modo. La Vida Nueva que año tras año, día a día, e instante tras instante podemos celebrar, se llama Jesucristo. Sí, llegan los tiempos que hacen nuevas las cosas porque nos las quiere reestrenar Aquél que nos las dio.

Esto quiere decir que ni la mentira, ni el caos, ni la muerte, tienen la última palabra desde que Alguien tuvo la locura o el atrevimiento de proclamar “Yo soy la Verdad, y el Camino, y la Vida”. Y nosotros creemos en esa Vida Nueva que se ha hecho uno de nosotros, que puso su tienda de encuentro en las contiendas de nuestras insidias. O estaba loco para decir semejantes cosas, o sencillamente era Dios... y Hombre verdadero. En este tiempo bendito se nos hace una invitación a la vigilancia. No es la actitud nerviosa que genera ansiedad ante el temor de ser sorprendidos y registrados en nuestra humilde condición, tantas veces mejorable humana y cristianamente hablando. Es vigilar como quien no desea jugar con la vida y tomarse en serio el valor y el significado que quien nos la dio espera de nosotros un saludable cambio. Un auténtico toque de atención para poder abrirnos sin temor y sin inercia, a la novedad que nos permite sencillamente volver a empezar. Esto es lo que propiamente esperamos de verdad, lo que soñamos que pueda ser posible tras el sopor y el pudor de vernos condenados a un aburrido caminar que no tiene delante ningún horizonte.

Son las actitudes de quien desea que suceda algo nuevo, algo que nos mueva y nos conmueva como la vez primera. En este sentido, vale la pena escuchar ese grito de nuestro corazón que continuamente nos reclama el milagro de una novedad que no caduque tan tempranamente, y reconocer que Alguien, como ningún otro y para siempre jamás, ha tomado en serio ese grito, ha abrazado el grito del corazón humano, de mi corazón, pudiendo desde entonces volver a estrenar esperanzas y brindar felicidades.

El adviento cristiano siempre es recordar a Aquel que vino ya, acoger su venida incesantemente presente, y por último prepararnos al día de su vuelta prometida. Esta es la paradoja de nuestra fe: hacer memoria de quien vino, desde la acogida de quien viene, para prepararnos a recibir a quien vendrá. No es un juego de palabras, ni una quimera difícil de desentrañar. Recordamos con gratitud a Jesús que vino en Belén. Aguardamos con esperanza al que prometió volver. Reconocemos con audacia al que jamás se fue de nuestro lado. Así nace la confianza de un mundo nuevo que de sus manos no deja cada día de bien nacer.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Efectos admirables de la Confesión

(Adelante la Fe)

Discípulo. —Padre, La confesión, además del perdón de los pecados, ¿proporciona también otras ventajas?

Maestro. —Muchísimas y sorprendentes. Todos nosotros tenemos tres enemigos implacables, funestísimos y obstinados, los cuales día y noche, continuamente ponen acechanzas a nuestras almas. Son ellos: la concupiscencia, el demonio y el mundo. Desde la niñez hasta la tumba, siempre nos persiguen, en todas partes, y en toda edad y condición apresan víctimas. ¡Ay del que no se previene con esta divina medicina de la confesión!

D. — ¿Y la confesión es suficiente para vencer a estos enemigos?

M. —Una confesión aislada no, es menester que se repita con frecuencia. Estos enemigos mortificados una vez con la confesión no mueren, sino que de nuevo, con multiplicada saña, acometen después, transforman y multiplican los lazos para ocasionarnos peores daños. ¡Oh, cuántos sinceramente convertidos, recaen bien pronto en los mismos pecados de antes!

San Felipe Neri refiere de un jovencito que se le presentó resuelto a dejar a toda costa ciertos pecados impuros, a los que estaba habitado. Le oyó amablemente su confesión, y viendo la firme voluntad que tenía de enmendarse, le absolvió en nombre de Jesucristo, y le dijo que se fuese tranquilo; más en cualquier momento en que recayera, que volviese inmediatamente a confesarse. Al día siguiente he ahí de nuevo aquel jovencito a los pies de San Felipe.

— Padre, el demonio ha sido más fuerte que yo. He caído en el mismo pecado.

— ¿Estás arrepentido?

— Sí Padre.

— Pues bien, yo te absuelvo, ve en paz: más después de la primera recaída vuelve de nuevo a caer. Al tercero, al cuarto, al quinto día hételo, de hinojos a los pies del santo a confesar sus acostumbradas recaídas, y en esta forma se repitió el caso por doce o trece veces con intervalos más o menos largos, hasta que, finalmente triunfó de su defecto y llegó a ser tan puro y casto, que San Felipe le recibió entre sus hijos, convertido en celoso apóstol.

Así que la confesión, repetida constantemente, acaba por ser más fuerte que el demonio, vence al demonio impuro de sus más obstinados asaltos.

D. —Padre, ¿se repiten tales casos de recaídas?

M. —Frecuentemente, en los adultos y sobre todo en los jóvenes.

D. —Y entonces, ¿qué hacer?

M. —Entonces es necesario repetir cada vez o inmediatamente la confesión. Así como no basta una sola inyección para matar el microbio del tifus o de la tisis, tampoco no basta una sola confesión para esterilizar el microbio de la concupiscencia, que circula en nuestra sangre. La confesión tiene fuerza especialísima contra la sensualidad, tanto que, como dicen eminentes personajes, casi no se puede creer que sean castos, sino aquellos que se confiesan, sea cual fuere su estado o condición. Podrá ser que se esté lejos de ciertos excesos, pero no se tendrá la absoluta integridad de costumbres sin la confesión frecuente.

D. — ¿Será por esto, que se la recomienda tanto, especialmente a la juventud?

M. —Por eso es precisamente, puesto que manifiesta mayormente toda la eficacia victoriosa de la confesión. En este terreno virgen es en donde se revela propiamente como talismán preservativo de la juventud. ¡Oh, cuan bello espectáculo presenta a los ojos de Dios y de los hombres tanta multitud de jóvenes, desde temprano acostumbrados a la frecuencia de este sacramento!

D. — ¿Tenían, pues, razón San José B. Cottolengo y San Juan Bosco de inculcarla tanto en sus institutos?

M. —Sí, por cierto. Don Bosco, y con él todos los mejores educadores, han comprendido que si se quiere preservar eficazmente a la encantadora infancia de ambos sexos de la pérdida de la inocencia no existe otro medio más seguro que la confesión frecuente.

D. —Si no me engaño, también el Papa San Pío X decretó ciertas cosas respecto a la confesión de los niños, ¿no es verdad, Padre?

M. —Bendita mil veces la santa y gratísima memoria de este vigilante Pontífice, que para remediar tantos abusos y costumbres aviesas, introducidas a raíz de cavilosas y perjudiciales interpretaciones, por decreto del 8 de mayo de 1910, estableció que la edad para la confesión y comunión de los niños es aquella en la cual el niño empieza a tener uso de razón, es decir, aún antes de los siete años; y que la costumbre de no admitir a la confesión y de no absolver a los niños que ya llegaron al uso de la razón, es absolutamente reprobable, cargando toda la responsabilidad sobre los padres, sobre el confesor, sobre los maestros y sobre el Párroco.

D. —De modo que según usted, la confesión frecuente ¿sería indispensable a todos, chicos y grandes?

M. —Sí, la confesión frecuente es indispensable a todos; y tengan todos presente, que si quieren vencer al mortal enemigo del alma, si quieren preservarse de todo género de impureza, si quieren que sus subordinados consigan tales victorias, deben ir a confesarse, llevar a confesarse, mandar que vayan a confesarse.

¡Pruébenlo y verán cuan poderoso es Jesús!

Un día se presenta a San Juan Bosco un sacerdote, párroco de un importante pueblo de Monferrato, el cual echándose a sus pies y besándole la mano, prorrumpió en abundante llanto. El Santo lo levántala y amorosamente se puso a interrogarle por la causa de tanta angustia.

—Don Bosco, le dice el sacerdote, estoy resuelto a abandonar mi parroquia, veo que soy incapaz de hacer el menor bien; mis fatigas son correspondidas siempre con la mayor indiferencia y frialdad. Abunda la blasfemia, las palabras obscenas, la profanación de los días festivos, las malas costumbres, el baile, el escándalo. Le suplico, Don Bosco, que me aconseje lo que debo hacer.

— ¿Desde cuánto tiempo sucede esto?

— Desde muchos años, y va siempre de mal en peor.

— ¿Ha rogado, ha procurado que rueguen otros?

— ¡Figúrese, Padre, si he rogado! He hecho novenas, votos, mas todo ha sido inútil.

— ¿Y a la Iglesia, a los Sacramentos, acuden?

— A la Iglesia vienen bastantes, también se frecuentan los Sacramentos; más después…

–– ¿Se hacen bien las confesiones?

–– ¡Ay! Este es mi mayor temor y mi mayor pena.

— Pues bien. Haga esto. Vuélvase tranquilo a casa, desde ahora en adelante no predique otra cosa que sobre la excelencia de la confesión, la importancia de la confesión bien hecha.

Obedeció aquel celoso sacerdote y después de tres años, encontrándose con el mismo Don Bosco en una sala de espera de la estación de Asti, se le hincó otra vez a los pies, y besándole muchas veces la mano con afectuosa efusión no acababa de darle gracias por tan luminoso consejo: “Lo he puesto en práctica, le decía, y mi parroquia se transformó como por encanto; gusto a cada momento de nuevas e indecibles consolaciones”.

D. —Don Bosco era santo, ¿no es así Padre?

M. —Era un hombre lleno de espíritu de Dios, conocedor del mundo, profundo escrutador de los corazones y, como Felipe Neri, celoso propugnador de la confesión frecuente, la cual si hoy en día no se practica cuanto fuera de desear, y no siempre con el debido fruto, es porque no se conoce suficientemente.

La confesión, además de ser el más grande remedio, es también el milagroso sacramento que bastaría por sí solo para contener al mundo entero.

D. — ¿Es posible?

M. —He aquí una muestra en un hecho histórico de la vida de Don Bosco.

En el año 1855. S. Juan Bosco había predicado tres días de ejercicios espirituales a los jóvenes de la Generala de Turín, que es un instituto correccional de díscolos. Cuando los hubo confesado todos, pidió y obtuvo, después de mucha insistencia del mismo ministro Urbano Ratazzi, de llevarlos en corporación, en número de trescientos cincuenta, a paseo hasta el parque real de Stupinigi, distante cuatro millas de Turín. La más bulliciosa alegría reinó hasta la tarde; y cuando los volvió a llevar a casa en el mayor orden, se vio que ninguno había faltado al llamarle. Imposible imaginarse el asombro de todos al ver como un pobre sacerdote solo, sin guardias, ni carabineros, hubiera podido mantener ordenados y sumisos a tan gran número de corrigendos, cuando no bastaban para ello los más severos reglamentos ni las más rigurosas celdas. Es que no sabían que el gran secreto de Don Bosco era la confesión, y que la confesión vale mucho más como medio educativo, que todos los regimientos de carabineros y guardias reales.

D. —Verdaderamente, Padre, la confesión es poderosa. ¡Oh, si los padres se valieran de tan rico tesoro, cuánto mejor se educaría la juventud, y cuánto mayor respeto, obediencia y moralidad se tendría en la familia!

M. —Sin duda de ninguna clase. Efectivamente, no temo exagerar si digo, que entre cien personas que frecuentan la confesión y lo hacen con sincera voluntad de progresar difícilmente se encontrará un pecado mortal; y por el contrario, confesando sólo dos que raramente se confiesan, difícilmente dejarán de encontrarse pecados mortales.

D. —Al modo como una casa que se barre con frecuencia, como un vestido que se cepille a menudo, como la cara, cuando se lava todos los días, se mantienen pulcros, así sucede con el alma que se confiesa con frecuencia, ¿no es verdad, Padre?

M. – Muy cierto.

Padre Luis José Chiavarino

miércoles, 2 de diciembre de 2015

La Caravana del Verso en San Juan el Real

D. José Gutiérrez Mora: «El sacerdote no debe dejar nunca el deseo de ser santo»


(SIC/Archidiócesis de Sevilla)

¿Cómo ha sido su andadura como sacerdote?

El recorrido de mi vida sacerdotal ha sido muy variado. Coadjutor en Osuna durante dos años. Después 3 años en el Seminario Menor de Sanlúcar de Barrameda. A continuación me mandaron 12 años de director espiritual al Seminario Mayor de San Telmo. De allí fui 12 años párroco del Salvador. Me nombraron Vicario del Clero. Estando en la Vicaría me hicieron Párroco del Sagrario de la Catedral. Canónigo jubilado. Provicario General de la diócesis y Delegado del Clero.
Háblenos de su experiencia en estos años.

Como experiencia sacerdotal he vivido muy gozosamente mi vida. Siendo seminarista a los 17 años tuve una crisis fuerte, creyendo que yo no servía para sacerdote, y dudas que me empujaban a dejar el seminario. Una vez superada esa crisis mi vida sacerdotal –llevo 61 año de sacerdote- ha sido un gozo enorme, viviendo mi sacerdocio en plenitud. He procurado hacerlo y el Señor me ha ayudado a vivirlo. Mi ministerio fundamental ha sido el Seminario, los sacerdotes y la predicación. Rara es la Hermandad en la que no haya predicado. Ha sido para mí un ministerio muy profundo, serio y responsable. Y aquí estoy ya preparándome para cuando el Señor quiera llevarme.
Los mejores recuerdos…

Los recuerdos más importantes que tengo son los años dedicados a los sacerdotes y el Seminario. MI vida podría resumirla en un afán grande de ayudar a los sacerdotes y seminarista. Ha sido lo más importante de mi vida.
¿Qué cosas le gustaría hacer todavía?

Lo que me queda por hacer es continuar lo que he hecho hasta ahora. La edad no me permite muchas cosas. Ahora que estoy en la Casa Sacerdotal la idea que tengo, y me he propuesto cumplir, es rezar y orar mucho por los sacerdotes. Igual que en la vida activa he estado con ellos ayudando en todo lo que he podido, ahora mi ayuda a los sacerdotes es la oración, la mediación, pidiendo por sus necesidades, por los que actúan y trabajan en la pastoral y por los sacerdotes difuntos. Aquí continúo en vida pasiva, que al mismo tiempo es activa en el espíritu, la oración al servicio de la Iglesia y de todos los fieles y sacerdotes.
¿Cómo ha vivido la evolución de la Iglesia a lo largo de su vida?

A mí me ha cogido todo. El ante-concilio, concilio y post-concilio… He vivido siempre con la idea de que mi pertenencia era a la Iglesia. No era yo el que hacía sino la Iglesia la que me enviaba. Me he considerado siempre un miembro activo dentro de la misión de la Iglesia. Para mí ha sido importante el hecho de ser misionero y enviado, de continuar la misión evangélica de Jesús.
Desde su criterio ¿qué está necesitando la Iglesia o qué meta tiene que lograr a corto plazo?

Personalmente me agrada mucho la tarea pastoral del Papa Francisco. Me he identificado totalmente con él cuando dice que quiere una Iglesia pobre, que esté cerca del hombre, que no se encierre en sí misma, que se abra a todos y que la característica más importante de la Iglesia de hoy tendría que ser la Misericordia y la Evangelización, llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres, descubrir esa profundidad que tiene el Evangelio, tan sencillo y tan profundo a la vez; hacer una Iglesia viva, alegre porque lleva en sí misma el gozo de Dios.
¿Cómo ha sido para Ud. el cambio de pasar de su casa a la Casa Sacerdotal?

Hace un año que vine a vivir a esta casa. Fue un poquito duro. Acostumbrado a hacer lo que mejor me parecía en casa, aquí estoy sometido a un horario; aunque después de pasar las primeras impresiones me encuentro muy bien aquí. Me siento muy feliz. Me gusta pensar que he venido a un monasterio. Siempre me ha gustado el silencio y el recogimiento de la vida monacal. Todos los años he pasado unos días en algún monasterio y para mí la idea de la Casa Sacerdotal, además de otros aspectos, la vivo como un monasterio al que Dios me ha traído para que, el tiempo que me quede de vida, lo dedique exclusivamente a Él.
¿Qué echa de menos en la Casa?

La convivencia con los sacerdotes. Casi todos somos mayores y estamos cansados de muchas cosas y parece como que estamos tendiendo a vivir una vida más personal, más silenciosa. Echo de menos esa convivencia que tal vez podríamos fomentar más. Tenemos contacto entre nosotros pero quizás sea poco.
¿Qué le ha dejado mejor sabor?

Muchos momentos. ¿Sabes lo que más gozo me ha dado en mi vida sacerdotal? Celebrar la Misa. La Eucaristía ha sido el centro de toda mi vida. Yo he intentado que cada Eucaristía fuera como la primera vez que celebro. Y parece que el Señor me ha ayudado mucho en esto porque siempre que la celebro es como si fuera la primera o la última.
¿Qué aconsejaría a los sacerdotes jóvenes?

El sacerdote no debe dejar nunca el deseo de ser santo. Porque si lo deseamos con seriedad llegaremos a algún grado de santidad; si no tenemos esa aspiración entonces no aprendemos nada. Se trata de vivir una profunda unión con Cristo y con los hombres, en el servicio de ellos. Les diría a los sacerdotes jóvenes que la vida espiritual no puede dejarse de ninguna forma; el sacerdote que no haga oración vive una vida superficial. La oración va unida a ese deseo de santidad. Y después poner un amor grande en el servicio a los hermanos y así servir al Señor y a la Iglesia.

martes, 1 de diciembre de 2015

Apertura del Año de la Misericordia en nuestra Diócesis



El próximo 8 de Diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el Papa Francisco dará comienzo al año jubilar de la Misericordia que durará hasta el 19 de noviembre de 2016.

En nuestra Diócesis será el Domingo 13 de diciembre la inauguración solemne del año jubilar y la apertura de la Puerta Santa .

La Celebración estará presidida por el Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo de Oviedo Fray Jesús Sanz Montes O.F.M. , y en el trascurso de la misma ordenará a los primeros diaconos permanentes de la Diócesis.

Con motivo del nombramiento de Monseñor Juan Antonio Menendez Fernandez como Obispo de Astorga, y durante el acto en la Catedral arriba indicado, se le brindará una cariñosa despedida con el deseo de que el Señor le ilumine en esta nueva andadura.


Cuidar la Eucaristía. Por Guillermo Juan Morado



(La Puerta de Damasco) La Eucaristía es el sacramento- el signo sensible, instituido por Jesucristo, para darnos la gracia - que hace presente al mismo Cristo. Es el signo eficaz que hace presente no solo el sacrificio de Cristo, sino su misma Persona, indisociable de su sacrificio, bajo las apariencias del pan y del vino.

Si un sacerdote válidamente ordenado celebra la Santa Misa, obra, en la Persona de Cristo, la admirable conversión del pan en su Cuerpo y del vino en su Sangre. Dios, para llegar a nosotros, se sirve de mediaciones a la vez concretas y universales: el pan y el vino.

Lo que parece pan, sigue pareciéndolo, pero tras la consagración en la Misa, ya no es pan: es el Cuerpo de Cristo. Lo que parece vino, tras la consagración en la Misa, sigue pareciéndolo; pero ya no lo es: es la Sangre de Cristo. Y esta transustanciación no ocurre por arte de magia, sino por el poder soberano de la palabra de Cristo y por la acción del Espíritu Santo.

Es imposible, sin participar en la Santa Misa, poder distinguir entre una oblea y la Sagrada Hostia. Todo sigue pareciendo lo mismo, pero no es, ya, lo mismo.

¿Qué haría yo si me encuentro, por los motivos que sea, una oblea que, quizá, pueda ser más que una oblea? La trataría con el máximo respeto, pero eso no significaría, sin más, arriesgarme a un culto materialmente idolátrico y, tampoco, sin más, me arriesgaría al sacrilegio.

Me arriesgaría a la idolatría si, por razones aparentes, tratase un trocito de trigo como si fuese el Santísimo Sacramento. Me arriesgaría al sacrilegio si tratase al Santísimo Sacramento como si solo fuese un trocito de trigo.

No cabe apelar, con una inteligencia humana, a un discernimiento definitivo. Es posible que el Diablo pueda hacerlo; los hombres no podemos.

Ante la duda, ¿qué hacer? Pues obrar con prudencia. Si se sospecha que una o varias formas – u obleas – pueden ser formas consagradas, hay que hacer todo lo posible por rescatarlas. Y someterlas, con todo respeto, por si acaso, a un proceso bastante simple; por ejemplo, disolverlas en agua. Si dejan de parecer pan, tendremos la seguridad de que ya no es el sacramento de Cristo.

Pero, de la misma manera, ante la sospecha, sin certeza moral, de que las humildes obleas no sean la humilde presencia del cuerpo de Cristo en la Eucaristía, no debo ceder sin más a la duda, sino cerciorarme, y tratarlas con el mismo respeto, como si pensase que, realmente, podrían ser formas consagradas.

Pero, sin certeza moral, no me pondría de rodillas ante esas formas. No, ante la promesa de alguien que se presentase como nada fiable.

Y habrá que denunciar y prevenir que cualquiera, sea con el pretexto que sea, se acerque a la comunión “alegremenente". Para comulgar hay que reconocer y adorar a Cristo. Comulgar de otro modo es un abuso y una estafa. Y ambas actitudes, abuso y estafa, no pueden ser toleradas.

Habrá que denunciar que, alguien que se acerque a comulgar con engaños, use la realidad sacramental de la Eucaristía como mera apariencia, o como amenaza de mera apariencia.

Y habrá que denunciar que, sea burlando la verdad o aprovechándose de ella, se haga objeto de instrumentalización lo que, en verdad o en apariencia, no puede serlo nunca.

No es justo tomar a Dios a broma. Si se tomase a Dios a broma, todo valdría. Y si todo vale, nada vale.