viernes, 30 de octubre de 2026

«Rezar por nuestros difuntos es una manera de mantener viva su memoria». Entrevista al Delegado Episcopal de Liturgia D. José Luis González Vázquez 

(Iglesia de Asturias) Este domingo, 1 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos y al día siguiente, el lunes, los Fieles Difuntos. Para profundizar en el sentido de estas dos celebraciones tan importantes en el calendario cristiano, hablamos con el Delegado Episcopal de Liturgia, D. José Luis González.

¿Qué celebramos exactamente el día de todos los santos y por qué la iglesia le dedica un día en concreto cuando realmente pues ya celebramos un santo casi todos los días de la semana?

Pues sí, ciertamente en el calendario cristiano, que más o menos es el calendario que todos tenemos colgado en la cocina, pues aparecen las fiestas de muchos santos con nombres y apellidos pero el que se le dedique un día, en este caso el primero de noviembre, a celebrar Todos los Santos tiene una razón muy sencilla: son todos esos hombres y mujeres, niños y ancianos que pasaron por este mundo tomando como guía el evangelio en silencio, sin autoridad, sin canonización, sin prácticamente biografías, pero sin embargo pusieron su granito de arena para hacer un mundo mejor y la Iglesia tiene memoria agradecida. Aunque no conserve sus nombres, sí conserva sus hechos y de alguna manera nos los presenta y nosotros el pueblo cristiano los celebramos con alegría de corazón, son los santos anónimos que no tienen un día concreto en el calendario.

Al día siguiente se celebra los Fieles Difuntos. ¿Están ambas fechas relacionadas?

Pues sí, esta relación no es casual y expresa, a mi modo de entender, una verdad profunda. El primero de noviembre miramos y celebramos a quienes ya están en la Gloria y la Gloria no es algo, la Gloria es Alguien: la Gloria es Cristo y por lo tanto participamos de su gozo y el 2 de noviembre, el día siguiente, celebramos a todos aquellos que están camino de ella, camino de la Gloria. Unos ya han llegado y otros están en camino, viene a ser, podríamos decir, como dos caras de la misma moneda, es su mismo misterio, el misterio de los santos y el misterio de los difuntos, los que llegaron y los que están en camino.

D. José Luis González ¿Cómo señala la Iglesia que se deben celebrar estos días?

Bueno, en primer lugar con la memoria agradecida. Lo dice con toda claridad el refrán popular: «De bien nacidos es el ser agradecidos» y la gratitud es la memoria del alma y la Iglesia tiene memoria. La memoria de la Iglesia no es algo sino que es Alguien, es el Espíritu Santo y entonces nos recuerda por un lado esta gente buena y nosotros lo celebramos con alegría de corazón. Después están los otros que están en camino que también lo celebramos con nuestra ayuda y con nuestra intercesión, es decir, con nuestra oración y sobre todo con la recomendación que nos hace la Iglesia, que los difuntos ocupan un lugar, están en un sitio, están en el cementerio. El cementerio es una palabra muy bonita que significa dormitorio y por eso nos invita a que los visitemos, a que no caigan en el olvido, tenemos una historia y esa historia forma parte de nuestra vida y sobre todo rezamos por ellos porque es una manera de mantener la memoria viva y los lazos de comunión con ellos.

¿Qué se hacía antiguamente? ¿Cuáles eran las tradiciones habituales en estos días?

Sí, la Iglesia es una comunidad que tiene raíces y decir que tiene raíces significa que tiene tradición, no meras costumbres. Las costumbres pasan como pasa el tiempo, las tradiciones son como las raíces, dan vida al árbol y sostienen el tronco. En primer lugar la gran tradición queda muy bien reflejada en aquella frase hermosa que dice Mónica a su hijo Agustín en el puerto de Ostia: «Hijo, yo voy a morir. No me importa dónde me entierres, lo que sí que te pido es que me recuerdes ante el Altar de Cristo» y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia a través del tiempo: ofrece la Eucaristía, celebra la Santa Misa, visita los cementerios, pide por ellos y enciende normalmente en las tumbas una vela, que es algo que da luz, que da calor y que, en definitiva, hace referencia a una vida que aunque desapareció permanece en el regazo de Dios.

¿Cómo podemos hoy en día celebrar los cristianos de estas fechas en un ambiente tan diferente al que había antiguamente?
En primer lugar, no banalizar un acontecimiento tan importante como es la muerte y quizás algunas fiestas de las que hoy se está introduciendo en nuestra cultura, lo banalizan.

La muerte es un momento importante en la vida del cristiano y de la vida de la persona y hay que prepararla. La Iglesia nos pide, en primer lugar, que no la banalicemos y, en segundo lugar, nos invita a que visitemos los lugares donde descansan nuestros seres queridos y nos estimula para ello concediendo una indulgencia plenaria por la visita.

¿Qué es la indulgencia? 

Pues la indulgencia es la ayuda que nos presta la Iglesia ante un mal hecho, ya perdonado, pero que no ha sido reparado. Un ejemplo muy sencillo: unos niños se encuentran jugando en un patio, uno de ellos tira el balón más fuerte de lo debido y rompe un cristal, se acerca al dueño y le dice «Perdón, rompí el cristal jugando». El dueño le responde: «Bueno anda no te preocupes, te perdono». Pero el cristal sigue roto, alguien lo tiene que pagar y alguien lo tiene que poner y dice el refrán popular que «el que rompe, paga». Pues la indulgencia plenaria es como si le dijese el dueño: «No te preocupes que el cristal lo pago yo». Eso es una indulgencia plenaria.

La celebración de todos los santos es también una llamada a la santidad para todos nosotros que, a veces, se nos antoja muy lejana. ¿Qué consejo podría darnos a todos nosotros en medio de las ocupaciones tan diversas y rutinarias en esta vida que llevamos, para luchar por esa santidad?

Pues sí quizás estamos acostumbrados a ver los santos de calendario que ciertamente ofrecen un testimonio cristiano de mucho calado, de mucho valor, pero sin embargo la mayoría son gente como nosotros que pasaron por este mundo haciendo el bien, haciendo lo que tenían que hacer con sinceridad de corazón. Yo suelo decir: «con mente limpia, con una palabra verdadera y con una manera de vivir fiel». Es decir: transparencia, veracidad y fidelidad en las cosas que hacemos cada día.

Muchas personas vamos al cementerio estos días a rezar por nuestros familiares fallecidos, amigos etc. Se ponen flores, se arreglan lápidas. ¿Qué oración nos recomienda que podamos rezar delante de los restos de nuestros seres queridos?
Pues yo la oración que recomendaría sería esta: «Señor, acuérdate de mis padres, de mis abuelos, de mis hermanos, de mis sobrinos, en fin de esas personas a las que queremos y acógelas en tu regazo». No hay mejor oración y no hay mejor sitio para estar. El mejor sitio para un niño que acaba de nacer es el regazo de su madre. El mejor sitio para una persona que ha muerto es el regazo de Dios, que es Padre y Madre con creces y además al mismo tiempo.

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