Eso dijo el cronista especial: por más vueltas que dieron merodeando el lugar, no encontraron posada en toda la ciudad aquella pareja de jóvenes esposos. Ni siquiera el hecho de estar ella embarazada y en avanzada gestación le sirvió para que se pudieran abrir algunas puertas dándoles cobijo en ese trance. Al final, recalaron en una especie de establo doméstico en la parte baja de la casa como un pajar, a tiro de piedra de las majadas de las afueras donde guardaban sus rebaños los pastores. Evidentemente esto no ocurría en Ceuta sino en aquel lejano Belén de hace dos mil años. Sus protagonistas eran María y José, y el divino bebé que llevaba en sus entrañas su jovencísima madre.
Pero viendo algunas escenas de estos días con el trasiego inconcluso de lo ocurrido en esa ciudad, verdadera plaza de España en el norte de África surge la comparanza, pero al revés: que han llegado gentes que te echan de tu casa, que invaden tu plaza dejando al pairo el envés. Porque María y José no es que fueran desahuciados, sino que ni siquiera los pudieron desahuciar por no encontrar posada en aquella circunstancia, y tan lejos de su procedencia en Nazareth, teniendo que acudir a Belén por el edicto imperial de empadronamiento. Nada que ver con la llamada ley de nietos donde otros empadronan a los que nunca vinieron para ver si caben en las urnas algunos votos advenedizos que les permitan cobijar su agradecimiento demagógico y populista.
Me viene esta remembranza ante los asuntos que últimamente nos llegan por los medios de comunicación por el tema global de la vivienda: los que no tienen casa y viven en sus intemperies como nómadas que deambulan desesperados buscando salida a sus penurias, los que tienen casa y sufren una injusta invasión que los acorrala o expulsa de sus legítimas propiedades, los que con violencia se hacen transmisores de andanadas indebidas que esconden pretensiones inconfesables invadiendo las casas y las cosas, los sueños y las esperanzas de una paz desarmada que no tiene cuartel.
Estamos ante una realidad desorbitada que fuerza una convivencia sin sobresaltos, sin impuestas enajenaciones, sin agresiones amenazantes cuando se violenta la convivencia y se viola la conciencia y la integridad femenina de tantas jóvenes. Ellos han perdido su casa porque la dejaron atrás cuando huían de las hambrunas que les dejaba famélicos, de las dictaduras que los acorralaban, de los fundamentalismos religiosos que trucaban la verdadera fe. Siendo esto un triste motivo, no justifica que entren y se queden sin miramiento en donde no tienen ningún derecho de atacar de tantas formas a un pueblo que no era el suyo, desplazando o asediando a quienes no son la causa de sus tragedias.
Luego están quienes lo jalean, lo propician y hasta lo consienten con complicidad. Porque hay muchas acampadas estos días: acampan en las playas y en los parques, acampan otros en las plazas poniendo allí sus tiendas de campaña. Es la impostura de quien no respeta ley ninguna, pero piden que les respeten a ellos, descerrajando la pacífica convivencia vivida sin sorpresas agitadas. Así, una ciudad, una plaza, una familia, un lugar de trabajo, o de ocio, o de educación, o de expresión religiosa, se ven sobrepasados porque hay vándalos que te arrasan imponiéndote un exilio de tus cosas cotidianas.
Sin duda, el problema de la vivienda es acuciante. Muchas familias lo sufren, hay también jóvenes que no logran estrenar su propio hábitat. La demagogia indolente de quien no ha hecho casi nada desde su irresponsabilidad gobernante, o crispa el ambiente con sus proclamas y gestos populistas, no ayuda a resolver la verdadera traba en donde personas concretas no logran alquilar ni comprar un techo para cobijar su esperanza. Es la larga sombra de aquella familia que en Belén no tenía posada. Ellos sufrieron acechanza y exilio, lidiando con los que te invaden o te abandonan, pero construyeron su casa sobre piedra, no sobre arena, y son por eso un referente de resistencia y de confianza.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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