domingo, 4 de octubre de 2026

"La viña del Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario, nos presenta una imagen muy bella, pero a la vez profunda y exigente: la viña. A través de ella, el Señor nos revela su inmenso amor, las expectativas que tiene sobre nuestras vidas y las consecuencias de nuestras respuestas a su gracia. Las lecturas de hoy se entrelazan de forma admirable, formando un itinerario espiritual que va desde el lamento divino por la falta de frutos hasta la propuesta paulina para alcanzar la paz interior a través de la coherencia de vida.

El profeta Isaías nos introduce en un drama teológico y afectivo utilizando el género de un canto de amor. Dios es el amigo que planta una viña con el mayor de los esmeros, elige un terreno fértil, la limpia de piedras, la rodea con una cerca para protegerla, construye una torre de vigía y cava un lagar esperando la vendimia. La viña representa al pueblo de Israel, y el dueño de la viña es el Señor del Universo. La paradoja del relato radica en la tremenda decepción del viticultor; esperaba que diera uvas buenas y dulces, pero dio uvas amargas y agrias -agrazones-. Dios no escatimó en cuidados; el problema no estuvo en la tierra ni en el sembrador, sino en la respuesta de la propia viña. El texto concluye con una revelación directa, y es que Dios esperaba de su pueblo derecho, pero solo encontró asesinatos; esperaba justicia, y solo escuchó lamentos. Esta lectura nos confronta directamente. En nuestra vida cristiana: Dios ha hecho exactamente lo mismo, nos ha bautizado, nos alimenta con su Palabra, nos sostiene con los sacramentos y nos rodea con la comunidad de la Iglesia. ¿Qué frutos le estamos ofreciendo, son uvas dulces de caridad, fraternidad y búsqueda sincera del bien, o son uvas amargas de egoísmo, indiferencia, chismes y enfrentamientos y divisiones?

El Salmo 80 responde a la advertencia del profeta Isaías. Si en la primera lectura Dios amenazaba con derribar la cerca y dejar que la viña fuera pisoteada debido a su esterilidad, en el salmo el pueblo reconoce su situación de abandono y clama con humildad y arrepentimiento. El salmista recuerda la historia de la salvación: Dios sacó esta vid de Egipto, expulsó a las naciones y la trasplantó en la Tierra Prometida, donde echó raíces profundas. Sin embargo, al verla destrozada por los jabalíes y los viandantes, el salmista no se rebela contra Dios, sino que implora su compasión: "Dios del universo, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña". Esta es la oración idónea para los momentos en que sentimos que nuestra vida espiritual o nuestras familias están en crisis o agrietadas por el pecado. Es el reconocimiento de que dependemos absolutamente del cuidado divino. Le pedimos al Señor que restaure la cerca de nuestra alma, que pode lo que estorba y que nos conceda la fuerza para no apartarnos nunca más de Él.

San Pablo nos ofrece el antídoto contra la amargura y la desesperación que produce el pecado o las dificultades cotidianas. En una de las cartas más alegres del Nuevo Testamento, escrita paradójicamente desde la prisión, el Apóstol exhorta a los fieles de Filipos a no angustiarse por nada, sino a presentar a Dios todas sus necesidades por medio de la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. La clave de esta lectura conecta directamente con la necesidad de dar "buen fruto". Pablo enumera las virtudes que deben llenar la mente y el corazón del cristiano; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y laudable. No se trata únicamente de evitar el mal, sino de llenar proactivamente nuestra existencia de bondad. Cuando una comunidad o un cristiano vive según estos principios, el fruto inmediato es que "la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones". La paz no es la ausencia de problemas, sino la certeza profunda de que estamos habitados por Dios y haciendo su voluntad, lo cual actúa como un escudo ante las tempestades de la vida.

En el Evangelio, Jesús retoma explícitamente la parábola de Isaías, pero introduce un giro fundamental que traslada el foco de atención; el problema ya no es la viña en sí misma, sino los labradores a quienes les fue confiada. Esta parábola va dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, quienes debían guiar espiritualmente a Israel. El dueño envía a sus criados (los profetas) en el tiempo de la cosecha para recoger los frutos, pero los viñadores los apalean, los matan y los apedrean. Finalmente, en un gesto extremo de confianza y misericordia, envía a su propio Hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los viñadores, movidos por la codicia de quedarse con la herencia, lo sacan de la viña y lo matan. Jesús está profetizando aquí su propia Pasión y Muerte a las afueras de Jerusalén. Al preguntarles Jesús qué hará el dueño con esos labradores, los mismos oyentes se condenan con su respuesta: "Hará morir de mala muerte a esos desalmados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos". Jesús remata su enseñanza citando el Salmo 118: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular".La conclusión del Evangelio es una advertencia solemne y universal, y es que "Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos". Este nuevo pueblo es la Iglesia, formada por judíos y gentiles reunidos por la fe en Cristo Jesucristo.

Pertenecer al nuevo pueblo de Dios no es un privilegio de exclusividad para sentirnos superiores, sino una responsabilidad histórica y espiritual inmensa. No podemos caer en el mismo error de los antiguos viñadores, adueñarnos de los dones de Dios, rechazar su soberanía o silenciar la voz del Evangelio cuando nos exige conversión. La viña actual es nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestra Parroquia. Dios sigue esperando cosechar en nosotros derecho, justicia, pureza y verdad. Vayamos hoy a la mesa eucarística a pedirle al Señor que limpie nuestro lagar, sane nuestras raíces y nos configure con Cristo, la Vid Verdadera, para que nuestras vidas den el fruto abundante que el Padre celestial tanto desea recibir de nosotros.

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