La archidiócesis de Madrid se encamina hacia una fecha de alta trascendencia eclesial y humana: las bodas de oro episcopales del Cardenal Antonio María Rouco Varela. Más allá de la legítima efeméride litúrgica, esta conmemoración sitúa al actual arzobispo, el Cardenal José Cobo, ante una oportunidad histórica y pastoral de primer orden: la de clausurar definitivamente un ciclo de profunda división interna y sanar las heridas que el anterior pontificado dejó abiertas en el tejido diocesano.
Es un hecho incontestable que el clero madrileño, sus seminaristas, el laicado y numerosas congregaciones conservan un arraigado afecto y respeto por la figura del Cardenal Rouco, un hombre qué, con sus aciertos y sus firmes convicciones, sirvió a la Iglesia con toda su alma. Por ello, el contraste entre su legado y los años de Monseñor Carlos Osoro sigue siendo objeto de dolorosa memoria en los pasillos de la Archidiócesis. El pontificado del prelado cántabro comenzó con aquel lamento de que "los curas jóvenes de Madrid no me quieren", y concluyó en una suerte de profecía autocumplida, afirmando que el clero nunca le había profesado afecto, terminando sus días en Madrid en una dolorosa sensación de aislamiento y traición generalizada. Aunque hubo quien le recordó a Don Carlos Osoro que cuando él era arzobispo de Oviedo invitaba con frecuencia al Cardenal de Madrid, e incluso en una cena con sacerdotes Don Carlos afirmó ''yo soy obispo gracias a Don Antonio María''. Poco agradecido fue al final, pero ya saben lo que dicen de los de Santander, que tienen "una cara pa comprar, y otra pa vender''.
La gestión de aquellos años estuvo marcada, a ojos de gran parte de la diócesis, por una serie de agravios institucionales hacia el cardenal emérito Don Antonio. La memoria colectiva presbiteral recuerda el férreo silencio impuesto por Monseñor Osoro cuando el Consejo Episcopal y los obispos auxiliares solicitaron una nota aclaratoria para defender al Cardenal Rouco de la calumnia mediática sobre su vivienda —curiosamente, el domicilio posterior del propio Osoro que no desentonaría en absoluto con las exigencias de su rango—. A esto se sumaron decisiones de un marcado carácter simbólico: la supresión de la masiva Fiesta de las Familias en Colón, el traslado de la misa de la Almudena fuera de la Plaza Mayor, las directrices para evitar su presencia en las festividades del Seminario, o el desaire de obligarle a entrar por una puerta lateral de la Catedral el día de su 80 cumpleaños sin presencia del Cabildo; una restricción que muchos canónigos desobedecieron en masa para arropar al homenajeado. Queda para el recuerdo cuando Don Carlos Osoro quiso prohibir el canto del himno a la Almudena, e incluso pidió que se compusiera otro para postergar el conocido por considerarlo de un tiempo ya superado.
En el plano administrativo y académico, la ruptura de comunión se evidenció en la hostilidad de una auditoría inicial concluida en 2015 por la Consultora PwC (2015) cuyas conclusiones positivas se intentaron silenciar, y en la negativa a publicar las obras completas de Rouco Varela, un honor que sí recibió Monseñor Suquía y arzobispos anteriores, y que el propio Osoro reclamó para sí al concluir su mandato. La herida historiográfica quedó rubricada cuando la Archidiócesis patrocinó una historia oficial de la Diócesis encomendada a Juan María Laboa, percibida por amplios sectores como un texto de encargo destinado a empañar el pontificado anterior en sintonía con las campañas de descrédito de ciertos medios digitales religiosos. Esa publicación es hoy un ejemplo claro de lo que nunca un historiador debe hacer: escribir un texto movido por cuestiones ideológicas, filias y fobias o motivaciones económicas.
Hoy, la fisonomía de la Archidiócesis exige un liderazgo inteligente y magnánimo. El Cardenal José Cobo posee las cualidades y el conocimiento de su clero para entender que prolongar el distanciamiento con el sector conservador abocaría a la Diócesis al mismo callejón sin salida del pasado. Incluso la presencia en su entorno de colaboradores vinculados a esos medios digitales del pasado puede transformarse en la coyuntura perfecta para escenificar un definitivo entierro del hacha de guerra. Las Bodas de Oro episcopales ofrecen el escenario ideal para este reencuentro. Sería un gesto de enorme audacia pastoral que el Cardenal Cobo convocara a toda la Archidiócesis —laicos, religiosas, sacerdotes y obispos, piensen como piensen— mediante un mensaje público o un vídeo diocesano para la eucaristía del próximo sábado. El clero madrileño valorará sobremanera que su actual pastor demuestre la libertad evangélica de reconocer los errores del pasado con el emérito: el silencio ante los ataques injustificados por su nueva vivienda, el freno a la publicación de su magisterio, y el agravio de una publicación oficial de la Diócesis que criticaba al emérito y alababa al entonces arzobispo residencial, Monseñor Osoro.
La reconciliación total pasa también por la restitución institucional. Madrid ganaría en madurez si esta efeméride fuera el punto de partida para la esperada publicación de las "Obras Completas" del Cardenal Rouco Varela (aún pendientes) desde sus años en Santiago -unicamente están publicados los textos de sus primeros años en Madrid; ''Cardenal Rouco: Cinco años de magisterio en la Iglesia de Madrid (1994-1999)'' en la Editorial EDIBESA por iniciativa de los Padre Dominicos José Antonio Martínez Puche y Braulio González Romero-, o para promover un reconocimiento público y permanente en la capital, ya sea una calle o título. Qué decir de una escultura en los jardines del Seminario de la calle San Buenaventura o una iniciativa que el propio presbiterio sufragaría con agrado. Así mismo, este reconocimiento de gratitud eclesial debería extenderse a sus diócesis de origen: Mondoñedo-Ferrol, celebrando una eucaristía en su catedral o en su Villalba natal, y Santiago de Compostela, invitándole a presidir -por ejemplo- la fiesta del Traslado de los restos del Apóstol en la misma Seo donde recibió la consagración episcopal. En este contexto, las presencias y ausencias del episcopado español este próximo sábado serán muy notables, ya que la Conferencia Episcopal Española se encuentra celebrando sus 60 años de historia, un acontecimiento del que el Cardenal Rouco es un testigo privilegiado. Sería un motivo de profunda alegría evangélica ver entre los concelebrantes a los arzobispos de Tarragona y Barcelona, al propio arzobispo emérito de Madrid, Carlos Osoro, o a los obispos de Málaga, Plasencia, San Sebastián, Mallorca, Gerona o Huesca. Una cita así se convertiría en una bellísima expresión de que la sinodalidad no se queda únicamente en el papel o en las palabras, sino que se traduce en el gesto real de saber reconocer y abrazar al que piensa diferente porque, por encima de todo, es mi hermano.
El próximo sábado, el Cardenal Cobo tiene en sus manos la oportunidad de que la verdad, la caridad y la justicia prevalezcan sobre las viejas dinámicas de exclusión. Su clero espera el gesto de un gran Arzobispo dispuesto a liderar a todos, sin excepciones. Y de restituir el honor a un buen pastor que ha llegado a ser calumniado por la misma Diócesis que pastoreó...






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