domingo, 18 de octubre de 2026

Mestizaje misionero. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Eran sencillas obras de arte en cerámica. Su tamaño era pequeño, casi según las medidas de quienes de aquí para allá las paseaban. Se trataba de unas figuras de barro policromado que pasadas por el horno resultaban sólidas y acristaladas, con un diminuto busto de un infante que se asemejaba a las que en vivo se veían en las tierras lejanas de los grandes continentes con sus razas respectivas: el busto del negrito con sus rizos caracoleados y sus ojos blancos sobre la tez morena, el busto del oriental en guisa de chinito con pequeñas guedejas a modo de coletas, también la figura del niño color aceitunado, pelo terso y ojos saltones típicos de Oceanía, y tampoco faltaba el busto americano del sur con rasgos mexicanos o de la amazonia más austral.

En el colegio o en la parroquia nos entregaban estos bustos de cerámica como si fueran huchas misioneras que representaban realmente los niños y niñas de aquellas lejanas latitudes a las que los misioneros fueron a través de los siglos para anunciar la Buena Noticia que despertase un horizonte de esperanza en aquellos hombres y mujeres que no habían conocido aún a Cristo. Era la inocente participación solidaria que los niños cristianos de estos lares hacíamos para contribuir a la ayuda de nuestros misioneros.

Se dio un auténtico encuentro con todos aquellos pueblos sin desviar el evangelio y la tradición cristiana. Nuestros misioneros aprendieron sus lenguas, escribieron gramáticas y diccionarios, se asomaron a sus culturas y fueron así construyendo comunidades cristianas: prendiendo la fe e iniciando en los sacramentos, divulgando la Palabra de Dios y enseñando a vivir desde la moral católica todas las cosas. Fue una saludable mutua mezcolanza que a todos enriqueció, con tantas iniciativas culturales, sanitarias, arquitectónicas, además de la labor propiamente religiosa de toda misión.

Porque no sólo se levantaron ciudades, se trazaron caminos de comunicación, se fundaron universidades, se construyeron hospitales, sino que especialmente se extendió la belleza del cristianismo dando lugar al nacimiento de unas iglesias vivas como fruto de esa evangelización. Esto es precisamente lo que nos recuerda cada año el domingo en el que celebramos el célebre “Domund”, que significa el domingo mundial de las misiones. Este año celebramos su primer centenario de esta fecha de agradecimiento y concienciación de todo el pueblo cristiano, especialmente los que vivimos en esos primeros mundos en los que expresamos nuestra fe con una herencia e inercia a veces algo apagada.

Los medios modernos de comunicación permiten que, de modo inmediato, podamos tener acceso a lo que sucede para bien y para mal en las antípodas del mundo. Pero esa información puede quedarse en una simple curiosidad o en una tibia condolencia. La admiración debe mover nuestra caridad solidaria abriendo el corazón, la plegaria y el bolsillo compartiendo con otros hermanos lo que nosotros gratuitamente hemos recibido.

Todos somos en verdad misioneros de la paz, del amor y la esperanza, especialmente en un mundo tan cruelmente inmisericorde, tan violento y endurecido. Dios ha querido poner en nuestras frágiles manos ese mensaje de ternura y perdón, de alegría y misericordia, haciéndonos misioneros en la trama cotidiana, en el ambiente y ámbito que a diario pisan nuestros pies y por donde deambulan nuestros sueños junto a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, pero con esa mirada amplia, asomada a los confines misioneros a los que somos enviados. El Domund y sus Cien años nos sigue invitando a la generosidad con esa conciencia de universalidad, sabiéndonos parte de una casa común como es la humanidad en esta tierra que Dios a todos nos ha querido confiar. Anunciar la Buena Noticia del mensaje cristiano y construyendo un mundo nuevo según el proyecto de Dios, sin ningún finisterre que ponga fronteras a la caridad.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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