domingo, 25 de octubre de 2026

Ni rival ni intruso, sino un amigo. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Ha sido una insólita comparecencia en la que con sumo gusto acepté mi participación. Se trataba de intervenir en el Senado de España, la Cámara Alta de la soberanía nacional. El tema era actual y pertinente: «Dios, ¿luz en la vida pública?», dentro del Foro que quiere llevar al debate público «Lo que aporta la fe católica a España y a Europa». Son temas que me resultan gratos y cercanos, por mi responsabilidad como Director del Departamento de Cultura en el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa. Me acompañaron en la mesa Higinio Marín, Rector de la Univ. CEU Card. Herrera en Valencia, Bieito Rubido, Director del periódico El Debate, y Fernando Gutiérrez, Senador por Melilla.

En el nutrido salón Europa dentro del Senado, nos acercamos al tema planteado por José Castro, moderador del debate. Una cita del autor inglés C.S. Lewis en su obra Los cuatro amores, me permitió parafrasear los tres factores que nos consienten madurar como personas: la familia, la amistad y la soledad. Tres cuestiones que bien entendidas en su estrecho nexo nos ayudan a crecer en todas nuestras dimensiones humanas: las más transcendentes que nos abren a Dios, las más íntimas de nuestra conciencia, junto a las que establece la relación social con los prójimos que nos acompañan. Pero mal entendidas o censuradas por quien tiene intereses en destruir ese mapa identitario de la persona, nos aboca a una intemperie que nos deja al pairo de toda vulnerabilidad.

La familia nos permite entendernos como semejanza e imagen de Dios que nos creó, porque también Él es “familia trinitaria”, esa que el gran san Agustín describió como la historia de un Eterno Amante (el Padre) que quiere a un Eterno Amado (el Hijo) en un Eterno Amor (el Espíritu Santo). Nosotros nacemos en una familia donde el amor de un hombre y una mujer posibilita que nazcamos a la vida ya desde la concepción: el padre, la madre y el hijo, milagro que propicia y bendice Dios. Romper e interrumpir esta relación haciendo de la familia otra cosa distinta, confundiéndola y destruyéndola según una pretensión ideológica, es una perversión malvada con enormes consecuencias en las personas y en la sociedad.

La amistad es un canto al regalo de la relación con los demás, como lo ensalza la Biblia: quien tiene un amigo, ha encontrado un tesoro. No es el título del film de Sergio Corbucci protagonizada por Bud Spencer y Terence Hill, sino lo que dice el libro del Eclo 6, 14: «Un amigo fiel es un refugio seguro; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio». Y es que yo no lo sé todo, pero Dios me lo enseña en los amigos. Yo no lo puedo todo, pero Él me lo posibilita con los amigos. Yo no lo tengo todo, pero Dios me lo comparte con los amigos. Lo contrario es insidia que divide, animadversión que enfrenta, enemistad que excluye.

La soledad no es individualismo solitario, sino espacio sagrado en mi corazón y mi conciencia fundamentando mis motivos y haciendo firmes mis certezas, desde la gracia de Dios que me sostiene, ilumina y acompaña. Dios no es un enemigo ni un intruso en nuestras cosas, sino cómplice de lo mejor. Contar con Él significa sabernos hijos de un Padre que nos creó, nos ve crecer y nos espera al final de un destino, tras la página que nos ha reservado a nuestra libertad. Partimos de una pregunta: si Dios tiene sitio, o no, en nuestro mundo. Y si Dios es alguien que podemos considerar compañero del camino, como un amigo que tenemos, o un rival que nos contradice y nos multa en cada recodo. Cada uno ha venido a este mundo para decir una palabra que Dios silenció y quiere decir con nuestros labios, y un bien que Él retuvo, pero quiere repartir con nuestras manos. Sí, Dios cuenta tanto para hacer una sociedad en la que vivir como sus hijos, en convivencia fraterna, cuidando la vida y la paz.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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