domingo, 13 de marzo de 2022

''Cambió''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila



Somos invitados en este Segundo Domingo de Cuaresma a subir con Cristo a lo más alto de nosotros mismos, ya que el tiempo cuaresmal no es sólo penitencia, también es gozo de sabernos llamados y elegidos para seguir las huellas del Señor, para soñar con su Pascua y saborear en el camino su compañía... En este día la palabra de Dios nos invitan a confiar, a agarrarnos a su Cruz y cambiar y actitudes e intenciones.

1º Confiar. Es lo que nos presenta la primera lectura tomada del capítulo 15 del Génesis, con un anciano Abrahán que confía en Dios y en su palabra, cuando le promete hasta un imposible: ¿Cómo va poder tener una descendencia "como las estrellas del cielo" un hombre tan mayor?. Ciertamente, en los siguientes capítulos se cumple esta promesa y llega la esperada descendencia, pero esta expresión de contar las estrellas quiere decir mucho más; es la alianza en la que vemos realmente que los hijos de Abrahán -nuestro padre en la fe- no son sólo sus hijos de sangre, sino todo aquel que cree y confía en el Señor. En la cultura judía una de las desgracias mayores es no tener descendencia, pues no tener continuidad generacional era casi una catástrofe; se acababa la familia y se desvanecía el futuro. No estamos ante un hombre que camine sin rumbo, sino que vive en clave de trascendencia con los ojos puestos al cielo. He aquí que los hombre no podremos darnos un buen futuro sin contar con el hecho religioso que nos proyecta a la plenitud. Abrahán no lo dudó e hizo todo lo que el Creador le pidió: hizo un sacrificio con una ternera, una cabra, un carnero, una tórtola y un pichón; pasó por momentos de tribulación, miedo y oscuridad, más supo esperar en Dios que no le defraudó y pactó con él: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río». Esto es una constante que se repetirá en diferentes momentos a lo largo del Antiguo Testamento, como cuando el pueblo se vio sin futuro en Babilonia y el Señor les recordó que volverían a esa tierra soñada donde ''Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo''...

2º Agarrase a la Cruz. Muchas veces hemos subrayado este hecho; la cruz no siempre fue bien vista por los cristianos. Tuvo que pasar un tiempo hasta que todos los seguidores del Señor comprendieron que la cruz no era algo de los que avergonzarse, sino algo en lo que gloriarse; que no era el símbolo de un fracaso, sino el de una victoria; que no representaba crueldad, sino el amor de quien nos amó tanto que fue capaz de dar su vida en ella para darnos vida a nosotros. Por eso San Pablo en su "Carta a los filipenses" que hemos proclamado, nos regala esta recomendación tan cuaresmal: no seamos enemigos de la Cruz -ya bastante la odian los que la persiguen- sino sepamos imitar lo que esta nos enseña. Por esto el Madero Santo tiene un protagonismo especial en la cuaresma: ¡Cuánto podemos aprender mirando a la cruz y al crucificado!. Sólo la cruz es la llave que nos abre la puerta a la eternidad, por eso cuando sufrimos o lo pasamos mal (por ejemplo por temas de salud) experimentamos de forma tan clara esta verdad. Cuando se visita a un enfermo terminal que vive su situación en clave de fe, uno no puede más que admirarse de cómo se agarra a la cruz. Nuestro Dios es un Dios crucificado -decía el teólogo protestante Jürgen Moltmann- por lo que lo cierto es que sólo Cristo desde su cruz nos ofrece una ayuda que se encarna en nuestra frágil humanidad y que supera las fronteras de la historia... También hoy Dios está en Ucrania huyendo en las fronteras, muerto de frío en los refugios y muriendo bajo los bombardeos y escombros.

3º Cambiar y mejorar. El evangelio que contemplamos cada segundo domingo de cuaresma siempre nos presenta la escena de la transfiguración. Hemos de partir de una referencia clara, Jesús va camino de Jerusalén, se encamina hacia la Pascua y ahí queremos nosotros acompañarle. Se dirige hacia su final, y estando en ruta hace esta especie de alto en el camino para tomar aire antes de seguir, pero anticipándoles a los más cercanos: Pedro, Santiago y Juan la prefiguración de lo que ha de venir en el cumplimiento de su misión tras el oprobio y la muerte en cruz. Suben a un monte; la altura siempre es buscar la cercanía del Altísimo. Realmente ningún evangelista nos dice el nombre del monte, más los expertos nos aseguran que este fue el monte Tabor. Aquí Jesús se transfigura delante de ellos y ''cambia'', parece como si les adelantara ya el final de historia, como si les desvelase su alma desnuda y resucitada. Es una experiencia mística la que viven en aquella cumbre que los inunda de gozo por lo que Pedro resume el sentir de todos al afirmar: ''Maestro, qué bien se está aquí''... De ésto viene la famosa frase hecha que utilizamos los cristianos cuando una celebración la hemos vivido de forma especial y decimos: ''ha sido un auténtico Tabor'', que es lo mismo que decir: qué a gusto he estado con el Señor... En la escena, Jesús transfigurado conversa con Moisés y con Elías que vienen a representar a la ley y a los profetas, aquello que como bien adelantó Jesús, Él no vendría a abolir sino a darle plenitud. El momento de la Transfiguración nos ayuda a entender la cuaresma, pues Jesús se transfigura precisamente para prepararse a la propia Pascua que experimentará en su cuerpo por su pasión, muerte y resurrección. No perdamos de vista que es un momento espiritual, no sólo se limita a ese Jesús glorioso vestido de blanco, sino que el evangelista nos dice que todo aquello tuvo lugar “mientras oraba”. Esta escena parece también un anticipo a la noche del Jueves Santo; en el huerto de los olivos también se apartó con estos mismos tres discípulos para orar, pero se duermen y le dejan sólo, como sólo queda también en este pasaje: ''Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo''. Ya tenemos una propuesta para nuestra cuaresma: acompañar al Señor, no dejarle sólo, sino qué, además, sólo Él sea mi luz. Y por otro lado, se nos invita a nosotros a cambiar, a transfigurarnos y a seguir esforzándonos por ser mejores. Pues Jesús una vez transfigurado no se queda pensando en las nubes, baja del monte y retoma su camino para sanar, consolar y dar de comer; todo lo que había hecho antes de la transfiguración, pero seguramente con más intensidad y fuerza. El mensaje: ¡Imitémosle!...

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