domingo, 20 de marzo de 2022

''Señor, déjala todavía este año''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Toca hablar este domingo III de Cuaresma de los frutos, y es que los objetivos de estas semanas de cuaresma han de estar orientados no ha pasar por ellas sin pena ni gloria, sino que estamos llamados a darlo todo para que nuestra siembra tenga su cosecha. Como en otras ocasiones, nos detenemos en tres pequeñas pinceladas entresacadas de las lecturas de este día: 

1º Dios se nos revela para liberarnos

Tenemos que leer la Biblia, al menos una vez en la vida. Soy consciente de que no siempre es una lectura sencilla, más hoy contamos con muchísimos medios que nos hacen muy accesible esta tarea. Por ejemplo, "deberes que os pone el cura de vuestro pueblo: ver "El príncipe de Egipto". Es una película de animación pero que enriquece a toda la familia y en la que aparece esta escena del "Libro del Éxodo" que nos ha sido proclamada: Moisés cuidando el rebaño de su suegro. Pero para entender lo que pasa, nos falta conocer el resto de la historia, lo que le pasó a Moisés de recién nacido; por qué huye de Egipto y en qué situación estaban los hebreos -su gente- en aquel país... Al pastorear a las ovejas se encuentra con la zarza que ardía sin consumirse, que no es otra cosa que la revelación de Dios a Moisés. Dios llama y el hombre responde, un bello matiz para esta jornada del Seminario: «Moisés, Moisés.» Respondió él: «Aquí estoy.» Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado». El Creador se da a conocer, no se esconde, y se autodefine, primero dirá  «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.», más quedémonos con la segunda autodefinición: "Soy el que soy". Recordemos que para los judíos el nombre de Dios es impronunciable y no puede estar a la vista, por eso se guarda "la Torá" en rollos bien recogidos y cerrados. Y más allá de profundizar en usos y costumbres de  la religión judaica quedémonos con esto: quien pronuncia su propio nombre, el que nos lo da, es el mismo Creador. Rompe la barrera y nos demuestra que nos es lejano ni impronunciable, que no es misterioso, sino revelador. 

A veces no nos tomamos muy en serio lo de la zarza ardiente, pero cuidado, estamos ante un episodio importantísimo que nos demuestra que Dios no es ajeno a nuestro dolor: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel». Cuando se habla de la experiencia religiosa del hombre, de nuestra vocación o de nuestra intimidad con Dios, no podemos consentir que nadie nos pise ese espacio que es único y ante el cual sentimos esta misma experiencia que nos lleva advertir al que se adentra él: ¡Ey, cuidado, que pisas terreno sagrado!... Presenciamos el anhelo de Dios que quiere la libertad del hombre, que quiere sacarlo de la esclavitud y llevarlo a la tierra soñada; esto es lo que quiere el Señor para nosotros en esta cuaresma, liberarnos del hombre viejo, sacarnos de nuestras esclavitudes para que lleguemos a ser el hombre nuevo de la pascua. 

2º Renovarnos desde el pasado

La segunda lectura, tomada de la epístola de San Pablo a los corintios, es tan bien de gran profundidad. El Apóstol nos habla de dos etapas las cuales une, por un lado la peregrinación del pueblo por el desierto -Antiguo Testamento- con la unión a Cristo -Nuevo Testamento-. Aquí hemos de partir de una idea: ¿por qué el pueblo pasa cuarenta años caminando y dando vueltas por el desierto?... Pues para que hubiera un renuevo generacional; los que dudaron del Señor no entraron en la tierra prometida, ni siquiera Moisés que la vio pero no llegó a pisarla. Por eso San Pablo nos dice que ''la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto''. El apóstol hace una llamada a mirar los pecados de atrás, no sólo los del pueblo como fue por ejemplo la caída en la idolatría dudando de Dios, sino que cada uno de nosotros estamos llamados a la conversión y actualizar y renovar nuestros pasados. Pero los cristianos no lo hacemos buscando dañarnos, sino para aprender de aquellos fallos y errores, tratando de sanar heridas no cerradas que quizá aún sangran. Este texto es más complejo de lo que parece a simple vista; en realidad Pablo está haciendo una llamada a los cristianos de Corinto, pues a pesar de haberse bautizado y decirse cristianos siguen cayendo en prácticas paganas como los banquetes de carne sacrificada a ídolos. Por eso el autor de la carta con gran pedagogía catequética les recuerda el episodio del Éxodo donde todos comieron y bebieron los mismo, pero eso no fue suficiente para pisar la tierra prometida. San Pablo hace un guiño hermoso al hablar de que ''todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo''. Es decir, el apóstol considera que esa "midrash", esa aventura en el desierto fue ya una especie de bautismo que buscaba regenerar al pueblo, una purificación por la que tuvieron que pasar al haber murmurado contra Dios y dudado de Él, de modo que los que entran en la tierra prometida son ya un pueblo libre. Los que habían sido esclavos en Egipto habían muerto en esos años de desierto, y los que entraban en su destino eran ya un pueblo renovado para esa tierra nueva.

3º Tenemos una nueva oportunidad

El evangelio de este domingo también tiene su peculiaridad desde el mismo comienzo en que no nos dice que hace o a dónde va Jesús, sino que "unos hombres" si dirigen a él para exponerle una situación. Le cuentan a Jesús lo ocurrido con unos galileos que fueron asesinados cuando estaban ofreciendo un sacrificio, y es que hemos de tener presente que la tierra del Señor estaba dominada por los romanos, los cuales limitaban el culto al emperador, y aunque se trataba de mantener el clima de respeto entre unos y otros no siempre se lograba, pues a los romanos les gustaba recordar de vez en cuando quienes mandaban... El tema no es que aquellos hombres fueran ajusticiados cuando estaban orando, sino que incumplían la ley al realizar un sacrificio pagano. Sin lugar a dudas, el acontecimiento sería lo más comentado en todo el territorio, y por ello corren a contárselo a Jesús para ver por dónde respiraba: si justifica esas muertes apoyando a Roma, o criticando la dureza de éstos (algo como la escena y prueba de la moneda con la inscripción del César). Jesús sentencia con claridad, comparando esta situación con otra tragedia muy conocida como fue el accidente de la torre de Siloé -que no dejó de ser lo que hoy llamaríamos un accidente laboral- y aclara que no eran peores esos galileos por haber muerto así, como tampoco eran los mayores pecadores los que murieron aplastados por los bloques de la torre. En la mentalidad de la época, una muerte horrible era consecuencia de haber vivido siendo infieles a Dios, y esto ha de tenerse siempre presente: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y ante esto el Señor da una gran lección, aplica la visión sobrenatural de las cosas. Uno puede tener la muerte más dulce y no por eso salvarse; la salvación no está en el tipo de muerte, sino en que en en nuestra vida hayamos sabido convertirnos a Dios de corazón y vivir fielmente la fe. La peor muerte de todas es la espiritual, por eso dice el Señor: ''si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera'': ¿se refería a que iban a morir asesinados o aplastados? nó, sino que directamente no habría para ellos salvación, que es decir lo mismo o peor. Y concluye el Señor con la parábola del hombre que tenía una higuera en su viña y tres años seguidos no dio fruto, entonces le dice al viñador: Córtala, ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?"... Cuántas veces somos nosotros esa higuera estéril que no da fruto, sino en todo caso agrazones. Desaprovechamos muchas veces lo que Dios nos ofrece y nos creemos con derecho a recibir -y muchas veces injustamente reclamamos- todo del dueño de la viña que es Dios mismo, pero nosotros poco o nada le damos. Al igual que la higuera tenemos un tiempo para producir y dar fruto, pues habrá un último tren, una última cuaresma... Este evangelio es una llamada de atención personal ante  nuestra particular cuaresma: ¿estoy dando fruto o soy estéril?; ¿Cumplo y no miento y puedo continuar así, o tengo que buscar remedio antes de que sea tarde?... Podemos ver desde un punto de vista espiritual a Cristo como ese viñador que confía en que aún tiene arreglo lo que parece condenado a ser descartado. Cuántas veces estamos sin dar fruto y el Señor ha sido para nosotros rico en misericordia como nos recuerda el Salmista... Hoy vuelve a darnos otra oportunidad, vuelve a regalarnos otra cuaresma reparadora, que es lo mismo que decir: ''Señor, déjalos todavía este año''...

No hay comentarios:

Publicar un comentario