miércoles, 17 de diciembre de 2014

Luz de Navidad


la razón
Estamos, de nuevo, un año más, en los umbrales de la Navidad. Todo se ilumina en ella. Las luces de las calles brillan rutilantes y dan a nuestros pueblos y ciudades un aire de fiesta, de gozo y alegría. Esas luces son un pálido destello de la Luz grande que en la Navidad luce más que el sol e ilumina a todo hombre que viene a este mundo: es la Luz del Amor, Dios, el Hijo de Dios vivo que se hace carne, que se hace niño, que se hace hombre. Todo converge ahí; todo adquiere sentido desde ahí. Ahí está la gran esperanza y la luz que todo lo ilumina. En Belén la noche oscura se hace día radiante y la fragilidad de un Niño recién nacido en la más radical pobreza de un establo se convierte en fuerza de todos los débiles y esperanza para todos los hombres y todos los pueblos.

Ha sido un verdadero derroche de amor el que el Hijo de Dios se haga carne de nuestra carne, nazca en condiciones dignas del último de los pobres. Se nos ha aproximado hasta el extremo la cercanía suprema de Dios: se ha hecho uno de los nuestros para elevarnos en grandeza y dignidad que jamás cabría pensar. El hombre deja de ser incomprensible para sí mismo por esta cercanía inefable, porque se le ha revelado el Amor, se ha encontrado con el Amor, Dios mismo, lo experimenta y lo hace propio. A pesar de que el consumismo, el paganismo rampante de hoy y la increyente pretensión de quedarse con las formas bellas y arrojar fuera su contenido religioso, parece que quieran «robarnos o secuestrarnos» la Navidad –y casi diría que lo consiguen–, estas fiestas siguen conservando su fondo, que nos apunta a lo más verdadero de ellas: la ternura de un Dios que ama al hombre y no «pasa» de largo de su desgracia, de su abandono o de su soledad. En un mundo roto y malherido por la violencia y por la guerra, por la división y el enfrentamiento, por la pobreza, el hambre y la falta de hogar, por el desprecio de la vida y envuelto en la oscuridad de una cultura de la
muerte y del «eclipse» de Dios, nos encontramos en estos días con el acontecimiento irrevocable, «el mismo hoy, ayer y siempre», que llena la Tierra de luz y la abre a la esperanza: Cristo Jesús, que «siendo de condición divina se despoja de su rango, toma la condición de esclavo, se rebaja hasta lo último», por puro amor, y para levantarnos con El sobre toda muerte, para reponernos en nuestra dignidad robada y establecernos en la abundancia de la reconciliación y la paz. «El cristiano que lo es de veras sabe que Dios el Padre nos ofrece un hogar en un mundo de aspereza tan terrible que para muchos es como un simple cruce de sendas perdidas en un bosque sin claros. Ese hogar es Dios mismo. El cristiano vive su experiencia de Dios como su hogar, particularmente en los días de la Navidad. Entonces goza de la ternura y de la cercanía de Dios en el Niño en brazos de su Madre» (A. Palenzuela). Esa luz que brota de tal ternura y cercanía del Niño nos conduce a la gran esperanza del Emmanuel –Dios-connosotros–, Dios en favor del hombre de una vez para siempre y sin vuelta atrás. Así esta Luz grande disipa la oscuridad del miedo y de los temores ante el futuro. La Encarnación y Nacimiento de Jesús en Belén de Judá hacen desvanecer todos esos temores. Ahí el hombre vuelve a encontrar la
dignidad y el valor propio de su humanidad. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos de Dios, el Creador, si le ha dado a su Hijo para que tenga vida, plena y eterna! ¡Qué grandeza la suya “si el Hijo ha descendido de aquella Altura a la que el hombre no alcanza, para que puedan llegar a Él los pequeños publicanos como Zaqueo! (S. Efrén). Dios lo ha apostado todo por el hombre; se lo ha jugado todo por él; se ha identifi cado enteramente con él: ha querido levantar y engrandecer al hombre; nuestra humanidad es la humanidad de Dios. A partir de ahí se recupera e ilumina por completo la verdad radical del hombre y del mundo, que evidentemente no tiene en sí misma su última consistencia.

La certeza de la fe, de modo escondido y misterioso, vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, lo ensancha y le abre las sendas de un futuro cargado de esperanza y abierto a la paz. La Iglesia, los cristianos en ella y con ella, en la Navidad que celebramos mira al futuro, con la paz y el aliento que sólo Dios, Emmanuel, puede darnos y que auyenta todo temor y miedo. Desde la misma Encarnación tenemos, de parte de Dios, la gran palabra consoladora cargada de ánimo y alentadora de esperanza: «¡No temas, María!», le dice el Arcángel en la Anunciación. «¡No tengáis miedo!», escuchan los pastores pobres y marginados que velan su ganado en la noche fría. «¡No tengas miedo», le dice Jesús a Pedro caminando sobre las aguas procelosas del lago. «¡No temáis!», les dice Él mismo, resucitado, a sus discípulos. «¡No tengáis miedo! Abríos a la esperanza que nace e ilumina a todo hombre en la Navidad, misterio grande amor, de caridad infinita que reclama amor y caridad en este mundo nuestro necesitado de la Luz y del amor de la Navidad».

S.E.R. el Cardenal-Arzobispo de Valencia 

lunes, 15 de diciembre de 2014

«Los sacramentos son la manifestación de la ternura, la consolación y el amor de Dios a cada hombre»


Este domingo tuvo lugar en la Plaza de San Pedro, por ello un poco más abarrotada de lo habitual los domingos, la bendición de las imágenes del Niño Jesús de los belenes que adornan el domicilio de los romanos o del resto de peregrinos que lo llevaran.

Un día alegre que aprovechó el Papa precisamente para explicar en qué consiste la alegría cristiana: "Cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad", pero "cuando Jesús entra en la historia con su nacimiento, la humanidad recibió el germen del Reino de Dios. Ya no es necesario buscar otras cosas, porque Jesús ha venido a traer la alegría a todos y para siempre".

"No se trata de una alegría para el futuro", continuó Francisco, como si aquí en la tierra debiésemos estar tristes a la espera de la alegría del paraíso: "No, no es esto, es una alegría real ya, que se experimenta ahora, porque Jesús es nuestra alegría".

¿Quién no quiere llevarse a casa un Niño Jesús bendecido por el Papa?

E invitó a todos los presentes a repetir tres veces el lema de uno de los carteles de la jornada: "Con Jesús la alegría esta en casa. Todos, digamos juntos: con Jesús la alegría está en casa. Una vez más: con Jesús la alegría está en casa". Y continuó el diálogo: "¿Sin Jesús hay alegría? Nooo. ¡Bravo!".

Jesús: la Palabra y los sacramentos
"Jesús está vivo, ha resucitado y trabaja en nosotros y entre nosotrosespecialmente con la Palabra y los sacramentos", añadió: "Todos los bautizados estamos llamados a acoger la presencia de Dios para ayudar a los otros a descubrirlo o a redescubrirlo si se nos ha olvidado. Es una visión muy bella la de San Juan Bautista: orientar a los demás a Cristo".

Luego recordó las condiciones que plantea San Pablo en la Epístola del día para ser "misioneros de la alegría": "Rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, secundar su espíritu, buscar el bien y evitar el mal. Si éste es nuestro estilo de vida, la Buena Nueva entrará en muchas casas para volver a descubrir que en Jesús esta la salvación, y que en Él se encuentran la paz interior y la fuerza para afrontar las dificultades de la vida".

"¡Nunca se ha oído de un santo triste o de una santa con rostro fúnebre!", exhortó Francisco: "¡Nunca se ha oído, sería un contrasentido!".

"El cristiano tiene el corazón lleno de paz porque sabe poner su alegría en el Señor, afrontando los momentos difíciles de la vida sabiendo que no estamos solos. Ésta es la paz que Dios le da a sus hijos", dijo el Sumo Pontífice.

Y conclusyó recordando que "Jesús no es un personaje del pasado, es la Palabra de Dios que hoy continúa iluminando el camino del hombre, y sus gestos, sus sacramentos, son la manifestación de la ternura, la consolación y el amor del Padre hacia cada ser humano".

domingo, 14 de diciembre de 2014

Necrológica diocesana

Imagen de la Parroquia de San Cucufate 

Ha fallecido en el día de ayer el sacerdote Don Agustín Rodriguez Rancaño

Nacido en Cangas de Narcea el 29/06/1932

Fue ordenado sacerdote el 22/03/1958 por manos de Monseñor Lauzurica y Torralba

Desempeñó su ministerio sacerdotal en diferentes puntos de Asturias. Algunos fueron:

* Ecónomo de San Juan de Montovo y San Martin de Ondes (Belmonte)

*Encargado de San Vicente de Naviego y anejos

*Ecónomo de San Andrés de Carreña de Cabrales y su filial Asiego

*Encargado de Berodia y su filial Inguanzo

*Encargado de Puertas de Cabrales

*Párroco de San Martín de Cayés y San Cucufate de San Cucao (Llanera)

En 2008 su salud empezó a deteriorarse por lo que cesó como Párroco.

Desde entonces ha residido en la Casa sacerdotal así como pasaba temporadas en su Cangas natal.

El funeral por su eterno descanso fue celebrado hoy a las cuatro de la tarde en la Basílica de Santa   Magdalena de Cangas del Narcea. Después su cuerpo recibió cristiana sepultura en el panteón familiar del cementerio municipal cangués.

D.E.P.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Belén de Cumbres en Cortes (Quirós) Santuario y Casa natal de San Melchor








Evangelio Dominical

7dic08[1]

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.

No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde  Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:

– «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.» – «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre  los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

viernes, 12 de diciembre de 2014

Otro canto de Adviento


Un libro más que intresante



¿Aún sirve la Iglesia? ¿Para qué?

Autor: Íñigo Ugalde

La Iglesia es un magnífico milagro de supervivencia que no tiene fácil explicación humana. Esta institución ha encontrado –y encuentra– todo tipo de trabas. Las encuentra fuera de ella: con persecuciones y contestaciones a su misión. Y las encuentra dentro, entre sus miembros: minando su credibilidad. Sin embargo, a pesar de todas ellas, no ha variado su credo un ápice. ¿Por qué?
Quizás dentro de todos los escándalos que hemos oído estos últimos años sobre la Iglesia Católica: Vatileaks, abusos a menores, luchas de poder en las altas esferas… el más grande para el hombre moderno es que se presente a sí misma como la única Iglesia verdadera, santa, católica y de descendencia apostólica. Si lo que quiere es escandalizar, con esta auto-presentación lo consigue de sobra.
La mayoría de la gente no cree, o desconoce su naturaleza. No falta quien no encuentra conexión entre ella y Cristo, como si fuesen dos realidades diferentes. Sin embargo, perseguirla es perseguir al mismo Jesús. Muchos otros han pervertido el mismo fin de la Iglesia, reduciéndola a una ONG, haciendo, por tanto, incomprensible su predicación.
¿Qué es, por tanto, la Iglesia? Y más importante ¿Sirve para algo al hombre de este siglo? Aquí encontrarás, querido lector, mi pequeña aportación a este gran asunto…