(Rel.) Hoy inicia León XIV un importante viaje a Sudamérica, que se prolongará hasta el 17 de este mes. El desplazamiento no es a un continente desconocido ni se limita a cumplir una agenda diplomática: vuelve a una tierra que conoce muy bien ya que durante años fue misionero y obispo en Perú. Sus mensajes serán fruto de la experiencia, no de la simple teoría. El recorrido incluirá Uruguay, Argentina y Perú, donde visitará diez ciudades en once días, y que lo llevará desde el Río de la Plata hasta los Andes y, finalmente, hasta la Amazonía.
Un emocionante regreso
La etapa peruana será, sin duda, la más esperada. León XIV llegó a Perú en 1985, fue misionero y, desde 2015 hasta 2023, obispo de Chiclayo. Es un Papa que conoce el calor de sus comunidades, las dificultades de las parroquias rurales, la generosidad de los catequistas y la paciencia que exige acompañar a un pueblo durante años.
La visita a Perú tiene una vertiente pastoral definida. No hay que olvidar que Perú es un país muy plural, con realidades muy distintas entre la selva, la costa y la sierra. Me da la impresión de que la inclusión de Cuzco y Pucallpa en el itinerario no es casual. Cuzco representa el mundo andino, con todo lo que conlleva de desafíos sociales, riqueza cultural, y memoria histórica. Pucallpa se asoma a la Amazonía, con todas las reflexiones que lleva anejas ese inmenso territorio: los derechos de los pueblos indígenas.
La Amazonía es un lugar donde se cruzan la defensa del medio ambiente, los derechos de los pueblos indígenas, los problemas ambientales, la violencia y la pobreza. Allí terminará su viaje, con la seguridad de que las periferias no son un simple apéndice de la Iglesia.
Uruguay
Uruguay plantea un desafío diverso. En el plano religioso es el país más secularizado de América Latina. Aproximadamente el 32 por ciento de su población se declara católica ( aunque sólo el 4 por ciento cumple el precepto dominical), la mitad no pertenece a ninguna religión o incluso se define como atea. Pero hay que tener en cuenta que no hay hostilidad hacia la religión. En realidad es la indiferencia el gran problema, junto con una laicidad que considera el fenómeno religioso como recluido en el ámbito privado.
El lema de la visita uruguaya, "Les anuncio una gran alegría", no significa un grito de reconquista, habla más bien del corazón del mensaje cristiano: una alegría que despierta una esperanza que resuena en los corazones de los creyentes y no creyentes. En un país donde la fe es minoritaria, el testimonio vale más que el marketing. La visita papal sólo dejará huella si consigue que algunos o muchos se pregunten, aunque sea fugazmente, si aquello que la Iglesia anuncia tiene algo que ver con su vida.
Argentina: la memoria de Francisco
El Papa Francisco nunca llegó a visitar Argentina siendo Pontífice Romano. Esa ausencia dejó una marca profunda entre los argentinos, aunque probablemente había razones políticas que lo justificaban. De ahí, que la visita a Argentina de León XIV cubre una laguna importante, con la consiguiente carga histórica.
Visitará Buenos Aires, Córdoba y Luján. Cada uno de estos lugares aporta algo distinto. Luján es el santuario mariano más importante de Argentina, de algún modo el centro de la devoción del país. Buenos Aires es el gran centro vital del país, con gran carga política y eclesial. Córdoba tiene una vida eclesial activa, fruto de su fuerte tradición católica.
León XIV no viene a copiar el estilo de Francisco ni tampoco a repetirlo. Es una herencia viva, que deberá respetar pero con su voz, no con imitaciones. El diálogo, la cercanía a los pobres o la atención a las periferias no eran exclusivas de Francisco. Todos los Papas, de uno u otro modo, con su estilo propio, defendieron esos valores. León XIV lo hará a su modo.
Argentina tiene alrededor de 46 millones de habitantes, de los cuales cerca de 30 millones son católicos, atendidos por casi 6000 sacerdotes. Es una Iglesia con gran capacidad de movilización social. Pero, al mismo tiempo, vive en un país con una alta polarización política, y una cierta fatiga institucional, que dificulta la acción pastoral. En ese contexto, según los expertos argentinos, el Papa debe evitar dos tentaciones. La primera, sería dejarse instrumentalizar, convirtiéndose en otra bandera política, de las que abundan en Argentina. La segunda, utilizar un lenguaje tan alejado de la realidad social, que a la postre deje a los ciudadanos perplejos. Desde luego que el Papa no tiene como misión resolver los problemas económicos de un determinado país, ni a tomar partido en sus disputas electorales. Pero sí puede recordar que la política no es solo gestión, que las personas no son cifras y que la fraternidad es una exigencia moral antes que un eslogan de campaña.
Fraternidad
León XIV ha resumido el sentido del viaje en una frase sencilla: quiere que sea una ocasión para "abrir nuestros corazones los unos a los otros". Puede parecer una expresión convencional, pero en el contexto sudamericano tiene mucha fuerza. América Latina vive tensiones políticas intensas, desigualdades persistentes, desconfianza hacia las instituciones y una polarización que convierte con facilidad al adversario en enemigo. En ese clima, hablar de fraternidad no es una ingenuidad. Es una crítica indirecta, pero clara, a la lógica del enfrentamiento permanente, y de la política entendida como guerra cultural.
El Papa no podrá arbitrar los conflictos nacionales ni ofrecer soluciones técnicas a problemas complejos. Pero puede ayudar a situar el debate público en otro plano. Cuando un líder religioso mundial habla de dignidad, esperanza, reconciliación y cuidado de los más débiles, está ofreciendo un criterio para juzgar la vida política más allá de las encuestas y de los intereses inmediatos.
Si León XIV logra transmitir que la Iglesia no viaja para recuperar privilegios, sino para caminar con los pueblos; que no pretende imponer recetas, sino proponer esperanza; y que la fraternidad es posible incluso en tiempos de división, su visita habrá sido algo más que una agenda diplomática. Podrá recordar al continente que la fe cristiana no debe ser una fuerza de presión social, sino una fuente de esperanza, servicio y reconciliación.

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