Queridos hermanos y hermanas:
Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y memoria, de afecto y esperanza. La ofrecemos en sufragio por los fieles difuntos, especialmente por quienes aquí descansan y por aquellos que cada uno de nosotros lleva en el corazón.
La conmemoración de los fieles difuntos, al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos, orienta nuestra oración. Nos dirigimos al Padre del cielo para que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya gozan tantos hijos e hijas suyos, envuelva el alma de cuantos duermen el sueño de la paz.
Nuestra fe está iluminada por la Palabra que ha sido proclamada y que fortalece nuestra confianza en las manos de Dios. Estas —nos recuerda el libro de la Sabiduría— son capaces de custodiar eficazmente las almas de los justos: «Ningún tormento los alcanzará» (Sab 3,1). Esta es la promesa de salvación que, especialmente en este día, se convierte en el corazón de la súplica que elevamos al Señor de la vida por todos los fieles difuntos.
Que sus manos paternas y seguras los custodien eternamente, para que puedan gozar plenamente de esa pertenencia recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios» (Ap 21,3). Nuestra oración intercede para que se realice esta comunión eterna de vida, prometida por el Buen Pastor a sus ovejas, que no perecerán jamás y que nadie arrebatará de su mano (cf. Jn 10,28).
Queridísimos hermanos, hemos escuchado el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Son como el autorretrato de Jesús, que él mismo pone a disposición de sus discípulos al proclamar: «¡Bienaventurados vosotros!» (v. 11). Las Bienaventuranzas son el camino hacia una vida plena y consumada, ya desde ahora y por toda la eternidad. Cuando las escuchamos proclamar en la liturgia —lo sabemos—, es el Señor resucitado quien nos habla. Y este anuncio de salvación que son las Bienaventuranzas resuena con particular fuerza espiritual en un cementerio, que es como un umbral entre el más acá y el más allá, entre la existencia terrena y el más allá que nos aguarda. Jesús resucitado nos dice: bienaventurados los que viven según este camino, porque de ellos es el reino de los cielos.
Entre las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo hay una que hoy nos conmueve de manera especial: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). En este momento queremos rezar por cuantos han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños y de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!
En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, viene espontáneamente a la memoria la “bienaventuranza” que añadió al Cántico de las criaturas cuando comprendió que se acercaba su fin:
«Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!».
Queridos hermanos y hermanas, la fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se ha interrumpido, sino que se ha transformado. Con la oración de sufragio acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor, esa comunión que ya pregustamos realmente aquí, en el sacramento de la Eucaristía. Animados por esta fe llena de esperanza, proseguimos nuestro camino terreno, a la espera del día en que él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,4).

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