Hoy la Palabra de Dios nos sitúa ante la pregunta más importante de nuestra existencia. No es una pregunta teórica ni un examen de conocimiento religioso. Jesús nos mira hoy a los ojos a cada uno de nosotros y nos pregunta: «Y vosotros, ¿Quién dicen que soy yo?». A través de las lecturas de este domingo XXI, la liturgia nos muestra cómo Dios teje su plan de salvación: Veremos cómo le quita el poder a los soberbios, cómo sus caminos superan nuestra mente humana y cómo edifica su Iglesia sobre la roca de la fe confesada por San Pedro. Entremos, pues, con el corazón abierto en cada una de estas lecturas.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos traslada a la corte del rey Ezequías en Jerusalén. Allí encontramos a Sebná, el mayordomo palaciego. El mayordomo era el hombre más poderoso después del rey; guardaba las llaves del palacio y decidía quién entraba y quién no. Sin embargo, Sebná se llenó de soberbia, buscó su propia gloria y descuidó la justicia. Dios interviene con fuerza. Destituye a Sebná y elige a Eliaquín, un hombre con corazón de siervo. Dios dice textualmente: «Le colocaré en el hombro la llave de la casa de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». La llave es el símbolo de la autoridad, pero de una autoridad recibida de Dios para proteger y cuidar al pueblo, no para beneficio propio. Esta lectura nos enseña dos cosas fundamentales, por un lado que Dios tiene la última palabra, dado que el poder humano es pasajero. Y por otra parte descubrimos que la autoridad es servicio. Todos tenemos alguna "llave" o responsabilidad en la vida, e Isaías nos invita a revisar cómo usamos esa autoridad.
San Pablo, en su carta a los Romanos, acaba de reflexionar sobre el misterio de la salvación, viendo cómo Dios es capaz de guiar la historia humana a pesar de los errores, las caídas y las rebeldías de los hombres. Ante este panorama, el Apóstol no encuentra más palabras que las de la adoración y el asombro: «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!». Pablo nos recuerda de forma directa que la mente de Dios supera por completo nuestros cálculos humanos. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez. Nadie ha sido consejero de Dios, nadie le ha dado nada primero para que Dios tenga que devolvérselo. Todo procede de Él, todo existe por Él y todo se dirige hacia Él. Muchas veces nos encontramos en la vida con situaciones que no entendemos: sufrimientos, pérdidas, giros inesperados o momentos de oscuridad. Queremos controlar el futuro y exigirle explicaciones a Dios. Esta lectura nos invita a soltar el control y a confiar. Nos llama a tener la humildad de aceptar que los caminos de Dios son más altos que los nuestros. Cuando no entiendas lo que pasa en tu vida, no caigas en la desesperación; repite con San Pablo: «¡Qué insondables son tus caminos, Señor!», y descansa en su paz.
En el evangelio de este día tomado del capítulo 16 de San Mateo, vemos cómo Jesús se retira con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. Es un lugar alejado, rodeado de templos paganos y grandes rocas. En ese contexto geográfico tan simbólico, Jesús lanza dos preguntas. La primera: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»... Los discípulos responden lo que escuchan por ahí: que Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Para la gente, Jesús es un gran hombre, un personaje del pasado que vuelve, o un maestro admirable. Pero se quedan muy cortos. No captan su verdadera identidad. Hoy en día pasa igual: el mundo ve a Jesús como un líder moral, un filósofo o un ejemplo histórico, pero nada más. La segunda pregunta nos llevará a la respuesta interior. Jesús deja de lado la opinión pública y personaliza el diálogo: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?»... Es una pregunta directa al corazón de los apóstoles y al corazón de cada uno de nosotros hoy. No vale responder con lo que dicen unos y otros; aquí no importa para nada lo que dice la gente. Simón Pedro toma la palabra en nombre de todos y hace la profesión de fe que sostiene a la Iglesia: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le responde con alegría solemnizando el momento, afirmando que esa revelación viene del Padre: «eso no te ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe verdadera es un don de Dios, no un logro de nuestra inteligencia. Y Jesús ratifica: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El Señor cambia el nombre de Simón por Cefas (Roca). A pesar de las debilidades humanas de Pedro —que más adelante le negará— Cristo lo elige como el fundamento visible de la unidad de su Iglesia. Y nos regala la esperanza de tener por seguro la victoria final: «El poder del infierno no la derrotará». Es una toda una promesa de esperanza. La Iglesia ha pasado por crisis, persecuciones, escándalos y dificultades externas e internas durante dos mil años, pero sigue en pie porque el constructor es Cristo, no los hombres. Con clara alusión a la primera lectura de Isaías, Jesús le entrega las llaves del Reino. Es la potestad para guiar, enseñar y, sobre todo, para perdonar los pecados en el nombre de Dios, santificando y abriendo las puertas de la misericordia a toda la humanidad. Ahí está el poder de atar y desatar de la Iglesia, de Pedro y sus sucesores.
El Dios que quita las llaves al soberbioso Sebná y se las da al siervo Eliaquín, es el mismo Dios cuyos caminos son misteriosos e insondables, y es el mismo Jesús que entrega las llaves del Reino a un pescador frágil, pero lleno de fe llamado Pedro. Al salir hoy del templo, llevemos la pregunta de Jesús resonando en nuestra mente durante toda la semana: «¿Quién soy yo para ti?»... Si Jesús es sólo un personaje histórico, nuestra fe será una costumbre sin sentido. Si Jesús es de verdad el Hijo de Dios vivo para tí, entonces Él es el centro de tu matrimonio, el guía de tu juventud, el consuelo en tu enfermedad y la roca firme en tus tormentas de la vida. Amemos a la Iglesia, oremos de corazón por el Papa León y renovemos nuestra confianza en que, pase lo que pase en el mundo, las fuerzas del mal nunca vencerán al amor de Dios.

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