(Lne/ María Terente Nicieza) Covadonga parece fija en la memoria de quien la visita, pero no en la vida de quien la habita. Fernando Álvarez Menéndez, organista de la Basílica y habitante del enclave desde hace 43 años, lo resume así: ''Covadonga está viva, es una postal muy viva que se mueve''. En esa imagen que se repite una y otra vez sigue estando la basílica, la Santa Cueva, la tumba de Pelayo, la estatua del viejo rey y la explanada por la que pasan miles de personas, aunque cambien los rostros, los ritmos y las formas de mirar el lugar.
Fernando llegó al Santuario con 17 años para tocar el órgano y, como suele recordar, ''cumplí los 18 a los diez días de llegar a Covadonga como organista''. Haciendo memoria, explica: ''Ahora mismo creo que soy el empleado del Santuario que más años lleva''. Una forma de decir que su vida se ha quedado impregnada a este recinto hasta convertirlo en rutina, trabajo y refugio. ''Después de tantos años, yo lo veo como mi casa. No la veo como postal, la veo interior'', dice quien contempla a diario el mismo decorado que otros consumen con una visita rápida.
Su Covadonga empieza por el oído. ''Lo primero que oigo por la mañana son los pájaros y el bosque'', cuenta Fernando, que escucha antes de ver ese paisaje que para tantos visitantes arranca con una foto de la basílica o una visita apresurada a la cueva. Lugo llega el movimiento, sobre todo los sábados, cuando el organista encadena laudes. Después tengo misa a las once, a las doce, a la una y media. A las dos puede haber boda. Misa a las seis, y posiblemente boda a las siete, también. Un sábado puede haber dos bodas''. Por eso insiste en que ''Covadonga tiene la particularidad de que cada día es distinto'', porque al Santuario llegan peregrinos, excursionistas, curiosos y viajeros que sigue viendo en este rincón una parada imprescindible de Asturias.
El recorrido más repetido conduce a la Santa Cueva, a la Santina, a la tumba de Pelayo y después a la Basílica, cuya entrada es gratuita y no requiere reserva. Dentro del templo conviene detenerse un poco más y mirar hacia arriba en la zona delantera de la izquierda, para descubrir el gran órgano del que sale la música con la que Fernando acompaña la jornada de los visitantes. Para él, sin embargo, el centro emocional del lugar sigue estando en la Santa Cueva. ''A veces llego allí, me siento y es una paz tremenda. A parte de mirar a la Virgen, miro los turistas, la gente, entran, vienen, pasan... Yo soy de aquí, ellos me verán como un turista también'', afirma. Esa doble condición, santuario vivido y destino de paso, explica su impresión de que ''los turistas van evolucionando''.
El momento más hermoso empieza cuando baja la presión del día. ''El atardecer en Covadonga es una pasada. Marchan los turistas y tú te quedas, das un paseo por la explanada, caminas y empiezas a escuchar otra vez los pájaros que todavía andan ahí. Es una vuelta a la calma'', describe. Ahí aparece otra Covadonga, menos fotografiada, y seguramente más difícil de contar: la que se vacía, la que enfría la piedra de la basílica, la que deja oír de nuevo el bosque y la que permite entender por que un vecino del Santuario puede mirar la postal de siempre y seguir viendo, sobre todo, su casa.
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