miércoles, 21 de octubre de 2026

21 de Octubre: Beatos Mártires de Nembra

El 8 de octubre de 2016, la catedral de San Salvador de Oviedo se vistió de gala litúrgica para acoger la primera beatificación de la historia de Asturias. En una ceremonia presidida por el cardenal Angelo Amato, se reconoció el martirio de cuatro católicos asesinados «por odio a la fe» en 1936: el anciano párroco Don Genaro y tres de sus feligreses laicos, Segundo Alonso González, Isidro Fernández Cordero y el joven Antonio González Alonso.

La historia de los Mártires de Nembra es el testimonio de cuatro hombres ordinarios —un sacerdote rural, dos mineros padres de familia y un estudiante de magisterio— que, en medio de la polarización de la guerra civil española, prefirieron entregar su vida antes que renunciar a sus convicciones religiosas.

El Contexto Geográfico e Histórico: El Valle de Aller

Para entender su historia es necesario situarse en Nembra, una parroquia rural perteneciente al concejo asturiano de Aller. Ubicada en el valle del Alto Aller, la zona combinaba el tradicional paisaje agrícola y ganadero de la montaña asturiana con una fortísima implantación de la industria del carbón a través de empresas como la Hullera Española.

A partir de la Revolución de octubre de 1934 y, de forma definitiva, tras el estallido de la guerra civil en julio de 1936, las cuencas mineras asturianas quedaron firmemente bajo el control de los comités revolucionarios y las milicias gubernamentales. En este clima de extrema tensión, la práctica de la fe católica se convirtió en motivo directo de persecución. Las iglesias sufrieron cierres y confiscaciones, y aquellos identificados con organizaciones religiosas pasaron a ser considerados sospechosos políticos. En Nembra, el epicentro de la resistencia espiritual de la comunidad fue la sección local de la Adoración Nocturna Española, de la cual los cuatro beatos formaban parte activa.

Perfil de los Cuatro Beatos

1. Don Genaro Fueyo Casteñón (72 años)
Nacido en 1864 en Linares del Puerto (Lena), don Genaro era un veterano sacerdote diocesano que llevaba 37 años como párroco de la iglesia de Santiago Apóstol de Nembra. Hombre profundamente bondadoso y muy cercano a las órdenes religiosas, especialmente a los Dominicos —hacia quienes orientó a numerosas vocaciones locales—, era el alma de la Adoración Nocturna de su parroquia. Fue arrestado en el vecino núcleo de Moreda a pesar de su avanzada edad. Sufrió el martirio justo un día antes de cumplir sus bodas de oro sacerdotales.

2. Segundo Alonso González (48 años)

Minero de profesión en las explotaciones locales y padre de una familia numerosa, Segundo encarnaba el perfil del obrero católico comprometido. Era el presidente local de la Adoración Nocturna y desempeñaba un papel de liderazgo en el Sindicato Católico de los Mineros. Su detención estuvo motivada explícitamente por su condición de "rezador" y por su abierta defensa social y laboral desde una perspectiva cristiana.

3. Isidro Fernández Cordero (43 años)

Nacido en Murias pero vecino de Nembra, Isidro era también minero de la Hullera Española. Estaba casado con Celsa y era padre de siete hijos (de los cuales, con los años, un varón profesaría como dominico y dos de sus hijas serían religiosas). Al igual que su amigo Segundo, militaba activamente en el Sindicato Católico y en la Adoración Nocturna. Había sido encarcelado previamente en los locales de la propia Adoración, que los milicianos habían reconvertido en calabozo provisional.

4. Antonio González Alonso (24 años)

El más joven del grupo era Antonio, un estudiante de magisterio con un futuro prometedor. A pesar de su juventud, su firmeza doctrinal e implicación eclesial llamaron la atención de los comités revolucionarios. Aunque fue arrestado y encarcelado junto al párroco y los dos mineros, su trágico final se ejecutó por separado fuera del casco urbano de Nembra.

El Martirio en el Templo de Santiago Apóstol
Los arrestos se consumaron en las semanas previas a octubre de 1936. El ensañamiento contra ellos arreció ante su reiterada negativa a proferir blasfemias o abjurar de sus creencias litúrgicas. A Antonio González Alonso, el joven estudiante, le arrancaron la lengua antes de acabar con su vida en el exterior del pueblo por negarse a maldecir a Dios; su cuerpo fue ocultado y sus restos nunca pudieron ser localizados.

El desenlace para don Genaro, Segundo e Isidro ocurrió la noche del 21 de octubre de 1936. Trasladados desde su celda hasta la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, los milicianos les ofrecieron de forma burlona elegir el lugar exacto donde querían morir. Sin dudarlo, los tres manifestaron su voluntad de dar la vida en el mismo edificio donde cada día se reunían para celebrar la Eucaristía.

La ejecución revistió una enorme crueldad física:Los milicianos obligaron a los dos mineros a cavar su propia fosa común en el centro de la nave de la iglesia, mientras que fijaron la sepultura del anciano sacerdote junto al Altar Mayor.

Don Genaro pidió formalmente a los verdugos ser el último en morir, con el único objetivo de administrar los últimos auxilios espirituales, absolver y alentar la fe de sus dos feligreses hasta el último suspiro.

Los tres fueron sometidos a un martirio lento antes de ser fusilados, decapitados y mutilados dentro del recinto sagrado, mientras sufrían las mofas de los asaltantes. Murieron manifestando explícitamente su perdón hacia sus ejecutores.

El Proceso de Beatificación y Legado

La causa diocesana formal para su beatificación se abrió en el año 1991, promovida intensamente por los propios familiares de los laicos y feligreses supervivientes que guardaban viva la memoria histórica de lo acontecido. Tras superar las correspondientes fases en la Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano, el Papa Francisco firmó el decreto de martirio en enero de 2016.

Durante la histórica ceremonia del 8 de octubre de 2016 en la Catedral de Oviedo, las reliquias recuperadas de don Genaro, Segundo e Isidro fueron trasladadas solemnemente en procesión dentro de la célebre Caja de las Ágatas del tesoro catedralicio. En las alocuciones oficiales, el arzobispo de Oviedo, Monseñor Jesús Sanz Montes, remarcó que este reconocimiento eclesiástico no nacía del resentimiento ni de un deseo de reescribir la historia política, sino de la pura gratitud y de una búsqueda sincera de reconciliación, tomando como ejemplo el perdón que los propios mártires otorgaron en su lecho de muerte.

martes, 20 de octubre de 2026

Mons. Sanz Montes reivindica en el Senado el derecho de los católicos a intervenir en la vida pública

(Infovaticana) El arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, ha defendido la participación de los católicos en la vida pública y ha rechazado que la fe cristiana deba quedar relegada al ámbito privado. Durante un encuentro celebrado en el Senado, el prelado reivindicó el derecho de los creyentes a intervenir en los asuntos de la sociedad desde sus convicciones religiosas. «La clandestinidad no, gracias», afirmó.

Según informa COPE, Sanz Montes participó este lunes 19 de octubre en el II Foro «Lo que aporta la fe católica a España y a Europa», organizado por la Fundación Enraizados en la Sala Europa del Palacio del Senado, en Madrid. El encuentro reunió a representantes del ámbito eclesial, académico, periodístico y político para reflexionar sobre la aportación del cristianismo a la sociedad española y europea.
«Hago política siempre que puedo»

Durante su intervención, el arzobispo de Oviedo se refirió a las críticas que reciben los miembros de la jerarquía eclesiástica cuando se pronuncian sobre cuestiones políticas y sociales. Sanz Montes defendió que los pastores de la Iglesia tienen también la responsabilidad de dar testimonio de la fe en medio de la sociedad.

«Hago política siempre que puedo, entendiendo por política ese menester, ese ministerio de dar testimonio en la polis, en la ciudad», declaró.

El prelado explicó que su participación en la vida pública responde al compromiso con principios como la verdad, la convivencia y la honestidad, frente a comportamientos como «la mentira, la insidia y el robo».

En este sentido, rechazó que los católicos deban limitar la expresión de sus convicciones al interior de los templos. Para ilustrarlo, distinguió entre el espacio de celebración de la fe y aquel en el que los cristianos están llamados a dar testimonio de ella.

«La clandestinidad no, gracias: el templo donde celebramos el misterio, la plaza donde lo testimoniamos y el atrio que está en el medio para ir y venir del templo a la plaza y de la plaza al templo», sostuvo.

Con estas palabras, Sanz Montes reivindicó la presencia de los creyentes en la sociedad, tanto en el ejercicio de sus responsabilidades personales como en su participación en los debates que afectan al conjunto de los ciudadanos.

La familia y la amistad como fundamentos de la convivencia

En su intervención, el arzobispo también abordó la importancia de las relaciones humanas para la construcción de una sociedad libre. Para ello, recurrió a las reflexiones del escritor británico C. S. Lewis sobre la familia, la amistad y la soledad.

«La amistad te recuerda que somos sencillamente incompletos», señaló el prelado, destacando la necesidad de reconocer los vínculos que unen a las personas frente a las posturas de carácter impositivo.

Sanz Montes defendió una visión cristiana del ser humano orientada al bien común y a la libertad, en la que la familia y las relaciones personales desempeñan un papel fundamental.

Estas reflexiones se enmarcaron en el propósito del foro, dedicado a examinar la contribución de la fe católica a la vida social y a los fundamentos morales de la convivencia en España y Europa.
«Dios no es un intruso ni un rival»

Al término de la jornada, el arzobispo de Oviedo insistió en que la presencia de Dios en la vida de las personas no supone una amenaza para su libertad.

«Tenemos que decir que Él no es enemigo, que no es rival, que no es un intruso en nuestras cosas, sino cómplice de lo mejor. Contar con Él significa sabernos hijos de un Padre que nos ve crecer, que nos creó y que nos espera al final de un destino», explicó.

El prelado subrayó que la fe tiene consecuencias concretas en la manera de entender las relaciones humanas y la responsabilidad de cada persona hacia los demás.

«Cada uno ha venido a este mundo para decir una palabra que Dios silenció, pero que Él quiere decir con nuestros labios, y para repartir un bien que Él retuvo, pero quiere repartir con nuestras manos», afirmó.

Sanz Montes concluyó recordando que la presencia de Dios también tiene importancia para la convivencia social: «Por eso Dios, aunque no se presente nunca a nuestras elecciones, cuenta y tanto para hacer una sociedad que se pueda vivir en la paz, en la convivencia y en el amor».

La aportación de la fe católica a España y Europa

El II Foro «Lo que aporta la fe católica a España y a Europa», organizado por la Fundación Enraizados, contó también con la participación del rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, Higinio Marín; el director de El Debate, Bieito Rubido; y el senador por Melilla Fernando Gutiérrez.

La jornada, celebrada bajo el lema «Dios: ¿Luz en la vida pública?», estuvo dedicada a reflexionar sobre el lugar de la religión en la sociedad contemporánea y su contribución a la libertad, la dignidad humana y el bien común.

lunes, 19 de octubre de 2026

El martirio no es heroísmo, es fidelidad a Cristo

Hace 90 años, entre el 7 de agosto y el 13 de septiembre de 1936, murieron los sacerdotes Juan Torres Torres, el primero, y sus diecinueve compañeros, de entre 24 y 77 años, asesinados durante la Guerra Civil española en manos de las fuerzas republicanas empeñadas también en una persecución religiosa en Ibiza. Diecisiete de los veinte fueron asesinados en el castillo de Dalt Vila, junto a casi un centenar de laicos.

Esta mañana, en la catedral de Santa María de las Nieves, en el Dalt Vila, el casco antiguo de la ciudad, el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos presidió, en representación del Papa León XIV, la celebración de la beatificación autorizada por el Pontífice, el pasado 18 de junio con la promulgación del decreto que reconoce el martirio de estos sacerdotes, 90 años después de su muerte. Concelebraron la Santa Misa el obispo de Ibiza, monseñor Vicent Ribas; el arzobispo metropolitano de Valencia, monseñor Enrique Benavent Vidal, el Secretario del Dicasterio para el Culto Divino, monseñor Aurelio García Macías; otros siete obispos y la mayor parte del clero diocesano de Ibiza y Formentera.

Al iniciar el rito de beatificación monseñor Ribas, hizo la petición para que se inscriba en el libro de los Beatos a los veinte sacerdotes mártires. Luego, el postulador de la causa, monseñor Alejandro Cifres, leyó una breve biografía de cada uno de los mártires y, por último, el cardenal Semeraro dio lectura a la Carta Apostólica del Papa León XIV por la que se inscribe en el libro de los Beatos a los sacerdotes mártires, antes de la magna celebración eucarística.

En su homilía, el cardenal Semeraro se inspira en el pasaje evangélico de hoy, en el que Jesús asocia a sus discípulos a su propio destino, enviándolos como corderos en medio de lobos: «Id: he aquí que os envío como corderos en medio de lobos». Recordando que San Agustín en uno de sus sermones sostenía que no se trataba de lobos en medio de un rebaño de ovejas sino de un rebaño enviado entre los lobos, el prefecto afirmó que el propósito de Jesús “no es desanimar, sino tranquilizar a los discípulos respecto a su presencia y su cercanía. Él es el Maestro que no oculta a sus discípulos las dificultades de la misión que se les ha confiado” pero permanece siempre cerca de nosotros.

“Hemos oído hablar de persecuciones, de traiciones y del odio con que los discípulos podrán encontrarse a causa del nombre de Jesús. La fidelidad a Él, de hecho, no nos protege de las pruebas de la historia; al contrario, puede exponernos a la contradicción e incluso a la violencia, y eso es lo que les sucedió a vuestros mártires”, señaló el purpurado vaticano en su homilía por la beatificación.

Al hablar del grupo de mártires, el cardenal Semeraro se centró en la figura del líder, Juan Torres Torres, el primero en ser asesinado y arrojado al mar, cuando apenas contaba con 24 años de edad y dos meses de sacerdocio, un ministerio muy breve y al mismo tiempo fructífero, tanto como el apostolado de los otros sacerdotes, de más años de ministerio, ejecutados en el castillo de Ibiza.

“La fecundidad de una vocación no se mide por su duración, sino por la fidelidad con la que se vive y por la entrega de sí mismo a Cristo”, afirmó el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos. Y en este contexto, añadió que “el mártir no es aquel que busca la muerte, sino aquel que no reniega de Cristo”, no es la violencia sufrida lo que hace grande su testimonio, sino el amor al que permanece fiel”. “El martirio no celebra la muerte: proclama que la vida pertenece a Cristo y que la muerte no tiene la última palabra.”

Más adelante, el cardenal Semeraro recordó que la “perseverancia de los mártires no debe entenderse como un heroísmo puramente humano”, pues es fruto, sobre todo, de la gracia, de la presencia del Espíritu que “hace posible permanecer fieles en la prueba”. De allí su exhortación a no exaltar el heroísmo de las personas fuertes, sino “la fidelidad de quien permanece en el amor y no deja que el odio de los demás se convierta en su propio odio”.

El prefecto al hacer memoria de los mártires, planteó las interrogantes que nos deja en el presente, como cuán importante es Cristo en nuestra vida o cuánto su Evangelio orienta nuestras decisiones, relaciones y pruebas. Y es que, a pesar de no estar amenazados u obligados a elegir, nuestra fidelidad se mide en otras situaciones de la vida, “cuando perdonar parece más difícil que alimentar el resentimiento, cuando defender a una persona vulnerable puede exponernos a la incomprensión, cuando nos sentimos tentados a callar por conveniencia o a adaptarnos a lo que hacen todos”.

“Al celebrar, pues, a los beatos mártires de Ibiza, no pedimos que se nos libre de toda dificultad, sino que no perdamos de vista a Cristo en las dificultades; no pedimos no conocer el miedo, sino no dejarnos dominar por él; no pedimos una vida sin contradicciones, sino la gracia de permanecer fieles en el amor”, concluyó el prefecto del Dicasterio para la Causa de los Santos.

Primer Ángelus tras la operación: el Papa da las gracias y pide vivir sin doblez

(Infovaticana) A las doce en punto, con una mañana gris y desapacible sobre Roma, se abrió la ventana del apartamento pontificio y la plaza de San Pedro estalló en una ovación larga y agradecida. León XIV, que había abandonado el sábado por la tarde el Policlínico Gemelli, reaparecía en público por primera vez desde el domingo 11, cuando él mismo anunció desde ese mismo lugar que debía operarse de un nódulo pulmonar. Unos quince mil fieles, según las estimaciones difundidas, llenaban la plaza.

El Pontífice fue intervenido el martes 13, cuando los cirujanos del equipo del profesor Stefano Margaritora le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho, afectado por un adenocarcinoma. Durante los días de ingreso celebró misa, hizo fisioterapia respiratoria y siguió firmando nombramientos, aunque no recibió audiencias, como contó Specola en InfoVaticana.
El denario y la trampa

El Papa se ciñó al Evangelio del vigésimo noveno domingo del tiempo ordinario, que este año desplaza la fiesta de San Lucas: la pregunta capciosa de los fariseos sobre el tributo y la célebre respuesta de Cristo, «dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

León XIV invitó a leer la frase en su contexto original, el de una emboscada urdida con mala fe. La respuesta de Jesús, explicó, es astuta porque esquiva la trampa y deja al descubierto la doblez de quienes buscaban hacerle caer. En Cristo, añadió, se contempla a un Dios que no rehúye la historia y entra en ella; su Reino respeta los oficios y responsabilidades humanas, pero exige vivir sin componendas, apartados de las ambiciones torcidas y de los intereses injustos, buscando primero el Reino de Dios y su justicia.

Se detuvo después en un detalle irónico del relato: el elogio interesado que los emisarios dirigen al Maestro, a quien reconocen sincero e insobornable mientras le tienden la red. Ese retrato, concluyó, describe con exactitud a quien da a cada cual lo suyo: alguien «sin temor ni hipocresía, libres para el bien». Encomendó a los fieles a la intercesión de la Virgen y rezó con ellos la oración mariana.
Cien años del Domund

Tras el Ángelus, el Papa recordó que la Iglesia celebraba la centésima Jornada Mundial de las Misiones, este año bajo el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión», escogido por él mismo, e invitó a pensar en la ingente historia misionera escrita a lo largo de un siglo. Su aparición en la ventana fue, de hecho, la única intervención pontificia prevista en el día del centenario.
«Retomaré gradualmente mi actividad»

Solo entonces habló de sí mismo. Agradeció con voz firme las oraciones recibidas durante su hospitalización y dedicó un reconocimiento expreso a los médicos, enfermeros y a todo el personal del Gemelli. Confesó que la enfermedad le ha hecho sentir de un modo particular la cercanía de cuantos atraviesan el sufrimiento y la dolencia. Superada lo que llamó una fase delicada, anunció que volverá a su agenda de forma paulatina, con la ayuda de Dios y de las oraciones de los fieles. Se despidió con un «gracias a todos y feliz domingo» que la plaza devolvió con un aplauso cerrado.

El equipo médico considera satisfactoria la evolución del Pontífice y no ve, desde el punto de vista clínico, obstáculos para el viaje previsto en noviembre a Uruguay, Argentina y Perú, siempre que la recuperación siga su curso. El encuentro interreligioso de Asís del 27 de octubre, en cambio, sigue en el aire: el Vaticano nunca llegó a confirmar oficialmente la presencia del Papa.

El texto completo de la alocución puede consultarse en la página oficial de la Santa Sede.

domingo, 18 de octubre de 2026

"A Dios lo que es de Dios". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Nos reunimos hoy en este Domingo XXIX del Tiempo Ordinario en una circunstancia de inmensa alegría y de profunda responsabilidad eclesial. Este año, nuestra celebración coincide con el centenario de la fundación de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), instituida en 1926. El lema que el Papa León XIV nos propone para esta efeméride histórica resuena con una fuerza singular: «Uno en Cristo, unidos en la misión». La Palabra de Dios que se proclama en este día no es un conjunto de lecturas aisladas; es un hilo conductor perfecto que nos ayuda a descifrar qué significa pertenecer enteramente a Dios y cómo esa pertenencia nos empuja, de manera inevitable, a la salida misionera. Hoy, la Escritura nos invita a levantar la mirada por encima de nuestras fronteras locales para comprender que la soberanía de Dios reclama la vida de cada ser humano, y que nosotros somos los encargados de llevar esa buena noticia hasta los confines de la tierra.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta una de las declaraciones más sorprendentes del Antiguo Testamento. Dios se dirige a Ciro, el rey de Persia, y lo llama su «Ungido». Ciro no pertenecía al pueblo de Israel; era un rey pagano que ni siquiera conocía al Dios verdadero, como repite el texto en dos ocasiones: «aunque no me conocías». Y, sin embargo, Dios lo toma de la mano, le abre las puertas y lo utiliza como un instrumento de liberación para que el pueblo exiliado en Babilonia pueda regresar a su tierra y reconstruir el Templo. ¿Qué nos enseña esto en clave misionera? Pues nos recuerda la verdad absoluta de que Dios es el único Señor de la historia y del universo. Dios no está encasillado ni limitado a las fronteras de nuestra tierra, de nuestra cultura o de nuestra comodidad. Él actúa en los corazones y en las estructuras humanas más insospechadas. La misión de la Iglesia, y de manera especial en este DOMUND, nace precisamente de esta certeza: Dios ama y reclama para sí a toda la humanidad, de Oriente a Occidente. Los misioneros no van a los territorios de misión a "llevar a un Dios que no estaba", sino a descubrir y hacer explícita su presencia que ya estaba actuando en el sufrimiento y en la esperanza. La primera lectura nos desinstala; nos exige romper nuestros esquemas estrechos y reconocer que el deseo de Dios es que «sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».

San Pablo, por su parte, inicia su primera carta a los Tesalonicenses con una bellísima acción de gracias: nos encontramos ante el escrito más antiguo de todo el Nuevo Testamento, el retrato de una comunidad cristiana que está naciendo en territorio pagano. Pablo elogia tres virtudes dinámicas que definen el ADN de la Iglesia: la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y la firmeza de su esperanza. Además, el Apóstol añade un detalle crucial para comprender la jornada de hoy: «cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción». Y es que la misión no consiste en difundir una ideología o en convencer a otros con discursos humanos bien estructurados. El Papa nos recuerda en su mensaje que no anunciamos ideas, sino el amor fiel de Dios revelado en Jesucristo. La comunidad de Tesalónica se convirtió en un foco misionero porque la fe de sus miembros se traducía en obras de caridad concretas, y porque su testimonio estaba impregnado de la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Ser «uno en Cristo» significa que nuestras comunidades parroquiales no pueden vivir replegadas sobre sí mismas. Una Iglesia que no es misionera es una Iglesia que se enferma y se asfixia. Al contemplar el esfuerzo de tantos misioneros y misioneras en este centenario, san Pablo nos invita a preguntarnos: ¿Es nuestra fe activa? ¿Nuestro amor está dispuesto al sacrificio por el hermano lejano?. ¿Y qué pasa con el cercano?...

El Evangelio de este domingo, por su parte, tomado del capítulo 22 de San Mateo nos habla de la trampa humana y la respuesta divina. Los fariseos y los herodianos —dos grupos enemigos que curiosamente se alían para atacar a Jesús— le tienden una trampa política y religiosa perfecta: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». Si Jesús decía que sí, el pueblo lo consideraría un traidor a la Patria y un colaborador de los opresores romanos. Si decía que no, los herodianos lo denunciarían inmediatamente ante las autoridades de Roma como un rebelde sedicioso. La respuesta de Jesús desmonta por completo la hipocresía de sus interlocutores. Pide que le muestren la moneda del impuesto. Al tener el denario en la mano, les pregunta: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Ellos responden: «Del César». Y Jesús concluye con una frase inmortal que ha marcado la historia del pensamiento de Occidente: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». A menudo se ha interpretado este pasaje únicamente como la separación entre la Iglesia y el Estado, o entre la política y la religión. Aunque esta afirmación va mucho más allá, el mensaje de Jesús es muchísimo más profundo. Jesús está usando la lógica de la propiedad. Si la moneda lleva impresa la cara del emperador romano, significa que le pertenece a él y se le puede devolver. Pero entonces, ¿qué es lo que lleva la imagen de Dios y, por tanto, le pertenece exclusivamente a Él?. La respuesta está en las primeras páginas del Génesis. Cada hombre, cada mujer, cada niño de este planeta ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Nosotros somos la moneda de Dios. Llevamos su rostro acuñado en lo más profundo de nuestra alma y de nuestra dignidad. Por tanto, la respuesta de Jesús es un grito de liberación: el César, el Estado o los poderes económicos pueden exigir tributos materiales, pero ningún poder de este mundo tiene derecho a adueñarse de la vida, de la conciencia y del destino del ser humano, porque el hombre le pertenece por completo a Dios. Aquí es donde el Evangelio y la jornada del DOMUND se funden en una sola llamada urgente. En nuestro mundo actual, la imagen de Dios en el ser humano está siendo trágicamente desfigurada. Está desfigurada por las ideas, por la violencia, por la falta de esperanza en sociedades que viven como si Dios no existiera. Los misioneros y misioneras que la Iglesia envía a los territorios de misión no van simplemente a realizar una labor filantrópica u organizativa. Su misión principal es restaurar la imagen de Dios en la humanidad. Al anunciar que Cristo libera del pecado y de la desesperanza, y al construir escuelas, hospitales y parroquias, los misioneros devuelven a los pobres la conciencia de su dignidad inviolable como hijos de Dios.

Hoy, celebrar cien años del DOMUND nos exige una doble respuesta de conversión. Dar a Dios lo que es de Dios en nuestra vida. Reconocer que no somos dueños absolutos de nuestro tiempo, de nuestro dinero ni de nuestras cualidades. Todo lo que somos se lo debemos a Él. Somos llamados a unirnos a la misión universal. El Papa insiste en que en la Iglesia nadie sobra; la unidad es la condición de la misión y el amor es su esencia. Quienes estamos aquí no podemos viajar físicamente a las selvas, a las grandes periferias urbanas de Asia o a las aldeas de África, pero estamos llamados a participar de la misma misión a través de nuestra oración ferviente y de nuestra generosidad económica en la colecta de hoy. Esos recursos materiales se transformarán, gracias al Espíritu Santo, en canales de gracia y dignidad para las Iglesias más necesitadas. Pidamos a la Santísima Virgen María, Reina de las Misiones, que encienda en nuestros corazones el fuego del anuncio evangélico. Que no tengamos miedo de dar al César lo que le corresponde en nuestras responsabilidades ciudadanas, pero que defendamos y entreguemos con valentía nuestra vida entera a Dios, trabajando juntos para que todos los pueblos de la tierra reconozcan la imagen del Creador impresa en sus almas.

Evangelio Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas:
¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó:
«De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Palabra del Señor 

Mestizaje misionero. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Eran sencillas obras de arte en cerámica. Su tamaño era pequeño, casi según las medidas de quienes de aquí para allá las paseaban. Se trataba de unas figuras de barro policromado que pasadas por el horno resultaban sólidas y acristaladas, con un diminuto busto de un infante que se asemejaba a las que en vivo se veían en las tierras lejanas de los grandes continentes con sus razas respectivas: el busto del negrito con sus rizos caracoleados y sus ojos blancos sobre la tez morena, el busto del oriental en guisa de chinito con pequeñas guedejas a modo de coletas, también la figura del niño color aceitunado, pelo terso y ojos saltones típicos de Oceanía, y tampoco faltaba el busto americano del sur con rasgos mexicanos o de la amazonia más austral.

En el colegio o en la parroquia nos entregaban estos bustos de cerámica como si fueran huchas misioneras que representaban realmente los niños y niñas de aquellas lejanas latitudes a las que los misioneros fueron a través de los siglos para anunciar la Buena Noticia que despertase un horizonte de esperanza en aquellos hombres y mujeres que no habían conocido aún a Cristo. Era la inocente participación solidaria que los niños cristianos de estos lares hacíamos para contribuir a la ayuda de nuestros misioneros.

Se dio un auténtico encuentro con todos aquellos pueblos sin desviar el evangelio y la tradición cristiana. Nuestros misioneros aprendieron sus lenguas, escribieron gramáticas y diccionarios, se asomaron a sus culturas y fueron así construyendo comunidades cristianas: prendiendo la fe e iniciando en los sacramentos, divulgando la Palabra de Dios y enseñando a vivir desde la moral católica todas las cosas. Fue una saludable mutua mezcolanza que a todos enriqueció, con tantas iniciativas culturales, sanitarias, arquitectónicas, además de la labor propiamente religiosa de toda misión.

Porque no sólo se levantaron ciudades, se trazaron caminos de comunicación, se fundaron universidades, se construyeron hospitales, sino que especialmente se extendió la belleza del cristianismo dando lugar al nacimiento de unas iglesias vivas como fruto de esa evangelización. Esto es precisamente lo que nos recuerda cada año el domingo en el que celebramos el célebre “Domund”, que significa el domingo mundial de las misiones. Este año celebramos su primer centenario de esta fecha de agradecimiento y concienciación de todo el pueblo cristiano, especialmente los que vivimos en esos primeros mundos en los que expresamos nuestra fe con una herencia e inercia a veces algo apagada.

Los medios modernos de comunicación permiten que, de modo inmediato, podamos tener acceso a lo que sucede para bien y para mal en las antípodas del mundo. Pero esa información puede quedarse en una simple curiosidad o en una tibia condolencia. La admiración debe mover nuestra caridad solidaria abriendo el corazón, la plegaria y el bolsillo compartiendo con otros hermanos lo que nosotros gratuitamente hemos recibido.

Todos somos en verdad misioneros de la paz, del amor y la esperanza, especialmente en un mundo tan cruelmente inmisericorde, tan violento y endurecido. Dios ha querido poner en nuestras frágiles manos ese mensaje de ternura y perdón, de alegría y misericordia, haciéndonos misioneros en la trama cotidiana, en el ambiente y ámbito que a diario pisan nuestros pies y por donde deambulan nuestros sueños junto a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, pero con esa mirada amplia, asomada a los confines misioneros a los que somos enviados. El Domund y sus Cien años nos sigue invitando a la generosidad con esa conciencia de universalidad, sabiéndonos parte de una casa común como es la humanidad en esta tierra que Dios a todos nos ha querido confiar. Anunciar la Buena Noticia del mensaje cristiano y construyendo un mundo nuevo según el proyecto de Dios, sin ningún finisterre que ponga fronteras a la caridad.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo