El 8 de octubre de 2016, la catedral de San Salvador de Oviedo se vistió de gala litúrgica para acoger la primera beatificación de la historia de Asturias. En una ceremonia presidida por el cardenal Angelo Amato, se reconoció el martirio de cuatro católicos asesinados «por odio a la fe» en 1936: el anciano párroco Don Genaro y tres de sus feligreses laicos, Segundo Alonso González, Isidro Fernández Cordero y el joven Antonio González Alonso.
La historia de los Mártires de Nembra es el testimonio de cuatro hombres ordinarios —un sacerdote rural, dos mineros padres de familia y un estudiante de magisterio— que, en medio de la polarización de la guerra civil española, prefirieron entregar su vida antes que renunciar a sus convicciones religiosas.
El Contexto Geográfico e Histórico: El Valle de Aller
Para entender su historia es necesario situarse en Nembra, una parroquia rural perteneciente al concejo asturiano de Aller. Ubicada en el valle del Alto Aller, la zona combinaba el tradicional paisaje agrícola y ganadero de la montaña asturiana con una fortísima implantación de la industria del carbón a través de empresas como la Hullera Española.
A partir de la Revolución de octubre de 1934 y, de forma definitiva, tras el estallido de la guerra civil en julio de 1936, las cuencas mineras asturianas quedaron firmemente bajo el control de los comités revolucionarios y las milicias gubernamentales. En este clima de extrema tensión, la práctica de la fe católica se convirtió en motivo directo de persecución. Las iglesias sufrieron cierres y confiscaciones, y aquellos identificados con organizaciones religiosas pasaron a ser considerados sospechosos políticos. En Nembra, el epicentro de la resistencia espiritual de la comunidad fue la sección local de la Adoración Nocturna Española, de la cual los cuatro beatos formaban parte activa.
Perfil de los Cuatro Beatos
1. Don Genaro Fueyo Casteñón (72 años)
Nacido en 1864 en Linares del Puerto (Lena), don Genaro era un veterano sacerdote diocesano que llevaba 37 años como párroco de la iglesia de Santiago Apóstol de Nembra. Hombre profundamente bondadoso y muy cercano a las órdenes religiosas, especialmente a los Dominicos —hacia quienes orientó a numerosas vocaciones locales—, era el alma de la Adoración Nocturna de su parroquia. Fue arrestado en el vecino núcleo de Moreda a pesar de su avanzada edad. Sufrió el martirio justo un día antes de cumplir sus bodas de oro sacerdotales.
2. Segundo Alonso González (48 años)
Minero de profesión en las explotaciones locales y padre de una familia numerosa, Segundo encarnaba el perfil del obrero católico comprometido. Era el presidente local de la Adoración Nocturna y desempeñaba un papel de liderazgo en el Sindicato Católico de los Mineros. Su detención estuvo motivada explícitamente por su condición de "rezador" y por su abierta defensa social y laboral desde una perspectiva cristiana.
3. Isidro Fernández Cordero (43 años)
Nacido en Murias pero vecino de Nembra, Isidro era también minero de la Hullera Española. Estaba casado con Celsa y era padre de siete hijos (de los cuales, con los años, un varón profesaría como dominico y dos de sus hijas serían religiosas). Al igual que su amigo Segundo, militaba activamente en el Sindicato Católico y en la Adoración Nocturna. Había sido encarcelado previamente en los locales de la propia Adoración, que los milicianos habían reconvertido en calabozo provisional.
4. Antonio González Alonso (24 años)
El más joven del grupo era Antonio, un estudiante de magisterio con un futuro prometedor. A pesar de su juventud, su firmeza doctrinal e implicación eclesial llamaron la atención de los comités revolucionarios. Aunque fue arrestado y encarcelado junto al párroco y los dos mineros, su trágico final se ejecutó por separado fuera del casco urbano de Nembra.
El Martirio en el Templo de Santiago Apóstol
Los arrestos se consumaron en las semanas previas a octubre de 1936. El ensañamiento contra ellos arreció ante su reiterada negativa a proferir blasfemias o abjurar de sus creencias litúrgicas. A Antonio González Alonso, el joven estudiante, le arrancaron la lengua antes de acabar con su vida en el exterior del pueblo por negarse a maldecir a Dios; su cuerpo fue ocultado y sus restos nunca pudieron ser localizados.
El desenlace para don Genaro, Segundo e Isidro ocurrió la noche del 21 de octubre de 1936. Trasladados desde su celda hasta la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, los milicianos les ofrecieron de forma burlona elegir el lugar exacto donde querían morir. Sin dudarlo, los tres manifestaron su voluntad de dar la vida en el mismo edificio donde cada día se reunían para celebrar la Eucaristía.
La ejecución revistió una enorme crueldad física:Los milicianos obligaron a los dos mineros a cavar su propia fosa común en el centro de la nave de la iglesia, mientras que fijaron la sepultura del anciano sacerdote junto al Altar Mayor.
Don Genaro pidió formalmente a los verdugos ser el último en morir, con el único objetivo de administrar los últimos auxilios espirituales, absolver y alentar la fe de sus dos feligreses hasta el último suspiro.
Los tres fueron sometidos a un martirio lento antes de ser fusilados, decapitados y mutilados dentro del recinto sagrado, mientras sufrían las mofas de los asaltantes. Murieron manifestando explícitamente su perdón hacia sus ejecutores.
El Proceso de Beatificación y Legado
La causa diocesana formal para su beatificación se abrió en el año 1991, promovida intensamente por los propios familiares de los laicos y feligreses supervivientes que guardaban viva la memoria histórica de lo acontecido. Tras superar las correspondientes fases en la Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano, el Papa Francisco firmó el decreto de martirio en enero de 2016.
Durante la histórica ceremonia del 8 de octubre de 2016 en la Catedral de Oviedo, las reliquias recuperadas de don Genaro, Segundo e Isidro fueron trasladadas solemnemente en procesión dentro de la célebre Caja de las Ágatas del tesoro catedralicio. En las alocuciones oficiales, el arzobispo de Oviedo, Monseñor Jesús Sanz Montes, remarcó que este reconocimiento eclesiástico no nacía del resentimiento ni de un deseo de reescribir la historia política, sino de la pura gratitud y de una búsqueda sincera de reconciliación, tomando como ejemplo el perdón que los propios mártires otorgaron en su lecho de muerte.





