domingo, 12 de marzo de 2023

''Señor, dame de esa agua''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos haciendo camino, peregrinación por este desierto cuaresmal situándonos ya en su tercer domingo. La palabra de Dios en este día nos presenta la realidad del caminante, la cual conlleva cansancio, y por ende sed. En nuestra vida la sed se presenta no sólo como un anhelo, sino principalmente como carencia que nos mueve inconscientemente a buscar; unas veces hallamos a mano y a simple vista, mientras que otras parece que ni la vemos ni encontramos. He aquí nuestra necesidad de Dios, al igual que nuestro cuerpo nos pide agua, queramos nosotros dársela o no. Nuevamente sale a relucir nuestra libertad; somos libres de beber el agua de Dios o no probarlo nunca, de beber el agua turbia o el agua transparente, de vivir en un charco fangoso de agua quieta y emponzoñada o vivir del agua del bautismo que mana del corazón de Cristo que salta hasta la vida eterna.

I. Dios por amor nos ofrece salvarnos

El fragmento de la epístola de San Pablo a los romanos tomado del capítulo 5 nos presenta una de esas catequesis elementales o "kerygmas" básicos de nuestra fe que ha menudo se nos olvidan, y que se resume en esta afirmación: ¡Dios por amor nos ofrece salvarnos!. En las últimas décadas se ha introducido en la Iglesia algunas corrientes de pensamiento que han hecho mucho daño a nuestra fe, una de ellas es la falacia de que ''ya estamos salvados, dado que Dios ama siempre''. Pues bien; San Pablo desmiente esa afirmación en la lectura que hemos escuchado al decirnos: ''Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios''. Ni siquiera el Apóstol da por alcanzada totalmente la eternidad, sino que apela en esa mirada hacia el mañana a la esperanza. Y es que Dios aunque quisiera salvar a todos, como Padre bueno que es, concede la libertad para que sus hijos escojan el camino que quieran. Es una oferta, un ofrecimiento; lo puedes tomar o rechazar y seguir tu camino. Los creyentes somos conscientes del amor de Dios a la humanidad, más también sabemos bien que no es correspondido por la humanidad. Lo vimos con Abrahan, con Moisés...En toda la historia de la salvación se repite un hecho innegable: el hombre tiene un  profundo sentimiento religioso y una fuerte llamada a lo trascendente; sin embargo, el que siempre da el primer paso, el que rompe el hielo, el que se hace el encontradizo, es Dios. ¿Queremos alcanzar la salvación? Puede ser un buen interrogante cuaresmal; hacer examen de conciencia siendo honesto a la hora de valorar mi confianza en el Señor, el cumplimiento de mis deberes como católico, mi corresponsabilidad como bautizado en mi comunidad y en mi entorno para que vieran que Dios nos ama hasta el punto que ''siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros''.

II. El Señor nunca niega su agua al sediento 

La primera lectura es un texto muy hermoso y muy propio de este tiempo: el relato de la peña del Horeb en el capítulo 17 del libro del Éxodo. El pueblo ha dejado la esclavitud de Egipto y se ha puesto a caminar hacia la tierra prometida, pero claro, pasan los días; crece la impaciencia y no siempre hay posibilidad de recursos, y entonces el pueblo culpa de sus penurias a Moisés. Dejar atrás el mal y encaminarse hacia el bien no es un sendero fácil; nos acomodamos a vivir de cualquier manera hasta el punto que a pesar de ser indigno lo vivido echamos de menos. También a los israelitas les pasó; empezaron a mirar atrás, a añorar Egipto y los latigazos; casi preferían conformarse con las cebollas que allí conocían que con la leche y miel soñada de la tierra nueva. Es un sentimiento propio de un momento de turbación: querer retroceder o dar marcha atrás, por ello San Ignacio de Loyola con gran sabiduría afirma: ''en tiempo de desolación nunca hacer mudanza'', y es que habrá de salir el Señor a nuestro paso. Así lo vivieron los israelitas sedientos en pleno desierto temiendo su muerte, la de los suyos y su ganado. Y volvió el Señor a darles una lección mandando a Moisés que golpear aquella dura roca de pedernal de la que brotó agua para saciar a personas y ganados. Dudamos de Dios, nos olvidamos que Él puede convertir el desierto en vergel y abrir caminos en el mar. Y le puso nombre Moisés a aquel lugar para que el pueblo no se olvidara de que el Señor les dio de beber cuando ellos le pusieron a prueba y le tentaron: Masá y Meribá... Es un interrogante para todo peregrino de la fe que camina a la tierra prometida: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”...

III. El agua viva de Cristo 

En el evangelio de este domingo San Juan nos presenta el encuentro de Jesús con la samaritana. Hace unos días en muchos lugares se ha reivindicado el papel de la mujer, también en la Iglesia. Pues aquí vemos a Jesús que no sólo quiere entablar diálogo con una mujer para darle protagonismo y distinción sobre sus vecinos, sino además, ésta y aquellos eran de Samaría, un pueblo enemistado con judíos de Jerusalen; algo así como si uno de Gijón sale del Tartiere con la bufanda del Sporting y dice ''tengo sed'', y uno del Oviedo le dice ''allí tienes una fuente''. Qué curioso que las personas nos compliquemos en hacer muros cuando la experiencia del diálogo nos demuestra siempre que estamos más cerca de los contrarios de los que podemos imaginar... ¿Qué nos evoca esta escena? Pues que en Jesús Dios que sale al encuentro de la sed de la humanidad. Muy importante es también el detalle del lugar donde se encuentran: en el pozo de Jacob. Siempre que aparece el encuentro de dos personas junto a un pozo, ese diálogo termina en fiesta y alegría. Para los niños, una forma de acercarse a la Biblia son los dibujos; por ejemplo, en la película "El Príncipe de Egipto" Moisés conoce a Sefora -que será su esposa- junto al pozo de Madián... Sobre nuestra escena los padres de la Iglesia han hecho unas interpretaciones muy profundas sobre qué relación nos quiere presentar el texto de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob. San Agustín nos dice quién es para él la samaritana: representa a la Iglesia, te representa a tí y a mí; es la imagen de todo hombre o mujer que busca saciar su sed. Al hablar con Jesús, a la samaritana se le despierta una profunda sed espiritual. Los dos junto a un pozo hablan de agua; ella sólo pensaba en el agua que se puede ver, pero el Señor en realidad le hablaba de la sed del alma. El camino cuaresmal debe despertar en nosotros la sed de Dios, la necesidad de buscar más allá y descubrir algo más profundo. Somos convocados a un itinerario espiritual, a vivir de la experiencia de encontrarnos con Cristo vivo. Si os fijáis, Jesús aparece casi como un mendigo, pidiendo a la samaritana un poco de agua, y sólo así desde ese gesto de humildad la buena mujer descubre que la que realmente está sedienta y la que realmente debe mendigar y pedirle es ella. Jesús no buscaba una excusa pidiendo el agua, claro que no; seguro que tenía sed de verdad, pero esto le dio pie para tocar el corazón de la samaritana. Que Jesús tenga sed es un símbolo de cómo quiso el Señor asumir nuestras flaquezas y así experimentar el cansancio del camino y la necesidad de saciarse. Retomando la interpretación del obispo de Hipona, todo el evangelio de hoy se resume en que ''Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Dios''. Nos puede parecer un tanto superficial, pero no. Dios tenía sed de la sed de la samaritana, y tiene sed de nuestra sed, de que necesitemos conversar con Él, de incluirle en nuestra vida y de sentarse a descansar con nosotros junto a los pozos de nuestros cansancios... Pidamos al Señor el don de saber pedir su gracia y poder decirle: ''Señor, dame de esa agua''.

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