domingo, 13 de diciembre de 2020

''Hay uno que no conocéis''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila
















El Adviento ha superado su ecuador; estamos más cerca ya del final que del principio, por eso este domingo es diferente a los otros tres de este tiempo, y tanto es así que hasta su color es distinto. Domingo éste para regocijarnos, para alegrarnos como nos dice San Pablo en su carta a los Filipenses, y que nuestra alegría la conozca todo el mundo. Con este Domingo "Gaudete" se nos invita a no despistarnos en la preparación, pues estamos ya en la recta final para la Natividad del Señor. El color litúrgico de este día en tono rosado y más "alegre" nos recuerda que el Señor -"alegría del mundo"- ya anda buscando posada en nuestra vida y corazón.

Si decíamos que el nombre de este domingo está tomado del versículo 4, capítulo 4 de la Carta a los Filipenses: “Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte” (Regocijaos en el Señor, os lo repito, regocijaos) hoy la epístola de San Pablo está tomada de su Carta a los cristianos de Tesalónica donde nos habla del tema vertebral de este día: la alegría. ''Estad siempre alegres'', comienza diciéndonos el apóstol. El Papa Francisco insiste en que no hay cabida para cristianos tristes y ñoños; es cierto: ¿Cómo podemos estar tristes si el Señor ha entrado en nuestras vidas?. Por eso el de Tarso nos dice que hemos de vivir nuestra fe agradecidos, sin dejar apagar el espíritu, sin despreciar el don de profecía, guardándonos del mal, examinándolo todo y quedándonos sólo con lo bueno, propio y de los demás. Y nos pide no sólo cuidar nuestra alma, sino también nuestro cuerpo -como templo del Espíritu Santo que es- y no solamente en cuaresma y en adviento, sino ''hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo''. San Pablo se adelanta porque los tesalonicenses iban a sufrir mucho, por eso San Pablo les anima de entrada y les regala esas hermosas palabras: "el que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas". Ante tantas dificultades, cruces y problemas tengamos siempre presente que Él no falla, no nos abandona y nuestra recompensa será grande en la venida definitiva del Redentor. 

La primera lectura del profeta Isaías es un texto profundamente sacerdotal, este es el pasaje que Jesús proclamará en la Sinagoga de su pueblo al comienzo de su vida pública, y hoy la Iglesia nos lo propone como primera lectura en este precioso tiempo en vísperas de la Natividad. El profeta nos anticipa a qué viene el Mesías -el ungido- y cuál es su misión: dar la buena noticia a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad''. Recientemente un sacerdote de nuestra diócesis hacía una acertadísima reflexión sobre quiénes son esos cautivos por los que continuamente pedimos en nuestras preces y de los que habla el Evangelio; son los presos injustamente, los que son víctimas del mal o la mentira. Hay cautivos que están pagando las consecuencias de sus actos; sin embargo, el mundo está lleno de encarcelados ''por causa de la justicia'' -como nos recuerdan la Bienaventuranzas-. Toda la liturgia del adviento es un ruego de que venga a nosotros ''el Justo", el único que hace verdadera justicia. En este sentido, concluye el profeta: ''Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos''.

El texto de Isaías, en una dinámica exegética habitual enlaza con el evangelio de este día que por su riqueza simbólica vemos fácilmente que no se corresponde con los sinópticos. Si el pasado domingo veíamos a Juan como la voz que clama en el desierto, hoy lo vemos como el bautista. Y en el testimonio que nos ofrece el comienzo de este evangelio vemos cómo empiezan las dudas y rumores entre las gentes de Israel; escuchan a Juan hablar de uno que va venir pero no saben si está hablando como un profeta más del Mesías o si se refiere indirectamente a sí mismo. El texto nos dice que desde Jerusalén enviaron "sacerdotes y levitas" a interrogar al bautista y se detallan cinco preguntas a modo de práctica judicial, que no dejan de parecerse a las del interrogatorio de Jesús  ante el Sanedrín. Los testigos de la luz viven y padecen sus mismas consecuencias del Señor. Hay que asumirlo...

La primera: ¿Tú quién eres? Y Juan que sabía por dónde iban los tiros no se da a conocer, sino que les despeja la primera duda sin ni siquiera dar su nombre: «Yo no soy el Mesías». Le hacen una segunda y una tercera a ver si es Elías o el Profeta; y es que los judíos creían que una persona buena, con ese don de gentes y esa forma de hablar tan fuera de lo común tenía que ser el mismo Mesías o algún gran profeta bajado del cielo como Elías, cuya muerte no fue conocida, sino como relata el Libro de los Reyes que "subió al cielo en un torbellino"... No se quedan tranquilos sin saber de quién se trata, por eso la cuarta pregunta vuelve a ser directa: Entonces, «¿Quién eres? para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado; ¿qué dices de ti mismo?» Y el Bautista vuelve a dejarlos con las ganas de saber pues no quiere que su nombre pueda prevalecer al de Jesús y les dice: "Yo soy la voz que grita en el desierto, como había anunciado Isaías". Y siguen interpelados e interpelativos: si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta, por qué bautizas? Juan se da a conocer entonces como precursor, aclarando qué, aunque ciertamente él bautiza con agua, el que viene detrás lo hace con Espíritu Santo y al que no merece desatarle la correa de las sandalias. 

En esta confesión de San Juan Bautista vemos cómo se cierra el Antiguo Testamento para empezar el Nuevo. En el adviento y la navidad cobra gran importancia el simbolismo de la luz, pues en este tiempo experimentamos precisamente eso, que Él disipa nuestras tinieblas no porque traiga luz, sino por que  Él es la luz verdadera. El evangelio lo dejó claro: ''Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz''. Somos invitados a vivir la alegría de ser testigos de Jesucristo, de ser testigos de la Luz. Pero no podemos serlo sin conocerlo ni experimentar su presencia que ilumina nuestra vida. Y es que a nosotros y a nuestro tiempo le ocurre un poco como a aquellos: ''en medio de vosotros hay uno al que no conocéis''. Cuántas veces está con nosotros y no le conocemos... Ojalá en este Adviento y Navidad sepamos descubrirlo.

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