Decir “cantar las cuarenta” es una expresión que tiene muchos contextos. Se dice cuando en algún juego de naipes con las cartas recibidas ganas la partida exhibiéndolas. También cuando a alguien hay que amonestarle por alguna falta se emplea esta misma expresión. Pero hay una nueva aplicación de esta amable o regañona frase en torno a la cifra de “las cuarenta”. Porque desde hace unos años, en todo el mundo se lleva adelante una campaña audaz y perseverante: “40 días por la vida”. No es una cuarentena preventiva ante cualquier amenaza de epidemia o contagio, sino una cuarentena positiva ante el riesgo mayor y máximo, como podría ser nada menos que perder la misma vida.
Quizás sea esta la vacunación más pertinente: evitar que el ser más indefenso pueda ser eliminado en donde presumible y deseablemente podría estar más a buen recaudo y mejor protegido. No me estoy refiriendo a una campaña de protección ecologista en torno a alguna especie en peligro de extinción. Nos encanta que haya especies vegetales o animales protegidas y que puedan sobrevivir siendo para todos nosotros un verdadero regalo. Hemos de cuidar que no desaparezcan árboles como los acebos o las sabinas; flores como la mandrágora y la manzanilla artemisa; mamíferos como el lince ibérico o el oso pardo, aves como el urogallo o la cerceta, o peces como la lamprea y la bogardilla. Bienvenidas las medidas que protegen la tierra con su biosfera y todos sus seres vivos. Pero como hace unos años ya dijimos los obispos españoles hay animales y plantas que disfrutan de más protección que la vida humana. Si existen especies animales o vegetales que tienen una alta protección, incluso con consecuencias penales, ¿por qué se ha de proteger menos la vida humana que va a nacer?
Esta es la cuarentena en la que un grupo valiente de cristianos se lanzan a divulgar y escenificar ante la conciencia de nuestra sociedad esta batalla por la vida, la vida de los bebés concebidos en el seno de sus madres y que corren el alto riesgo de su extinción precisamente allí en ese santuario de la buena esperanza. Y lo hacen con el respeto debido a la vida, protegiendo al bebé, a su madre, a su padre y a la entera sociedad. Porque cuando se atenta contra un niño ya concebido, se destruye no sólo su indefensa vida, sino también la de su madre de manera importante, y la de su padre en la medida de su participación, e incluso la de la sociedad entera que queda igualmente herida por su contradicción.
Es un bebé en extinción por las leyes que amparan su aborto, incluso con la pretensión de ser un derecho y querer incluirlo en la carta magna de una constitución. La madre está expuesta a tantas intemperies ante la tentación de abortar. Es a ella que ve crecer en su seno una nueva vida humana concebida quizás en situaciones complejas y difíciles, a quien hay que acompañar y proteger también. Cuántas veces la soledad añade un sufrimiento tremendo a la gestación de un niño. Es cuando esa madre se siente abandonada por quienes más tendrían que brindar afecto, protección y cercanía, para asumir la alta responsabilidad que tenemos todos ante la vida más sagrada como es la de una criatura que inocentemente está en el túnel de la vida llamando a la puerta de la historia.
Cuarenta días por la vida, como una cuarentena que nos vacuna ante la muerte, como una cuaresma que nos cambia el corazón para sostener a las madres, defender a sus hijos gestantes, ayudando a ambos tras el nacimiento en todas las necesidades que venir a este mundo puede conllevar. Más importante que nuestras plantas vistosas, más que nuestros animales y mascotas es la vida de un niño. Cantamos las cuarenta, sí, como el canto de la vida humana, por nuestro regalo mayor con el que nos bendice Dios. Bienvenidos estos 40 días por la vida que a tantos pequeños y a sus madres han salvado ya.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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