miércoles, 3 de febrero de 2021

San Juan de Ávila, memoria para la Iglesia Universal

(InfoCatólica) Cada diez de mayo, la diócesis de Córdoba celebra el día del Santo Patrón del Clero Diocesano en torno a la urna que custodia sus reliquias, en la Basílica Pontificia de san Juan de Ávila de Montilla. Tras el decreto del Santo Padre, el 10 de mayo es el día de san Juan de Ávila, patrón del clero secular español, para la Iglesia Universal.

Para el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, la inclusión en el calendario romano de san Juan de Ávila convierte «a Montilla y el sepulcro del Maestro en un lugar de peregrinación universal» y representa «un gozo para la Diócesis, consecuencia lógica de su declaración como doctor de la Iglesia Universal».

El Papa Francisco también ha introducido en el Calendario Romano General a san Gregorio de Narek, abad y doctor de la Iglesia, el día 27 de febrero, y a santa Hildegarda de Bergen, virgen y doctora de la Iglesia, el día 17 de septiembre.

Oración a San Blas

Oh, glorioso San Blas, que por tu martirio ha dejado a la Iglesia un precioso testimonio de fe, obtenga para nosotros la gracia de preservar dentro de nosotros este don divino, y defender, sin respeto humano, tanto con la palabra como con el ejemplo, la verdad de esa misma fe, que es tan malvadamente atacada y calumniado en estos tiempos.

Tú que curaste milagrosamente un niño pequeño cuando estaba a punto de morir a causa de una afección de la garganta, concédenos tu poderosa protección en las mismas desgracias; y, sobre todo, obtener para nosotros la gracia del arrepentimiento, junto con una fiel observancia de nuestra Iglesia, y evitar ofender a Dios Todopoderoso. Amén

San Blas, Obispo y Mártir: ruega por nosotros

martes, 2 de febrero de 2021

«Tenemos que defender la religiosidad popular de quienes quieren secularizarla», exhorta un experto

(Rel.) El diácono y jesuita segoviano Daniel Cuesta Gómez se está convirtiendo en una autoridad en religiosidad popular con sus libros sobre este tema como Luces y sombras de la religiosidad popular y La procesión va por dentro.

Recientemente presentó en Roma "Luces y sombras de la religiosidad popular", en la iglesia "española" de la Ciudad Eterna, dedicada a Santiago y la Virgen de Montserrat. Le acompañaba el cardenal arzobispo emérito de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, que como tal ha conocido de cerca la vitalidad de la religiosidad popular andaluza. Por su parte, Daniel Cuesta sintió nacer su vocación a la vida religiosa en la hermandad de San Andrés, en la Semana Santa segoviana.

El cardenal recordó que "en la religiosidad popular no solo hay elementos religiosos, sino sociales y culturales” y que “cuando el cristiano se pone frente a una imagen, esta desaparece para mostrar lo que verdaderamente representa, y permite expresar el dolor, el gozo, el sufrimiento o la alegría ante ella”.

"Antes que cofrade, uno es cristiano"

Como punto débil de esta espiritualidad está su excesiva dependencia de unas fechas limitadas -Semana Santa, Corpus Christi o fiestas patronales- y por eso el cardenal animó a seguir trabajando en "concienciar a las hermandades, agrupaciones y feligresías que el cofrade, antes que cofrade es cristiano y debe ser responsable de lo que significa pertenecer a la iglesia”.

Como punto fuerte, recordó que muchas hermandades realizan un gran trabajo caritativo y asistencial que pasa desapercibido porque no presumen de ese trabajo como sí lo hacen de sus adornos e imágenes.

El cardenal cree que con los confinamientos del coronavirus ha crecido la devoción popular sin salir a la calle. “La gente se ha sentido muy sola en este confinamiento, y llevar la estampa de la patrona de su pueblo o besar la estampa de su imagen cofrade les ha permitido reafirmar su fe”.

Un joven experto enamorado en religiosidad popular

Daniel Cuesta Gómez (Segovia, 1987), jesuita, cofrade, bien formado en Historia del Arte, Humanidades y Teología, y en pastoral juvenil, no deja de señalar la importancia de la religiosidad popular.

"No son solo las procesiones ni la Semana Santa, sino mucho más. Es difícil de definir, porque comprende también la imagen de la Virgen que tiene una persona en casa, o la estampa en la mesilla de noche de un hospital, hasta cualquier romería", recuerda.

Su último libro analiza esta religiosidad desde el magisterio de los últimos Papas y del Concilio, «para mostrar sus oportunidades de una manera realista».

Las devociones populares, dice, «suponen de alguna manera un freno a la secularización que vivimos en España. Podrá ser un modo más o menos perfecto, pero la realidad es que hay mucha gente que se encuentra con Dios y con la Iglesia a través de ella», afirma. «Sitúa la fe en la plaza pública y muchos viven en este escenario su fe, eso es innegable».

Para el autor, este fenómeno «nos desconcierta como Iglesia porque es muy potente y muy rico», pero tiene claro que con él «Dios nos quiere decir algo y nosotros tenemos que saber cómo acompañarlo y vivirlo»

Entre los riesgos de esta religiosidad, señala los siguientes:

- lo que Pablo VI llamaba “formas culturales sin adhesión a la fe”

- superficialidad

- individualismo

- afán de protagonismo

- la secularización "que quiere secar nuestra cultura religiosa"

Así, las obras religiosas, al pasar a un museo, pierden "su alma religiosa", y lo mismo puede pasar cuando se presentan como "algo meramente antropológico, turístico y social".

Por eso exhorta: "Tenemos que defenderla de quienes quieren secularizarla, y cuidarla desde dentro para no jugar con la fe de muchas personas".

Devoción desde niño

Entrevistado a finales de enero por el Diario de Jerez recuerda su infancia en Segovia. "Empecé a salir en procesión con seis años recién cumplidos, llevando un farolillo con una vela de cera para acompañar al Cristo Yacente de la Catedral de Segovia. Se trata de una imagen impresionante de Gregorio Fernández, una obra barroca que conmueve a todos los que rezan ante ella en su capilla durante el año, y que sobrecoge y hace derramar muchas lágrimas a los que la ven pasar en procesión".

Sobre las diferencias entre la Semana Santa castellana y la andaluza pide matizar sin exagerar. Son, dice, "dos celebraciones con una misma esencia (la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo) pero dos modos de expresarse muy diferentes. Los tópicos dicen que la Semana Santa castellana es austera, rigurosa y penitencial, mientras que la andaluza está revestida de un carácter más festivo. Creo que estos tópicos, teniendo algo de verdad, son también muy matizables".

"Muchos de los que dicen que la Semana Santa en Andalucía es más jovial que en Castilla, olvidan que cuando el Nazareno del Silencio (por poner el ejemplo de una Hermandad a la que pertenezco) sale a la calle en la Madrugada del Viernes Santo sevillano, el ambiente no puede ser más silencioso, devoto, riguroso y penitencial. Y, por poner un ejemplo castellano, creo que la escena de las familias reunidas para merendar en las inmediaciones de la Catedral de Zamora (tradición que se produce desde tiempo inmemorial mientras los pasos hacen “fondo” para descansar), muestra que la Semana Santa castellana también es una fiesta", añade.

Más aún, "estudiando me di cuenta de que en realidad estas dos maneras de ver la Semana Santa que hoy conocemos de una manera estereotipada, son en realidad algo mucho más reciente de lo que nos imaginamos, puesto que vienen de la época del Romanticismo. Si se consulta los documentos antiguos, y las publicaciones de los estudiosos, uno se da cuenta de que durante el Renacimiento y el Barroco las procesiones de Semana Santa en Castilla y Andalucía eran prácticamente iguales en su formato (aunque con sus peculiaridades, claro está)".

Duelo solemne y lujoso: es por el Rey de Reyes

Así, durante el Barroco, tanto en Andalucía como en Castilla las procesiones estaban "rodeadas de un ambiente penitencial y de oración. Estaban marcadas por el rigor del luto y del silencio roto por las voces y los instrumentos musicales que marcaban no solo el paso, sino también el tono del desfile procesional. Pero, tanto en Castilla como en Andalucía, estas procesiones eran lujosas, puesto que el fasto no estaba reñido con el rigor del luto y la penitencia. Hay que pensar que se trataba del duelo por el Hijo de Dios, por el Rey de Reyes, y por tanto debía de hacerse con toda la solemnidad posible".

Por eso, "en las procesiones castellanas no faltaban los pasos tallados y dorados por grandes maestros, los bordados, la orfebrería y tantas otras cosas que solemnizaban la procesión. Esto en el fondo es algo lógico, puesto que, si el ajuar y la decoración de las iglesias eran exuberantemente barrocos, ¿cómo no iban a serlo también las procesiones?"

Un cambio histórico llegó cuando a finales del s.XVIII el rey Carlos III, llegado de Italia, empezó a atacar la Semana Santa. "Esto, unido a la crisis que azotó a Castilla posteriormente, hizo que las cofradías castellanas tuvieran que malvender su patrimonio para poder salir a la calle. Básicamente ahí nace lo que hoy conocemos como “austeridad castellana”, que nunca fue tal. Después, el Romanticismo empezó a dibujar estos dos tópicos, espoleando a los miembros de las hermandades de barrio andaluzas a no reprimir los sentimientos y dar a la Semana Santa el carácter de una fiesta. Y así, hoy día conocemos estas dos celebraciones de una manera diversa a como eran en origen", detalla el autor.

Caridad cristiana auténtica

Sobre la espiritualidad de raíz popular, señala que "mi experiencia personal es que, tanto en la Iglesia como en la religiosidad popular (que es una realidad eclesial, no lo olvidemos), me he encontrado con personas de una fe profundísima, un espíritu evangélico hondo, y una vivencia de la comunidad y la fraternidad cristiana impresionantes. Los conozco con nombres y apellidos y he vivido con ellos muchas historias que me hacen constatar que el Espíritu de Dios está vivo y sigue actuando en la Iglesia y en la religiosidad popular, pese a lo que digan algunos. Por ello, creo que sus vidas y sus testimonios son la mejor manera de afrontar estas críticas y también de contagiar a otros de este espíritu evangélico que late en el corazón de aquellos que viven su fe con profundidad y radicalidad".

Pone el ejemplo de las cofradías y hermandades durante la pandemia: "el testimonio de aquellas religiosas y mujeres de cofradías que se han dedicado a hacer mascarillas, aquellos jóvenes cristianos y cofrades que han repartido alimentos por las casas, llamado por teléfono a los que están solos, etc. En definitiva, hay personas que no responden al espíritu evangélico en la religiosidad popular y en la Iglesia (y hacen mucho ruido), y luego hay otras muchas personas que, de manera silenciosa, responden".

Para seguir durante otros largos meses de pandemia pide acudir a "la oración, la fraternidad (que lleva de suyo la solidaridad) y la paciencia. [...] Toca tener mucha fe y mucha paciencia, para cuidar los unos de los otros siguiendo el modelo del Señor Jesucristo y pidiéndole a Él la fuerza y la creatividad para llevarlo a cabo".

Consagrados en el Siglo XXI ¿Por qué?. Por la Hermana Begoña Morán Fernández

Hermana Begoña Morán Fernández, 
Superiora de la Comunidad del Santo Ángel de la Guarda (Oviedo)
Presidenta de CONFER Asturias

(parroquiadevillalegrelaluz.es) Me invitan a participar en este espacio de Opinión y accedo con gusto aportando mis sueños y experiencia desde aquel 3 de octubre de 1976, que entré en el postulantado de la congregación de Hermanas del Ángel de la Guarda, en el barrio de la Magdalena donde vivía una comunidad sencilla y entregada en medio de la gente.

Siglos de historia, personas que entre sueños y dificultades fueron abriendo caminos para dar respuesta de y desde la Iglesia a las necesidades que había en aquel momento. Así, desde diferentes lugares fueron surgiendo las congregaciones religiosas. Sus fundadores, hombres y mujeres abiertos, tocados por el Espíritu se sintieron llamados por Dios y confiaron sus vidas en “Aquel” que les llamaba. Su obra tenía tal sentido que fueron convocando a otros para extender su obra, que no era otra que, ser testigos y portadores de la Buena Noticia del Reino. Pequeñas semillas de oración , servicio, entrega, atención a enfermos ¡incluso de pandemias!, niños del campo y sectores más necesitados fueron sus destinatarios.

En la XXV Jornada de Vida Consagrada que celebraremos el 2 de febrero, hacemos memoria agradecida para presentar junto al Señor en el Templo todo lo que hemos trabajado, orado, sufrido y esperado durante todo este tiempo en medio de los hombres y mujeres de nuestro mundo.

El lema de este año “La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido”, nos impulsa y compromete a vivir nuestra vocación y misión, poniendo luz y esperanza donde se hace difícil.

Que el mundo está herido es una realidad no solo del pasado, sigue ocurriendo hoy dejando caídos a lo largo del camino: el hambre, las guerras, persecuciones, explotación, familias rotas, violencia familiar y social, inmigración, refugiados abandonados a su suerte…..

Los consagrados, a pesar de nuestra vulnerabilidad por la edad y disminución de vocaciones, nos sentimos llamados y convocados hoy, de todas las edades y lugares a seguir entregando lo que somos y tenemos, apoyados en su Palabra y la fuerza de la fraternidad que nos ayuda y sostiene mutuamente. Estamos invitados como el buen Samaritano a acercarnos y abajarnos y acoger la voz que nos dice: ”Anda y haz tú lo mismo” Lc 10,37

CONSAGRADOS EN EL S. XXI ¿POR QUÉ?

Porque la vida consagrada es una respuesta de fidelidad personal y comunitaria en la Iglesia y para el mundo. Ser testigos del Evangelio es la llamada de cada día.

“Formar verdaderos discípulos de Cristo, es nuestro fin principal, nuestro único fin.” B. Luis Ormières – Fundador de la Congregación de HH. del Ángel de la Guarda

lunes, 1 de febrero de 2021

Los últimos salmos del Arzobispo Castrense

(Arzobispado Castrense de España) En numerosas ocasiones el Arzobispo Castrense, Mons. D. Juan del Río Martín visitó el Hospital Central de la Defensa “Gómez Ulla”, las más de las veces motivado por su afán pastoral: para visitar a los enfermos, para presidir la Eucaristía en las Jornadas de la Pastoral de la Salud, en funerales, o para la celebración de la Patrona de la Sanidad Militar, “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, etc., fueron tantas que yo le decía que aunque un servidor fuera el Jefe del Servicio Religioso, él era el primer Capellán del Hospital.

También lo hacía para controles médicos, pues este era su centro de referencia, donde siempre se lo trató con deferencia, profesionalidad y mucho cariño, empezando por el General Director, además contaba allí con su médico particular, una internista encantadora. Recuerdo con una sonrisa cuando el prelado acudió porque se preparaba para ir a una misión a Afganistán, ya con los 70 años cumplidos, y el médico que le atendió le dijo muy serio que tuviera en cuenta que tenía una insuficiencia mitral notable y D. Juan, con el gracejo andaluz que le caracterizaba, espetó: “Ezo es imposible, tengo dos mitras”.

Hace dos semanas acudió a urgencias con su hermana María Antonia, en circunstancias harto diferentes, con síntomas de infección por Covid-19. El examen meticuloso que les hicieron confirmó lo que esperaban, también les hicieron pruebas de plaquetas por ver si pudieran haber otras complicaciones, como neumonía, y asimismo fueron sometidos a una serología completa: el positivo por Covid era cierto pero las otras pruebas fueron negativas.

D. Juan siempre se ha mostrado reacio a ser internado en el hospital, celoso por su apretada agenda, mas encarecidamente le rogaron que por lo menos deberían guardar en Palacio la cuarentena. Don Juan, no obstante, protestó alegando citas ineludibles, y ante mi insistencia, no se me olvida, me dijo: “Julián, es que vas a marcarme tú mi agenda”. Sin embargo, cuando insistimos del peligro no solamente para ellos sino para los demás, se avino sin reservas. María Antonia y él empezaron la cuarentena en casa con todas las medidas adecuadas y estrictas para pasar el confinamiento.

Después de haber estado en cuarentena domiciliaria, la semana pasada volvieron al hospital pues no se encontraban bien. Enseguida se les practicó a los dos todo lo establecido por el protocolo. A las pocas horas al Arzobispo le ingresaron en la Unidad de Cuidados Intensivos por neumonía producida por el Covid-19; por su parte, la hermana fue llevada a una planta de las destinadas a enfermos de Covid y allí sigue evolucionando favorablemente, con una entereza, valentía y simpatía proverbiales.

No es mi cometido pormenorizar la evolución médica ni los tratamientos escrupulosos y especialísimos a los que fue sometido D. Juan, sino el “tratamiento espiritual” que le dedicamos, reflejo de su estimulante vida de fe y religiosidad, me basta decir sobre aquellos, y ello me consuela, que el trato médico fue impecable por parte de todo el personal del hospital y particularmente del personal de la U.C.I.: puntualmente el médico responsable informaba al Vicario General, D. Carlos Jesús, del estado de salud y de las pruebas que, con rigor y precisión médica, se le iban realizando. El Vicario obsequiosamente, vertía la información a quienes se lo solicitaban, con cariño y buen hacer, sin dejar que las maneras educadas, de quien era su más estrecho colaborador, translucieran para los demás el desasosiego que le causaba el profundo pesar, por las vicisitudes del prelado. D. Carlos nos llamaba continuamente. Me venían muy bien otras comunicaciones mantenidas con el Vicario Episcopal para la Defensa, D. Javier, tanto por corresponder a la pleitesía debida por jurisdicción inmediata a la par que por amistad.

Mi compañero, el P. Eugenio, ataviado con el correspondiente equipo, le administró el sacramento de la Unción de los Enfermos, la Absolución general y la Recomendación del alma; por consejo del Canciller depositamos en su mesilla una estampa, con imagen y oración, del Siervo de Dios, el P. Fernando Huidobro S.J., Capellán que fuera de la Legión, pues D. Juan era muy devoto suyo y promotor de su Causa; junto a esa estampa, adjuntamos otra de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y el Diurnal para el seguimiento de la Liturgia de las Horas que fervorosamente nos había pedido.

Antes de estas disposiciones, el Arzobispo compartió su estado de ánimo, encontrándose preparado para afrontar todo lo que la providencia le tuviera reservado, “si el Señor quisiera llevarme, bendito sea el Señor, si el Señor me quisiera ahorrar el trance, bendito sea también, que continuaría trabajando para su Reino”.

Poco tiempo transcurrió para que su estado general fuera deteriorándose: la neumonía provocada por el pernicioso virus, complicada con fallos renales, insuficiencia pulmonar y afecciones cardíacas iban paulatinamente dibujando un cuadro luctuoso hasta que la sedación se impuso y, desgraciadamente, lo acompañaría hasta el final. Con lágrimas evocaba cuánto nos animaba en los primeros meses de la pandemia y cómo me aseguraba que estaba presto para enviarme la ayuda necesaria o incluso participar activa y presencialmente con nosotros en la capellanía hospitalaria. Ahora estaba con nosotros presencialmente, pero como enfermo y enfermo de gravedad.

Como se encontraba bajo los efectos de la sedación no podía naturalmente rezar la Liturgia de las Horas, pero mi compañero no quiso privarlo de ese deseo. De este modo, Eugenio y luego yo, rezábamos el Breviario no por él sino con él.

Consciente de que el oído es lo último que pierde el paciente en sedación, desde la puerta del Box 53, donde estaba nuestro pastor, me sigo viendo a mí mismo declamando en alta voz los Laudes, la Hora Intermedia y las Vísperas. No sé qué pensarían los trabajadores de la UCI cuando miraban a los capellanes con el alzacuellos, la bata blanca y el dispositivo de móvil acondicionado para el rezo de las Horas, pero a los pocos días, primero su médico, la doctora González, luego, algún que otro miembro de ese esforzado grupo fueron arrimándose a hacerlo con nosotros.

Entre Oficio y Oficio, intercalaba conversaciones con D. Juan con voz más queda, animándolo en esa postración, confortándolo con palabras sinceras acerca de las bondades de la muerte cristiana, bondades en las que creo decididamente y, agradeciendo su labor al frente de la Iglesia y de esta, su parcela y la nuestra, de la Iglesia castrense.

Ayer jueves, 28 de enero, haciendo la Memoria de Santo Tomás de Aquino, mientras rezaba Laudes con D. Juan, el médico responsable de la unidad, con amabilidad pero con decisión, me informó que el Sr. Arzobispo no acabaría la mañana con vida y efectivamente fue lo que sucedió. No había transcurrido una semana de su ingreso en el hospital. La lectura que interrumpió el galeno, del capítulo 40 del profeta Isaías comenzaba así:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder,
y su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario,
y su recompensa lo precede”


Nuestro Arzobispo solía encargarme, de modo particular cuando venía al Hospital, que escribiera algún artículo, ahora tampoco quiero defraudarlo como si me lo encargara desde el cielo y así lo estoy haciendo, justo lo hago el día siguiente de su fallecimiento terrenal, porque aunque me encuentro muy cansado, zarandeado por el sueño, todavía de guardia en el Hospital, con sentimientos encontrados entre la pena y la alegría de la esperanza cristiana …, se lo debo. Se lo debo a D. Juan del Río Martín, por su testimonio en la vida y en la muerte, por el privilegio de haberlo podido asistir en sus últimos días … y por haber sido mi Pastor, hermano y amigo, encomendándole que cuando esté junto al Padre, desde la mediación infinita de Jesucristo, interceda por nosotros.

En el H.C.D. “Gómez Ulla”, 29-I-2021

Julián Esteban Serrano
Delegado Castrense de Pastoral Sanitaria


Mensaje para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2021

 La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido

La historia de la vida consagrada se cuenta por sus siglos, sus personas y sus frutos: desde su nacimiento hasta hoy, el suyo es un caudal ininterrumpido de vida y esperanza para el mundo. Así lo experimentamos cada día cuando somos capaces de descubrir la presencia sencilla de las personas consagradas en la Iglesia y en la sociedad, fermento de Cristo en la masa de la humanidad. Y así lo recordamos con gratitud y compromiso cada 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Especialmente desde 1995, año en que san Juan Pablo II instituyó la Jornada de la Vida Consagrada con estas palabras:

La celebración de la Jornada de la Vida consagrada, que tendrá lugar por pri-mera vez el próximo 2 de febrero, quiere ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo de cerca mediante la práctica de los consejos evangélicos y, al mismo tiempo, quiere ser para las personas consagradas una ocasión propicia para renovar los propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor (…).

A las personas consagradas, pues, quisiera repetir la invitación a mirar el futuro con esperanza, contando con la fidelidad de Dios y el poder de su gracia, capaz de obrar siempre nuevas maravillas: «¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas» (Vita consecrata, n. 110) [1].

Rememoramos hoy estos párrafos iniciales del papa en su Mensaje para aquel 2 de febrero porque este año alcanzamos una fecha redonda: veinticinco años de celebración agradecida de la Jornada de la Vida Consagrada. Una fecha que nos permite echar la vista atrás para presentar junto al Señor en el templo todo lo que hemos trabajado, orado, sufrido y esperado durante este tiempo en medio de los hombres y mujeres de nuestro mundo. Una fecha que nos impulsa asimismo a emprender un nuevo tramo del camino, sabiendo que seguimos llevando las candelas del Resucitado; lámparas de fuego capa-ces de alumbrar cualquier oscuridad, cualquier incertidumbre.

En consonancia con la sensibilidad y el magisterio eclesial de nuestros días, la XXV Jornada de la Vida Consagrada lleva por lema «La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido». De un modo sencillo, el lema se hace eco, por un lado, de la condición llagada del ser humano y de la creación entera, en la que todos nos sentimos reconocidos y espoleados; por otro lado, evoca la vocación y misión de las personas consagradas en la Iglesia y en la sociedad, como signo visible de la verdad última del Evangelio, de la llamada perenne de Jesucristo y de la cercanía del Padre para con cada ser humano.

Todo ello bajo la luz de la parábola del buen samaritano, un icono bellísimo que el papa Francisco ha querido revisitar y compartir en su última encíclica, Fratelli tutti, proponiéndolo como faro y horizonte para toda la familia eclesial y humana, para todos aquellos que queremos bregar unidos y animosos al soplo del Espíritu de Cristo, aun en medio de tormentas desconocidas e inesperadas.

Dentro de esta barca samaritana que cruza los mares del siglo XXI, reman con singular ahínco consagrados de toda edad, procedencia, carisma y mi-sión. Por ello, las palabras del papa resuenan hoy con un eco propio para las personas, comunidades y obras que viven y llevan adelante en medio del mundo una especial consagración:

Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. (…) Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! (…) Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos» [2]. Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» [3].

Que vivimos «en un mundo herido» es una realidad constatable en todos los pueblos y en todas las etapas de la historia. Las «tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» [4], recogidas por el Concilio Vaticano II en el inolvidable y vibrante comienzo de Gaudium et spes, son en realidad tristezas y angustias de hoy y de siempre.

En gran parte de nuestro planeta, la herida supura sin descanso, noche y día, más allá o más acá de los vaivenes de la política, la economía, la vida social, etc. Cómo olvidar atropellos y sufrimientos que ya se han vueltos crónicos, muchas veces gracias a la connivencia, el silencio, el olvido y la indolencia de cuantos vivimos alejados de quienes los padecen. El hambre, la indigencia, la guerra, la persecución o la explotación no son cosa del pasado: siguen teniendo rostro concreto en tantos que están apaleados al borde de los caminos, por más que muchos pasemos de largo, apremiados por tantas urgencias que no lo son tanto, como vamos descubriendo aún sin remediarlo.

A estos rostros que quizá ya no nos sobrecogen como deberían se unen hoy otros que experimentan nuevas formas de injusticia, aflicción y desesperanza: los afectados por la pandemia de la COVID-19, que se está cebando con los enfermos, los mayores y los más vulnerables; las víctimas de la degradación acelerada del planeta y de las catástrofes naturales, cada vez más violentas; los inmigrantes y refugiados, que huyen por miles del horror y no terminan de encontrar comprensión y cobijo en nuestras posadas; las familias rotas y enfrentadas, devastadas por la incomunicación y sacudidas por la violencia; las personas que han sido abusadas y violentadas en su dignidad y en sus derechos fundamentales, también por quienes deberían haberlas protegido y defendido con mayor celo; las nuevas generaciones y los parados de todas las edades, que se ven desmoralizados e inermes en la búsqueda de una oportunidad o un trabajo que nunca llega, y un sinfín de seres humanos que sufren a nuestro lado.

En todos esos rostros descartados se miran y se sienten llamados los consagrados; en todas esas cunetas de nuestra sociedad encuentran a Cristo sediento, maltratado, abusado, extranjero, encarcelado; en todos esos abismos de la humanidad se arrodillan y se entregan, haciéndose prójimos de cada uno sin excepción. En su corazón misericordioso y misionero son parábola de la fraternidad humana.

Que la herida de este mundo no es definitiva ni será eterna también lo sabemos. La luz del Evangelio, que nos hermana como seres humanos en las llagas, también nos permite captar y cantar «los gozos y las esperanzas (…) de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren». No porque asumamos una visión ingenua de la vida, sino porque la vida de los que creemos queda transfigurada por las heridas del Crucificado-Resucitado.

Así, como san Pablo, podemos proclamar sin descanso: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios. Porque si es cierto que los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, también por Cristo rebosa nuestro consuelo» (1 Cor 2, 3-5).

Quienes son consagrados por el Señor para portar sus marcas en medio del mundo conocen las luchas y los dolores de la existencia en carne propia y ajena. Aprenden en la escuela de Cristo cómo acoger con profundidad y generosidad la fragilidad del día a día y el cáliz de angustia de las horas más amargas: las suyas y las de todos. Oran, piden y alaban al Dios de los pobres, que se compadece de sus hijos y los levanta hacia la Vida que no acaba. Con no poco sacrificio y mucha fe, tejen historias de vida común, paciencia y perdón allí donde otros siembran dispersión, furia y rencor; ensayan proyectos de misión compartida y fecunda allí donde otros prefieren trazar fronteras, abrir zanjas o levantar muros; procuran buscar y obedecer con libertad al Señor, que muestra el Camino, allí donde otros se abandonan a un individualismo ciego y desnortado; se atreven a elegir con alegría la pobreza y la sencillez del Señor, que encarna la Verdad, allí donde otros cabalgan a lomos del desenfreno y la avidez; sueñan con abrazar cabalmente el amor del Señor, que ensancha la Vida, allí donde otros se dejan arrastrar por la frivolidad y el orgullo. En su corazón contemplativo y profético son parábola de la fraternidad divina.

Fraternidad divina que es humana; fraternidad humana que es divina. Esta es la entraña parabólica de los hombres y mujeres que, en medio de innumerables desafíos, al borde del camino o en la posada, en el rincón más inhóspito de una barriada cualquiera o en el coro más bello de cualquier monasterio, se convierten en aceite y vino para las heridas del mundo, vendaje y hogar de la salud de Dios. Demos gracias a Dios por ellos y con ellos, tejedores de lazos samaritanos hacia dentro y hacia fuera. Y en ellos y con ellos escuchemos una vez más la voz de Jesucristo, Buen Samaritano, que nos envía: «Anda, entonces, y haz tú lo mismo» (Lc 10, 37).

Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

✠ Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF
Obispo de León
Presidente

✠ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo emérito de Zaragoza

✠ José Vilaplana Blasco
Obispo emérito de Huelva

✠ Joaquín M.ª López de Andújar y Cánovas del Castillo
Obispo emérito de Getafe

✠ Eusebio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

✠ Manuel Herrero Fernández, OSA
Obispo de Palencia

[1] JUAN PABLO II, Mensaje para la primera Jornada de la Vida Consagrada (2.II.1995), n. 1.

[2] Discurso en el encuentro ecuménico e interreligioso con los jóvenes, Skopie (7.V.2019).

[3] FRANCISCO, carta encíclica Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social (3.X.2020), n. 8.

[4] CONCILIO VATICANO II, constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual (7.XII.1965), n. 1.