domingo, 5 de junio de 2022

''Recibid el Espíritu''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila
















Hemos llegado a Pentecostés, último día en que el Cirio Pascual acompaña nuestra celebración dominical; último día que cantamos el "Regina Coeli" o proclamamos "podéis ir en paz, Aleluya, Aleluya. Y todos estos pequeños detalles reclaman nuestra atención para indicarnos que terminamos la Pascua del Resucitado para comenzar con la Pascua del Espíritu, la cual nos dará fuerzas para seguir caminando como cristianos extraordinarios en un Tiempo Ordinario que retomaremos mañana. Es pues, ésta, una celebración muy especial cuya Solemnidad llamamos coloquialmente "fiesta del Espíritu Santo", el día que de forma concreta hacemos lo que todos los días del año deberíamos hacer: pedir a la tercera persona de la Santísima Trinidad que venga sobre su Iglesia, que nos asista con sus dones, y así nos ayude renovar nuestro compromiso de cristianos bautizados, enviados, misioneros y evangelizadores que quieren dar a conocer al mundo que Cristo ha resucitado y que sólo Él que vive, nos dará la vida que no tendrá fin.

Por este motivo la Iglesia celebra en este fin de semana cada año la "Jornada de la Acción Católica y el Apostolado Seglar", conscientes de que la misión de los laicos no es algo baladí, sino imprescindible siempre, para sea -como pide el Papa Francisco- "un laicado que no se cierra ni detiene en menudencias, sino que se abre a la creatividad de su vocación". Os comparto como siempre tres ideas muy sencillas, a la luz de los textos que se proclaman en este día:

Un Espíritu que nos renueva:

La primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, es bien conocida por todos; es la descripción milimétrica de lo que ocurrió aquel día de Pentecostés y que tantos artistas han representado a lo largo de los siglos, ese apostolado con María en medio recibiendo las lenguas de fuego. Nosotros nos encontramos como aquellos, reunidos en un espacio interior cincuenta días después de la Pascua. Y quizá siendo nuestra realidad bastante más favorable que la de ellos, nos creamos, posiblemente, en peores condiciones. 

Tal vez podamos afirmar que prácticamente los que formaban la primitiva Iglesia estaban allí, entraban todos en una pequeña sala, eran la minoría y, sin embargo, fueron fortalecidos, empujados y animados por el Espíritu de Dios a salir fuera, a dejar de orar a escondidas y empezar a hablar de las maravillas de Jesucristo a los que se cruzaban por la calle. No valen medias tintas en nuestra religión, como decía D. Fernando Sebastián: ''un cristiano no practicante es prácticamente un no cristiano''. Quedarnos a un lado, indiferentes, pasotas y de brazos cruzados, o más prontos a criticar nuestra propia Casa y familia que arrimar el hombro para mejorarla, marca la temperatura de cómo está nuestra fe.

 La fe recibida en el bautismo hemos de cuidarla, y ésta sin obras languidece -múestrame tu fe sin obras, y yo por las obras te probaré mi fe-. San Juan Bautista nos lo había advertido: ''yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego''. Ahora habremos de preguntarnos: ¿doy testimonio de Cristo en el mundo? ¿Es Él quien da sentido a mi existencia y esperanza? ¿Pido al Espíritu Santo que me ayude a comprender cómo responder a la misión a la que el Señor me convoca? Necesitamos renovarnos: ¡Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra!

Un Espíritu para crecer en la Comunión:

En la lectura anterior veíamos cómo los apóstoles reciben ese don de lenguas que les permitía hablar siendo entendidos por los extranjeros de tantos lugares, este episodio viene a ser la restauración de algo que en la historia de la salvación de había roto. Si en el acontecimiento de la torre de Babel los hombre se dividen dando lugar a la diferencia de lenguas, en Pentecostés se vuelven a reunir hablando todos la misma. Y es que no fueron los apóstoles a un academia "express" de idiomas; la clave no está en lengua, sino en el corazón, ya que el amor es una lengua que une y no conoce fronteras. Y en la segunda lectura, que es un fragmento de la carta de San Pablo a los corintios, se incide en este aspecto enfocado más al ámbito eclesial: ''...Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos...'' 

A veces nos complicamos y amargamos la existencia tratando de cambiar las reglas del juego; quisiéramos que las cosas fueran de otra manera, estar en otro cargo, en otra función, poder mandar más, tener capacidad para cambiar cosas, cuando el Señor nos está pidiendo todo lo contrario. Tú trabaja por el evangelio en tu lugar, que aunque creas que estás haciendo poco, descuida, que el Señor se manifestará ayudándote y otorgándote "su Espíritu para el bien común''. Estamos llamados a ser uno, cada cual diferente, pero unidos un sólo y en un único cuerpo. Esto es la Iglesia, el cuerpo místico del Señor. También en la eucaristía no comulgamos cada uno un cuerpo de Cristo, sino que todos comulgamos un sólo y único Cuerpo; no hay más, Jesucristo mismo se parte sobre el altar y se reparte como nuestro alimento. 

Tengamos siempre presente que donde hay división está el demonio, y donde hay unión está el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo no nos hace a todos iguales -eso es igualitarismo ramplón e ideológico-, el Espíritu Santo nos lleva a vivir en comunión -mucho más que democracia- siendo todos diferentes, en unidad sin uniformidad. En la Iglesia nunca debería haber lugar para divisiones, peleas y enfrentamientos. Por desgracia, somos humanos y frágiles; sin embargo, hemos de saber vivir abiertos al Espíritu y no encerrados en nuestras visiones reducidas y cortas, sino sabiendo apreciar que estamos inmersos en una Iglesia en comunión y que es universal. 

Un Espíritu que da frutos 

La fiesta de Pentecostés es un nombre que hemos hecho nuestro, pero que proviene de la cultura judía, cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia primitiva era la fiesta de "las semanas" o de "las tiendas"; era una jornada de sacrificios por las cosechas, coincidiendo con los primeros frutos de la temporada como estipulaba la ley de Moisés en el Levítico. Para nosotros Pentecostés es la Pascua del Espíritu, la cual no se limita a recordar un hecho del pasado, sino que lo vivimos en presente y de forma especialísima en la liturgia. No nos quedamos sólo con que el Espíritu vino, sino que tenemos la seguridad de que viene y que está; como tampoco nos limitamos a decir que en aquella jornada empezó la misión de la Iglesia, sino que tomamos conciencia de que esa obra continúa; ni se ha detenido, ni terminado. Tengamos por supuesto que allá donde hay muerte no está el Espíritu del Señor, y allí donde hay frutos verdaderos que permanecen, provienen de Él. Es también una jornada para dar gracias a Dios por tantas cosechas de buenos frutos en la Iglesia que por medio de su Espíritu lleva regalando al mundo durante veintiún siglos ininterrumpidos. 

El evangelio de este día nos presenta a Jesucristo resucitado soplando su espíritu sobre los apóstoles. Ese Espíritu por el cual Dios resucitó a Jesús y que Él ahora resucitado utiliza para comunicarse con los suyos. Un espíritu que los llenó de alegría, pues sólo por Él fueron capaces de comprender que el Maestro estaba vivo. Ese Espíritu los fortaleció para ser testigos en todo el mundo, para anunciar el evangelio, perdonar pecados, curar enfermos... La Iglesia nace al pie de la Cruz, pero cuando de verdad se abre al mundo es en Pentecostés. Sólo por este Espíritu podemos vivir la gracia de la paz; esta es un fruto del Espíritu Santo. Los niños de Lugones, que son muy aplicados, no sólo aprenden en el Cate cuáles son los siete dones del Espíritu Santo, sino también cuáles son sus doce frutos. Y en el evangelio de hoy Jesús repite dos veces el mismo deseo: ''Paz a vosotros'' para, a continuación, enviarnos: ''Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo''. Los cristianos no vamos intentando convertir a nadie a base de violencia, sino que desde el amor y sin imponer, damos a conocer y proponemos al único príncipe de la Paz.

En Pentecostés recibimos un don siempre nuevo, pues no deja de renovarnos: el Espíritu Santo. En nuestra diócesis de Oviedo es también un día muy especial por ser ésta desde hace décadas la fecha de las ordenaciones, sacerdotales y diaconales. Un domingo como este también yo fui ordenado sacerdote en una celebración en la que se cantó: ''danos Señor un corazón nuevo''. Aquellos cristianos temerosos salieron de aquella casa siendo otros, eran un nuevo pueblo elegido, una humanidad renovada. La Iglesia se ponía manos a la obra en el anuncio de Jesucristo. Precisamente por ello os pido hoy una oración especial por todos los sacerdotes de Asturias, y particularmente por los tres jóvenes que van a ser ordenados sacerdotes, y los otros cinco que van a ser ordenados diáconos; que el Espíritu Santo transforme esta tarde sus vidas en ese Pentecostés tan especial que la Iglesia Diocesana vivirá en la Catedral esta tarde. Hagamos nuestro ese ruego al que nos remite la Secuencia al Espíritu Santo de este día:

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Amén

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