domingo, 8 de agosto de 2021

''No critiquéis''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Seguimos avanzando en pleno estío -a ratos sí, a ratos no- situados ya en el domingo XIX del Tiempo Ordinario donde la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro como cada domingo, ayudándonos a orientar nuestra vida tal y como desea el Señor. De forma especial, la Palabra ha de ayudarnos a vivir la Eucaristía, de tal manera que los textos muevan nuestro corazón a recibir a Cristo no sólo en nuestro cuerpo, sino de forma muy especial en nuestra alma.

San Pablo en su carta a los cristianos de Éfeso nos enumera una serie de actitudes que no son propias de los bautizados, por eso insiste: ''No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios''. A menudo olvidamos esta verdad; hay que cuidar el alma, sí, pero también el cuerpo. En definitiva, todo nuestro ser está llamado y es templo del Espíritu Santo. El Apóstol es muy explícito: ''Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad''. ¿Qué sentido tiene llamarnos cristianos si vivimos permanentemente amargados, enfadados o aliados con la maldad? ¿Cómo voy a crecer en mi seguimiento como discípulo de Jesús si no erradico de mi vida la ira, el  resentimiento e incluso los insultos públicos?... No deja de ser una sencilla llamada de atención a la coherencia de vida, a seguir avanzando y perfeccionando las mejores actitudes humanas y cristianas para lograr una existencia según las máximas del Evangelio.  

La primera lectura del Libro de los Reyes nos presenta el relato del profeta Elías caminando por el desierto; otra escena del Antiguo Testamento como la del pasado domingo en la que Dios vuelve a mostrarnos que aunque a veces lo pensemos no estamos sólos en nuestro camino, que Él no sólo nos acompaña, sino que nos ayuda y alimenta. La exégesis de este pasaje nos remite al propio evangelio de hoy, continuación del "discurso eucarístico de Jesús" en el evangelio de Juan y que iniciamos el domingo pasado. Elías quería morir, rendirse, tirar la toalla... No se veía ya con fuerzas para seguir el camino, y cuando peor se encuentra y ya se entrega el Señor sale a su encuentro y recuperación recordándole que el camino aún es duro y le falta trecho por recorrer y misión por cumplir. 

Jesús en el evangelio quiere incidir de nuevo en la importancia del alimento que perdura. Evidentemente no entendían muy bien qué significaba eso del "Pan celeste; sin embargo, los primeros en rechazar y criticar aquellas palabras fueron precisamente sus paisanos y vecinos que pensarían quizás que había perdido el juicio, y comentaban: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Es algo que experimentamos todos alguna vez en la vida, que los que deberían estar más cerca de nosotros son a menudo los más lejanos, duros e hirientes.

El Señor nos pide algo muy concreto y que igualmente les dijo a aquellos que le escuchaban: ''No critiquéis''. No hay nada más destructivo que la crítica, la difamación o la calumnia. Lo más dramático es que el mayor perjudicado puede ser es el propio crítico cuando es él el criticado. Cuando criticamos los primeros en hacernos daño somos nosotros, pues la crítica es un veneno que nos intoxica y es casi siempre fruto de la peor envidia que corroe las entrañas y obnubila la razón. Es como si una serpiente intenta ahogar una sierra, cuanto más se enrosca y aprieta la herramienta, la mayor herida será ella misma que poco a poco irá desangrándose. Una persona que se dedica a criticar no actúa cristianamente ni puede comulgar el Pan de la vida; una persona que critica se autoexcluye de los discípulos de Jesús. Somos humanos; cierto, y por tanto frágiles, por ello hemos de hacer un esfuerzo para no caer en este grave pecado y, en ese caso, acudir prontos al sacramento de la reconciliación.

El Señor nos da su cuerpo; se parte y se reparte para nosotros, no nos da un pan cualquiera, sino se da a sí mismo, por tanto acerquémonos con el corazón bien preparado para reconocer a Jesús bajo las especies sacramentales. En verdad, como nos recuerda el salmista, nosotros en la eucaristía tenemos la oportunidad de gustar y ver lo bueno que el Señor.

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