domingo, 28 de marzo de 2021

Domingo de Ramos, Domingo de Pasión. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Aún en el tiempo de Cuaresma, nos encontramos ya en el Domingo de Ramos, puerta de la Semana Santa y vamos disponiéndonos a celebrar el Triduo Pascual, el cual iniciaremos solemnemente con la misa de la Cena del Señor el Jueves Santo. Sé que este año vuelve a ser un domingo de ramos un tanto triste: la pandemia y una incipiente cuarta ola sigue acechándonos y eso ha obligado a que desde el Arzobispado, pensando en el bien de todos y tratando de evitar aglomeraciones y sus posibles consecuencias, se optara por decretar la supresión de la bendición de palmas y ramos. Nos da mucha pena, ciertamente, pero pensemos que más duro fue aún el domingo de ramos del año pasado y tengamos en cuenta que no es lo central las ramas verdes o secas que traíamos a los templos, sino las personas que en este día queremos tomar conciencia de que nos disponemos a acompañar a Cristo que entra en Jerusalén para llevar a cabo la misión de nuestra redención.

Refiriéndonos al Domingo de Ramos, hablamos siempre de entrada "triunfal"; es cierto, pero ojo, que el verdadero nombre de este Domingo es ''de Ramos en la Pasión del Señor''. Por eso utilizamos el color litúrgico rojo, pues es una fiesta de la Pasión. Toda la semana previa al domingo de ramos la llamamos así: "de Pasión", conscientes de que también Jesús vivía su procesión por dentro sabedor de que subía a Jerusalén a consumar la ofrenda de su propia vida. Los que conocen Tierra Santa saben que existe un templo llamado ''Dominus flevit'' -el Señor lloró- que nos recuerda precisamente esto, que Cristo no daba pasos a ciegas, sino que sabía perfectamente que caminaba hacia la consumación de su misión. Por eso se emociona al ver de lejos Jerusalén: "Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella." (Lucas 19:41).

Al respecto de las gentes que aclamaban a Jesús, como nos gusta con frecuencia predicar a los sacerdotes en este día para tratar de unir el domingo de ramos con el Viernes Santo, se ha extendido que los mismo que hoy le aclaman serán los que gritarán: "¡crucifícalo!''... Salvo en un sentido metafórico es un poco osado afirmar esto cuando no estábamos allí, pero podemos pensar de otra forma. Jerusalén estaba abarrotada de peregrinos aquellos días, quizás los que pedían la crucifixión eran lugareños y los que le aclamaban peregrinos; fijémonos en algo más evidente: los adultos no somos "inocentes" en nuestros actos y palabras, más los niños sí. Estos son los que corren alrededor de Jesús con palmas y ramos, y ponen mantos en la calzada del camino. Sólo el corazón puro, libre de manipulaciones donde reina la inocencia, es capaz de reconocer al Mesías y salir a su encuentro. 

Acudiendo a la Palabra de Dios de este día, nos encontramos con pasajes que nos presentan tanto la confianza como el abandono del Hijo en el Padre; la carga de incomprensión, sufrimientos y silencios que nos llevan a entender por qué Cristo hace suyas las palabras del Salmo: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”... Benedicto XVI dijo respecto de este texto: “Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y renegado por los discípulos, rodeado por los que le insultan, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. Por esto grita al Padre y su sufrimiento asume las palabras dolientes del Salmo. No es un grito desesperado, como no lo era el del Salmista que en su súplica recorre un camino atormentado para llegar, finalmente, a una perspectiva de alabanza en la confianza de la victoria divina”.

Se da también el perfecto paralelismo entre la primera lectura del profeta Isaías, donde nos habla del siervo sufriente de Yahvé, y el evangelio de la pasión según San Marcos. No hay forma de vivir verdaderamente la Semana Santa si omitimos, prescindimos o menospreciamos la Pasión. El relato con sus escenas, diálogos y detalles, nos ayudan a vislumbrar que estamos ante un Dios que se abaja haciéndose hombre para elevar y divinizar nuestra humanidad; que se hizo ofrenda perfecta de expiación para librarnos de las tinieblas, el pecado y la muerte. Os invito a releer y saborear lentamente este bello texto. Os lo presento en once puntos desde los cuales poder llevar a la oración:

1. Conspiración de los escribas y sacerdotes. Le traicionamos pero Él nunca falla

2. Unción con el nardo. Cuando estamos a bien 

3. Judas vende a Jesús. Preferimos servir al dinero

4. Última Cena. Cada vez que nos alimenta

5. Oración en el huerto de los olivos. Va llegando la hora

6. Hora del prendimiento. La injusticia de un inocente arrestado

7. Interrogatorio en el Sanedrín. La maldad que quita de en medio lo bueno

8. Negaciones y canto del gallo. Nuestra cobardía al no dar testimonio

9. Ante Pilato. Cuando nos lavamos las manos para no complicarnos la vida

10. Las burlas hacia el Señor. Cuando hablamos mal y permitimos las blasfemias

11. Crucifixión y expiración. Cada vez que pasamos de largo junto a los que sufren

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