domingo, 24 de enero de 2021

Evangelio Domingo III del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Palabra del Señor

sábado, 23 de enero de 2021

Hoja litúrgica Domingo III del Tiempo Ordinario

 

 

Los olvidados e imprescindibles mandamientos de la Iglesia. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Cuando uno era niño de catequesis, había cosas que se aprendían desde el principio y para toda la vida: mandamientos de Dios y de la Iglesia, sacramentos, pecados capitales y obras de misericordia. La verdad es que sabiendo eso uno tenía más que de sobra para conocer y vivir los fundamentos de lo que sería su vida de fe. Eran formulaciones exactas, básicas, evaluables y más que suficientes.

Al grito de abajo la memoria, tenemos una amplísima generación de católicos sin más fundamento doctrinal que lo importante es amar y compartir. Con ese equipaje a la espalda no es extraño que el catolicismo esté realmente bajo mínimos.

En nuestras catequesis si acaso los niños alprenden los mandamientos de la ley de Dios y sin mucho insistir. Me atrevo a decir que trabajo perdido si no se aprenden los de la Iglesia. No me vengan con la cosa esa de que lo de la Iglesia es algo secundario. Yo lo entiendo al revés: si no se cumplen los mandamientos de la Iglesia el resto son ganas de perder el tiempo. Y de todos ellos, aún me atrevo a decir que en oir misa entera los domingos y fiestas de guardar es la clave donde se asienta hoy la perseverencia de la fe.

Cuando la santa madre Iglesia nos manda oir misa entera los domingos y fiestas de guardar bajo pecado mortal, lo que está diciendo es que la misa del domingo es tan clave en la vida del católico, que abandonarla es apartarse del todo de la comunión eclesial. Me molesta en grado sumo que se desprecie a los que van a misa el domingo como si fueran de segunda o tercera división. Recuerdo a un compañero que se quejaba de esa gente que va a misa mirando el horario que más les conviene. A mí, sin embargo, esa gente me encanta. El católico que no se pierde una misa dominical ni loco y que es capaz de conocerse los horario de medio mundo para no faltar, es un católico que no se pierde. 

Aquí pecadores somos todos. Pero pienso que el que va a misa cada domingo tiene todo ganado, porque en misa pide perdón, escucha la palabra y su explicación en la homilía, celebra el sacrificio incruento de Cristo en la cruz, tiene la posibilidad de colaborar incluso económicamentey hasta por medio de avisos y hasta carteles conoce la vida de la Iglesia. 

Y sigo. Anda que no es poco lo de confesar y comulgar al menos una vez al año, participar en las prácticas penitenciales comunes y echar una mano en lo que sea necesario. 

A mí me parece que el que cumple los mandamientos de la Iglesia tiene muchas posibilidades de cumplir los mandamientos de la ley de Dios y de ser caritativo con sus hermanos. Y al revés. Quien deja la misa, la confesión, la comunión, se ríe del ayuno y la abstinencia malamente va a ser un católico medio serio.

Insisto. Antes de los mandamientos de la ley de Dios, los de la Iglesia. Concretos y evaluables. 

Lo de amar a Dios y al prójimo, que sí que es la clave, es tan esencial como inconcreto. Y como no se puede medir, ancha es Castilla. Lo medible es ir a misa todos los domingos, por eso se rechaza. Pero es clave.

viernes, 22 de enero de 2021

'El beso de Jesús'. Por Padre Rubén Pérez Ayala


A los 6 meses de ordenado, mi Obispo me envió a dirigir una Parroquia; tenía que suplir a un Párroco que llevaba allí más de 30 años, por lo que me encontré con la no aceptación de los habitantes de aquel lugar. La tarea fue ardua pero fecunda, y no habría tenido tanta fecundidad sin la ayuda de un pequeño llamado Gabriel... El protagonista de este relato.

A la segunda semana de llegar a aquel lugar se me presentó un matrimonio joven, con su pequeño hijo, muy especial (tenía síndrome de Down). Me solicitaban que lo aceptara como monaguillo. Pensé en rechazarlo, y no por ser un niño con capacidades diferentes, sino por todas las dificultades con las que iniciaba mi ministerio en aquel lugar. Pero no pude decir que no, pues al preguntarle si quería ser mi monaguillo no me respondió, sino que se me abrazó a la cintura. Menuda forma de convencerme...

Lo cité para el siguiente domingo, 15 minutos antes de la Eucaristía, y puntualmente allí estaba con su sotanita roja y su roquete que su abuela le había hecho a mano para la ocasión.

Tengo que agregar que su presencia me trajo más feligreses, pues sus familiares querían verlo estrenarse en su papel de monaguillo. Yo tenía que preparar todo lo necesario para la Eucaristía. No tenía sacristán ni campanero, así que tuve que correr de un lado para otro, y no fue sino hasta antes de iniciar la Misa cuando me percaté de que Gabriel nada sabía de cómo ayudar en la Misa. Por la premura del tiempo, se me ocurrió decirle: "Gabriel, tienes que hacer todo lo que yo haga, ¿Vale?"

Nunca se lo hubiera dicho, un niño como Gabriel es el niño más obediente del mundo, así que iniciamos la celebración y, al besar el altar, el pequeño se quedó prendido a él; en la homilía vi que los feligreses sonreían al hablarles, lo cual alegró mi joven corazón sacerdotal, pero luego me percaté que no me miraban a mí, sino a Gabriel que me seguía tratando de imitar mis movimientos. En fin, uno de los detalles de aquella primera misa con mi novel monaguillo.

Al terminar le indiqué qué tenía que hacer y qué no y, entre otras cosas, le dije que el altar solo podía besarlo yo. Le expliqué cómo el sacerdote se une a Cristo en este beso. Me miraba con sus grandes ojos interrogantes sin llegar a entender del todo la explicación que le daba… Y, sin callarse lo que pensaba, me dice: "Anda, yo también quiero besarlo…". Le volví a explicar por qué no... Al final, le dije que yo lo haría por los dos. Pareció que había quedado conforme.

Pero al siguiente domingo, al iniciar la celebración y besar el altar, vi cómo Gabriel ponía su mejilla en él y no se despegaba del altar con una gran sonrisa en su pequeño rostro.

Tuve que decirle que dejara de hacer aquello. Al terminar la Misa le recordé: "Gabriel, te dije que yo lo besaría por los dos".

Me respondió: "Padre, yo no lo besé. Él me besó a mí…".

Serio, le dije: "Gabriel, no juegues conmigo…". Me respondió: "¡¡De verdad, me llenó de besos!!".

La forma en que me lo dijo, me llenó de una santa envidia. Al cerrar el templo y despedir a mis feligreses me acerqué al altar y puse mi mejilla en él pidiéndole: "Señor... bésame como a Gabriel".

Aquel Niño me recordó que la obra no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde esa dulce intimidad con el único sacerdote: Cristo.

Desde entonces mi beso al altar es doble, pues siempre después de besarlo pongo mi mejilla para recibir su beso. ¡Gracias, Gabriel!

Acercar a los otros al misterio de la Salvación nos llama a vivir nuestro propio encuentro. Al igual que yo, con mi querido monaguillo maestro Gabriel, aprendí que:
¡Antes de besar yo el altar de Cristo... tengo que ser besado por Él!

"Señor Jesús, haznos sentir tus besos todos los días para que nuestros corazones nunca tengan más necesidad de amor, porque Tú lo llenas todo...".

Carta semanal del Sr. Arzobispo

No es hablar por hablar

Los dicen los niños cuando entre ellos se produce algún desencuentro: no me habla. Y esta falta de comunicación con la palabra, es la señal de que los puentes están rotos y ya no es viable compartir cosas, ni alegrías, ni penas… La falta de palabra es una declaración de la guerra de la indiferencia, del desprecio, del desamor.

Los adultos somos más sutiles, pero venimos al mismo escenario censurador, cuando usamos palabras banales, frívolas, insignificantes para no decirnos nada usando muchas verborreas que absolutamente nos cierran el corazón y los sentimientos de quien deja de hablarnos de la misma manera que un niño le niega a otro la palabra.

En la historia de Israel encontramos cómo hay una insistente forma de presentar a Dios como alguien que no sólo tiene boca, sino que también habla. No sólo tiene ojos, sino que también ve. No sólo tiene oídos, sino que también escucha. Es un Dios con entraña. Un Dios que tiene corazón.

El papa Francisco quiso dedicar un día del año precisamente a la Palabra. Tenemos un día dedicado a la Eucaristía, y otro dedicado a la Cruz. Pero faltaba uno dedicado a esos labios divinos que a través de su boca nos pronuncian su Palabra. Y con este domingo tercero del tiempo ordinario, nos llega esta invitación para ponernos a la escucha de quien siempre tiene que decirnos algo. Porque Dios no es mudo, aunque a veces guarde aparentemente silencio, pues siempre tiene algo que decirnos cuando nos habla o cuando se calla. Su Palabra nos acompaña siempre en todas las circunstancias, y nos acampa luminosamente su tienda de encuentro en medio de nuestras penumbrosas contiendas de desencuentros. Hay una Palabra que Él nos susurra con delicadeza como una brisa, o nos grita con toda su fuerza como el huracán, para que sacudamos sorderas enmudecidas y superemos tristezas alicortas, porque la vida es siempre ese altavoz que nos trae mensajes desde ese cielo desde el cual sus ojos paternos siguen nuestros pasos en la tierra, al igual que sus latidos se acompasan con nuestros pálpitos del corazón.

El texto que enmarca esta jornada está tomado de una carta de San Pablo: “Mantened firme la Palabra de la Vida” (Filp. 2, 16). Se nos invita a guardar amorosamente esa Palabra, a custodiarla con firmeza, porque es una Palabra que nos trae la vida. Demasiadas palabras nos decimos a menudo que nos acercan la muerte o nos hacen perorar sobre la muerte. En estos días de termómetros pandémicos, andamos con el inevitable monotema que un virus ha introducido en nuestras conversaciones, señalando y casi reduciendo a esta sola cuestión lo que podemos intercambiarnos para decirnos cosas.

Cuesta hablar de otros temas, como si todos hubieran empalidecido y hubieran sido eclipsados ante algo que objetivamente nos preocupa y acorrala. Pero hay una Palabra que es mayor que nuestros mutismos, más grande que nuestras penurias, más bella que nuestras tragedias. Es una Palabra que trae vida, con toda su carga de luz y de esperanza, una Palabra que no engaña. De modo que nuestro silencio tan pronto se llena de ella, pierde de este modo su secuestro, al igual que la noche de nuestras tinieblas ante una luz inesperada que devuelve el color a cada cosa con la llegada del nuevo día.

Sí, vale la pena escuchar las palabras que no pasan, las que se pronuncian no para hablar del tiempo que hace sino de lo que sucede en el tiempo que pasa, llenándolo de sentido y esperanza, porque los hablares de Dios son siempre una buena noticia. Benditos los que tienen oídos para escuchar tan hermosa, tan verdadera y tan bondadosa Palabra, como lo hizo María que la guardó en su corazón.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

jueves, 21 de enero de 2021

Un sacerdote, cuarta víctima mortal de la explosión de Madrid

(Infovaticana) Ayer, a primera hora de la tarde, se produjo una fuerte explosión en el complejo parroquial de la Virgen de la Paloma y San Pedro el Real, en la calle Toledo, 98. Como resultado, hay que lamentar cuatro víctimas mortales, ya que esta madrugada ha fallecido, en el Hospital de la Paz, el joven sacerdote Rubén Pérez Ayala, de 36 años, que había sido trasladado al hospital por las heridas sufridas.

Pérez Ayala fue ordenado sacerdote por el arzobispo de Madrid, el cardenal Carlos Osoro, el pasado mes de junio tras formarse en el seminario Redemptoris Mater de Madrid, del Camino Neocatecumenal.

“He tenido la experiencia a lo largo de este tiempo de seminario de que la felicidad no está en vivirlo todo para uno mismo, sino en donarse a los demás”, aseguraba en una entrevista sobre su vocación publicada por la archidiócesis de Madrid.

Según pudo saber Religión Confidencial de amigos cercanos a Rubén, el sacerdote recibió la extremaunción de manos de su hermano Pablo, también presbítero.

En la explosión también falleció David Santos, de 35 años, que deja a una viuda y a cuatro hijos pequeños. Feligrés de la parroquia, había acudido al edificio para echar una mano con la caldera. “David también era del camino Neocatecumenal y pertenecía a una comunidad de la parroquia. Estaba con Rubén arreglando la caldera cuando olieron a gas”, explican a RC allegados de David.

Junto al laico y al sacerdote han fallecido dos viandantes que tuvieron la desgracia de andar junto al edificio en el momento de la explosión.

El Papa Francisco, a través del Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, ha enviado un telegrama al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en el que asegura “conocer la dolorosa noticia de la grave explosión” y en el que “desea hacer llegar” al cardenal, al clero y “a todos los hijos de ese amado pueblo su cercanía y afecto en estos duros momentos”.

Su Santidad “eleva oraciones” y encomienda a las víctimas, a los heridos y a sus familias. Por último, invocando a la Virgen de la Almudena, imparte la bendición apostólica.

Requiem aeternam dona eis, Domine,
et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace.

La parroquia de Lugones «conecta» con los pequeños

La parroquia de San Félix de Lugones innova para que doscientos niños se alternen y sigan la formación de forma telemática y presencial

(M. Rivero/ El Comercio) «La parroquia funciona como una familia, y con la telecatequesis evitamos que los niños se sientan desconectados a ella». Con esta premisa ha trabajado Joaquín Serrano, «director de orquesta» de la parroquia de San Félix de Lugones. El párroco ha implantado un método para conseguir que los doscientos niños que acuden a catequesis puedan seguir el curso con normalidad. La clave, asegura, ha sido el trabajo en equipo y la instalación de wifi en la iglesia.

Tal y como desgrana, los tres grupos se han dividido para que la mitad puedan dar catequesis de manera presencial a la vez que sus compañeros siguen la clase de forma telemática. «Cada semana se van alternando», explica el cura.

La modernización comenzó en marzo, retransmitiendo en directo la eucaristía de los domingos, que ya se ve desde varios puntos de España e incluso África. El siguiente paso fue añadir una pantalla con las letras de las canciones del coro para generar interés en los más pequeños, acostumbrados a la compañía de otros menores durante la misa. Esta idea, asegura el párroco, ha venido para quedarse. Lo importante, dice, es continuar teniendo presencia en la vida de los feligreses, que están encantados con las novedades.