jueves, 6 de marzo de 2025

El Papa sigue estable y da las gracias por las oraciones en un mensaje grabado

Boletin de la Oficina de Prensa de la Santa Sede sobre la salud del Papa:

«Las condiciones clínicas del Santo Padre se han mantenido estables con respecto a los días anteriores. Tampoco hoy ha presentado episodios de insuficiencia respiratoria. El Santo Padre ha continuado con beneficio la fisioterapia respiratoria y la motora. Los parámetros hemodinámicos y los análisis de sangre se han mantenido estables. No ha presentado fiebre.

Los médicos mantienen aún el pronóstico reservado. En consideración a la estabilidad del cuadro clínico, el próximo boletín médico se difundirá el día sábado.

Hoy, el Santo Padre se ha dedicado a algunas actividades laborales durante la mañana y la tarde, alternando el descanso y la oración. Antes del almuerzo ha recibido la Eucaristía».

Palabras del Papa a los fieles en San Pedro:


Rosario del día de hoy 06/03/2024 presidido por el Cardenal Artime asturiano:

Cuaresma: tiempo de conversión, esperanza y misericordia. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Comenzamos en pleno Año Jubilar este bendito tiempo de Cuaresma cuya meta no ha de ser únicamente el próximo domingo de Pascua, sino nuestro deseo de alcanzar la eternidad. El Papa Francisco (por el que os ruego oraciones en este Tiempo mientras está en el lecho del dolor) en su mensaje para esta Cuaresma 2025 titulado “Caminemos juntos en la esperanza”, nos regala el algunas claves para nuestra reflexión. Debemos ver la Cuaresma como un camino de fe y esperanza donde guiados por la Iglesia queremos hacer nuestra la invitación que cada año se nos hace, como un tren que llega a nuestra estación y tenemos la opción de tomarlo o dejarlo pasar de largo pensando que habrá tiempo para otro. No desaprovechemos esta oportunidad de poner el corazón a punto para celebrar desbordantes de gozo la Pascua florida. Habla el Romano Pontífice de tres llamadas a la conversión para hacerlas nuestras en este peregrinar cuaresmal de 2025: Caminar, Caminar juntos y Caminar juntos en la esperanza. El camino que nos disponemos a recorrer teniendo como punto de partida este miércoles de ceniza no es otro que nuestro encuentro íntimo y personal con Jesucristo resucitado, núcleo central de esta fe que profesamos y que tan bellamente proclama el credo de Nicea: ''resucitó al tercer día según las escrituras y subió al cielo; y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin''... Y es que tenemos claro que sólo Jesús vivo y glorioso, vencedor de la muerte y el pecado es garantía de vida eterna. Si todos los años remarcamos que la Cuaresma es tiempo de gracia y tiempo de conversión, cuánto más al celebrar este Jubileo de 2025 en el que nos reconocemos "Peregrinos de Esperanza".

Como el pueblo elegido de Israel se nos ofrece emprender el camino hacia la libertad, hacia la tierra que mana leche y miel. A ser peregrinos por el desierto; sí, pero no solos, sino con Cristo que camina a nuestro lado ó, mejor dicho, somos nosotros los que queremos unirnos a su retiro en la estepa. Así nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica en su nº 540: ''La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto''. Necesitamos invocar al Espíritu Santo para que nos llene con el don de fortaleza ante el recorrido que nos espera en estos cuarenta días en que hemos de ser capaces de salir de nuestras comodidades y de la inercia de una vida espiritualmente mediocre, para crecer como seguidores de Jesús de Nazaret cargando con nuestras propias cruces y siguiéndole en la subida al Calvario. Es hora de ponerse en camino, y no de quedarnos sentados y de brazos cruzados. El Señor nos dice: ''Conviértete y cree en el Evangelio''... Se nos pide cambiar, ser mejores, y esto al demonio (que haberlo, ¡háilo!) le pone muy nervioso, por eso también se nos va aparecer en esta cuaresma en nuestro particular camino, y nos va a susurrar en el oído: ríndete; cuarenta son muchos días, quédate como estás, disfruta la vida... Hoy es el día en que debemos planificar los objetivos de esta cuaresma: en estos cuarenta días no voy a fumar, decir palabrotas, beber, pelearme, ser perezoso cuando suene el despertador, no voy a malgastar el dinero en caprichos... Cada uno sabe en que tiene que mejorar y dónde le apreta la china en el zapato. 

Y hay un detalle que nos pasa desapercibido con frecuencia cuando nos decimos: "yo voy a vivir mi cuaresma lo mejor posible, pero del resto del mundo no quiero saber nada''. Lo verdaderamente difícil que se nos pide no es salvarme únicamente yo, sino ayudar a los demás a salvarse y salvarme yo con ellos. Es un poco como en el hundimiento del "Titanic": hubo personas que sólo buscaron salvarse ellas sin mirar a los lados, mientras que otros sí que se preocuparon en ayudar al que se encontraban, fuera conocido o desconocido. Yo puedo decir que soy un católico ejemplar o una cristiana modélica, pero pasamos junto pobres "que no vemos"... La que se sienta en mi banco no tiene categoría para sentarse conmigo; al cura lo tengo atragantado; a las monjas no las soporto; las catequistas me parecen antipáticas... ¡Alerta! ese corazón necesita sanación, necesita recordar lo misericordioso que Dios ha sido para ti y tus flaquezas, y empieces a ver y valorar la belleza escondida de cada persona por sencilla que sea como fuere pasan a tu lado cada día. Ábrete al amor de Dios, confía en su promesa, y no nos cerremos a nosotros mismos las puertas de la vida eterna. 

Este tiempo de preparación a la Pascua es un peregrinar hacia el sentido mismo de la esperanza cristiana, la mañana de resurrección y la certeza del sepulcro vacío como inicio de la vida que no acaba. Por eso nos preparamos de una forma muy concreta como pedimos en la oración colecta de la misa del miércoles de ceniza: que el Señor nos conceda ''al luchar contra los enemigos espirituales, seamos fortalecidos con la ayuda de la austeridad''. Y la ceniza es precisamente un signo penitencial de nuestra pobreza, de lo poco que somos y en lo que acabaremos siendo de nuevo aunque nos creamos muy grandes e importantes. La ceniza también es sucia, por lo que nos representa igualmente bien: somos pecadores necesitados de misericordia. Así lo reconocemos públicamente al dejarnos marcar en nuestras frentes o cabezas, de forma que ya estamos reconociendo nuestro sentir interior: ''Señor soy frágil, pero quiero volver a ti''... María nos va a acompañar en esta Cuaresma de modo muy especial como Madre de Esperanza; en muchos lugares representan esta imagen de Nuestra Señora con un ancla, y es que ese es el símil de la santa virtud, y a Ella nos agarramos hasta el final como el barco en plena tormenta, que para evitar ser arrastrado por la corriente y la tempestad envía al fondo del mar su ancla para aferrarse a las rocas firmes ante el oleaje. 

De corazón os deseo a todos una fructífera Cuaresma para crecer en esperanza por medio de la oración, el ayuno y la limosna.

Joaquín, párroco

«El ayuno cristiano es aquel que nos invita a prescindir de lo que no nos permite crecer como hijos de Dios»

(Iglesia de Asturias) Esta mañana tenía lugar, en la capilla del Espíritu Santo de la residencia del Seminario Metropolitano, la celebración de la eucaristía en el Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma. Estuvo presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, quien se encontraba dirigiendo un Retiro espiritual a los seminaristas. A la celebración asistió toda la comunidad del Seminario y así, junto con los seminaristas y formadores, se encontraba también la comunidad de Franciscanas del Buen Consejo, la comunidad de Focolarinas y el personal no docente.

En su homilía, Mons. Sanz recordó que «vivimos un año tras otro la Cuaresma y se corre el riesgo de acostumbrarse y que este tiempo no nos aporte nada», pero, «tal y como nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura de hoy, hemos de estar abiertos a que Dios nos pueda sorprender, tenemos que dejarnos reconciliar por Dios». «A veces –señalaba el Arzobispo de Oviedo en su homilía–, nuestra relación con Dios, con los hermanos y con la propia vida se nos descoloca, y estos tres interlocutores, Dios, hermanos y la vida, nos piden continuamente ser reconciliados. Cuando esto sucede, cuando se desajusta esta triple relación, se nos invita a la reconciliación, a poner a Dios en primer lugar, para con Él, con sus hijos y en medio de nuestra vida, seguir creando nuestra historia inacabada».

Recordó también Mons. Sanz los tres gestos típicamente cuaresmales que propone el Evangelio:

«El ayuno, que no debemos confundir con el Ramadán, ni tampoco con una dieta –dijo–. El ayuno cristiano es el que me invita a prescindir de todo aquello que no me alimenta, que no me permite crecer como hijo de Dios, como verdadero cristiano». Por otro lado, «la oración, que a veces confundimos con la recitación de oraciones, que también, pero la oración de la que Jesús da testimonio, es la conciencia que tenemos de ser, en todo momento, acompañados por un Dios que no se ausenta –explicó–. El creyente es aquel que se sabe en todo momento acompañado y mirado por Dios, no como si fuera un fiscal o un gendarme, sino con la mirada de un Padre. La oración es sabernos mirados, queridos y esperados por ese Dios que no se ausenta, que tiene algo que decirme amorosamente».

Y finalmente «la limosna», «que no son sólo las monedas que podemos ofrecer a una persona que las necesita, que también si lo hacemos con la conciencia de por Quién lo estamos realizando, sino que es la entrega de mi vida a los demás, desde nuestra vocación. La limosna de nuestro tiempo, de nuestra inteligencia, de nuestro afecto a quienes tenemos delante y lo pueden necesitar».

«La ceniza –dijo al finalizar– es un recordatorio vivo de nuestro origen. No solo el símbolo y el recordatorio de la tierra de la que nacimos y a la que volveremos, sino del destino al que hemos sido llamados. Por eso, se nos invita a la conversión».

Francisco habla de la muerte en su homilía de las Cenizas: «Una realidad con la que debemos lidiar»

(Rel.) El cardenal Angelo de Donatis, que presidió la celebración litúrgica del Miércoles de Ceniza en la basílica de Santa Sabina, fue el encargado de leer la homilía preparada por Francisco para el inicio de la Cuaresma.

Memoria y esperanza

Las cenizas impuestas este día “reavivan en nosotros la memoria de lo que somos, pero también la esperanza de lo que seremos”, comienza el texto del Papa.

“Recibimos las cenizas inclinando la cabeza hacia abajo, como para mirarnos a nosotros mismos, para mirarnos dentro”, como una ayuda para “hacer memoria de la fragilidad y de la pequeñez de nuestra vida”: “Somos polvo, del polvo hemos sido creados y al polvo volveremos”, resumió, repitiendo las palabras con las que se imponen las cenizas resultantes de quemar las Palmas del año anterior.


Sin "exorcizar" ni "excluir" la muerte

Tras enumerar algunas de esas experiencias de fragilidad, entre las que el Papa incluyó, además de los fracasos y debilidades personales, otros “polvos en suspensión que contaminan el mundo” (“la contraposición ideológica, la lógica de la prevaricación, el regreso de viejas ideologías identitarias que teorizan la exclusión del otro, la explotación de los recursos de la tierra, la violencia en todas sus formas y la guerra entre los pueblos”), hizo referencia a la muerte.

Nuestra fragilidad “nos recuerda el drama de la muerte, que en nuestras sociedades de apariencia intentamos exorcizar de muchas maneras e incluso excluir de nuestros lenguajes, pero que se impone como una realidad con la que debemos lidiar, signo de la precariedad y transitoriedad de nuestras vidas”.

El valor de la penitencia cuaresmal

El hecho de recordar qué y quiénes somos en realidad “nos ayuda”, subraya la homilía, porque “nos remodela, atenúa la dureza de nuestros narcisismos, nos devuelve a la realidad, nos hace más humildes y disponibles los unos para los otros”.

“Pero la Cuaresma es también una invitación a reavivar en nosotros la esperanza”, añadió, al recordar que Jesús, el Hijo de Dios, “se mezcló con el polvo de la tierra, elevándolo hasta el cielo” con su Resurrección, para llevarnos “también a nosotros de las cenizas del pecado y de la muerte a la gloria de la vida eterna”.

“Sin esta esperanza, estamos condenados a soportar pasivamente la fragilidad de nuestra condición humana y, sobre todo ante la experiencia de la muerte, nos hundimos en la tristeza y la desolación”, afirmó: “La esperanza de la Pascua hacia la que nos encaminamos, en cambio, nos sostiene en nuestras fragilidades, nos asegura el perdón de Dios y, aun envueltos en las cenizas del pecado, nos abre a la confesión gozosa de la vida”.

El Papa concluyó la homilía exhortando a las tres prácticas características de la Cuaresma:

la limosna: “salir de nosotros mismos para compartir las necesidades de los demás y alimentar la esperanza por un mundo más justo”;

la oración, para “descubrirnos necesitados de Dios”;

el ayuno, para recordar “que no vivimos solamente para satisfacer nuestras necesidades, sino que tenemos hambre de amor y de verdad, y sólo el amor de Dios y entre nosotros puede saciarnos de verdad y darnos la esperanza de un futuro mejor”.

martes, 4 de marzo de 2025

El Patriarca Latino de Jerusalén pide que la Cuaresma en Tierra Santa sea tiempo de consolación y reconciliación

(InfoCatólica) El cardenal Pizzaballa recuerda en su carta que la Cuaresma es un «signo sacramental de nuestra reconciliación» y una nueva oportunidad para volver a escuchar la palabra de gracia y perdón. Subraya que la Pascua no es solo la conmemoración de un hecho pasado, sino un memorial vivo de la gracia divina que nos transforma. La Cruz de Cristo, explica, trastoca los criterios mundanos y permite pasar «de la venganza al perdón», convirtiéndonos en criaturas nuevas.

En este sentido, insta a los fieles a contemplar la Cruz, meditar los relatos de la Pasión y participar en el Vía Crucis, especialmente aquellos que pueden visitar los lugares santos en Jerusalén. «Necesitamos esta palabra nueva, esta palabra de la Cruz, que puede parecer locura a los poderosos y sabios de este mundo, pero que es la única capaz de reabrir caminos de esperanza y de paz», afirma.
La urgencia del sacramento de la reconciliación

«Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilia consigo mismo por Cristo», recuerda el Patriarca citando a san Pablo. Pero advierte que esta reconciliación debe ser testimoniada y vivida activamente en la comunidad cristiana.

El cardenal exhorta a pastores y fieles a asumir la «corresponsabilidad» en el ministerio de la reconciliación, respondiendo al «grito» de tantas personas heridas y humilladas por la violencia y el mal. Enfatiza la importancia de una celebración frecuente y sincera del sacramento de la Penitencia, para que la experiencia del perdón de Dios impulse una renovación en las relaciones humanas. «Reconocer y confesar el propio pecado, recibir la gracia del Sacramento y redescubrirnos perdonados nos hará más dispuestos a acoger, amar y perdonar incluso al enemigo», destaca.
Ayuno, oración y caridad: claves para la transformación

El Patriarca destaca la importancia del ayuno, la oración y la caridad como pilares de la Cuaresma. «La paz, don pascual del Resucitado, brota de sus llagas gloriosas», señala, animando a los fieles a «pagar con el don de sí mismos» para la restauración de comunidades heridas por el rencor y la muerte.

Invita a todos a practicar la renuncia que se convierte en don, recuperando el ayuno unido a la oración en familia y con una atención especial a los pobres. «La renuncia al alimento y a todo lo que pesa en la mente y el corazón, un clima intenso de oración y la atención a los pobres son el fundamento esencial de nuestra relación con Dios y con los hermanos», afirma, asegurando que esta práctica dará un nuevo significado a la celebración de la Eucaristía pascual.
Una Cuaresma que puede ser «nueva»

El Patriarca concluye su carta con una exhortación a no desperdiciar este tiempo de gracia. «No se trata simplemente de otra Cuaresma: si queremos, puede convertirse en una Cuaresma nueva, un tiempo de consolación y reconciliación para esta tierra nuestra», afirma, señalando que la fe cristiana está llamada a sembrar esperanza aún en medio de las dificultades.

A 1700 años del Concilio de Nicea, reafirma la fe en Cristo como Hijo de Dios y fuente de salvación. «En el duelo entre la Muerte y la Vida, ha vencido el Señor de la Vida y triunfa su amor victorioso. Queremos librar con Él el buen combate de la fe, con la esperanza cierta de que nuestro testimonio y ministerio de reconciliación dará fruto», concluye.

El cardenal Pizzaballa finaliza su mensaje deseando a todos los fieles una «santa Cuaresma» y animando a vivirla como una oportunidad de renovación espiritual y comunitaria.

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2025

 Caminemos juntos en la esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3) [1].

En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.

Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen “examen” para el viandante.

En segundo lugar, hagamos este viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales [2]. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos [3]. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.

En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos [4]. Esta es una segunda llamada: la conversión a la sinodalidad.

En tercer lugar, recorramos este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo [5], sea para nosotros el horizonte del camino cuaresmal hacia la victoria pascual. Como nos enseñó el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” ( Rm 8,38-39)» [6]. Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado [7], y vive y reina glorioso. La muerte ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los cristianos, en la resurrección de Cristo.

Esta es, por tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?

Hermanas y hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme [8]. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» ( 1 Tm 2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo. Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» ( Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3) [9].

Que la Virgen María, Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino cuaresmal.



Roma, San Juan de Letrán, 6 de febrero de 2025, memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires.

FRANCISCO



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[1] Cf. Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 220.

[2] Cf. Homilía en la Santa Misa por la canonización de los beatos Juan Bauista Scalabrini y Artémides Zatti (9 octubre 2022).

[3] Cf. ibíd.  

[4] Cf. ibíd. 

[5] Cf. Bula Spes non confundit, 1. 

[6] Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 26.

[7] Cf. Secuencia del Domingo de Pascua.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1820.

[9] Ibíd., 1821.

lunes, 3 de marzo de 2025

El Papa ha sufrido dos episodios de insuficiencia respiratoria aguda

«En el día de hoy, el Santo Padre presentó dos episodios de insuficiencia respiratoria aguda, causados por una importante acumulación de moco endobronquial y el consecuente broncoespasmo.

Por ello, se realizaron dos broncoscopias con la necesidad de aspirar abundantes secreciones. Por la tarde, se reanudó la ventilación mecánica no invasiva.

El Santo Padre ha permanecido siempre alerta, orientado y colaborador. El pronóstico sigue siendo reservado».

Así lo informó el boletín de la Sala de Prensa de la Santa Sede, difundido esta noche, lunes 3 de marzo, sobre el estado de salud del Papa, quien está hospitalizado en el Policlínico Gemelli desde el 14 de febrero.