domingo, 7 de febrero de 2021

«Todo el mundo te busca». Por Joaquín Manuel Serrano Vila



Avanzando en el Tiempo Ordinario celebramos ya su V domingo. La Palabra de Dios, con una actualidad absoluta, nos acerca hoy a una realidad que vivimos: ''el sufrimiento''. Es éste un tiempo de sufrimiento, enfermedad y muerte. Por eso Jesús se presenta en este momento como salud para nuestras enfermedades corporales y espirituales. La palabra del Señor no es ajena a nuestras realidades, sino que siempre quiere incidir de forma clara y concreta en nuestro presente. 

Los cristianos no vivimos de rituales vacíos o repetitivos, sino que nos mueve una necesidad siempre real y actual. Hemos descubierto a Cristo y no sabemos vivir sin alimentarnos de su Palabra y de su Cuerpo. Pero no nos quedamos este acontecimiento para nosotros mismos, tenemos la obligación y la necesidad de comunicarlo y transmitirlo. Es lo que nos explica en esta epístola San Pablo. Él no se dedica a hablar de Jesús por todas partes por entretenimiento, porque se le de bien o para vanagloria personal, sino que es consciente de que su obligación como bautizado es transmitir a su vez lo recibido. El apóstol es claro: "No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!". Pensemos por un momento que alguien nos pide buzonear en nuestro pueblo una estupenda oferta comercial, seguro que pese a saber lo óptimo del producto, primero ajustaríamos la paga del trabajo. El Apóstol nos aclara al respecto: la paga es ''Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde". ¿Cómo puede ser que el pago de un trabajo sea hacer ese trabajo? He aquí la diferencia; la vivencia y conocimiento del Evangelio no es un trabajo, sino una obligación de todo bautizado; no podemos quedarnos para nosotros el conocimiento de Dios, sino vivirlo y transmitirlo: esa es la mejor y mayor paga.

El premio, el pago, la recompensa por ese servicio que brota automáticamente del corazón del que se ha encontrado con Cristo, no lo recibiremos aquí; nos toca en este momento hacernos voluntarios y servidores de este cometido, hacernos débiles para ganar a los débiles para Dios; hacer lo que haya que hacer para que el evangelio sea conocido y vivido. Así nos lo recuerda Pablo: ''me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes''. Esforzarnos para lograr anunciar el evangelio a nuestros coetáneos no es un oficio, sino una gracia que se convierte en obligación. Somos llamados a salir a nuestro mundo herido, enfermo y deprimido, para cantar con el Salmista: "Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados".

La primera lectura de Job está en la misma línea cuando escuchamos las palabras del profeta: ''El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; Como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario''. Es un texto que muestra una visión pesimista del hombre reflexionando sobre su existencia y que viene a resumirse en trabajar constantemente por un jornal. En este pasaje que forma parte del llamado ''Canto de la Miseria'', parece que la vida en sí es mala, como si todo fueran obligaciones, ataduras y trabajos. Y es que este relato es una hoja en blanco y negro a la que nosotros mismos hemos de darle color, el color que aporta la venida del Mesías para poner luz donde hay oscuridad, esperanza donde hay frustración y salud y vida donde hay enfermedad y muerte. Job hace un canto de desesperanza -propio del Antiguo Testamento- cuando aún no ha llegado Jesucristo, el cual invertirá los términos y parámetros valorativos. Nuestra existencia terrena no es un mero tobogán hacia la muerte, sino el comienzo de una peregrinación hacia Dios que hemos de sentir, vivir y anunciar.

Y esta vida nuestra en el aquí aquí y ahora de nuestro mundo y circunstancias no está exenta de pruebas y cruces; así le ocurría a la suegra de Pedro, la cual se encontraba en cama con fiebre. Jesús que venía de la sinagoga con Santiago y Juan, al llegar a casa de Simón -al que después llamará Pedro- y de su hermano Andrés, se encuentra con la realidad de la enfermedad. Esta pobre mujer estaba mal y se lo hacen saber al Señor. Aquí vemos de nuevo la visión pesimista de la vida que nos expuso Job: Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha. Jesús viene a cambiar esto; si el domingo pasado rompió el concepto sobre los endemoniados sometiendo al maligno, hoy vuelve hacerlo con los enfermos físicos. Ningún mal psíquico o físico es castigo de Dios; es más, el mismo Hijo de Dios muestra su cercanía al sufrimiento para aliviarlo. Jesús se presenta en Cafarnaúm como libertador que libra a las personas de los males que les esclavizan. Lo primero que hace con la mujer enferma es tomarla de la mano y levantarla de su postración; de inmediato "se le pasó la fiebre y se puso a servirles". Quien tiene fe, quien confía en Dios, nada teme; cuando lo reconoce y siente su acción se pone a su servicio y no puede reprimir en su interior anunciarlo y comunicarlo.

Por eso se corre la voz y las gentes acuden en masa llevando a sus enfermos, más saben que no se acercan a un curandero o milagrero oportunista, lo que Jesús entrega es alegría de saberse amados, sin olvidar que el Señor está saltándose las normas; Jesús toca a los enfermos que eran personas impuras y, sin embargo, los besa, los toca, los abraza, los levanta... A los judíos no sólo les impresionaba su poder de curación, sino su absoluta cercanía hasta el punto de tocar a los que eran rechazados por considerarlos impuros y pecadores. La sanación de Jesús va mucho más allá de lo mental o corporal; la salud que nos regala el Señor va unida a la fe y a la esperanza, a una nueva vida más allá de la corporal y conocida. 

Después de curar a tantos enfermos se va a un descampado a orar. De este extraño comportamiento entresacamos dos ideas bien claras: por un lado el Señor huye de las masas una vez que ha cumplido su misión, y escapa de las alabanzas y vítores que le aclaman incluso como gobernante. La fama no es su objetivo. La segunda es: ¿de dónde saca Cristo su fuerza? El Señor se marcha a un descampado para orar en soledad, para alimentarse de la intimidad del Padre. La oración es su fuerza. Los discípulos van a buscarle y le dicen ''todo el mundo te busca'', pero Jesús sólo asiente y dice: ''Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí''. Da por terminada su labor en aquel lugar y ahora pretende ir donde aún no le conocen. Aquí entendemos las palabras de San Pablo: ''¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!'', que es lo mismo que decir si no sigo los pasos del Maestro. Jesús lo dijo primero: ''para eso he salido'', para sanar y curar a los que me buscan y esperan, y a los que no. 

Evangelio Domingo V del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. 

Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. 

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 

La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»

Él les respondió: 

«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor

viernes, 5 de febrero de 2021

Santoral del día: Santa Águeda

(COPE) En el primer mes y medio con el que se inicia el año, el Santoral nos ofrece Santos de lo más populares. Porque si el miércoles, celebrábamos a San Blas, Obispo muy popular en el calendario cristiano, la Santa de hoy no lo es menos.

Se trata de Santa Águeda. Nacida en Catania, procedía de una familia muy distinguida. Dios le había adornado con grandes dones y una hermosura singular.

Sin embargo, ella vivía el consejo evangélico de atesorar tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman. Era el contraste con la familia imbuida de paganismo, mientras Águeda aprovecha los dones que Dios le da aunque ello le cueste dar la vida.

Por ello renunciaba a todo lo que pueden ser las pompas mundanas. Coincidiendo con la persecución de Decio contra los cristianos, el Senador Quintianus, reparó en la belleza de aquella adolescente.

Llevada a su presencia, el Prefecto quiso poseerla, pero ella adujo su condición de esposa de Cristo, el Único al que se debía. Fue entonces cuando es puesta en las manos de una malvada mujer, con intención de disuadirla del camino que había tomado, pero la joven permaneció firme, por lo que sufrió multitud de suplicios. Entre ellas fue lesionada en su integridad con muchos hematomas.

Sin embargo, la noche siguiente tuvo una visión en la el Apóstol San Pedro le curaba las heridas y le confortaba en la lucha por la Fe.

Finalmente fue arrojada a unos carbones encendidos en Catania (Sicilia), siendo merecedora de la doble corona: la de la virginidad y la del martirio. El suplicio de la Santa está representado en una pintura que tiene la Iglesia dedicada a ella en Roma. Su nombre forma parte del martirologio y se encuentra incluido en el Canon Romano.

Oración a Santa Águeda

¡Oh santa Águeda, tú que tanto padeciste, ayúdanos a ser fuertes como tu ante el enemigo. Santa Águeda victoriosa, que después de los más duros martirios, y antes de entregar tu alma, fuiste confortada por Dios misericordioso, mediante la visión de san Pedro que te consoló, intercede por nosotros ante el Padre Todopoderoso para nos tome bajo su cuidado y amparo, y nos otorgue la salud del cuerpo, la mente y el alma, para que con su infinita bondad y clemencia nos ayude en estos momentos difíciles por Jesucristo nuestro único Señor, a quien sea la alabanza y la gloria y la acción de gracias por todos los tiempos. Amén.

Carta semanal del Sr. Arzobispo

La sorpresa inesperada

Ha sido para muchos de nosotros una noticia que nos ha hecho pensar en lo que realmente importa, en lo que vale la pena mirar de frente y escudriñar qué mensaje se nos puede estar deslizando ante algo que nos desborda y que no logran gestionar ni controlar nuestros mandos de la máquina global. 

Un día cualquiera hace poco más de una semana, sin cita previa ni previsible, un compañero y querido hermano, D. Juan del Río, arzobispo castrense, entró en el hospital aquejado por el mal de la pandemia que nos zarandea. En tan sólo unos días se agravó tanto su cuadro clínico que fallecía sin poder despedirse de los suyos, ni ordenar papeles y asuntos varios, sin reajustar cosas pendientes o delegarlas a buen recaudo. Así, con esa impostura que no admite negociación alguna, este buen hermano inició su último viaje hacia esa tierra y casa de las que todos somos lentos peregrinos y humildes viandantes. Él era amigo de comunicar de todos los modos posibles la vida de evangelio que llevaba dentro, y puso un último mensaje en su cuenta de twitter desconociendo que era el más postrero y decisivo de todos: «Hay que estar preparados para encajar las sorpresas buenas y malas de la vida, en las cuales también está Dios, aunque a veces no lo veamos. Por eso hay que suplicar: “Señor enséñanos a calcular nuestros años”(Sal 90)». Impresionante. 

Si este era el baño de realismo que como último mensaje me dejaba este buen hermano en el día de su funeral, por la tarde se venía a completar con otra de esas “sorpresas” a las que se refería su twitt. Tenía unas confirmaciones en una parroquia asturiana, en Pola de Laviana. La iglesia estaba llena según las medidas que ahora hemos de observar. El grupo de jóvenes era realmente precioso. Todos quinceañeros. Bien en sus estudios, cercanos a la parroquia, sin estragos con sus familias y sus círculos de amigos. Eran los jóvenes cristianos que con sencillez viven sus años, sus sueños, todo lo que supone esa edad tan especial de una juventud llena de posibilidades.

La celebración estaba bien preparada, así como los jóvenes en su catequesis. Los dos catequistas eran un poco mayores que ellos, novios entre sí desde no hacía tanto, que vivían su camino al matrimonio con una belleza y responsabilidad que te despertaba la esperanza en estos tiempos de confusión ideológica y jaleo populista. Las chicas que iban a ser confirmadas (sin detrimento de lo mismo que se podía observar en los chicos), estaban atentas, muy bien vestidas, y tenían ellas una hermosura que las hacía especialmente bellas en esos rostros, a pesar de las mascarillas. 

Pero el último en confirmarse era un joven que su madre lo traía en una silla de ruedas. Adolecía de una parálisis cerebral profunda. Al acercarlo, le dije a su madre y madrina: tu hijo no es un despiste de Dios, ni un fallo creador, tu hijo es un regalo y te doy las gracias por haberlo traído esta tarde a su confirmación. Ella me respondió: mi hijo es una bendición, y por él doy gracias a Dios cada día. Al hacernos la foto al final de la celebración, quise ponerme con él en la primera fila. Detrás estaban los demás compañeros de confirmación, las chicas y los chicos, todos ellos guapos y listos. Pero Luis Eduardo me miró en un momento, y clavando sus ojos en mí según me inclinaba para darle un beso en la frente, me regaló una sonrisa imborrable. Una foto furtiva captó el momento y la subí a mi Instagram inmediatamente. Porque este joven es una sorpresa de la vida, esa vida que las manos providenciales del buen Dios tienen en su agenda, y que pasa por el sí de unos padres que se asoman a ella viendo lo que en ella les muestra Dios. Como dice Samuel, «Dios no se fija en la apariencia, sino que ve el corazón» (1 Sam 16,7). Un regalo, sí, cuando la sorpresa se hace abrazo inesperado e inmerecido, de un Dios que acompaña mis pasos y nutre mi confianza. 

+ Jesús Sanz Montes, 
Arzobispo de Oviedo

jueves, 4 de febrero de 2021

Me ha cabreado lo de la abadesa de Sant Pere de les Puel.les. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura)

Lo de la abadesa y lo de quien tenga autoridad sobre ella. 

Leo hoy en Germinans Germinabit una historia terrible. El resumen, según puedo leer, es que en ese monasterio llevaba dieciséis años una religiosa asturiana, hoy de sesenta años de edad. Parece ser que en un monasterio catalanista y radicalmente independentista, había que rezar por Puigdemont, tragarse todos los dias en el refectorio noticias manipuladas sobre el particular y recibir a politicos que abundaban en lo mismo.

Este religiosa asturiana decidió protestar. Pobre de ella. Cuenta Oriolt que un día esta religiosa fue llamada por la abadesa:

Sor María, estem preocupades. I es que…no has agafat el tarannà [pillado el talante] de la comunitat -le decía la abadesa.

- I em podeu dir què és el tarannà de la comunitat?

- Ah no, aixó si no ho veus tu aixó…no podem fer-hi res.

Parece que han descubierto que después de dieciseis años en el convento la religiosa no tiene vocación. Así que a la calle…

Esto es una barbaridad.

Si la religiosa es hermana de votos solemnes, no puede ser expulsada sin un proceso canónico en Roma. Y si no tiene votos perpetuos, ¿qué pinta dieciséis años en el monasterio? Entiendo una cosa: que hay que ser mártir para continuar viviendo en una comunidad donde no solo no se te quiere, sino que te dice que te largues.

Si lo que cuenta Oriolt es como lo cuenta, y me lo barrunto, lo menos que se puede decir de la abadesa es que es tan democrática, respetuosa y conciliadora como el proceso independentista. En palabras serranas, que es una chula de agárrate y no te menees, y que no estaría mal una visita al monasterio y poner las cosas claras, que aquí parece que unos tienen gorra y otros pueden ser tratados a gorrazos, y justo al revés.

Esto es lo que leo esta mañana y que me ha cabreado. 

Oiga, D. Jorge, que a lo mejor no es así. Lo sé y corro ese riesgo. Quizá lo que ha pasado es que en una comunidad modélica había una religiosa demoníaca y no ha quedado más remedio que ponerla en su sitio. El problema es que cuando uno ha visto a las religiosas de ese monasterio en la calle con carteles pro independencia y la monja expulsada torticeramente es asturiana, todo casa.

Supongo que no pasará nada. Es una abadesa catalanista, independentista, partidaria de proceso y defensora de Puigdemont y como tal tendrá todo el apoyo de los monjes de Montserrat. A ver quien le va a decir algo.