domingo, 5 de enero de 2014

Las intenciones por las que reza el Apostolado de la Oración para este mes de enero son las siguientes:

apostoladooracion


Intención general del Papa:

 ”Para que se promueva un desarrollo económico auténtico,respetuoso de la dignidad de todas las personas y todos los pueblos”.

Misionera:

 “Para que los cristianos de las distintas confesiones caminen hacia la unidad deseada por Cristo”.

Conferencia Episcopal Española: 

Por la Iglesia, extendida por todo el mundo, para que el Señor la fortalezca y la guie como testigo de su amor, pueda realizar su misión evangelizadora y se alcance la unidad de todos los cristianos.

II Domingo después de Navidad



El misterio de la Encarnación nos habla de la cercanía, de la proximidad y de la inmediatez de Dios: “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos” (Sb 18,14-15). La gran distancia que separa al hombre de Dios ha sido salvada por el mismo Dios. La Palabra que, desde la eternidad, expresa, por así decirlo, el diálogo intra-trinitario, quiso resonar en el mundo para ser oída por los hombres, elevados de este modo a la condición de interlocutores de Dios. 

La venida de Cristo muestra la misericordia de Dios, su condescendencia: La Palabra que se hizo carne y puso su morada entre nosotros es la misma Palabra que estaba con Dios y que era Dios (cf Jn 1,1). Solo la omnipotencia divina – la omnipotencia de su amor - puede llegar a lo impensable: el anonadamiento de Dios, que se hace concreto en Belén, en Nazaret y en el Calvario. 

Dios, sin dejar de ser Dios, quiso entrar en la historia para salvarnos. El Padre envía a su Hijo al mundo. El Hijo, que subsistía eternamente, comenzó a existir en el tiempo también como hombre, asumiendo en su Persona divina la naturaleza humana que el Espíritu Santo suscitó en el seno virginal de María. En Cristo, la Trinidad se acerca a nosotros, ya que el Señor incluyó su humanidad en su relación filial con el Padre y la hizo, asimismo, portadora del Espíritu Santo. 

La finalidad de la Encarnación es nuestra salvación: El Hijo de Dios asumió una naturaleza humana “para llevar a cabo por ella nuestra salvación” (Catecismo, 461). Se manifiesta así la suma bondad de Dios, que quiso “comunicarse a la criatura de modo superlativo”, explica Santo Tomás de Aquino. 

San Bernardo queda asombrado ante esta prueba de la benevolencia divina: “Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido - dice el Apóstol - la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios”.




Más aun debemos maravillarnos nosotros. Dios se inclina. Dios baja realmente y “nada puede ser más sublime, más grande, que el amor que se inclina de este modo, que desciende, que se hace dependiente. La gloria del verdadero Dios se hace visible cuando se abren los ojos del corazón ante el establo de Belén” (Benedicto XVI). 

Es como si Dios no se hubiese conformado con dejarnos sus huellas en la creación o con imprimir su rastro en nuestra conciencia. Ha querido ir más allá. Se ha hecho “Hijo de María”, accesible a cada uno de nosotros.



El Papa Benedicto XVI ha asimilado esta cercanía de Dios al misterio de la Eucaristía: “Su amor sale, por así decir, de sí mismo y entra en nosotros. El misterio eucarístico, la presencia del Señor bajo las especies del pan y del vino es la mayor y más alta condensación de este nuevo ser-con-nosotros de Dios”. “Él, el infinito e inabarcable para nuestra razón, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar” (1-IV-2010). 

Guillermo Juan Morado.

sábado, 4 de enero de 2014

Evangelio Dominical

 
 
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):
 
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.
 
Palabra del Señor

Oratorio de Navidad de Bach


No podeis pasarlo por alto , habla un paisano

 
Lo confieso
 
Me dispongo a escribir en esta última tarde del año 2013 para hacerles una terrible confesión: soy católico. Sí, sí. Como lo han oído: soy católico. Ya se sabe que en España, en estos tiempos, ser católico es una de las peores cosas que uno puede ser: ya lo sé… Estoy en contra radicalmente del aborto, que me parece un crimen abominable. Fíjense ustedes qué reaccionario soy: una apestado, eso es lo que soy. Y además, integrista: creo todo lo que la Iglesia Católica lleva predicando desde hace unos dos mil años. Y lo creo todo, todo (por lo menos, lo intento). Y no quiero cambiar sustancialmente nada en el Iglesia. Sólo me gustaría que los que formamos parte de la misma fuéramos más santos y más coherentes. Aunque soy un pecador y caigo una y otra vez, estoy conforme con el Catecismo y con el magisterio del Papa y con la tradición apostólica y con la comunión de los santos y con los sacramentos… Creo que el matrimonio es indisoluble. Ya lo sé, ya lo sé: no se puede ser más oscurantista, reaccionario y fanático. Soy parte de la caverna pura y dura. Soy una vergüenza para esta España progresista, abierta y liberal: una pústula maloliente, una espinilla purulenta y supurante, una erupción en las narices de la España «progre». Soy un torquemada nostálgico del nacionalcatolicismo, un fascista… Estoy perdido: estoy entre lo peor de la extrema derecha de este país. Y todo por estar en contra del aborto, por ir a misa los domingos y fiestas de guardar; por educar a mis hijos conforme a lo que manda la Santa Madre Iglesia; por defender el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer y la familia tradicional. ¡Qué lástima! ¡Estoy echado a perder!
Sí, efectivamente: soy un caso perdido. El matrimonio homosexual me parece un paso más de liberales, laicistas, socialistas y demás enemigos de Cristo para acabar con la familia. Primero lo intentaron proclamando el amor libre y atacando el matrimonio. ¿Recuerdan ustedes? «Casarse es de carcas reaccionarios, propio de burgueses que pretenden perpetuar su ideología rancia», decían. «El amor auténtico no necesita que se firmen contratos ni papeles», afirmaban. «Vivimos juntos y ya está. Y si nos cansamos el uno del otro, cada uno por su lado y no hace falta pagar abogados ni nada», explicaban ufanos. Pero la gente se seguía casando y, salvo honrosas y muy minoritarias excepciones, no les hacía ni puñetero caso a los progresistas, feministas y demás… Y es que la gente es tan fascista y tan retrógrada… Y venga a casarse y a tener hijos y a formar familias reaccionarias que tenían bebés reaccionarios y cavernarios… Y entonces decidieron cambiar de estrategia y todos estos progresistas, liberales, laicistas, socialistas y demás ralea (los enemigos de Cristo y de la Iglesia en general) decidieron que como la gente se empeñaba en casarse, había que desvirtuar el matrimonio y convertir cualquier cosa en «matrimonio». «Si se aman, ¿por qué no se van a casar?», empezaron a decir entonces los mismos que cinco minutos antes clamaban contra el matrimonio y la familia. Y gais, lesbianas, transexuales, travestís y demás homosexuales y homosexualas decidieron que desde ese momento, nada de «amor libre»; que todos a casarse y a inventar nuevos modelos de familia. Y así consiguieron que desaparecieran los conceptos de «padre» y «madre» del código civil y que los cambiaran por «progenitor A» y «progenitor B». Y todos fueron mucho más felices, igualitarios y progresistas.
¿Todos? No, todos no. Unos pocos católicos reaccionarios e integristas siguieron resistiendo, los muy fachas. Y nos negamos a aceptar como algo normal el matrimonio homosexual. Y nos negamos a aceptar que el aborto fuera un derecho de la mujer, en vez de un crimen espantoso. Y nos negamos a aceptar que el Estado se convirtiera en el educador moral de nuestros hijos; y nos negamos a tragar con asignaturas adoctrinadoras diseñadas especialmente contra los católicos: no contra los obispos, que estos no tienen hijos; sino contra los padres católicos que nos empeñamos en trasmitir la fe y los principios morales católicos a nuestros hijos.
Vivimos en una sociedad española que ha apostatado mayoritariamente. La mayoría de los españoles ya no son católicos: han renegado del Dios de sus padres, del Dios de Jesucristo y de la Iglesia y han adorado a los ídolos del bienestar y han querido construir el paraíso en este mundo porque ya no creen que haya otro. Ya no creen que haya cielo ni infierno ni juicio ni Dios, ni Cristo que lo fundó. La mayoría de los españoles sólo creen en sus barrigas: comamos y bebamos que mañana moriremos. Ya no hay pecados ni mandamientos ni arrepentimientos ni confesiones. Por eso todo el mundo roba lo que puede; por eso hay tanta corrupción; por eso hay tantos divorcios, tantos adulterios, tantos abortos; tantas familias sin empleo; tantos desahucios. Por eso se negocia y se pacta con terroristas: porque ya no hay vergüenza ni pudor a la hora de hacer el mal o de pactar con el mismísimo Satanás. Porque se elogia y se pregona el vicio, la corrupción, la pornografía, la pederastia… En una sociedad de apóstatas no resulta extraño que abunde cada vez más la pornografía infantil y la corrupción y los abusos a menores. En una España apóstata que desconoce la existencia de cualquier clase de código ético que sustente conceptos como «honor», «honradez» y «decencia», no tiene por qué llamarnos la atención ni por qué escandalizarnos que se maltrate a las mujeres, a los niños o a los ancianos; ni tiene por qué extrañarnos que se reclame el derecho a matar a discapacitados, enfermos o ancianos bajo el eufemismo (siempre hay un eufemismo) de «derecho a una muerte digna». Todo llegará.
Pero, «aunque todos los súbditos en los dominios del rey le obedez­can, apostatando de la religión de sus padres, y aunque prefieran cum­plir sus órdenes, yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la alianza de nuestros padres. El cielo nos libre de abandonar la ley y nuestras costumbres. No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda». La cita, cuyo contenido hago mío, es del Libro de los Macabeos. Yo no estoy dispuesto a apostatar. Soy un caso perdido. No renuncio a la fe que me trasmitió mi abuela. No renuncio a la fe que edificó la iglesia de mi pueblo hace más de mil años: la iglesia más hermosa, más bella del mundo, la Iglesia de Santiago de Gobiendes, donde me bautizaron, donde hice mi primera comunión y mi primera confesión; donde me casé y junto a cuyos muros espero descansar algún día, cuando Dios me llame a su lado. Proclamo que mi único Rey verdadero es Cristo y que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Y además confieso que amo a mi madre del cielo, la Santísima Virgen María, mi queridísima Santina de Covadonga.
¿Se puede ser más oscurantista y cavernario? Lo confieso. Sí, soy un reaccionario y un integrista de extrema derecha: eso dicen los que saben de estas cosas de poner etiquetas y clasificar a las gentes. Lo dicen los tertulianos de radio y televisión. Y los columnistas progres y los editoriales de los periódicos más leídos. Los que vamos a misa los domingos y creemos en Dios y nos sentimos orgullosos de pertenecer a la Iglesia Católica somos todos unos fachas de extrema derecha, reaccionarios e integristas, porque decimos que el aborto es un crimen abominable y que el matrimonio es la unión indisoluble de un hombre y una mujer que se aman y quieren formar una familia y educar a los hijos que Dios les dé. Eso dicen los que saben y opinan sobre todo lo opinable… Sin embargo, el Papa Francisco parece ser que les gusta un montón a esos mismos medios de comunicación, columnistas y tertulianos porque, parece ser que va a cambiar no sé qué cosas… No entiendo nada. Pero sí: confieso que soy católico practicante.
 
 Pedro Luis Llera Vázquez
 
Pedro Luis Llera Vázquez

viernes, 3 de enero de 2014

Jornada del emigrante y refugiado



Vías de comunión

- Que nuestras parroquias procuren la existencia de grupos interculturales
para que el que viene de fuera pueda ser acompañado
respetuosamente en su proceso de adaptación, primero,
y de comunión e integración, después. Una comunidad identificada
con Cristo, misionera y creativa, no excluye a nadie;
es más cercana a los que tienen más difícil la integración. Los
espacios comunes como la escuela, el barrio o las asociaciones
son unos ámbitos cotidianos que ningún cristiano debe desaprovechar.
• - El ámbito parroquial, el de la vida religiosa, el de los movimientos
y cofradías son ámbitos muy adecuados para la acogida
de personas —incluso dentro de sus propios espacios— y
para la integración armónica no solo de expresiones devocionales nuevas, sino sobre todo para la fraternidad. El conocimiento
de la Doctrina Social de la Iglesia es un medio muy
importante para afinar la sensibilidad, promover la corresponsabilidad
y velar por la protección de los derechos de las
personas (trabajo, sanidad, vivienda , etc.), así como para denunciar, si fuera necesario, la violación de los mismos. Como
dijo el beato Juan Pablo II: «La catolicidad no se manifiesta
solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino
también en la hospitalidad brindada al extranjero, cualquiera
que sea su pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión
o discriminación racial, y en el reconocimiento de la dignidad
personal de cada uno, con el consiguiente compromiso de
promover sus derechos inalienables»1.
• Que la sociedad española contribuya con el Gobierno a la promoción
de acciones de cooperación y desarrollo, de paz y de
democracia, en los países de donde provienen muchos de nuestros
inmigrantes. La solidaridad de Europa puede ser decisiva
para la mejora social y política en los países de origen de los
inmigrantes.
• Construir una sociedad mejor en nuestro territorio es solo una
parte de la solución. Se ha de trabajar por un orden económico
internacional que no genere pobreza sobre pobreza, sino que
ayude a superarla. Ello implica invertir con sentido social en el
sur, especialmente en África, para crear medios de vida allí, y
no solo para lograr beneficios a su costa aquí.
• Seguir abogando para que no se niegue el auxilio y la asistencia
a los inmigrantes en situaciones de peligro para la vida,para que no se llegue a penalizar la asistencia humanitaria a los
mismos, para que sean tratados siempre con el debido respeto,
para que nunca se den detenciones arbitrarias, para que se busquen
alternativas más dignas a los Centros de Internamiento,
y para que los internos gocen de la atención social y religiosa
necesaria.
• Que aquellos españoles, que ahora se ven obligados a emigrar
por la falta de trabajo, sepan que encontrarán siempre abiertas
las puertas de nuestras misiones católicas en Europa, como lo
hicieron en otros momentos.

Con María, nuestra Madre
Reconozcamos en los emigrantes, aunque hablen otro idioma, sean
de otro color o tengan otros rasgos faciales, el rostro de Cristo, el
rostro de un hermano. Que la pluralidad de sus identidades culturales
no sea motivo de división, sino de enriquecimiento para nuestra
sociedad y para nuestra Iglesia, que deseamos que sea, cada vez
más, lugar de acogida y comunión para los mil rostros de Cristo.
Y que María, emigrante forzosa en Egipto, nos ayude a hacerlo
realidad e interceda por nosotros.

Fragmento  del mensaje de los Obispos españoles para la Jornada Mundial  del emigrante 

España: Papa Francisco felicita año nuevo por teléfono a convento de clausura de Córdoba



(ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco llamó por teléfono al convento del Glorioso Patriarca San José, en la localidad de Lucena, Córdoba (España) y felicitó la Navidad y el Año Nuevo a Sor Adriana de Jesús Resucitado, priora del convento.

Según informó el diario español ABC, la conversación duró unos 20 minutos y aunque ha trascendido poco de ese diálogo se ha podido saber que el Papa también envió una bendición a las religiosas de clausura y a todo el pueblo de Lucena. En el convento del Glorioso Patriarca San José viven cinco monjas, tres de ellas argentinas y que conocen personalmente al Papa de cuando era Arzobispo de Buenos Aires (Argentina).

Esta conversación fue confirmada por el Vicario Episcopal de la Campiña de Córdoba y párroco de San Mateo de Lucena, P. David Aguilera, quien explicó que el Papa ya había llamado en otras ocasiones a este convento pero no había podido contactar con ellas. Incluso en una ocasión dejó un mensaje de su llamada.

El Vicario Episcopal aseguró que el Santo Padre tenía especial interés por conocer la situación de este convento de clausura, el cual cumplió recientemente 400 años de fundación.

El convento del Glorioso Patriarca San José se fundó inicialmente en la localidad cordobesa de Cabra en el año 1603. Ocho años más tarde, en 1611, el Duque de Cardona y Segorbe propició el  traslado a Lucena.

Una de las hermanas carmelitas, la madre Carmelo, fue la encargada de bordar el manto que aún hoy sigue luciendo la patrona de Lucena, Nuestra Señora de Araceli.