Poco a poco vamos desarmando el Belén. Parece que cuesta volver al “cole”, desenchufar tanta lucecita ambiental y de nuevo sacar las cajas para guardar figuritas del nacimiento o bolas y adornos varios del tiempo de Navidad. La vida no tiene botón de pausa y resulta imparable este rito de tener que recoger y embalar.
No obstante, hay un tipo de Navidad que no se desenchufa con pesar, ni se guarda con cautela melancólica, sino que continúa siempre porque su mensaje y presencia jamás nos caduca. Es lo que apenas hemos podido escenificar con la entrañable fiesta de la Epifanía, los Reyes Magos. Vinieron de lejos siguiendo una estrella hasta dar con la misma Luz hecha pequeño bebé que reposaba entre pajas, en el pesebre de aquel establo que sirvió de improvisada incubadora para el nacimiento más milagroso y especial: nada menos que el Hijo de Dios que siendo la Luz, vio la luz tras el parto virginal de María.
Una estrella. Aquellos personajes enigmáticos siempre nos resultan amables por traernos a la memoria la magia de nuestra más tierna infancia. En mi casa los íbamos moviendo día tras día en las jornadas navideñas para que nuestros padres se percatasen de que nos acercábamos a esa cita de regalos al hilo del seis de enero. Los Magos trajeron sus dones, y en memoria de tal gesto también nosotros, los más pequeños de la casa, pero igualmente los mayores, recibíamos nuestro regalo.
Venían desde lejos. Toda una parábola del modo como Dios decidió responder a los que, siendo cercanos, siendo los de casa, siendo de los suyos… no recibieron ni reconocieron al Mesías enviado. Fueron dos grupos de forasteros abiertos a la sorpresa los que vinieron a sustituir a los vecinos ciegos e ingratos que no acogieron al que se les enviaba: los pastores y los Magos. Los primeros estaban en las periferias de todo: no contaban social, ni política, ni cultural, ni religiosamente. Andaban perdidos en sus majadas lejos de lo que sucedía en Belén. Los Magos tenían otro tipo de lejanía, y tampoco aparecían en el mapa del Pueblo escogido. Sólo tenían sus preguntas vivas, nunca censuradas, y ante el indicio de una estrella en el firmamento de sus cuestiones sin resolver, rápidamente se dejaron provocar para ponerse en camino siguiéndola.
Hay un dato hermoso en el relato evangélico: Herodes merodeaba a los Magos y a su estrella, les tendió sutilmente una trampa, pero ellos no se dejaron engañar por el rey insidioso y trepador. Herodes hay siempre muchos que recelan nuestras vidas y las humildes estrellas que nos pueden señalar el horizonte de la verdad, la bondad y la belleza de las que nuestro corazón siempre será mendigo y peregrino de su destino.
En este enero de las cuestas arriba, nos encontramos con estrellas que discretas nos indican las salidas en nuestros callejones oscuros, las certezas cuando las dudas nos tambalean, los bálsamos cuando sangran nuestras heridas, y la paz cuando los miedos nos condicionan en demasía. Lo estamos viendo en estos primeros lances del nuevo año, al ver cómo se han llenado nuestras calendas de zozobras con las que no contábamos. En el horizonte internacional y en el nacional, vemos cómo se hace muy cuesta arriba este camino de los primeros días del año nuevo sin que se despejen los interrogantes que arrastramos, y sumando nuevas incertidumbres que ponen en solfa nuestra esperanza confiada y la paz serena que anhelamos.
Puede haber fogonazos que nos chamuscan y alteran, noticias que nos descorazonan y derrumban, situaciones políticas torticeras, horizontes económicos preocupantes e ideologías que no cesan en sus desmontajes del anuncio cristiano, pero siempre tendremos una estrella humilde que nos ponga en marcha viendo cómo se apagan y agotan los Herodes que juegan con nuestra dignidad y libertad sacrosantas.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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