martes, 8 de septiembre de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo de Oviedo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Covadonga 2026

Queridos hermanos todos: Mons. Braulio Sáez, Sr. Vicario General, Sr. Abad de Covadonga, hermanos sacerdotes y diáconos. Excmo. Sr. Alcalde de Cangas de Onís y corporación municipal. Excmo. Sr. Presidente de la Junta General de Asturias, Parlamentarios autonómicos y nacionales. Sr. Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, Sra. Presidenta de FADE, Cámaras de Comercio de Oviedo y Gijón, y demás autoridades Judiciales, Civiles, Militares, Académicas, Culturales y Sociales. Miembros de la vida consagrada, seminaristas, fieles cristianos laicos. Hermanos que nos seguís a través de los medios: el Señor os dé Paz y os acompañe con el Bien.

Es hermoso nuestro valle bañado por el río Covadonga mientras el monte Auseva nos preside con majestad con la cruz de Priena en sus crestas que con piadosa reverencia se asoma al Santuario de nuestra Señora. Las campanas lanzaron al vuelo su tañido en este día de fiesta dejando en el aire la amable invitación que reúne en esta Basílica a tantos cristianos de bien que acudimos en la fecha emblemática que engalana el día de Asturias en la festividad de la Virgen nuestra Patrona. Un relato histórico que sabe de reconquistas y debemos respetar, un enclave natural bello que queremos conservar, y un rincón del alma donde tienen hueco nuestras preguntas, heridas y esperanzas. Covadonga es todo eso, así lo reconocemos y vivimos en Asturias con inmensa gratitud, con leal custodia, en este día que todos celebramos mirando a la Santina como españoles y asturianos.

Covadonga sigue siendo ese corazón de Asturias y la Santa Cueva se torna en casa encendida donde se nos conoce a cada cual por nuestro nombre y edad, se nos espera desde nuestros derroteros varios, se pone bálsamo en las heridas abiertas, respuesta a las preguntas más sinceras y horizonte a la mirada que escruta las estrellas. Lo hemos vuelto a vivir acogiendo a tantas familias: padres y madres con sus hijos a los que transmiten el regalo de la vida y de la fe. Hemos visto llegar a tantos jóvenes como los más de dos mil que celebraron las Jornadas Eucarísticas y Marianas, o los otros dos mil que peregrinaron desde Oviedo durante tres días, en ambos casos de más de 23 países; o los ochocientos jóvenes asturianos con los que subí por los bosques desde Cangas de Onís hasta la Santa Cueva el primer sábado de mayo. Una verdadera foto real de una gente sana que ama los valores que han heredado de sus mayores, y sabe situarse en medio de esta sociedad plural y compleja sin renunciar a sus convicciones ni dejarse zarandear por las tormentas.

Pero, como un contrapunto, vemos que hay en el mundo quienes minan la libertad y la convivencia poniendo cualquier precio a su insaciable ambición de poder; existen guerras declaradas de las que tenemos información cotidiana y otras que pasan desapercibidas sin lograr siquiera ser noticia. No sólo es una imagen de la humanidad actual en el espectro internacional. También en nuestros lares hemos podido comprobar que las cosas no marchan siempre como debieran, aunque se intente convencernos de que estamos en el país de las maravillas bajo el timón de la mismísima Alicia. Cuando la inseguridad crece, la convivencia se ve amenazada, la paz puede estar en entredicho o el relato impuesto no siempre responde a la verdad, tenemos entonces un verdadero problema moral que ni siquiera piadosamente podemos ignorar.

Lo hemos visto en los preocupantes acontecimientos de Ceuta. No parece tratarse de un flujo migratorio sin más, sino de riesgos que pudieran apuntar a nuestra debilidad en el panorama geopolítico y a la fragilidad de nuestras fronteras, que lo son también de Europa. No hablamos solo de pateras que vienen de modo continuo, sino de una auténtica avalancha que compromete nuestra soberanía, o de una guerra híbrida (como se ha calificado en términos técnicos) con casi ochenta mil personas -jóvenes en su mayoría- que han tomado una ciudad española dejando a su población sitiada entre el miedo, la podredumbre, la intimidación y las violaciones de menores. Tamaña tragedia se ha cobrado muchas vidas en el intento y ha dejado a ese entrañable rincón de España bajo la extorsión con muchas consecuencias diarias que hay que solucionar cuanto antes.

No son simplemente “moros en la costa” con otros turbantes que ahora nos turban, sino que esos jóvenes ocupantes son igualmente víctimas de estrategias amañadas. Tantos de ellos vienen huyendo de infiernos políticos que cercenan sus sueños de futuro al no permitirles asomarse al mañana cuando les niegan la libertad, los derechos más elementales, el trabajo, la dignidad y la esperanza. Vienen de hambrunas en las que fenecen por falta de alimentos básicos que no tienen que llevarse a su boca. Escapan de radicalismos religiosos que les sofocan la conciencia en nombre de un dios falseado y tirano que los humilla. Esto les empuja a la gran escapada pensando en España, en Europa, intentando recomenzar la vida que otros destruyen. A los países de procedencia les sale a cuenta esa tremenda estampida, como se ha demostrado en este caso, con sus chantajes con secretos bien guardados, y los cuantiosos recursos que ingresan de instituciones de España y de la Unión Europea, en vez de afrontar sus problemas que deben solucionar en sus lares.

Dijo León xiv en Canarias a los inmigrantes: «no entreguéis la existencia a quienes comercian con ella. No creáis a quienes prometen paraísos fáciles a cambio del cuerpo o de dinero, de silencio o de vuestra libertad… Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen… para las naciones de tránsito… para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».

Y Jesús lo dijo bien claro: tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnudo y me vestisteis, fui forastero y me acogisteis (Mt 25,35). Lo recordé hace meses en mis redes sociales: los inmigrantes tienen nuestra agradecida acogida. Pero ¿cuántos podemos asumir? lamentablemente todos no caben, aunque tengamos el deber humano y cristiano de ensanchar nuestra hospitalidad. Por eso hay que establecer medidas sensatas, no populistas ni demagógicas, para acoger a cuantos podamos pensando en su dignidad, su integración real y sus posibilidades laborales, educativas y sanitarias, ayudando a resolver los problemas en sus lugares de origen y descartando a cuantos se cuelan con intenciones perversas de toda calaña inconfesables.

En este panorama que nos deja huérfanos de esperanza oscureciendo el horizonte de paz y convivencia, apareció la paternidad del papa León xiv en su visita apostólica a España. Con él alzamos la mirada descubriendo que hay alguien que conoce nuestros nombres, que hace suyas nuestras lágrimas y con nosotros brinda por la alegría que nos levanta. Alzando la mirada descubrimos a Dios que nunca nos defrauda y nos permite seguir adelante con nuestros sueños despiertos y paz en el alma.

Lo acaba de decir el papa en el Meeting per la amicizia tra i popoli, en Rímini (Italia): «desenmascaremos las relaciones injustas de poder, que son la raíz de la pobreza y las desigualdades, de la guerra y de los desastres medioambientales… Se necesitan pioneros valientes que, empezando por su propio cambio de rumbo, hagan convincente y creíble la conversión que se exige a todos. Que no haya sólo quienes aviven el fuego del cansancio y la desesperación; ¡que haya también quienes reaviven los sueños!».

El Evangelio que se lee en la fiesta de Covadonga nos abre un horizonte de esperanza cristiana. María inicia un largo itinerario de más de 120 kms. con aquellos caminos de polvo y desierto. El arcángel Gabriel le propuso: ve a visitar a tu prima Isabel, madre como tú de un milagro. Asómate a la vida y verás que no todo es oscuro, ni torcido, ni mendaz, hay también semillas de luz, de rectitud y de verdad. Porque en el campo de la historia no todo es cizaña que nos enfrenta, nos corrompe y destruye, también hay trigos que despuntan cada mañana madurando sus granos de los que saldrán el pan tierno que nos nutre cada día. Como decía Dante: hay un amor que mueve el sol y las estrellas.

Ahí estaba el reto más desafiante: lo imposible para ti, es posible para Dios. María lo verificó cuando se encontró con Isabel: no sólo había imperios abusivos y corruptos, no sólo había decadencia ética y resignación triste, no únicamente se daba la violencia y el miedo, sino que también existía gente buena cuya bondad no tenía precio, gente verdadera cuya verdad hacía creíble la palabra dada, gente hermosa cuya belleza moral no tenía maquillaje trucado engañando a mansalva. Hay que tener ojos para verlo todo, poniendo nombre con valentía a lo que nos malea, y al mismo tiempo atisbar los rostros junto a los que maduramos como personas. Isabel tuvo un gesto precioso que testimonió ante su joven prima: al llegar a mí tu saludo, la criatura que llevo en el seno ha saltado con alegría en mis entrañas. Joseph Kentenich, sacerdote alemán fundador de Schönstatt, dirá comentando esta escena: ¿por qué nuestros encuentros no generan esa alegría? Es como decir: por qué nos evitamos hasta cambiar de acera, negarnos la palabra o herirnos de tantas maneras, incapaces de construir juntos lo que vale la pena haciendo de nuestras diferencias no armas arrojadizas sino puentes de encuentro que nos enriquecen y complementan.

Aquí estamos una buena representación de la sociedad asturiana: una muestra preciosa de una sociedad plural como la nuestra. Podemos unos y otros cavar trincheras, levantar barricadas, arbitrar condenas y manipular las cosas con mentiras, falta de respeto a la vida y a la libertad en nombre de ideologías de toda ralea. Pero también podemos unos y otros trabajar por la concordia y el bien común sin caer en el buenismo ingenuo que no sirve para nada.

Puede que sean muchas las cosas que nos resulten también a nosotros imposibles ante el duro panorama que se nos abre ante los ojos, pero no lo son para Dios. Él cuenta con nuestras manos para construir un mundo distinto, con nuestros labios para decir sin engaño palabras verdaderas, con nuestro corazón en el que palpite una bondad que no se envilece, con nuestra inteligencia para descubrir recursos que hagan de la vida un regalo sin amenazas. Este es el mensaje de María, y el que en esta festividad de Covadonga pedimos aquí a nuestra Santina. Yo lo deseo con todo el corazón. Que así sea.

Nuestra Señora de Covadonga en su Natividad. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy el calendario de la Iglesia se viste de gala para celebrar la Natividad de la Santísima Virgen María, el bendito nacimiento de aquella que traería la Luz al mundo. Pero este día 8 de Septiembre, nuestro corazón se traslada también espiritualmente de forma especial hasta los pies de los Picos de Europa. Nos unimos al latido de todo un pueblo para celebrar la Solemnidad de Nuestra Señora de Covadonga; nuestra querida «Santina», la "reina de nuestra montaña". Qué hermoso es comprobar cómo la liturgia entrelaza el nacimiento universal de María con su manifestación en una pequeña cueva de la montaña asturiana. Celebrar la Natividad de María es celebrar el amanecer de la salvación; celebrar a la Virgen de Covadonga es dar gracias a Dios porque ese amanecer se convirtió en refugio, fortaleza y hogar para todos nosotros en los momentos de mayor dificultad.

El evangelio que contemplamos en esta fiesta nos recuerda que la historia de la salvación no está hecha de casualidades, sino de la fiel providencia de Dios. El nacimiento de una niña sencilla en un pueblo casi olvidado de Judea, fue el acontecimiento que cambió la historia humana para siempre. María nace limpia de pecado; hermosa, pequeña a los ojos del mundo, pero inmensa a los ojos de Dios. Ella es la aurora que anuncia la llegada del Sol de Justicia, que es Jesucristo. Al celebrar hoy su cumpleaños, la Iglesia se llena de esperanza. Dios nunca nos abandona; en los tiempos de mayor oscuridad, el Señor hace florecer la vida. María nos enseña que los planes más grandes de Dios comienzan siempre en la humildad, en lo cotidiano y en el silencio de un corazón dispuesto a decir: "Hágase en mí según tu palabra".

Esa misma jovencita de Nazaret, siglos más tarde, se hizo presente en la memoria, la fe y la historia de un pueblo que se debatía en la dificultad. Covadonga no es sólo un hermoso paisaje de piedra y agua entre verdes montañas; es un altar esculpido por la naturaleza donde Dios quiso ponernos una Madre. La tradición nos recuerda cómo la intervención de la Virgen junto a Don Pelayo devolvió la esperanza a una comunidad que lo daba todo por perdido. Pero Covadonga no empezó únicamente en una batalla, la Cueva ya era casa de la María mucho antes. Y Pelayo y sus soldados cristianos no fueron a aquel lugar por estrategia militar solamente, fueron a los pies de la que es Auxilio de todo creyente. Y Ella intercedió ante su Hijo para que lo que parecía imposible se hiciera posible, para que esta Península en la que ya apenas quedaban cruces en toda su geografía volviera a ser tierra de Jesucristo y, por ende, de María. Pero el milagro de Covadonga no se quedó atrapado en el siglo VIII. El verdadero milagro de la Santa Cueva se repite cada vez que un peregrino sube cansado y agobiado por los problemas de la vida, por las cruces de la enfermedad, de la falta de trabajo o de la soledad, de los problemas familiares o económicos, que al mirar a la cara y ver los ojos de la Santina encuentran paz... La cueva de Covadonga representa el corazón materno de María, un refugio donde siempre hay sitio, donde no se nos juzga, donde se curan las heridas del alma y se abre paso la esperanza, donde las rocas de nuestras dificultades se transforman en fortalezas gracias a la fe.

La Palabra de Dios y la mirada de la Virgen nos hacen hoy una invitación directa: no podemos salir de esta celebración siendo los mismos. El pasaje de la Visitación nos muestra a una María presurosa que no se queda mirándose a sí misma, sino que sale al encuentro de su prima Isabel para servirle y llevarle la alegría de Cristo. Celebrar en una la Natividad de la Virgen y la Solemnidad de Covadonga nos compromete a imitarla. La Santina nos pide hoy que bajemos de la montaña y nos convirtamos en portadores de esperanza en nuestros hogares, en nuestros trabajos y en nuestra sociedad. En un mundo tantas veces herido por la crispación, la división y el individualismo, los cristianos estamos llamados a ser constructores de puentes, artesanos de paz y sembradores de fraternidad. Subir a Covadonga o mirar a la Virgen en su día es pedirle el milagro que tanto necesitamos: que transforme nuestros corazones de piedra —duros ante el sufrimiento ajeno— en corazones de carne capaces de amar, acoger y perdonar.

Al celebrar el nacimiento de nuestra Madre del Cielo, le presentamos nuestras vidas, nuestras familias, nuestras alegrías y nuestras preocupaciones. Rezamos hoy especialmente por el pueblo asturiano, por España entera y por tantos peregrinos que encuentran en ella su estrella y guía. Acudamos a María con la confianza de hijos pequeños. Que en cada tempestad de nuestra existencia sepamos mirar a la Cueva de la esperanza, a la Cova donga (cueva de la Señora). Terminemos nuestra plegaria diciéndole con todo el cariño de nuestra alma: Felicidades, Madre Santa, en el día de tu Natividad. Cuídanos siempre, Santina de Covadonga, y llévanos de la mano hacia tu Hijo Jesús.

lunes, 7 de septiembre de 2026

125° Aniversario de la dedicación de la Basílica de Covadonga

El 7 de septiembre de 1901, las campanas del Santuario de Covadonga resonaron con una fuerza especial. Aquel día se bendijo y consagró oficialmente la Basílica de Santa María la Real de Covadonga, un templo monumental que venía a transformar para siempre el paisaje espiritual, histórico y natural de Asturias. Hoy, al cumplirse 125 años de aquel hito histórico, esta joya arquitectónica de piedra caliza rosa no solo sigue en pie de forma majestuosa frente a la Santa Cueva, sino que reafirma su posición como uno de los símbolos identitarios más potentes de España.

Un proyecto nacido de las cenizas

La necesidad de construir un gran santuario en Covadonga surgió tras el devastador incendio de 1777, que destruyó el antiguo templo de madera colgado en la roca de la Santa Cueva. Aunque inicialmente el rey Carlos III intentó levantar una gran iglesia monumental diseñada por Ventura Rodríguez, las obras se paralizaron por falta de fondos y dificultades técnicas.

Hubo que esperar un siglo para que el proyecto reviviera gracias al firme impulso del arzobispo de Oviedo, Benito Sanz y Forés. Aunque los primeros bocetos corrieron a cargo del polifacético erudito Roberto Frassinelli (conocido como «el alemán de Corao»), el diseño definitivo y la dirección de la majestuosa obra neorrománica fueron ejecutados por el arquitecto Federico Aparici y Soriano.

Integración perfecta con la naturaleza

La construcción, que se prolongó entre 1877 y 1901, supuso una titánica hazaña de ingeniería. La emblemática piedra caliza de tonalidades rosadas y vetas grises se extrajo directamente del propio monte Auseva, en las canteras camino a Peñalba. Los bloques se picaban en unos cobertizos improvisados en la explanada antes de ser encajados con precisión milimétrica en la estructura.

El resultado es un templo de una armonía visual inigualable: una nave central con tres ábsides escalonados y dos esbeltas torres gemelas en la fachada occidental que parecen nacer orgánicamente de la propia montaña, fundiendo la fe con la agreste naturaleza asturiana.

Austeridad exterior, tesoros en el interior

A diferencia de su imponente silueta externa, el interior de la basílica destaca por una sobriedad y austeridad muy cuidadas, donde la luz tamizada por las vidrieras invita al recogimiento. No obstante, alberga piezas artísticas de incalculable valor histórico, como los lienzos de Luis de Madrazo (que retrata al rey Don Pelayo en plena batalla) y de Vicente Carducho, además de una bellísima imagen de Nuestra Señora esculpida por Juan Samsó. Detrás del altar mayor, los peregrinos pueden admirar una réplica exacta de la Cruz de la Victoria elaborada por Pedro Álvarez Miranda. El conjunto musical se corona con el gran órgano instalado en el año 2001 para el primer centenario.

Un siglo y cuarto de memoria viva

Tras 125 años de historia, la Basílica de Covadonga trasciende lo estrictamente arquitectónico. Es el corazón latente de Asturias, un punto de encuentro para miles de peregrinos de todo el mundo y un recordatorio perenne de los orígenes de la región. Su aniversario —celebrado activamente por la comunidad, los cronistas oficiales e incluso plasmado en el cupón conmemorativo de la ONCE— demuestra que la «Basílica de Covadonga» sigue cumpliendo a la perfección la máxima que inspiró su creación: ser un faro de espiritualidad que custodia de forma eterna el paisaje de los Picos de Europa.

Este Martes

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

''Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La palabra de Dios que en este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario se proclama, nos sitúa en el corazón mismo de la vida comunitaria y la responsabilidad compartida. En un mundo que nos empuja constantemente al individualismo, donde la regla de oro parece ser "haz tu vida y no te metas en la de los demás", la liturgia de este domingo nos lanza, una vez más, un desafío contracorriente. Dios nos recuerda hoy que no somos "islas", sino miembros de un mismo Cuerpo, y que el destino de nuestro hermano no puede sernos indiferente. Este domingo la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la caridad cristiana expresada en su dimensión más difícil, pero más transformadora: la corrección fraterna y el amor responsable.

En la primera lectura escuchamos al profeta Ezequiel que va a recibir por parte de Dios una misión estremecedora: "A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel"... El centinela era aquel que se colocaba en la parte más alta de las murallas de la ciudad. Mientras el pueblo dormía o trabajaba, éste vigilaba el horizonte. Si veía venir el peligro y no tocaba la trompeta, la ciudad era destruida y Dios le pedía cuentas al centinela por su negligencia. Esta lectura nos confronta con el peligro de la omisión y la indiferencia. Hoy en día, el silencio cómplice se disfraza frecuentemente de "tolerancia" o "respeto a la privacidad". Decimos: "¿Quién soy yo para meterme?"; sin embargo, el texto de Ezequiel rompe esa falsa comodidad. Callar cuando un hermano se está destruyendo a sí mismo, cuando está dañando a su familia o apartándose de la gracia de Dios, no es respeto; es cobardía o, peor aún, desamor. Dios nos pide ser centinelas en el mejor de los sentidos. No nos pide ser jueces, fiscales ni policías que disfruten señalando el pecado ajeno. El centinela avisa por delante para salvar vidas, para evitar condenas. Si advertimos al hermano con el corazón lleno de Dios y él no escucha, al menos habremos salvado nuestra propia vida; pero si por comodidad callamos, nos hacemos cómplices de su caída. El salmista completa este anhelo con su plegaria: "Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»".

San Pablo, en su carta a los Romanos, eleva el listón teológico y nos da el criterio definitivo: "A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley". Aquí encontramos el motor y el límite de todo lo que hacemos en la Iglesia. La corrección de la que hablaba Ezequiel sólo es válida si nace de esta deuda permanente: el amor. El Apóstol resume los mandamientos —no matarás, no robarás, no codiciarás— en una sola dirección: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Quien ama de verdad, busca el bien auténtico del otro. Por lo tanto, cuando nos veamos en la necesidad de hablar con alguien sobre una conducta equivocada, la primera pregunta que debemos hacernos frente al sagrario no es: "¿cómo demuestro que tengo razón?"; sino, "¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor a este hermano, o de mi ojeriza  y resentimiento?"... El amor no hace daño al prójimo; por eso, la corrección fraterna cristiana es una caricia terapéutica, nunca una pedrada destructiva.

El evangelio de hoy, tomado del capítulo 18 de San Mateo, nos habla de la pedagogía de Jesús para "ganar al hermano". El texto pertenece al llamado "Discurso Eclesial", y nos ofrece una ruta pedagógica perfecta en tres pasos para sanar las heridas y los conflictos comunitarios. El primer paso es la privacidad y la discreción: "Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas tú con él". ¡Qué sabiduría la de Jesús! Nuestro instinto humano suele ser el contrario: cuando alguien nos ofende, se lo contamos primero a tres o cuatro personas antes de hablar con el interesado. Eso destruye la fama del hermano y crea chismes, murmuración, maledicencia y calumnias. Jesús nos pide ir directamente a la persona, cara a cara, cuidando su dignidad. El objetivo no es humillar, es "ganar al hermano". El segundo paso es la mediación: "Si no te hace caso, toma contigo a uno o dos". Si el diálogo a solas fracasa, el círculo se amplía mínimamente con personas maduras, testigos objetivos que ayuden a tender puentes, no a encender más el fuego. El tercer paso es la comunidad: "Si ni así los escucha, díselo a la comunidad". La Iglesia entera se convierte en el último espacio de discernimiento y oración por el hermano extraviado.Y si aún así decide apartarse, Jesús dice: "Considéralo como un pagano o un publicano". Pero recordemos cómo trataba Jesús a los paganos y a los publicanos: ¡Los buscaba! Comía con ellos y les ofrecía la salvación. Incluso cuando la disciplina eclesial constata una ruptura, el horizonte final sigue siendo la misericordia y la oración de intercesión. Jesús concluye con una promesa maravillosa: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". La presencia de Cristo no se limita al templo; se manifiesta con fuerza cuando nos unimos en la oración común y cuando superamos las divisiones a través del perdón y la reconciliación.

Tras un verano inolvidable. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

No tienen pausa las calendas de los días. Vamos cerrando los fragores del verano que nos ha traído sobresaltos dejando al pairo el tranquilo tiempo de holganza. Algunos no han podido gozar de vacación, otros quizás se han parapetado en ella al margen de todo y de todos, y muy bien blindados. Pero para muchas personas, este estío ha salido caro y malparado y tardarán en olvidar y recolocar los malos tragos. En tantos lugares del mundo, las catástrofes naturales, las gobernanzas dictatoriales que minan la libertad y la convivencia, las guerras declaradas de las que tenemos información cotidiana hacen que tengamos un momento complejo y perplejo en nuestro escenario humanitario mundial.

Y como una entrega postrera nos ha llegado ese episodio acontecido con la invasión sufrida en Ceuta, estando Melilla o las mismas Islas Canarias en el punto de mira. No es un flujo migratorio sin más, como algunos se empeñaron en decir, sino una calculada acechanza que ha puesto a la luz nuestra debilidad en el panorama geopolítico de nuestras fronteras españolas, que lo son también de Europa. En este caso, no se trata de pateras cuyos cayucos vienen intermitentes, pero de modo continuo, sino de una auténtica avalancha que nos ha invadido, como una guerra híbrida con casi ochenta mil personas -jóvenes en su mayoría- que han tomado una ciudad española dejando a su población sitiada entre el miedo, la podredumbre, la intimidación y las violaciones de menores. Se sabía, lo ocultaron, y han sopesado el beneficio de tamaña tragedia que se ha cobrado muchas vidas en el intento y ha desbaratado ese rincón de España bajo la extorsión y la amenaza con incalculables consecuencias diarias.

También esos jóvenes invasores son igualmente víctimas que habría que saber acompañar debidamente. Sabemos que tantos de ellos vienen huyendo de infiernos políticos que cercenan sus sueños de futuro al no permitirles asomarse al mañana cuando les niegan la libertad, los derechos más elementales, el trabajo, la dignidad y la esperanza. Vienen de hambrunas en las que fenecen por falta de alimentos básicos que no tienen que llevarse a su boca. Escapan de radicalismos religiosos que les sofocan la conciencia en nombre de un dios falseado y tirano que los aplasta. Esto es lo que les empuja a la gran escapada pensando en España, en Europa, como la salida de sus males intentando recomenzar la vida que otros destruyen. A los países de procedencia les sale a cuenta esa tremenda estampida, como se ha demostrado con los enjuagues de Marruecos, sus chantajes con secretos bien guardados, y lo que ingresan de instituciones de España y de la Comunidad Europea, en vez de afrontar lo que deberían solucionando sus problemas.

Lo dijo León xiv en Canarias: «son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar… Su vida debe ser protegida. No entreguéis la existencia a quienes comercian con ella. No creáis a quienes prometen paraísos fáciles a cambio del cuerpo o de dinero, de silencio o de vuestra libertad… Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen… para las naciones de tránsito… para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».

En un panorama que nos deja huérfanos de esperanza oscureciendo el horizonte de paz y convivencia, apareció la paternidad del papa León xiv en su visita apostólica a España. Con él alzamos la mirada descubriendo que hay alguien que conoce nuestros nombres, que hace suyas nuestras lágrimas y con nosotros brinda por la alegría que nos levanta. Alzando la mirada descubrimos a Dios que nunca nos defrauda. Por eso hay esperanza que nos permite seguir adelante con nuestros sueños despiertos y paz en el alma.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Evangelio Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor