domingo, 11 de octubre de 2026

''Tengo preparado el banquete''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra de este Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario nos sumerge en una de las imágenes más reconfortantes y, a la vez, más exigentes de la Revelación: el banquete celestial. Dios se nos revela no como un juez distante, sino como un anfitrión generoso que desea saciar el hambre más profunda del corazón humano. Sin embargo, esta invitación gratuita requiere de nosotros una respuesta activa y una transformación interior.

El profeta Isaías nos traslada a la cima del monte Sión para contemplar una promesa desbordante de esperanza. En un contexto histórico marcado por el sufrimiento, el exilio y la opresión, la palabra de Dios irrumpe para anunciar que el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos. Lo hermoso de esta profecía es su carácter universal y definitivo. Dios no prepara este banquete sólo para un grupo privilegiado; el texto subraya explícitamente que es para todos los pueblos. Este menú divino no consta de sobras, sino de alimentos de primera calidad: vinos generosos y manjares exquisitos, símbolos de la abundancia, de la alegría y de la comunión plena con el Creador. Pero el culmen de la promesa de Isaías va más allá de lo material. Dios promete realizar tres acciones que transformarán la existencia humana; primero: Arrancará el velo de luto y la niebla que cubre a las naciones, devolviéndonos la luz de la verdad. Segundo: Aniquilará la muerte para siempre, anticipando ya de forma profética la victoria de la Resurrección de Cristo. Tercero: Enjugará las lágrimas de todos los rostros, consolando el dolor y eliminando la humillación de su pueblo. Frente a esta promesa, el creyente responde con un grito de júbilo: "Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación". Isaías nos invita hoy a renovar nuestra esperanza en medio de nuestras propias oscuridades, recordando que el destino final que Dios ha trazado para la humanidad es la vida y la alegría eterna.

En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece un testimonio conmovedor desde la prisión. Aunque se encuentra encadenado y privado de su libertad, el apóstol de los gentiles irradia una libertad interior asombrosa. Nos confiesa con total naturalidad: "Sé vivir en la pobreza y sé vivir en la abundancia". Pablo ha aprendido el arte de la templanza y el desapego. No se deja arrastrar por la codicia cuando tiene mucho, ni cae en la desesperación cuando le falta lo básico: ¿Cuál es su secreto? Su fuerza no reside en un voluntarismo estoico o en su propio carácter, sino en una certeza absoluta que resume en una frase inmortal: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta". Nuestra sociedad actual nos empuja constantemente a la insatisfacción, haciéndonos creer que nuestra felicidad depende de acumular bienes o de tener un control absoluto sobre nuestras circunstancias. San Pablo nos desarma con su madurez espiritual. Nos enseña que quien está alimentado por la gracia de Cristo tiene el corazón lleno, sin importar si su mesa está vacía o rebosante. El banquete del que nos hablaba Isaías ya se pregusta en el alma de Pablo a través de su íntima comunión con el Señor. Además, agradece la solidaridad de la comunidad de Filipos y les asegura que Dios proveerá con esplendidez a todas sus necesidades.

El mensaje de las lecturas anteriores converge y se radicaliza en la parábola que nos presenta hoy el evangelista Mateo. Jesús compara el Reino de los Cielos con un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. En la primera parte de la parábola, vemos con asombro la actitud de los primeros invitados. Cuando los criados van a llamarlos, los invitados la rechazaron y no quisieron ir. El rey, con una paciencia increíble, vuelve a enviar a otros criados detallando que las reses ya están sacrificadas y todo está listo. La respuesta de los invitados roza el insulto, unos no le dan importancia y se van a sus campos o a sus negocios; otros, llegando al extremo de la crueldad, maltratan y matan a los criados. Esta primera parte es una clara alusión histórica a la resistencia de las autoridades religiosas de la época frente al mensaje de Jesús, pero también es un espejo de nuestra actualidad: ¿Cuántas veces preferimos nuestros negocios, nuestra comodidad o nuestros planes egoístas antes que acudir a la llamada del Señor? 

El rechazo de Dios en nuestra vida cotidiana a menudo no toma la forma de un ateísmo militante, sino de una indiferencia práctica: "Ahora no tengo tiempo"; "tengo cosas más importantes que hacer"... Ante el rechazo, el rey no cancela la fiesta. Su generosidad es más grande que la mezquindad humana. Envía a sus criados a los cruces de los caminos con una orden clara: "Invitad a la boda a todos los que encontréis". La sala se llena de comensales, "malos y buenos". Aquí se cumple la profecía de Isaías: la Iglesia es ese espacio universal donde todos, sin importar nuestro pasado, somos llamados a sentarnos a la mesa de la Gracia. Sin embargo, la parábola da un giro dramático y aleccionador al final. El rey entra a ver a los comensales y repara en un hombre que no lleva el traje de fiesta. Le pregunta amablemente: "Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?", y al no obtener respuesta, ordena que lo expulsen a las tinieblas. A primera vista, esta reacción puede parecernos severa para alguien recogido de la calle a última hora, pero encierra una profunda verdad teológica. Entrar al banquete del Reino es completamente gratuito, pero permanecer en él requiere responsabilidad. El traje de fiesta simboliza la conversión del corazón, las obras de amor, de justicia y de santidad que deben revestir la vida del cristiano. No basta con decir "yo soy bautizado" o "yo voy a la iglesia" (estar físicamente en la sala); es necesario que nuestra vida refleje la gracia que hemos recibido. No podemos sentarnos a la mesa del Rey vistiendo los harapos del egoísmo, del rencor o de la indiferencia.

Evangelio Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Palabra del Señor

Las periferias más cercanas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

No sólo hay mundos lejanos a los que vale la pena que llegue el mensaje inédito del Evangelio de Cristo, sino también mundos cercanos en donde hay que volver a empezar, porque ese mensaje se ha olvidado por nuestra distracción o se ha llegado a traicionar por la incoherencia de los cristianos. Por este motivo, una visita del Papa supone siempre un amable acicate que viene a recordarnos lo que hemos podido olvidar y a proponernos de nuevo lo que estaba fuera ya de nuestro horizonte cotidiano y vital. Dentro de su responsabilidad como padre de un pueblo que se le ha confiado, el Papa León ha iniciado una serie de viajes también en este viejo continente europeo, que ha sido no sólo la cuna occidental del cristianismo, sino también el punto de partida de la evangelización misionera que acercó la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. El viaje apostólico a España fue una primera entrega, y ahora ha vuelto a suceder con el intenso viaje que ha realizado en la vecina Francia. Los próximos viajes tendrán un destino sudamericano en tierras para él queridas y conocidas.

En este viaje europeo realizado en Francia, tuvo un breve periplo más institucional, aunque también popular en París: el encuentro con más de ochenta mil jóvenes en una vigilia de oración y la misa multitudinaria junto a la catedral de Notre Dame, dieron buena cuenta de la sed de Dios en tanta gente, de la necesidad de un referente moral como quien busca una auténtica paternidad por parte de una generación huérfana de figuras significativas que nos sostengan y acompañen. Aparece alguien así, y entonces rápido uno se reconoce en él y vemos la correspondencia que hay entre nuestras búsquedas y preguntas, y el hallazgo que él representa con el regalo de su respuesta. Precioso encuentro entre la sed del corazón humano y el agua de la gracia de Dios. Se vuelve a verificar lo que ya san Agustín decía al comienzo del libro bellísimo de las Confesiones: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (Conf. I, 1).

La segunda escala fue en Lourdes. Un rincón de los Pirineos que desde hace casi 170 años tiene cita la esperanza al amparo de María Nuestra Señora. Una escala hondamente religiosa donde el dolor no es maldito, aunque nos aligere el equipaje y nos permita volver a las cosas esenciales, las únicas que son propiamente necesarias en medio de tanta hojarasca superflua y banal que nos hacen frívolos y mediocres. Invitaba el Papa a «hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sed servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!… Son los equipos de pastoral de la salud y tantos otros que ejercitan su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando de los cuerpos, vosotros cuidáis también de las almas».

Por último, en Metz, tierra de frontera entre Francia y Alemania, ciudad testigo de la dureza de las dos guerras europeas del siglo pasado. Allí nació Robert Schuman, uno de los fundadores de la nueva Europa. Decía el Papa León allí: «pienso ante todo en los jóvenes, llamados a construir la Europa de hoy y del mañana… A los jóvenes les digo: tened el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en el corazón, en las relaciones, en la familia, en las escuelas y universidades, en la vida de las ciudades, de los pueblos y de toda Europa… No tengáis miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento. No tengáis miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de vuestras comunidades, incluso a través del compromiso político». Son las periferias cercanas en las que la voz del Papa ha proclamado el evangelio de siempre.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 9 de octubre de 2026

9 de Octubre: Santos Mártires de Turón



Los Mártires de Turón: Educadores y Testigos de Fe en la Cuenca Minera

Los Mártires de Turón son un grupo de ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y un sacerdote Pasionista que fueron asesinados por odio a la fe en la localidad asturiana de Turón, España, el 9 de octubre de 1934. Su ejecución se enmarcó dentro de los violentos sucesos de la Revolución de Asturias. Están considerados históricamente por la Iglesia católica como los primeros santos mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. 

Contexto Histórico y Misión Educativa

A comienzos de la década de 1930, la cuenca minera asturiana atravesaba un ambiente de profunda agitación política y social. En el pueblo de Turón (Mieres), los Hermanos de La Salle dirigían el colegio Nuestra Señora de Covadonga, una escuela donde ofrecían educación gratuita a los hijos de los mineros de la zona. 

A pesar de que su labor era estrictamente educativa y de asistencia social, las leyes de la Segunda República y la posterior radicalización local pusieron el foco sobre las congregaciones religiosas. El grupo que habitaba la comunidad era notablemente joven: cuatro de los hermanos no alcanzaban los 26 años de edad, y la gran mayoría llevaba apenas unos meses destinados en la región. 

El Arresto y el Martirio

El 5 de octubre de 1934, un grupo de revolucionarios armados asaltó el colegio bajo el pretexto de buscar armas ocultas. En ese momento se encontraba también en la casa el Padre Inocencio de la Inmaculada, un sacerdote pasionista que había viajado hasta Turón para confesar a los estudiantes y oficiar la misa de los primeros viernes de mes. 

Todos los religiosos fueron detenidos ilegalmente y conducidos a la "Casa del Pueblo" local, reconvertida temporalmente en centro de detención. Tras cuatro días de cautiverio, en la madrugada del 9 de octubre de 1934, los nueve prisioneros fueron trasladados en secreto al cementerio de Turón. Allí, frente a una fosa común previamente excavada, fueron fusilados. Los testimonios históricos de los propios ejecutores destacaron la serenidad, entereza y actitud de oración con la que los religiosos afrontaron sus últimos instantes. 

Quiénes eran los Nueve Mártires

El grupo estaba compuesto por las siguientes figuras:

San Cirilo Beltrán (46 años): Director de la comunidad escolar.
San Marciano José (33 años): Hermano lasaliano.
San Julián Alfredo (31 años): Hermano lasaliano.
San Victorino Pío (29 años): Hermano lasaliano.
San Benjamín Julián (25 años): Hermano lasaliano.
San Augusto Andrés (24 años): Hermano lasaliano.
San Benito de Jesús (23 años): Hermano lasaliano.
San Aniceto Adolfo (22 años): El hermano más joven del grupo.
San Inocencio de la Inmaculada (47 años): Sacerdote pasionista accidentalmente presente. 

Nota de interés geográfico: Entre ellos se encontraba el Hermano Benito de Jesús (nacido como Héctor Valdivielso Sáez), quien había nacido en Buenos Aires, Argentina. Debido a esto, se convirtió históricamente en el primer santo nacido en suelo argentino. 

Reconocimiento y Legado

La causa de canonización avanzó de manera significativa tras la validación de la curación milagrosa de Rafaela Bravo Jirón, una joven nicaragüense que sanó inexplicablemente de un cáncer terminal tras encomendarse a la intercesión de los religiosos. Fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. El mismo pontífice los proclamó santos de la Iglesia Universal el 21 de noviembre de 1999 en la Ciudad del Vaticano. 

En la actualidad, las reliquias de los Mártires de Turón reposan en Bujedo (Burgos), y también en una urna dentro de la parroquia de San Martín de Turón, lugar que sigue recibiendo peregrinaciones anuales cada 9 de octubre para conmemorar su festividad litúrgica como un símbolo de entrega educativa, perdón y reconciliación. 

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano D. Antonio Moretón Puig

Nació en Béjar, Provincia de Salamanca y Diócesis de Plasencia, el 3 de enero de 1931

Ingresó muy joven en la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos), en cuya Congregación se formó, profesó y recibió la ordenación sacerdotal el 24 de junio de 1959. Fue destinado por sus superiores a Asturias donde ejerció su vocación de educador en las comunidades de Tudela Veguín (Oviedo) y Llaranes (Avilés). 

En el año 1977 decide abandonar la Congregación Salesiana para incorporarse al presbiterio diocesano de Oviedo.

En la Archidiócesis de Oviedo recibió las siguientes encomiendas:

Ecónomo de San Mamés de Tebongo y encargado de San Pedro de Coliema, San Juan de Porley, Santa María de Maganes, San Martín de Sierra y Santa María de Jarceley - Cangas de Narcea (1977 - 2018)

Encargado de Santa María de Brañas de Llamas (filial de San Martín de Sierra) - Cangas de Narcea (1977 - 2012)

Administrador Parroquial de Santa Eulalia de Sorriba y Santa María de Arganza - Tineo (2003 - 2018)

Administrador Parroquial de San José de El Pozón - Tineo (2003 - 2004)

Miembro de la Comisión de Sacerdotes para la Economía Diocesana (1978 - 1985) y (1988 - 1994)

Miembro elegido del Consejo Presbiteral (2003 - 2019)

 Administrador Parroquial de San Andrés de Pola de Allande, San José de Bustantigo, Santa María de Celón, Santiago de Linares, San Clemente de Lomés, San Martín de Villagrufe, San Juan de Villaverde, San Cipriano de Villavaser y Santiago de Villar de Sapos  (2005 - 2006)

Realizó una gran labor de apostolado en esta zona rural del Suroccidente asturiano donde se ganó el respeto, cariño y el corazón de todos su feligreses. No había casa que cerrara la puerta a Don Antonio, o que no le invitara a un café si se lo encontraban por Cangas haciendo "recados".

Hombre sencillo y bueno, nunca aspiró a nada ni criticó a nadie, sino que fue brazos abiertos para todo el que a él acudía. Trabajador incansable, restauró prácticamente todas sus parroquias y capillas de su encomienda, a no ser la de Jarceley, donde "Patrimonio" a pesar de la necesidad, nunca dejó tocar nada.

Con muchos años ya a sus espaldas tuvo que presenciar el derrumbe de la Iglesia de Arganza en 2007 en la que los vecinos -y el Arcipreste de entonces da fe- aseguran que Don Antonio se coló entre los escombros para rescatar el Santísimo y otras piezas de valor religioso. En octubre de 2010 se consagró el nuevo templo en el que el buen cura había puesto toda su capacidad y empeño.

Fue también profesor de religión en el Instituto de Pola de Allande.

En el año 2018 pasó a la situación de jubilado, quedándose en Cangas del Narcea como adscrito a la Basílica de Santa María Magdalena, residiendo en la casa rectoral de Coliema hasta el año 2021. Empeorada su salud pasó a residir en la Casa Sacerdotal de Oviedo donde ha vivido los últimos años de su vida sufriendo un gran deterioro cognitivo y físico. Falleció en el Hospital Monte Naranco de Oviedo en el día de hoy. Tenía 95 años de edad, y 67 de ministerio sacerdotal. 

D. E. P.

Este sábado 10 de octubre, a las diez de la mañana, se celebrará el funeral por su eterno descanso, presidido por el Sr. Arzobispo. A continuación sus restos mortales serán incinerados. La capilla ardiente estará instalada en la Capilla de Altares de la Casa Sacerdotal de Oviedo. 

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2)

jueves, 8 de octubre de 2026

«En el Rosario está cifrada la salvación de tu patria». Por Mons. Alberto José González Chaves

«Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».

No he encontrado estas palabras de la Santísima Virgen a San Antonio María Claret en la Autobiografía del santo, mas no parecen una invención piadosa. La referencia más antigua que he podido localizar hasta ahora —ojalá algún claretiano ofrezca otra más documentada— se encuentra en 1920, catorce años antes de su beatificación, en la obra del dominico fray Paulino Álvarez, Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores. Álvarez refiere que Claret se encontraba en Madrid y que la Virgen ya le había hablado varias veces de la necesidad de predicar el Rosario. Una noche se le habría aparecido acompañada de Santo Domingo, mostrándole su Corazón, y le habría dirigido aquellas palabras. Claret hizo pintar después una imagen conforme a aquella visión. Una relación posterior, publicada en 1926, añade a la escena la presencia de Santa Catalina de Siena. La edición crítica de los escritos de Claret reconoce que existió una comunicación anterior de la Virgen sobre esta misión rosariana que el santo no consignó por escrito. Si no podemos identificar sin más aquella comunicación con la frase transmitida por los biógrafos, tampoco podemos decir que ésta carezca de encaje en los testimonios autógrafos. Más bien sucede lo contrario.

«Serás el Domingo de estos tiempos»

El 9 de octubre de 1858, a las cuatro de la madrugada, según los dos autógrafos más próximos al acontecimiento, Claret anotó una comunicación: «La Santísima Virgen María me repitió lo que ya me tenía dicho otras veces: que yo había de ser el Domingo de estos tiempos en la propagación del Rosario». La propia edición crítica subraya el detalle decisivo: Claret no dejó escrito cuándo había recibido aquellas comunicaciones anteriores. La Autobiografía las colocó inicialmente en 1857, pero los manuscritos inmediatos permiten corregir la fecha a 1858.

No era, por tanto, una afición devocional privada. Claret creía haber recibido de la Virgen una verdadera misión apostólica: hacer en el siglo XIX algo semejante a lo que la tradición atribuía a Santo Domingo y después a Alano de Rupe. Por eso escribió inmediatamente sobre el Rosario. Y en El Santísimo Rosario explicado, publicado en 1864, llega a ponerse enteramente a disposición de María para esa tarea: «Ecce ego, mitte me», aquí estoy, envíame; y añade que se ofrece con alegría, aunque para propagarlo haya de pasar trabajos e incluso sufrir la muerte.

Siendo Antonio muy pequeño, recibió un Rosario «como si fuera la adquisición del mayor tesoro». Lo dirigía con los niños de la escuela; en casa lo rezaba con su familia y, trabajando en el telar, rezaba diariamente sus tres partes. El gran apóstol del Rosario comenzó siendo un niño con sus cuentas entre las manos.

Los males de España y tres remedios

Años después, esta misión mariana adquirió una dimensión expresamente relacionada con España. El 27 de agosto de 1861, en la iglesia del Rosario de La Granja, durante la bendición con el Santísimo después de la Misa, Claret dejó escrito que el Señor le hizo conocer «los tres grandes males que amenazan la España: el protestantismo, mejor dicho, la descatolización; la república y el comunismo». Y, frente a ellos, se le mostraron tres remedios: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario. Respecto de éste concreta: rezarlo todos los días, entero o al menos una parte, «meditando los misterios, aplicándolos a las costumbres propias».

Aquellas palabras deben leerse en el contexto atormentado de la España de 1861, pero la corrección de Claret conserva una impresionante actualidad. Dice «protestantismo» y enseguida parece buscar una palabra más honda: «mejor dicho, la descatolización». Ahí estaba el verdadero problema: más que una doctrina determinada, el lento desvanecimiento de la fe de un pueblo; el proceso por el cual Dios deja de contar en la inteligencia, en las costumbres, en las familias y finalmente en la vida pública. Y frente a una enfermedad que en su raíz es espiritual, Claret sabía que las armas exclusivamente humanas no bastaban.

«Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre»

Todavía faltaba otra confirmación. El 6 de diciembre de 1862, a las seis y tres cuartos de la tarde, Claret anotó de su propia mano: «La Santísima Virgen María me dijo que yo había de propagar la devoción del Santísimo Rosario, como lo hizo el Venerable Alano de Rupe». Añade que la Virgen se lo dijo dos veces. Inmediatamente escuchó a Jesucristo: «Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre». Y a las siete de aquella misma tarde María volvió a insistir: «Sí, Antonio, yo lo quiero. Yo lo quiero». Jesús añadió: «Ánimo, Antonio, ánimo».

De modo que la frase «en el Rosario está cifrada la salvación de tu patria» no aparece como tal en los autógrafos conservados, pero resume admirablemente una cadena documental indiscutible: la Virgen le había hablado anteriormente del Rosario; en 1858 le ordenó ser el «Domingo de estos tiempos»; en 1861 el Rosario aparece como uno de los remedios para los males de España; y en 1862 María vuelve a mandarle que lo propague, con la confirmación expresa de Cristo.

Claret no concebía el Rosario sólo como una piadosa costumbre: en sus escritos lo llama medio eficaz frente a las necesidades espirituales y afirma que mediante esta devoción se había encontrado remedio incluso en «las necesidades públicas de guerras, pestes, hambres y otras calamidades». Lo consideraba un medio sencillo y poderoso para combatir la ignorancia y el error, precisamente porque introduce al cristiano, misterio tras misterio, en la escuela de Jesucristo.

Los nuevos Lepantos

El 7 de octubre de 1571, mientras se libraba la batalla decisiva de Lepanto, San Pío V había convocado a la oración del Rosario. Porque la victoria quedó ligada en la conciencia cristiana a la intercesión de María, el Papa dominico instituyó la fiesta de Santa María de las Victorias, Auxilium christianorum, que después sería Nuestra Señora del Rosario.

Pero no todos los Lepantos se libran en el mar. Hay Lepantos silenciosos dentro de una familia, en el corazón de un hijo que se aleja de Dios, en la fidelidad de un matrimonio, en una vocación que vacila, en la perseverancia de un sacerdote, en la transmisión de la fe a la generación siguiente. Y hay también un gran combate por el alma de los pueblos, que se pierde mucho antes en las conciencias que en las instituciones. Frente a esas batallas sigue pareciendo ridículamente pequeña un arma formada por un crucifijo y unas cuentas. Precisamente por eso es tan de Dios.

Fátima vino a repetir la misma pedagogía. El 13 de mayo de 1917, Nossa Senhora no escogió a sabios ni a poderosos, sino a tres pastorinhos, pidiéndoles rezar cada día el terço, o «tercio», como llaman los portugueses a cada una de las tres partes del Rosario: «Rezem o Terço todos os dias, para alcançarem a paz para o mundo e o fim da guerra». En julio volvió a insistir: «Continuem a rezar o Terço todos os dias, em honra de Nossa Senhora do Rosário». Y el 13 de octubre se presentó sencillamente: «Eu sou a Senhora do Rosário».

Recuperar la sencillez del niño no es infantilismo. Rezar como un niño significa confiar como él. Tomar el Rosario sin pretender entender previamente todos los caminos de Dios; dejar que las avemarías acompasen la contemplación de Belén, Nazaret, el Calvario y la Pascua; rezarlo sin prisas, sin superstición, sin convertirlo en bandera partidista, sin avergonzarse de esperar mucho de él.

Claret, que fue un hombre de una actividad casi sobrehumana, sabía que antes de organizar había que rezar. Y Fátima, medio siglo después, puso el mismo Rosario en las manos de unos niños. Hoy los nuevos Lepantos deben librarse así: una familia que consigue reunirse a rezar unida cada noche; una madre que reza por el hijo que ha perdido la fe; un sacerdote que desgrana el Rosario después de una jornada agotadora; un enfermo que apenas puede ya pronunciar las avemarías; un niño que aprende de sus padres a pasar las cuentas entre los dedos. Nada espectacular ni ruidoso: ¡un Rosario! Del que María prometió a Claret: «Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».