viernes, 6 de noviembre de 2026

La importancia del viaje de León XIV a Sudamérica. Por Rafael Navarro - Valls

(Rel.) Hoy inicia León XIV un importante viaje a Sudamérica, que se prolongará hasta el 17 de este mes. El desplazamiento no es a un continente desconocido ni se limita a cumplir una agenda diplomática: vuelve a una tierra que conoce muy bien ya que durante años fue misionero y obispo en Perú. Sus mensajes serán fruto de la experiencia, no de la simple teoría. El recorrido incluirá Uruguay, Argentina y Perú, donde visitará diez ciudades en once días, y que lo llevará desde el Río de la Plata hasta los Andes y, finalmente, hasta la Amazonía.

Un emocionante regreso

La etapa peruana será, sin duda, la más esperada. León XIV llegó a Perú en 1985, fue misionero y, desde 2015 hasta 2023, obispo de Chiclayo. Es un Papa que conoce el calor de sus comunidades, las dificultades de las parroquias rurales, la generosidad de los catequistas y la paciencia que exige acompañar a un pueblo durante años.

La visita a Perú tiene una vertiente pastoral definida. No hay que olvidar que Perú es un país muy plural, con realidades muy distintas entre la selva, la costa y la sierra. Me da la impresión de que la inclusión de Cuzco y Pucallpa en el itinerario no es casual. Cuzco representa el mundo andino, con todo lo que conlleva de desafíos sociales, riqueza cultural, y memoria histórica. Pucallpa se asoma a la Amazonía, con todas las reflexiones que lleva anejas ese inmenso territorio: los derechos de los pueblos indígenas.

La Amazonía es un lugar donde se cruzan la defensa del medio ambiente, los derechos de los pueblos indígenas, los problemas ambientales, la violencia y la pobreza. Allí terminará su viaje, con la seguridad de que las periferias no son un simple apéndice de la Iglesia.

Uruguay

Uruguay plantea un desafío diverso. En el plano religioso es el país más secularizado de América Latina. Aproximadamente el 32 por ciento de su población se declara católica ( aunque sólo el 4 por ciento cumple el precepto dominical), la mitad no pertenece a ninguna religión o incluso se define como atea. Pero hay que tener en cuenta que no hay hostilidad hacia la religión. En realidad es la indiferencia el gran problema, junto con una laicidad que considera el fenómeno religioso como recluido en el ámbito privado.

El lema de la visita uruguaya, "Les anuncio una gran alegría", no significa un grito de reconquista, habla más bien del corazón del mensaje cristiano: una alegría que despierta una esperanza que resuena en los corazones de los creyentes y no creyentes. En un país donde la fe es minoritaria, el testimonio vale más que el marketing. La visita papal sólo dejará huella si consigue que algunos o muchos se pregunten, aunque sea fugazmente, si aquello que la Iglesia anuncia tiene algo que ver con su vida.

Argentina: la memoria de Francisco

El Papa Francisco nunca llegó a visitar Argentina siendo Pontífice Romano. Esa ausencia dejó una marca profunda entre los argentinos, aunque probablemente había razones políticas que lo justificaban. De ahí, que la visita a Argentina de León XIV cubre una laguna importante, con la consiguiente carga histórica.

Visitará Buenos Aires, Córdoba y Luján. Cada uno de estos lugares aporta algo distinto. Luján es el santuario mariano más importante de Argentina, de algún modo el centro de la devoción del país. Buenos Aires es el gran centro vital del país, con gran carga política y eclesial. Córdoba tiene una vida eclesial activa, fruto de su fuerte tradición católica.

León XIV no viene a copiar el estilo de Francisco ni tampoco a repetirlo. Es una herencia viva, que deberá respetar pero con su voz, no con imitaciones. El diálogo, la cercanía a los pobres o la atención a las periferias no eran exclusivas de Francisco. Todos los Papas, de uno u otro modo, con su estilo propio, defendieron esos valores. León XIV lo hará a su modo.

Argentina tiene alrededor de 46 millones de habitantes, de los cuales cerca de 30 millones son católicos, atendidos por casi 6000 sacerdotes. Es una Iglesia con gran capacidad de movilización social. Pero, al mismo tiempo, vive en un país con una alta polarización política, y una cierta fatiga institucional, que dificulta la acción pastoral. En ese contexto, según los expertos argentinos, el Papa debe evitar dos tentaciones. La primera, sería dejarse instrumentalizar, convirtiéndose en otra bandera política, de las que abundan en Argentina. La segunda, utilizar un lenguaje tan alejado de la realidad social, que a la postre deje a los ciudadanos perplejos. Desde luego que el Papa no tiene como misión resolver los problemas económicos de un determinado país, ni a tomar partido en sus disputas electorales. Pero sí puede recordar que la política no es solo gestión, que las personas no son cifras y que la fraternidad es una exigencia moral antes que un eslogan de campaña.

Fraternidad

León XIV ha resumido el sentido del viaje en una frase sencilla: quiere que sea una ocasión para "abrir nuestros corazones los unos a los otros". Puede parecer una expresión convencional, pero en el contexto sudamericano tiene mucha fuerza. América Latina vive tensiones políticas intensas, desigualdades persistentes, desconfianza hacia las instituciones y una polarización que convierte con facilidad al adversario en enemigo. En ese clima, hablar de fraternidad no es una ingenuidad. Es una crítica indirecta, pero clara, a la lógica del enfrentamiento permanente, y de la política entendida como guerra cultural.

El Papa no podrá arbitrar los conflictos nacionales ni ofrecer soluciones técnicas a problemas complejos. Pero puede ayudar a situar el debate público en otro plano. Cuando un líder religioso mundial habla de dignidad, esperanza, reconciliación y cuidado de los más débiles, está ofreciendo un criterio para juzgar la vida política más allá de las encuestas y de los intereses inmediatos.

Si León XIV logra transmitir que la Iglesia no viaja para recuperar privilegios, sino para caminar con los pueblos; que no pretende imponer recetas, sino proponer esperanza; y que la fraternidad es posible incluso en tiempos de división, su visita habrá sido algo más que una agenda diplomática. Podrá recordar al continente que la fe cristiana no debe ser una fuerza de presión social, sino una fuente de esperanza, servicio y reconciliación.

La Iglesia celebra a los Mártires de España del siglo XX, en lo que fue «la mayor persecución desde Diocleciano»

(El Debate) Numerosos historiadores han definido la persecución religiosa de los años 30 del siglo XX en España como «la mayor desde la época del emperador Diocleciano». Y no es ninguna exageración. Está perfectamente documentado el asesinato por odio a la fe de, al menos, 10.000 sacerdotes y monjas, la inmensa mayoría de ellos, durante la Guerra Civil española, y a manos de los radicales de izquierdas.

Actualmente están en proceso de beatificación 3.040 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España, ya han sido beatificados 2.404 y 11 han sido proclamados santos. Los casos de varios miles más no han comenzado siquiera a ser investigados –pese a estar bien documentados– y otros muchos parece ser que fueron motivados por el odio antirreligioso, aunque no hay pruebas suficientes para corroborarlo.

Cada 6 noviembre la Iglesia celebra, con rango de memoria obligatoria, a todos aquellos mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España que están ya en los altares. San Pedro Poveda, presbítero diocesano y fundador de la Institución Teresiana, y san Inocencio de la Inmaculada, religioso pasionista, encabezan la multitud de santos y beatos, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, «que dieron a Cristo el testimonio supremo del amor, martirizados en odio a la fe en España, entre 1931 y 1939, durante la persecución religiosa contra la Iglesia», según recoge la Conferencia Episcopal Española (CEE).

Desde el año 2010 se celebra la memoria de estos hombres y mujeres asesinados in odium fidei, unos días después de la fiesta de Todos los Santos, como es el caso, según detalla la Oficina para las Causas de los Santos de la CEE, «de los más de 10.000 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España, de entre los que ya contamos con 2.404 en los altares».
Murieron perdonando

En esa cifra ya están incluidos los fieles de las diócesis de Santander y Madrid, que serán beatificados el próximo sábado y el 28 de noviembre respectivamente. Prácticamente todas las diócesis españolas tendrán alguna celebración especial para recordar a los mártires. «Creo que pueden ser hoy ejemplo de perdón y unión en un mundo como el nuestro, con tanto rencor y tanta división. Ellos murieron, dieron la vida, pero también perdonaron. Ojalá que celebrar esta memoria nos ayude a conocerlos más y a saber que interceden por nosotros ante Dios en el cielo», ha señalado Marcos Argüelles, delegado episcopal para las Causas de los Santos del arzobispado de Oviedo. Precisamente en el seminario de esa archidiócesis, su arzobispo, monseñor Jesús Sanz Montes, presidirá hoy la eucaristía de celebración de esta Memoria a las 20:00 horas, en el transcurso de la cual, además, cuatro seminaristas recibirán los ministerios de Lectorado y Acolitado.

En La Rioja, por ejemplo, monseñor Santos Montoya presidirá la celebración hoy a las 20:00 horas en la concatedral de Logroño. En Jaén, su obispo, monseñor Sebastián Chico Martínez, presidirá a las 19 horas, una eucaristía en la cripta de la catedral de Jaén. Vera acogerá la Jornada Martirial Diocesana en memoria de los beatos mártires de Almería. Se celebra cada año en distintos lugares de la provincia relacionados con la vida y el testimonio de sus mártires, especialmente desde la beatificación de 115 mártires de Almería, el 25 de marzo de 2017, entre ellos 95 sacerdotes y 20 laicos que dieron su vida durante la persecución religiosa del siglo XX.

Hoy también concluirán los actos conmemorativos de la beatificación de los 20 sacerdotes mártires de la diócesis de Ibiza con la primera fiesta litúrgica de los nuevos beatos en todas las parroquias. El obispo de Ibiza, monseñor Vicent Ribas, presidirá esta primera celebración, a las 18 horas, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pilar, en Formentera.
90% del clero aniquilado

En Barbastro (Huesca), «la persecución religiosa golpeó de forma extraordinaria esta diócesis». La fiesta de los Mártires del Siglo XX recorre cada año distintos puntos de la geografía de la misma «para mantener viva la memoria de aquellos que fueron perseguidos por su fe durante la Guerra Civil española». Este año, la solemne eucaristía recalará en la iglesia de San Salvador de El Grado. En esta pequeña diócesis oscense, se calcula que el 90% del clero fue aniquilado. Pero hay otros abundantísimos y espeluznantes casos. Ángel Lanao fue fusilado por ser sobrino del párroco Antonio Artasona. Nicolás Perrela Blasco, de 29 años, era un joven mecánico y antiguo presidente de la Juventud Católica de Barbastro, fusilado en El Grado; su padre y su hermano pasaron por lo mismo en Barbastro. El hijo del relojero de Graus, Vicente Salinas Torres, tenía 20 años y pertenecía a la Congregación Mariana. También fue fusilado.

En el puente sobre el Cinca, varios sacerdotes fueron llevados a la fuerza para ser precipitados al cauce. Así le ocurrió a Pedro Pueyo Quintilla, párroco de Benavente de Aragón, lanzado desde el puente a la zona seca del río, como el párroco de Laluenga, Ramón Salas Clavero, o los de Campo, Artasona y Villanueva de Sijena, José María Español Farré, Mariano Nacenta Muzás y José Torres Peralta, respectivamente.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Fallece en Oviedo la Hermana Salomé Estrada SAC, Religiosa del Santo Ángel que fue muy querida en Pravia

Con profundo pesar, la Comunidad Madre Serafina de Oviedo y todos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla despiden a la Hermana Salomé, Religiosa de la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel, quien ha cerrado sus ojos a este mundo esta madrugada. Su partida deja un vacío inmenso, pero también el recuerdo imborrable de una vida entregada por completo al servicio de los demás, a la enseñanza de los más pequeños y al cuidado de sus hermanas de comunidad.

Sus primeros pasos y el tierno recuerdo de Pravia

En los años de su juventud, la Hermana Salomé fue destinada a la localidad asturiana de Pravia. Allí ejerció con absoluta dedicación como tutora en los años de parvulario, dejando una huella profunda en muchas familias. Entre los niños a su cargo se encontraba nuestro querido Don Luis Marino Fernández Solís. La impronta de la religiosa en su infancia fue tan grande que, según recordaba siempre con cariño su propia familia, la primera palabra del pequeño Marino no fue "mamá", sino "memé", en un tierno intento de pronunciar el nombre de su cuidadora y maestra, la Hermana Salomé.

Una larga y querida trayectoria en Palencia

Tras su etapa en Asturias, su vocación la llevó a estar destinada durante muchos años en Palencia. En tierras castellanas, su bondad y carisma volvieron a florecer: se convirtió en una figura sumamente querida tanto por los alumnos del colegio —a quienes educó con paciencia infinite— como por las hermanas mayores de la congregación. De estas últimas vivía siempre pendiente, asegurándose con infinito mimo de que no les faltase de nada y ofreciéndoles su compañía constante en la última etapa de sus vidas.

El deseo de volver a Asturias 

Plenamente consciente del avance de su edad y del delicado estado de su salud, la Hermana Salomé tomó una decisión guiada por su profunda fe y su amor a la tierrina. Este pasado verano, solicitó formalmente a su Superiora Provincial ser destinada a Oviedo. Su mayor deseo era pasar sus últimos días cerca de la Santina, la Virgen de Covadonga, bajo cuyo manto protector quería entregar su alma. Su petición fue concedida y, finalmente, esta madrugada ha fallecido en la Comunidad Madre Serafina, ubicada en la calle Velasquita Giráldez de Oviedo. La Hermana Salomé ya descansa en la paz del Señor, habiendo cumplido su última voluntad en este mundo y dejando un legado imperecedero de amor cristiano, entrega generosa y ternura infinita.

Descanse en paz.

El mayor fraude teológico de la historia de la Iglesia

(De profesión cura) Quizá exagere, dirán algunos. O quizá no, depende.

En los últimos cincuenta o sesenta años se ha extendido como una mancha de aceite en toda la Iglesia, especialmente en la europea y la española. Es la teoría según la cual el infierno directamente no existe, o, la más moderada según la cual vamos a reconocer su existencia, para afirmar a continuación que está vacío. Por ahí se empieza, y desde ahí vamos ampliando la reflexión teológica.

El infierno, vacío. El cielo, abarrotado. Hoy, para muchísimos católicos, han desaparecido el juicio y el purgatorio. Están convencidos de que todo el que muere, TODO, ingresa automáticamente en el cielo independientemente de su religión, su vida, que sea benefactor de la humanidad, trapisondista, caradura, violador, narcotraficante, adúltero, comisionista político, experto en practicar abortos o la reencarnación de santa Teresa de Calcuta. Todos al cielo. Porque sí.

Y ahora, saquen sus conclusiones.

¿Hay alguna diferencia entre ser católico, budista, musulmán, judío, agnóstico, animista, ateo? Si todos vamos al cielo, ninguna. Entonces, buena gana de misiones, llamada a la conversión, hacer discípulos de todos los pueblos, bautizar.

¿Y merece la pena rezar por los difuntos? Si ya están en el cielo, claramente no. Por eso verán que se anuncian misas no en sufragio, sino en acción de gracias, homenaje, reconocimiento. Se acabó eso de ofrecer misas y sufragios por los difuntos.

Voy más allá. Si todos vamos al cielo… ¿Para qué necesitamos la Iglesia? ¿Y los sacerdotes? Todo es pérdida de tiempo. Nadie avisa para que se le administren los sacramentos a un enfermo grave. Normal. Si al cielo va de todas formas.

¿Y entonces la fe? Pues qué quieren que les diga… Al final todo se reduce a que Jesús era alguien excepcional con unas teorías interesantes y qué bueno es quererse, llevarse bien, ayudarnos y recordar a Cristo con una fiesta del pan y del vino.

Si todos vamos al cielo, todos, todas, todes y tod@s… pues comamos y bebamos. Se acabó la Iglesia.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Video mensual del Papa

 

Cincuenta y nueve años de gracia: El corazón de piedra que nos une

El 4 de noviembre de 1967, nuestra comunidad parroquial vivió uno de los hitos más trascendentales de su historia: la consagración de nuestro altar por manos del entonces arzobispo de Oviedo, Monseñor Vicente Enrique y Tarancón. Aquel día, un bloque de piedra inerte fue ungido con el santo crisma para convertirse en el epicentro de nuestra vida de fe. Al conmemorar este aniversario, no solo recordamos un hecho del pasado, sino que renovamos el sentido profundo del lugar donde el cielo y la tierra se unen cada día. Y es que El Altar es mucho más que una mesa. Para comprender la grandeza de lo que celebramos, es necesario mirar el altar con los ojos de la fe. No es un simple elemento decorativo ni un mueble funcional. El altar es, por excelencia, el signo litúrgico, bíblico y teológico más importante del templo.

Sentido Bíblico, de la piedra de Jacob al Sacrificio Único

En la Sagrada Escritura, el altar tiene una evolución fascinante. Los patriarcas: En el Antiguo Testamento, hombres como Abraham, Jacob o Moisés levantaban altares de piedra para recordar un encuentro con Dios o para sellar una alianza. Eran monumentos de gratitud. El altar de los sacrificios en Jerusalén era el centro del culto judío, donde se ofrecían animales para el perdón de los pecados. Para nosotros Cristo, el verdadero Altar: En el Nuevo Testamento, todo cambia. Jesús no ofrece animales, se ofrece a sí mismo. Él es, al mismo tiempo, el Sacerdote que ofrece, la Víctima que se entrega y el Altar donde se realiza la salvación.

Sentido Teológico, el centro de la Comunidad y la presencia de Cristo

La teología de la Iglesia nos enseña que el altar es Cristo. Por eso el sacerdote lo besa al comenzar y al terminar la Santa Misa. Mesa del banquete, es el lugar donde el Señor nos reúne como familia para alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre. Ara del sacrificio, en él se hace presente, de forma incruenta (sin sangre), el mismo y único sacrificio de la Cruz. Cada vez que celebramos la Eucaristía, nos situamos espiritualmente a los pies del Calvario. Signo de la Iglesia, alrededor del altar nos constituimos como Cuerpo místico. No hay Iglesia sin Eucaristía, y no hay Eucaristía sin altar.

Sentido Litúrgico: Un rito que transforma la materia

Cuando Monseñor Vicente Enrique y Tarancón —figura clave de la Iglesia en España y del impulso del Concilio Vaticano II— consagró nuestro altar en 1967, realizó un rito bellísimo y cargado de simbolismo. La unción con el Crisma. El altar fue ungido con aceite perfumado, el mismo que se usa en los bautizos y confirmaciones, porque el altar representa a Cristo, el "Ungido". El incienso. Se quemó incienso sobre la mesa para significar que las oraciones de la comunidad suben a la presencia de Dios. El revestimiento y la luz. Se vistió con manteles blancos y se encendieron los cirios, recordando que el altar es la mesa del Rey y que Cristo es la Luz del mundo.

Una memoria viva

Recordar la consagración efectuada por Monseñor Tarancón nos invita a mirar hacia el futuro con responsabilidad. Un altar consagrado nos recuerda que nosotros, como piedras vivas, también fuimos consagrados en nuestro bautismo. Que este aniversario sea una oportunidad para volver a mirar el centro de nuestro templo con el máximo respeto, devoción y amor. Cada vez que nos acerquemos a él, recordemos que allí late el corazón de nuestra parroquia y el manantial inagotable de nuestra salvación.

¡Feliz aniversario de la consagración de nuestro altar!

martes, 3 de noviembre de 2026

Homilía del Santo Padre León XIV en la entrada monumental del Cementerio del Verano

Queridos hermanos y hermanas:

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y memoria, de afecto y esperanza. La ofrecemos en sufragio por los fieles difuntos, especialmente por quienes aquí descansan y por aquellos que cada uno de nosotros lleva en el corazón.

La conmemoración de los fieles difuntos, al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos, orienta nuestra oración. Nos dirigimos al Padre del cielo para que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya gozan tantos hijos e hijas suyos, envuelva el alma de cuantos duermen el sueño de la paz.

Nuestra fe está iluminada por la Palabra que ha sido proclamada y que fortalece nuestra confianza en las manos de Dios. Estas —nos recuerda el libro de la Sabiduría— son capaces de custodiar eficazmente las almas de los justos: «Ningún tormento los alcanzará» (Sab 3,1). Esta es la promesa de salvación que, especialmente en este día, se convierte en el corazón de la súplica que elevamos al Señor de la vida por todos los fieles difuntos.

Que sus manos paternas y seguras los custodien eternamente, para que puedan gozar plenamente de esa pertenencia recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios» (Ap 21,3). Nuestra oración intercede para que se realice esta comunión eterna de vida, prometida por el Buen Pastor a sus ovejas, que no perecerán jamás y que nadie arrebatará de su mano (cf. Jn 10,28).

Queridísimos hermanos, hemos escuchado el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Son como el autorretrato de Jesús, que él mismo pone a disposición de sus discípulos al proclamar: «¡Bienaventurados vosotros!» (v. 11). Las Bienaventuranzas son el camino hacia una vida plena y consumada, ya desde ahora y por toda la eternidad. Cuando las escuchamos proclamar en la liturgia —lo sabemos—, es el Señor resucitado quien nos habla. Y este anuncio de salvación que son las Bienaventuranzas resuena con particular fuerza espiritual en un cementerio, que es como un umbral entre el más acá y el más allá, entre la existencia terrena y el más allá que nos aguarda. Jesús resucitado nos dice: bienaventurados los que viven según este camino, porque de ellos es el reino de los cielos.

Entre las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo hay una que hoy nos conmueve de manera especial: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). En este momento queremos rezar por cuantos han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños y de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!

En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, viene espontáneamente a la memoria la “bienaventuranza” que añadió al Cántico de las criaturas cuando comprendió que se acercaba su fin:

«Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!».

Queridos hermanos y hermanas, la fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se ha interrumpido, sino que se ha transformado. Con la oración de sufragio acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor, esa comunión que ya pregustamos realmente aquí, en el sacramento de la Eucaristía. Animados por esta fe llena de esperanza, proseguimos nuestro camino terreno, a la espera del día en que él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,4).