domingo, 26 de abril de 2026

"Conozco a las mías y las mías me conocen". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos ya en el IV Domingo de Pascua, conocido tradicionalmente como el "Domingo del Buen Pastor"; la liturgia nos invita a contemplar la figura de Cristo no sólo como un guía, sino como el fundamento absoluto de nuestra existencia y salvación.Hoy nos unimos a toda la Iglesia para celebrar la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas. En este domingo del Buen Pastor, Jesús nos invita a descubrir el "don de Dios" que habita en nuestro corazón. No celebramos solo una búsqueda personal, sino un diálogo íntimo con quien nos amó primero. Oramos hoy especialmente para que muchos jóvenes escuchen la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada y al servicio misionero, respondiendo con valentía a la pregunta: “¿Para quién soy yo?”.

En la primera lectura, encontramos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Tras la curación de un lisiado, Pedro declara con audacia ante las autoridades que el milagro no es obra humana, sino del Nombre de Jesucristo Nazareno. El "Nombre" que salva. San Pedro utiliza la imagen bíblica de la piedra desechada por los arquitectos, que se convierte en la principal. Aquél que el mundo descartó y crucificó es el único soporte capaz de sostener el edificio de nuestra vida y de la Iglesia. El texto concluye con una afirmación rotunda: "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el cual podamos ser salvados". Esto nos recuerda que Jesús no es sólo una opción moral o espiritual, sino la fuente única de vida eterna.

San Juan en su primera carta, nos sumerge en el misterio del amor divino: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos". He aquí nuestra identidad como hijos. El Apóstol subraya que nuestra filiación no es un título honorífico, sino una realidad ontológica que ya poseemos. Sin embargo, esta identidad, igualmente tiene una dimensión de esperanza: aún no se ha manifestado plenamente lo que seremos. La promesa final es la semejanza total: "seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es". La meta de ser "ovejas" del Buen Pastor es, en última instancia, participar de la misma naturaleza divina del Padre.

El evangelio de este domingo, tomado del capítulo 10 de San Juan, nos presenta a Jesucristo como el Pastor que entrega la vida. Ver a Jesús como Pastor no es una afirmación cualquiera, ya que Él mismo se autodefinió como "buen Pastor". En el griego original, se usa el término kalós, que significa no solo "bueno", sino también el auténtico. A diferencia de quien cumple por obligación o interés (el asalariado), Jesús actúa por amor extremo. El asalariado huye ante el lobo, porque las ovejas no le pertenecen; Jesús, en cambio, enfrenta el peligro y da su vida libremente por ellas. Y esto parte de un conocimiento Íntimo: "Conozco a las mías y las mías me conocen". Este conocer no es intelectual, sino una comunión de vida similar a la que existe entre el Padre y el Hijo.También Jesús manifiesta su deseo de atraer a "otras ovejas que no son de este redil", buscando que haya "un solo rebaño y un solo pastor". Esta es la misión de la Iglesia: ser un espacio de acogida universal bajo la guía de Cristo; la universalidad de la Iglesia, la universalidad de la grey o rebaño del Buen Pastor. Celebrar al Señor como Pastor de nuestras almas, es una llamada a renovar nuestra confianza en su Pastoreo. En un mundo de "voces" que confunden, estamos invitados a agudizar el oído para reconocer la del Único que nos conoce por nuestro nombre y ha entregado todo por nosotros.

Evangelio Domingo IV de Pascua

Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor 

Aterrizando las preguntas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Recibimos tantas noticias cada día. Más de las que podemos asimilar leyéndolas, oyéndolas o visualizándolas con provecho y mesura. Es una vorágine informativa que nos supera empujándonos a la prisa que tantas veces nos enajena. Pero una de las cosas de las que estamos últimamente levantando acta es que hay un despertar religioso en la gente, un interés insólito e inusitado por lo que representa y lo que es Dios, la religión en general y la comunidad cristiana en particular. Todos los intentos calculados por desprestigiar la fe, ridiculizar a la Iglesia, focalizar sólo en los cristianos los desmanes que tantos cometen cuando engañan, cuando insidian, cuando abusan y cuando se corrompen. Saben que no les asiste la razón y que la verdad acaba siempre triunfando, pero en el mientras tanto sacan tajada calumniando o señalando reductivamente sólo a los cristianos.

Es una batalla cultural que lleva tiempo urdiéndose contra la Iglesia, donde se aprovechan nuestros fallos y pecados, que también los hemos tenido, para zarandearnos, hacernos mudos e invisibles. Es una continua pretensión entre quienes nos perdonan la vida a diario: que los cristianos podemos existir, pero sólo un rato y, especialmente, sólo en un ámbito. Nos marcan así el tiempo y el espacio en el que poder vivir y convivir nuestra presencia y nuestra identidad. De tal modo que, marcando así las fronteras de nuestro tiempo y nuestro espacio, nos vuelven a perdonar que existamos... si nos portamos bien como ellos nos dictan. El tiempo de la brevedad para que no arraigue lo que decimos. Y el espacio casi privado que nos reduce a la clandestinidad: que no se note, no trascienda, no influya, no juzgue, no proponga. Hacer del acontecimiento cristiano una especie de reserva india para los turistas ancestrales de la historia pasada, pero no una presencia viva que dice cosas, juzga situaciones, propone alternativas, construye la ciudad. Todo esto lo hacemos desde una única perspectiva: la que se deriva del Evangelio y de la tradición cristiana. Esta es nuestra postura, nuestra cosmovisión, nuestra manera de ser y de estar dentro de una sociedad plural en esta coyuntura de la historia.

Los Estados pueden ser aconfesionales, las personas somos creyentes. La sociedad puede ser laica, pero no debe ser laicista. Porque todos tenemos una relación con Dios: para confesarlo con la fe cristiana o para censurarlo desde la ideología impía. No hay creyentes y ateos, sino creyentes e idólatras, creyentes en el verdadero Dios o idólatras que adoran los dioses falsos. Por eso el cristianismo será siempre subversivo para los que tienen una idea totalitaria y excluyente de la realidad: cuando atacan la familia que confunden y destruyen, la vida que manipulan y siegan en cualquiera de sus tres tramos (naciente, creciente y menguante), la libertad que pervierten con leyes liberticidas.

Ha sido un grato y sorprendente testimonio el que nos ha dado el astronauta que se confesaba ateo, Reid Wiseman, en la reciente misión en torno a la Luna. A bordo de su nave Artemis II paseó por ese universo sus dudas, sus preguntas, sus convicciones. Pero, cuando regresó a la tierra hizo una declaración bellamente honesta: «No hay otra explicación para lo que vi y experimenté. Al aterrizar de nuevo en la Tierra, vi la cruz y me eché a llorar». Era su testimonio impresionante de convertirse al cristianismo. Tras las nubes de la incertidumbre, después de las tormentas de las contradicciones, cuando las preguntas te acucian y acorralan sumiéndote en el temor, la desesperanza y el vacío, de pronto, sin cita previa, y por puro don de la gracia de un Dios que te abraza, quedas conmovido hasta las lágrimas porque despegaste con tus preguntas y aterrizaste con las respuestas regaladas. Una cruz luminosa que se convirtió para Wiseman en una estrella que le conduce por los caminos que Dios frecuenta: la verdad, la belleza y la bondad.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 25 de abril de 2026

Santoral del día: San Marcos

(Cope) La Primitiva Comunidad Cristiana vivió con fuerza el mensaje Pascual para transmitirlo a los fieles. Hoy celebramos a San Marcos, uno de los discípulos de Cristo y unidos a la Iglesia Naciente. Juan, de sobrenombre Marcos, es oriundo de Jerusalén. Procede de familia acomodada. Se cuenta que su madre acogía en su casa el encuentro de los Primitivos Cristianos.

El Libro de los Hechos de los Apóstoles es el que nos da noticias de él y nos le presenta acompañando a Pablo en sus viajes a Antioquía y a Roma. Posteriormente se separaría de ellos, regresando a Perga. Después de un tiempo de ruptura, vuelve a acompañar al Apóstol de los gentiles en sus viajes misioneros.

Discípulo de San Pedro, es el autor del segundo Evangelio Canónico, el primero de los que se escribió. También se cree que le era el muchacho joven envuelto en una sábana que siguió a los soldados del Templo cuando llevaban a Cristo al Sanedrín después de haberle prendido en el Huerto de Getsemaní.

Como los discípulos de la Primitiva Comunidad Cristiana, según cuenta la Tradición, San Marcos muere mártir en torno al año 68, al confesar su celo por el Reino de Dios y su justicia. Se le representa con un león porque comienza el Evangelio con la predicación del Bautista en el desierto donde Cristo ayunará después. De hecho se considera que es como el rugido de este animal.

viernes, 24 de abril de 2026

Próximo Jueves

 

Las carmelitas se van de Compiègne

(InfoCatólica) «La avanzada edad, la disminución del número de fieles y la falta de nuevas vocaciones». Así resume el obispo diocesano la trágica necesidad que empuja a las carmelitas de Compiègne a abandonar su convento.

El hecho de que la difícil decisión haya tenido que ser tomada también en muchos más carmelos y conventos de otras órdenes no disminuye la tristeza del momento, sino que la intensifica. La falta de vocaciones y, por lo tanto, el envejecimiento de la población contemplativa son signos de la existencia una auténtica pandemia en la Iglesia causada por el abandono de la fe característico de nuestro tiempo.

El carmelo de Compiègne no es una comunidad más. En efecto, es el heredero de una ilustre tradición, ya que a él pertenecían las carmelitas que murieron mártires durante la Revolución Francesa. De forma especialmente dolorosa, el abandono del convento se produce menos de un año después de la esperada canonización de las carmelitas de Compiègne, que tuvo lugar el 8 de mayo de 2025. La Madre Teresa de San Agustín, priora del convento, y sus quince compañeras fueron canonizadas como mártires por el Papa Francisco. Habían sido beatificadas un siglo antes por San Pío X.

Su historia es estremecedora. El estallido de la Revolución Francesa en 1789 no tardó en dar lugar a una legislación brutalmente anticatólica. En 1790, se ilegalizaron los votos religiosos y el mismo hecho de vestir el hábito. Expulsadas de su monasterio y confiscados sus bienes, las carmelitas no solo se mantuvieron fieles a sus votos, sino que además quisieron pronunciar solemnemente un acto de entrega de su vida a Dios por la salvación de Francia.

Los revolucionarios ofrecieron a las monjas la posibilidad de renunciar a sus votos y a la vida en comunidad, pero ellas se negaron a abandonar su vocación. Acusadas de seguir llevando una vida religiosa, fueron trasladadas a París, declaradas «enemigas del pueblo» y condenadas a muerte.

Las carmelitas atravesaron las calles de París, camino de la guillotina, cantando salmos, el Te Deum y el Veni Creator. Murieron tras recibir la bendición final de su priora y besar una imagen de Nuestra Señora.

Durante dos siglos, la memoria de las mártires de Compiègne sostuvo a la comunidad, pero la crisis vocacional de la Iglesia ha sido demasiado para ellas. Hace unos treinta años, las carmelitas tuvieron que abandonar el edificio original en el centro de Compiègne porque no podían mantenerlo y se trasladaron a las afueras de la población, a unos diez kilómetros. El traslado les dio un respiro y les permitió resistir tres décadas más, pero el envejecimiento y la ausencia de vocaciones continuaron y la situación se ha hecho insostenible.

El cierre del convento será gradual, a lo largo de meses, para poder realizar todas las gestiones civiles y canónicas necesarias, especialmente la decisión sobre dónde se conservarán las reliquias de las mártires y el futuro de las seis monjas que quedan. Según parece varias de las carmelitas de más edad serán trasladas a residencias de ancianos.

El contraste con la situación actual no podría ser más claro. Cuando la fe se mantiene firme, la persecución produce mártires, que son semilla de nuevos cristianos. En cambio, cuando la fe se debilita, las apostasías se multiplican, las vocaciones a la vida consagrada desaparecen y los conventos tienen que cerrar sus puertas.

jueves, 23 de abril de 2026

El Lignum Crucis convierte el Camino Lebaniego en «un oasis donde brota gracia tras gracia»

(Rel.) El Camino Lebaniego, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2015 por la Unesco, conduce hasta el monasterio de Santo Toribio de Liébana, situado al este de Cantabria.

Allí es posible venerar el Lignum Crucis, reliquia traída desde Jerusalén en el siglo V por el obispo Toribio de Astorga. Desde que empezó a venerarse allí, a partir de 1181 se ha convertido en uno de los lugares de destino preferentes para los cristianos del mundo.

Tres franciscanos transformados por la reliquia

Como tres de ellos, franciscanos mexicanos: Rafael Rizo Aguado, guardián del monasterio; Felipe Álvarez Martínez, ecónomo y administrador del convento; y José de Jesús Rodríguez Galindo, sacristán mayor. Llegaron destinados el 11 de septiembre de 2025 y desde entonces han visto su vida transformada por esos trozos de la Cruz de Cristo y por la impresionante naturaleza de altos montes que los acoge.

Una naturaleza que aprendieron a valorar de la mano de su maestro, San Francisco de Asís: "Él nos hace ver la majestuosidad de la montaña y, con eso, lo pequeños que somos", explicó fray Felipe, antes de añadir que "esa pequeñez de lo que somos nos hace ver el valor que tenemos ante Dios".

¿Por qué es tan importante rezar arrodillados ante esa reliquia? Porque eso "propicia un camino de interiorización que nos ayuda a fortalecernos y sobre todo a transmitir con amor aquello que Dios nos ha encomendado".

Y lo que nos ha encomendado, añade fray Rafael, es "un encuentro con Él". Y aquí se hace posible con Dios, a quien no vemos pero que se hace presente en ese signo tan pequeño. El Lignum Crucis es pequeño, pero... ¡nos hace grandes! Y convierte el monasterio en "un remanso de paz, de reconciliación, de perdón y de esperanza".

Rezar ante un trozo de madera que sostuvo el cuerpo de Jesucristo e incluso pudo haberlo rozado toca el corazón de miles de católicos que hacen el Camino Lebaniego. 

Conversiones por ese objeto sagrado

El religioso confiesa que en el tiempo que lleva en este lugar de España ha contemplado "testimonios de conversión" de quienes han orado con tal espíritu.

Y fray Jesús confirma que, por ello, esa Cruz, expuesta y venerada en este lugar, lo ha convertido en "un oasis donde brota gracia tras gracia".

Por eso el monasterio de Santo Toribio de Liébana no solo transforma a los visitantes: también a ellos, que lo habitan. "Aquí descansa la impronta del amor más grande que Dios ha tenido con el mundo, que es la Cruz. Por ser custodios de este lugar lo amamos y nada más que entras te estremeces", sostiene.

Para ellos y para los peregrinos "es un espacio hecho para estar con Dios, y subes al monte para estar al pie de la Cruz", en cierto modo recreando la escenografía del Calvario y su trascendencia para nuestra salvación.

Y fray Felipe lo ha advertido en los peregrinos, para quienes "ese deseo, el deseo de poder ver y encontrarse con el misterio de amor que aquí late y brilla, ofrece gracia abundante para quien viene con esa devoción".
Para franciscanos como fray Rafael, fray Felipe y fray Jesús el entorno del monasterio es también, en un sentido distinto a como lo es el Lignum Crucis, un recordatorio de Dios.

¿Por qué? Sabemos que Cristo murió en el Monte Calvario. Sabemos que el Monte Alvernia (o La Verna), que da nombre al santuario que lo corona, es donde San Francisco de Asís recibió los estigmas. Y los Montes de Liébana son un recordatorio permanente de Cristo no solo por la reliquia, sino por el lugar que la rodea.

Reconocernos pequeños nos acerca a Dios

En efecto, dice fray Felipe, a veces nuestro vivir tan apresurado "no nos deja ver quiénes somos". Eso nos lo enseña, sin embargo, un retiro como el que ofrece su monasterio, al situarnos en medio de la naturaleza: "En él se toma altura ante la vida para poder ver y contemplar el mundo desde una perspectiva nueva, diferente, desde lo que somos... Ver la naturaleza nos transporta a la realidad de la creación de Dios".

"Cómo no maravillarse de ese amor tan grande que Dios nos tiene al entregárnosla", apostilla fray Jesús con precisión teológica.