lunes, 1 de junio de 2026

Corpus Christi. Por Mons. Luis Argüello García



El Tiempo de Pascua nos ha dado la oportunidad de profundizar en el significado del Domingo y de su centro, la Eucaristía, que es el Sacramento de nuestra fe. En la vuelta al Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra el Domingo de la Trinidad. Es la fiesta del Dios Comunión, que se comunica y entrega y nos da la posibilidad de vivir esa misma vida, la Comunión que se hace Misión. Inmediatamente después, la Iglesia celebra el Día del Corpus Christi, un día para homenajear a la Eucaristía, para, si cabe, profundizar aún más en lo que este Sacramento admirable significa para la vida de la Iglesia y la vida del mundo.

La Eucaristía es sacrificio, banquete y presencia real. Estamos llamados a armonizar su triple significado, para lo cual hemos de disponernos para entrar bien en su misterio, celebrar con una participación fructuosa y vivir, saliendo de la Eucaristía transformados, haciendo carne en nuestra vida personal y comunitaria el sacrificio, la presencia y el banquete.

Preparémonos para la Eucaristía. ¿Cómo lo hacemos habitualmente? No podemos ir con prisas, con el ánimo de quien cumple una rutina. La celebración de la Eucaristía pide una preparación remota, quizás a lo largo de toda la semana, pasando alguna de las lecturas por el corazón, avivando en nosotros el deseo de adorar al Señor, de entrar en su misma entrega y de sentarnos en el banquete que anticipa la vida plena que ya germina en nuestro corazón desde el Bautismo. Prepararse para la Eucaristía significa también examinar nuestra conciencia, sobre todo, si en la Eucaristía queremos comulgar conscientemente y, así, participar de manera plena en su misterio. Examinar la conciencia es caer en la cuenta del estado de nuestro corazón, de su disposición para acoger al mismo Dios que, como Cuerpo entregado, se nos da como Pan de vida.

Participamos en la Eucaristía porque somos bautizados y la vida bautismal ha de ser renovada a través de ese segundo bautismo que es el Sacramento del Perdón. Sí, es bueno, una vez más, insistir en ello. El Señor tiene misericordia, desea sentarnos a su mesa y ofrecerse Él mismo a sí mismo como alimento que cura y sana. Pero pone esta gracia en manos de nuestra libertad y desea que la sanación, la curación eucarística sea sellada en el Sacramento de la Penitencia si un pecado grave bloquea la entrada del Señor vivo en nuestro corazón.

Si nuestra situación o estado de vida es incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia por estar participando de una relación pecaminosa, en abusos respecto de otras personas, ya sea en el campo económico, laboral, ya sea en el campo psicológico o afectivo, o defendiendo públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana, no podemos acercarnos a comulgar sin una decisión firme de cambiar de vida restituyendo el daño provocado por nuestra situación de pecado.

Tampoco, cuando una relación matrimonial ha quebrado y quienes formaban parte de ese matrimonio viven una nueva relación conyugal. Estas personas, que siguen formando parte de la Iglesia, han de saber que esta quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística; pueden participar en la celebración, así como de la vida de la Iglesia en múltiples aspectos, pero comulgar la Comunión no es posible. El dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la Eucaristía. Por eso, hemos de prepararnos para celebrar la Eucaristía, examinar nuestra conciencia, ver nuestro modo y estado de vida para que sea coherente con la comunión plena que supone participar en la Eucaristía recibiendo el Cuerpo del Señor.

¿Cómo celebramos la Eucaristía? En el silencio, con espíritu de escucha y de adoración, sabiéndonos parte de un pueblo que al celebrar la Eucaristía va a tomar la forma del cuerpo de Cristo, aportando el pan y el vino, frutos del don de Dios y del trabajo de los que vienen. Participamos con el silencio y la palabra, con los gestos, sentados, de pie, de rodillas, con la actitud del corazón, entrando, atraídos por el Señor, en su entrega por todos. Qué importante es cuidar el momento de acercarnos a comulgar con espíritu de asombro y adoración. También hemos de abrir el corazón a los imperativos de la Eucaristía, «haced, id», y así disponernos para, como en el día del Corpus, ser custodias que sacan al Señor a la vida ordinaria, a la presencia en el mundo, a la renovación de nuestra sociedad y de la Iglesia, llevando el Amor recibido a los demás.

Por eso, si hemos celebrado la Eucaristía, estamos llamados a encarnar la comunión en la comunidad cristiana, a buscar momentos para que los que hemos rezado juntos Padre Nuestro encontremos a lo largo de la semana momentos para orar y formarnos, cultivar la fraternidad y ver cómo llevamos al mundo la presencia del Señor en la comunión y la entrega; el sacrificio del Señor en el perdón, el amor a los enemigos y el empeño por el bien común, no solo reclamando derechos si no también reconociendo deberes; el banquete que llena de esperanza, de diálogo, de alegría y encuentros nuestro caminar hasta que el Señor vuelva, porque en la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y, anhelantes, decimos «Ven, Señor Jesús».

Somos permanentes aprendices de la Eucaristía y del Domingo. Que la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, este año con la presencia del Papa en España, nos impulse a aclamar el Misterio de la fe: cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Novena al Sagrado Corazón de Jesús 2026


Día 1° Miércoles 3 de Junio a las 19'30 h.
Corazón vivo
"No es Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 18 - 27)

Día 2° Jueves 4 de Junio a las 19'30 h.
Corazón amoroso
"No hay mandamiento mayor que estos" (Mc 12, 28b - 34)

Día 3° Viernes 5 de Junio a las 19'30 h.
Corazón de la Palabra
"Una muchedumbre numerosa lo escuchaba con gusto" (Mc 12, 35 - 37)

Día 4° Sábado 6 de Junio a las 19'30 h.
Corazón de los pobres
"En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca más que nadie" (Mc 12, 38 - 44)

Día 5° Domingo 7 de Junio a las 11'55 h.
Corpus, Corazón Eucarístico
"Mi carne es verdadera comida" (Jn 6, 51 - 58)

Día 6° Lunes 8 de Junio a las 19'30 h.
Corazón del Espíritu
"Bienaventurados los pobres en el Espíritu" (Mt 5, 1- 12)

Día 7° Martes 9 de Junio a las 19'30 h.
Corazón luminoso
"Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13 - 16)

Día 8° Miércoles 10 de Junio a las 19'30 h.
Corazón profético
"No he venido a abolir la ley, sino a dar plenitud" (Mt 5, 17 - 19)

Día 9° Jueves 11 de Junio a las 19'30 h.
Corazón pacífico
"Deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5, 20 - 26)

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. 12 de Junio a las 19'30 h.
¡Reinaré en España!
"Soy manso y humilde de Corazón" (Mt 11, 25 - 30)

Fiesta del Inmaculado Corazón de María. 13 de Junio a las 19'30 h.
En el Corazón de la Madre
"Conservaba todo esto en su corazón" (Lc 2, 41 - 51)

Parroquia San Félix Mártir + LUGONES

sábado, 30 de mayo de 2026

Trinidad, el misterio de Dios comunión. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe no como un rompecabezas intelectual, sino como una relación desbordante de amor y comunión. Dios no es una soledad eterna, sino una familia divina que se abre para hacernos partícipes de su propia vida. A menudo, al pensar en la Trinidad, corremos el riesgo de tratarla como un teorema teológico abstracto, un dogma lejano o un misterio matemático de "tres que son uno". Sin embargo, las lecturas de este día nos revelan todo lo contrario. La Trinidad es el misterio de la cercanía absoluta de Dios. No es un Dios aislado en su omnipotencia, sino un Dios que es comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya mayor alegría es comunicarse, salvar y habitar en el corazón de los hombres.

La primera lectura del libro del Éxodo nos sitúa en el monte Sinaí. Moisés sube de madrugada con dos tablas de piedra, en un contexto de infidelidad del pueblo que acababa de fabricar el becerro de oro. Humanamente, esperaríamos un Dios airado que viene a castigar. Pero lo que sucede es una revelación asombrosa: el Señor pasa ante Moisés y proclama su propio Nombre. En el Antiguo Oriente, conocer el nombre de alguien significaba conocer su esencia. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? Él dice: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". Aquí encontramos las raíces de la revelación trinitaria. Dios se revela como Alguien que no puede ser indiferente al sufrimiento humano ni al pecado de sus hijos. La respuesta de Moisés es la adoración y la intercesión; cae de rodillas y pide a Dios que camine con ellos, a pesar de ser un pueblo de "cerviz dura". Esta lectura nos enseña que el Padre Celestial, origen de toda la creación, es desde el principio un Dios de Alianza, un Padre que prefiere perdonar antes que condenar y cuyo amor es siempre fiel. Por eso el salmista responde: "A ti gloria y alabanza por los siglos". 

En la epístola de San Pablo a los Corintios se nos presenta la Comunión de la Iglesia como reflejo de la Trinidad. El Apóstol concluye su carta con una exhortación a la alegría, a la concordia y a la paz. Corinto era una comunidad rota por las divisiones, las envidias y los bandos. Por eso, Pablo les recuerda que la única manera de vivir como Iglesia es reflejando la unidad de Dios. El texto culmina con una de las fórmulas litúrgicas más bellas y antiguas de nuestra fe, la misma con la que iniciamos cada Eucaristía: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí tenemos ese saludo trinitario que la liturgia ha hecho suyo. Necesitamos el Amor de Dios (el Padre), que es la fuente original, el principio de todo lo que existe. Qué decir de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo (el Hijo), el amor del Padre hecho carne, el regalo inmerecido de la salvación en la cruz. Y cómo olvidar la Comunión del Espíritu Santo -aún reciente Pentecostés-. Es la fuerza viva que une al Padre con el Hijo y que se derrama en nosotros para hacernos hermanos. El Apóstol nos dice que la Trinidad no es para ser debatida, sino para ser vivida en comunidad. Si Dios es comunión, nosotros, creados a su imagen, no podemos vivir en el aislamiento o en las trincheras.

Finalmente el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelio de San Juan, nos habla del don del Hijo para la salvación del Mundo. Este pasaje contiene uno de los versículos más memorables de toda la Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". En esta frase del diálogo con Nicodemo, Jesús nos revela "el motor" que mueve a la Trinidad: ¡el Amor! El Padre no entrega a su Hijo por obligación o por un rescate legalista, sino por puro amor al mundo entero. Dios no envió a su Hijo para juzgar o condenar, sino para salvar. El juicio, nos explica Jesús, consiste en aceptar o rechazar esa luz y ese amor. Aquí vemos actuar a la Trinidad en perfecta sintonía de salvación: el Padre envía por amor, el Hijo se entrega en obediencia amorosa, y el Espíritu Santo derrama esa vida eterna en nuestros corazones. Creer en el Hijo es entrar en la dinámica de la Trinidad, es dejarse abrazar por el Padre a través de la gracia del Hijo.

Hemos concluido la Pascua el pasado domingo, y quizás tocaría en estos días hacer autoevaluacion y preguntarnos cómo he vivido personalmente y si he aprovechado la Pascua: Ha cambiado en mí, o ha pasado este tiempo y yo por él sin pena ni gloria. ¿Cómo se nota en mi vida que Cristo ha resucitado? Y es que si los enemigos siguen siendo tan enemigos como siempre, si los pobres o los que son diferentes me siguen produciendo alergia, y los que no tienen la misma forma de pensar o de ver las cosas que yo siguen siendo blancos a batir igual que siempre, Cristo vivirá; sí, pero no en mí. Si los malos siempre son los demás y yo sólo soy el bueno, algo no va bien. Con frecuencia nos viene a la mente una reflexión, y es que nos parece que el que hace el mal parece todo le sale a pedir de boca, y que los que queremos hacer el bien encontramos zancadillas y trampas a cada paso. Que nos consuele pensar esto: chocarnos de morros contra el mal siempre significará que no vamos en su dirección.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos deja tres tareas fundamentales para nuestra vida de creyentes. En primer lugar saber vivir en Relación. Si fuimos creados a imagen de un Dios que es Familia, no estamos hechos para la soledad egoísta; estamos llamados a construir relaciones sanas de entrega y escucha en nuestros entornos. Segundo, ser Instrumentos de Comunión. En un mundo polarizado y herido por las divisiones, el cristiano debe ser un reflejo de la unidad trinitaria, buscando siempre el perdón, el diálogo y la reconciliación. Y lo tercero y último: agradecer y Adorar. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, no lo hagamos como un gesto automático y repetitivo sin más. Hagámoslo como un acto de fe consciente, recordando que estamos sumergidos en el océano de amor de nuestro Dios. 

En este domingo celebra también la Iglesia la Jornada Pro Orantibus, un día para valorar la vida contemplativa, a las monjas de clausura y los monjes, que son auténticos faros de luz que sostienen el caminar de todo el Pueblo de Dios. Sin duda, es poco un día para agradecer a quienes dedican su día a día a rezar en silencio por nosotros. Que nuestra plegaria les sostenga en su valiosa e insustituible misión. Que esta Solemnidad nos transforme y nos permita experimentar hoy la compasión del Padre, la gracia del Hijo y la fuerza unificadora del Espíritu Santo. Amén.

Evangelio en la Solemnidad de la Santísima Trinidad

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor

Qué humanidad tan magnífica (I). Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Ha sido mucha la expectativa levantada ante el primer gran documento del papa León XIV. La encíclica Magnifica Humanitas ha concitado muchas lecturas. Hay quienes han visto en el texto una dedicatoria fantasiosa y nada inocente diciendo que el papa y ellos están de acuerdo. Otros han sabido leerlo respetuosamente sin intereses forzados. Vamos a subrayar algunos de los puntos que enhebran este importante documento.

Llama la atención el tema aparentemente poco “piadoso” escogido por el Santo Padre a diferencia de lo que se suele publicar en los primeros lances del nuevo Pontífice. Sin embargo, tiene toda una envergadura teológica de amplio horizonte. Porque contra lo que algunos lectores en diagonal han dicho no responde a la verdad: no se ha metido el papa en un asunto tangencial, técnico, ajeno, abstracto, oportunista. El papa ha abordado esta cuestión desde dos referentes esenciales para la tradición cristiana: el hombre como criatura de Dios, y el proyecto de Dios sobre su más esmerada criatura que es el hombre.

Aparecen elementos como la dignidad de la persona inviolable, su libertad sagrada con sus acechanzas y el destino eterno que le aguarda. Un papa que tiene una trayectoria humana, intelectual y eclesial que aboga y asegura la seriedad de su opción en esta primera entrega con la encíclica que acaba de publicar y que, por primera vez, él mismo ha querido presentar en una rueda de prensa. Esos factores biográficos perfilan la elección y la modulación de esta temática: americano de origen, con raíces hispanas, de formación matemática y jurídico-canónica, con una pertenencia espiritual a la gran familia de San Agustín, y con una experiencia misionera en tierras peruanas durante muchos años.

En el principio… era la vida. Y así lo afirma sin tapujos el papa: «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada». Así se apunta al horrendo atentado contra la vida señalando como «decisiones gravemente ilícitas» el aborto provocado, la eutanasia promovida y el asesinato de inocentes en todas las circunstancias. No hay sociedad de progreso cuando se ignora este derecho de la vida «desde su concepción hasta su fin natural». Este es sin duda el principio y fundamento de su propuesta, porque faltando el respeto a la vida, todo lo demás corre el riesgo de ser un brindis al sol o una perversa ideología demagógica con intereses inconfesables.

Hay una tendencia a la simulación cuando la Inteligencia Artificial (IA) desplaza a la persona sustituyéndola en su imagen, en su voz, en sus deseos y necesidades. Se corre el riesgo de una suplantación que termina reduciendo a datos y logaritmos la conciencia humana y su libertad. Afirma el papa que la IA no tiene «conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual», todos ellos elementos que definen esa «magnífica humanidad» en la que habita Dios con dulzura y respeto. Y esto abre el debate a la cuestión ética de un cierto monopolio que controla a las personas, las determina y las llega a esclavizar, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». En este sentido previene sobre los intereses lucrativos de quienes abusan del control que esta herramienta propicia, en detrimento del bien común y de la libertad y dignidad de la persona. Apela en este sentido a los cauces jurídicos adecuados y una vigilancia independiente para evitar que la «homologación y dominio» de los que controlen la IA pueda dañar la justicia social y a los que resultan más vulnerables.

Es bienvenido este instrumento técnico de largo alcance que representa la IA, siempre y cuando se acierte en su recto uso que potencia lo que nos define como personas libres, relacionadas fraternamente y depositarias de un proyecto de Dios que nos realiza felizmente a través de nuestra andadura biográfica sea cual sea nuestra circunstancia. Habiendo más puntos que vale la pena señalar, seguiremos la reflexión el próximo domingo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

La encíclica "Magnifica humanitas": Dos amores, dos ciudades. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En su obra “La ciudad de Dios” san Agustín elabora una visión teológica de la historia universal. Esta es contemplada como un drama en el que luchan dos amores que fundaron dos ciudades: “el amor propio hasta el desprecio de Dios” fundó la ciudad terrena y “el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio”, la ciudad celestial.

Este drama es evocado por el papa León XIV en su encíclica “Magnifica humanitas”, que trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, para distinguir entre un progreso que sirve a la persona y a los pueblos y un progreso que los doblega a la lógica del poder.

La imagen de los dos amores y de las dos ciudades recuerda la diferencia que la Biblia establece entre la construcción de Babel, un proyecto que surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia y que deriva en confusión y desencuentro, y la reconstrucción de Jerusalén narrada por Nehemías, que es el efecto de la responsabilidad compartida de todo un pueblo, reconociendo la centralidad de Dios y generando comunión.

Si se impone en la sociedad el llamado “paradigma tecnocrático”, que privilegia sobre cualquier otra consideración la eficiencia, el control y el lucro, peligra lo humano, ya que lo más poderoso no significa necesariamente lo mejor. Para establecer un equilibrio entre técnica y dominio se hace preciso proteger el primado de la persona, rompiendo la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Lo cual, como explica el Papa, “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”, desarmándola y haciéndola acogedora.

Las opciones transhumanistas, que apuestan por una humanidad potenciada por la técnica, y posthumanistas, partidarias de la hibridación del hombre con la máquina, pueden abocar a la pérdida de lo humano. Y en la entraña de lo humano se encuentra también la contingencia, la finitud y el límite: “La finitud – observa León XIV -, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”. Precisamente porque experimenta el límite – la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso -, puede el hombre reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable y abrirse a la fraternidad.

El auténtico desafío consiste en “hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón”. El hombre tiene la potencialidad de ir “más allá de lo humano”, pero esta elevación que, como decía Santo Tomás de Aquino, “sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana” no es el resultado de una divinización tecnológica, sino el fruto de la acción de la gracia de Dios, que hace posible una relación que libera, una comunión que transforma y una trascendencia que nos hace más plenamente humanos. En Jesucristo la humanidad encuentra el camino que conduce a esa plenitud.

viernes, 29 de mayo de 2026

La Jornada Pro Orantibus pregunta «¿Por quién eres?»

(C.E.E.) La Iglesia celebra el domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada Pro Orantibus, que este año lleva por lema: «Vida contemplativa: ¿por quién eres?» Los materiales de esta Jornada han sido preparados por la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. 

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada indican que en España celebra cada año la Jornada Pro Orantibus como una ocasión privilegiada para hacer visible, agradecer y sostener la vida contemplativa presente en nuestras diócesis. En este 2026, el lema «Vida contemplativa, ¿por quién eres?» sitúa ante una pregunta fundamental, capaz de iluminar, a través de la vocación contemplativa, la vida cristiana en su conjunto.

En su mensaje los obispos recuerdan que en un tiempo y contexto cultural marcados por la prisa, la dispersión interior y la tentación de medir la vida desde la eficacia inmediata, junto con una sed de espiritualidad a muchos niveles, «la vida contemplativa recuerda a toda la Iglesia que la pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer y esperar, sino también, y sobre todo, por quién somos, vivimos yactuamos, por quién alzamos la mirada».

Además, subrayan la importancia de una existencia dedicada a la contemplación, que proclama, con la entrega de la vida, que «Dios es digno de ser buscado y amado por sí mismo y que situar la vida ante él representa por sí solo un servicio profundo y silencioso, tanto a la Iglesia como al conjunto de una humanidad muchas veces perdida en trincheras de odio y destrucción. Un servicio y una misión que la Iglesia y los hombres y mujeres de todos los tiempos necesitan».

En los materiales también se incluyen testimonios de vida contemplativa, donde dan a conocer su vida dedicada a Dios y puesta al servicio del mundo.