domingo, 5 de julio de 2026

"Manso y humilde de corazón". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia del decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario en el Ciclo A, nos revela el verdadero rostro de Dios: un Dios que rechaza la soberbia y abraza la pequeñez,  el cual nos ofrece descanso en medio de nuestros cansancios cotidianos. A través de las lecturas, el Señor nos invita a desarmar nuestro corazón y a vivir según el Espíritu.

La primera lectura nos habla del Rey humilde que trae la paz. El profeta Zacarías proclama una profecía mesiánica llena de esperanza para un pueblo que ha sufrido la opresión de grandes imperios con potente poderío militar. Pero aquí encontramos otra alegría, la alegría de la llegada. El texto comienza con una invitación imperiosa: "¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén!". La razón de este gozo no es un triunfo humano, sino la llegada del Rey esperado. Luego está la paradoja del poder divino. Este rey es "justo y triunfador", pero se presenta "pobre y montado en un borrico"… En la antigüedad, los reyes guerreros montaban grandes corceles de batalla; el asno, en cambio, era el animal de los siervos y del trabajo diario. Dios nos salva desde la mansedumbre, no desde la imposición o la violencia. Otro apunte es el de la destrucción de las armas: este Mesías humilde romperá los arcos de los guerreros y de las caballerías de Jerusalén para dictar la paz. Nos enseña que la verdadera paz no se construye armándonos contra los demás, sino desarmando el corazón. El salmo 144 responde a este anhelo: "bendeciré tu nombre por siempre Dios mío mi rey"…

En la segunda lectura San Pablo nos presenta un contraste teológico y práctico fundamental para la vida diaria: la oposición entre vivir "según la carne" y vivir "según el Espíritu". Ese Espíritu que habita en nosotros como el Apóstol nos recuerda. He aquí nuestra identidad profunda: "Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu". Por el bautismo, el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos vive en nosotros para darnos vida eterna. Esta es la deuda con Dios, no somos deudores de nuestros instintos egoístas ("la carne"), los cuales solamente nos conducen al vacío espiritual y a la muerte. Nuestra única deuda es con el amor del Señor. Somos llamados por tanto a la transformación, a vivir según el Espíritu que exige "dar muerte a las obras del cuerpo": el egoísmo, el rencor, la soberbia… Es una invitación abierta a dejar que Dios gobierne nuestros criterios, decisiones y afectos.

En el Evangelio del capítulo 11 de San Mateo, vemos la revelación a los pequeños y el alivio de Jesús. El pasaje evangélico es uno de los más bellos e íntimos del evangelista, dividido en dos momentos cruciales: la alabanza de Jesús al Padre y su invitación a los “cansados y agobiados”. En la revelación a los sencillos, Jesús alaba al Padre por haber escondido los misterios del Reino a los "sabios y entendidos" (aquellos instalados en su propia autosuficiencia intelectual o legalismo religioso) y habérselos revelado a los "pequeños". Para conocer a Dios no hace falta acumular títulos, sino vaciarse de orgullo y mantener un corazón de niño, abierto a la gracia. Por otro lado, está el aliento para los agobiados con esa invitación universal que Jesús lanza: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré". El Señor ve el peso de nuestras preocupaciones, enfermedades, crisis familiares y heridas emocionales, y se ofrece como nuestro descanso seguro. Él es también el yugo suave, así nos pide cargar con su yugo y aprender de Él, que es "manso y humilde de corazón". A diferencia del yugo opresivo de las normas farisaicas de la época, el yugo de Jesús es el mandamiento del amor. Su carga es ligera porque no la llevamos solos; la llevamos junto a Él, sostenidos por su gracia. En este tiempo estival somos invitados a descansar en Él y ayudar a que otros descansen.

Evangelio Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor 

Homilía del Sr. Arzobispo en la festividad de San Josemaría Escrivá

Saludo a mi hermano en el episcopado, Mons. Raimo Goyarrola, obispo de Helsinki. Al rector de esta Basílica, Don Manuel. Al representante de la delegación del Opus Dei en el noroeste de España, Don Javier. A los sacerdotes concelebrantes. A todos vosotros, amigos y hermanos, deseando que la paz llene vuestros corazones y vuestros pies caminen por las sendas del bien que Dios frecuenta.

Una fiesta de familia puede empezar y concluir en la nostalgia que te queda por los ausentes, mientras vas recorriendo fotos y recuerdos en el álbum de tus ancestros. Tiene sentido, sin duda, pero lo más que se produce es tan sólo esa amalgama agridulce de alguien que pasó por tu vida, o lo que te han contado sobre ella o sobre él con un sentimiento prestado, pero terminada la fecha de la añoranza, acaba inevitablemente el festejo para volver a lo espeso de los días laborables llenándonos de melancolía.

No es lo que hace la Iglesia con la memoria sanctorum, cuando llegadas las fechas correspondientes de su recuerdo litúrgico, nos asomamos a las vidas de nuestros santos, los mejores hijos de la Iglesia, para agradecer sus vidas. Lo decimos con hondura y belleza en el prefacio de los santos de la Santa Misa: Señor, Tú «manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra. Tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita».

Es esto lo que los cristianos celebramos cuando hacemos la memoria de los santos. Son de la familia, claro está, puede suscitarse una legítima y sana nostalgia si pudimos tenerlos cerca en nuestra biografía, pero no se reduce el recuerdo a sentimentalismo fugaz.

Los santos no añaden algo al evangelio, como si éste fuera incompleto; los santos no añaden palabras que no han sido ya pronunciadas por los labios del Maestro; los santos no construyen una ciudad o una casa que no haya sido levantada y edificada ya por Jesucristo. Lo que hacen los santos es repararlas o volver a abrir cuando se han deteriorado o cerrado, o salir en búsqueda de aquellos que se han marchado, o facilitar el camino para que estrenen su adentramiento aquellos que nunca han estado.

Dios nos regala a los santos como una compañía. Una compañía que no suple nuestra libertad, pero sí que la puede despertar, de manera que recordando pueda latir de nuevo nuestro corazón con ese pálpito que nos viene con la gracia del buen Dios. Así sucedió con San Josemaría Escrivá de Balaguer, como con toda esa pléyade de santos que han ido abordando a cada generación cristiana.

Un historiador de la primera época del cristianismo, Gustave Bardy, hablaba de la revolución que supuso la aparición, en aquel imperio decadente, del hecho cristiano, diciendo que aquellos primeros cristianos cambiaron el mundo –y emplea él esta expresión- desde el espectáculo de la santidad. El espectáculo de la santidad no es lógicamente un número circense, no es una genialidad que tiene la medida, o la cualidad de nuestras cosas humanas. Es el consentir que Dios en nosotros haga el bien, es el consentir que Dios en nosotros susurre y muestre. Y por eso es un espectáculo más grande que nosotros mismos. Es un espectáculo que, por provenir precisamente del Santo, del tres veces santo, bendice a quienes lo contemplan, y devuelve la paz a sus corazones, la esperanza a sus miradas, y hace posible que en una comunión real nos contemplemos como hermanos. ¡El espectáculo de la santidad!

Es algo tan antiguo como el primitivo cristianismo, y sin embargo hubo de esperar a San Josemaría para que se tomar conciencia como nunca antes de cómo la santidad no es algo privado de los claustros monásticos, de las epopeyas martiriales, de las hazañas misionera, de las virtudes religiosas o sacerdotales. Todo esto también ha escrito páginas preciosas de santidad en la larga y milenaria historia de la Iglesia.

Pero San Josemaría ha sacado a la calle y la plaza por donde la vida camina, a la familia donde ésta nace y crece, al trabajo en cualquiera de sus formas y responsabilidades, ha sacado la santidad como el reclamo que a todos Dios nos hace, el que de todos espera, y para el que nos agracia y acompaña como nadie. Lo hemos escuchado en el Evangelio que se nos acaba de proclamar: Jesús se hace presente en una escena cotidiana a la orilla del mar, sorprendiendo a unos pescadores profesionales que lavaban sus redes vacías tras una noche sin pescar nada. En ese instante, uno más entre otros, se les acerca para dilatar el horizonte y hacerles pescadores de hombres. En medio de la más ordinaria cotidianeidad, el Señor les invita a remar mar adentro para llenar las redes de sus vidas.

Puede parecernos una obviedad a nosotros que somos casi todos hijos del Concilio Vaticano II, en donde el magisterio supremo de la Iglesia proclamará la vocación universal de la santidad cristiana, pero no había sido así hasta entonces con esta auténtica universalidad que no distingue de edades, condición social, bagaje cultural, o vocación específicamente eclesial. Todos debemos ser santos. Con su gracejo aragonés, lo decía San Josemaría: “tienes la obligación de santificarte. Tú también. ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘sed perfectos, como Padre Celestial es perfecto’” (Camino 291).

Me alegro en esta tarde, poder celebrar con todos vosotros hermanos y hermanas que pertenecéis al Opus Dei o por simpatía estáis cerca de la Obra y sus miembros. Es una gracia para nuestra Diócesis que los hijos espirituales de San Josemaría construyan de tantos modos la Iglesia del Señor que en esta tierra astur peregrina.

Siempre me conmueve leer esa magnífica homilía en el Campus de la Universidad de Navarra en 1967, “amar al mundo apasionadamente”. «Quienes han seguido a Jesucristo —conmigo, pobre pecador— son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo —que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor y la eficacia de su trabajo diocesano—, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres —de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas— que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad —repito—, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares».

No estamos celebrando a San Josemaría como cuando se hace un homenaje póstumo o un recuerdo sentimental de alguien que ha tenido una aportación notable en nuestros días. No, más bien estamos dando gracias a Dios por él y también con él entonamos nuestro canto de alabanza. Por representar un camino de santidad contemporánea, la Iglesia nos lo señala como alguien cercano, de nuestros días, que ha logrado poner la fecha de nuestro tiempo y el domicilio de nuestra circunstancia. Santidad que tiene que ver con esa vida cotidiana de la que no nos escapamos para poder ser fieles cristianos, porque es en esa trama diaria donde nos espera Dios, donde Él seca nuestros sudores, enjuga nuestras lágrimas, comparte nuestros gozos y enciende más y más nuestra esperanza.

Esta fue la intuición de San Josemaría al fundar la obra que con él Dios regaló a su Iglesia. Poder ser sal de esta tierra y luz en este mundo, sin maldecirlos jamás, sino siendo fermento dentro de ellos. Lo decía en uno de los puntos de su libro Forja: «Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto. ¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia» (Forja, 932).

Cuando otros caminos de espiritualidad y vida cristiana han ido escribiendo y siguen haciéndolo preciosas páginas de santidad católica, San Josemaría fue inspirado por el Señor para abrir los ámbitos de esa perfección evangélica. Está bien que haya habido y siga habiendo claustros y monasterios, o conventos y comunidades, que desde los más diversos carismas han acercado a cada generación la ternura de Dios, su fidelidad llena de amor, su solicitud como Padre siendo una bendición para niños y jóvenes, para ancianos, para pobres y necesitados. Pero parecería que sólo se podía ser santo desde esos lares monásticos y conventuales. Mas precisamente cuando era más urgente la presencia de los cristianos en el entramado corriente, surge en el corazón de San Josemaría esa divina inquietud de fundar el Opus Dei como un vivo deseo de invitar a la santidad a hombres y mujeres que son llamados igualmente por Dios en medio de la vida cotidiana.

Hoy damos gracias por todo este ejemplo de vida cristiana santa, rezamos por todo cuando la Obra lleva adelante en el mundo, pero también en nuestra Archidiócesis de Oviedo. Damos gracias a Dios todos: vosotros que pertenecéis a la Obra de varios modos, y cuantos hemos sido llamados a otra vocación pero que estamos cercanos con afecto y gratitud a todos vosotros construyendo la Iglesia de Cristo y sirviéndola como ella quiere ser servida, en palabra del propio San Josemaría.

Pedimos a Santa María, a la Virgen del peinadico que tanta devoción le tuvo él y su madre y cuyo cuadro original pude venerar en mi Diócesis anterior de Huesca, en la Colegiata de Alquézar, que con San Josemaría nos bendigan y acompañen. Seamos santos cotidianamente, buscando la gloria de Dios y la bendición de los hermanos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Basílica del Sagrado Corazón de Jesús.
Gijón, 26 junio de 2026

viernes, 3 de julio de 2026

Tres jefes de Estado en Roma

(La Puerta de Damasco) Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.

De los tres jefes de Estado que tienen su residencia en Roma, la precedencia por antigüedad le corresponde al papa, que está, ayudado por la curia romana, a la cabeza de la Santa Sede, la institución del gobierno supremo de la Iglesia Católica y el sujeto de derecho internacional que la representa ante el mundo. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, ya que el papa es el sucesor de Pedro, el primer obispo de Roma. Con el tiempo, la Santa Sede comenzó a ejercer también la soberanía temporal sobre un territorio. En el siglo VIII se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia Romana. Los Estados Pontificios se mantuvieron vigentes durante más de un milenio, hasta 1870, cuando fueron anexionados por el Reino de Italia. El papa Pío IX excomulgó al primer rey, Víctor Manuel II, y se refugió en el Vaticano, considerándose un prisionero. Así transcurrirían unos cincuenta y nueve años y varios pontificados hasta que, en 1929, se firmaron los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que establecieron la soberanía plena del papa sobre el nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano, el más pequeño del mundo, que custodia la memoria del catolicismo, la belleza del arte y unos cuidadísimos jardines. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados.

El gran maestre de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta es, a la vez, un príncipe soberano y un superior religioso – protocolariamente tiene el título de “su alteza eminentísima” -. La Orden fue fundada en el siglo XI por el beato Gerardo, el primer gran maestre. Con la bula del 15 de febrero de 1113, el Papa Pascual II reconoce a la Orden de San Juan y la pone bajo la protección de la Santa Sede, concediéndole el derecho de elegir libremente a sus superiores, sin interferencia de otras autoridades laicas o religiosas. Carlos V les ofreció a los Hospitalarios la isla de Malta en 1530 para que allí fijasen su residencia. En 1798, Napoleón se apoderó de la isla y puso fin al gobierno territorial de la Orden. No obstante, sigue siendo un sujeto de derecho internacional, que mantiene relaciones bilaterales con más de 100 Estados y está presente en 130 países con proyectos médicos, sociales y humanitarios. Las principales sedes de la Orden de Malta son el Palacio Magistral, situado en la “Via dei Condotti”, en el centro histórico de Roma, donde reside el gran maestre y donde se reúne el gobierno, y la Villa Magistral, perteneciente a la Orden desde el siglo XIV, que se ubica en la colina del Aventino. Muchos turistas se agolpan en la Plaza de los Caballeros de Malta, a la entrada de la Villa, para mirar por el “Buco della Serratura”, una cerradura desde la cual se puede ver la cúpula de la basílica de San Pedro.

El jefe de Estado más reciente es el presidente de la República Italiana. Desde la unificación, Italia ha tenido cuatro reyes, de la dinastía Saboya, y a partir de 1946, doce presidentes. La sede principal de la presidencia de la República es el Palacio del Quirinal - llamado así por estar situado en la más alta de las siete colinas de Roma -, que era donde vivía el papa al menos desde 1609 hasta 1870, cuando pasó a ser residencia real, dada la disolución de los Estados Pontificios. Es el sexto palacio más grande del mundo en superficie, tiene más de 1.200 habitaciones, además de unos magníficos jardines.

Vídeo mensual del Papa

 

jueves, 2 de julio de 2026

Don Cecilio Díaz González, 19 años de su partida. Nuestra oración, recuerdo y gratitud

El sacerdote Don Cecilio Díaz González falleció el 1 de julio de 2007 en Nava, tras una vida entera dedicada al servicio pastoral en Asturias. Hoy se cumplen exactamente 19 años de su partida, una fecha que invita a recordar. Natural del pueblo de Tresali (Nava), su trayectoria estuvo marcada por su cercanía, su carácter trabajador y, de forma muy especial, por su labor al frente de nuestra parroquia de San Félix de Lugones, donde ejerció como párroco. La eucaristía de esta tarde se aplicará por su eterno descanso.

La sencillez de las raíces y el trabajo en el campo

"El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto." (Jn 15, 5), Don Cecilio jamás olvidó sus orígenes rurales ni el sudor de los trabajos agrícolas de su juventud. Esa conexión con la tierra moldeó un carácter sencillo, trabajador y profundamente arraigado en lo esencial. Sabía que, al igual que en el campo, en las almas la siembra requiere paciencia. Su fructífero ministerio en cuencas mineras, pueblos costeros y villas industriales fue el resultado de una vida que permaneció siempre unida a la vid verdadera que es Jesucristo.

Servidor de la Santina en el monte santo

"El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro servidor; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir." (Mt 20, 27-28). El nombramiento como canónigo ''ad tempus'' de la Basílica de Covadonga coronó su trayectoria terrenal de la forma más hermosa: a los pies de la Virgen. Lejos de asumir este cargo como un honor para el orgullo, Don Cecilio lo vivió desde el servicio silencioso en el confesionario y la acogida afectuosa al peregrino. En el Santuario reflejó el amor de la Madre, desgastándose por los fieles hasta que las fuerzas comenzaron a flaquear debido a la enfermedad.

La recompensa del siervo fiel

"Entra en el gozo de tu señor" (Mt 25, 23). Afrontando su dolencia final con una entereza cristiana ejemplar, Don Cecilio entregó su alma a los 76 años. Hoy, sus restos descansan en el cementerio de su querido Tresali. Diecinueve años después, hoy damos gracias a Dios por su vida, con la firme esperanza de que aquel sacerdote que tantas veces pronunció las palabras de la consagración en el altar, pueda ya disfrutar de la pascua de los elegidos. 

Oración

Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos por el alma de tu sacerdote, Cecilio. Él consagró su vida a tu servicio y guio a tu pueblo con amor y fe. Te pedimos que, por tu infinita misericordia, perdones sus faltas y lo acojas en el banquete celestial de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Concédele el descanso eterno y que brille para él la luz perpetua. Amén.