martes, 17 de febrero de 2026

Carta de nuestro Párroco ante el inicio de la Cuaresma

Querida comunidad parroquial:

Nos encontramos de nuevo a las puertas de la Cuaresma, ese itinerario de cuarenta días que la Iglesia nos regala para preparar el corazón hacia la alegría de la Pascua. Como Párroco, me gustaría invitaros a no ver este tiempo como un simple retorno en una rutina de "cumplimiento", sino como una oportunidad de renovación sincera.

El catecismo de la Iglesia subraya cómo ''Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes -obras caritativas y misioneras-'' (CIA nº 1438). Sin duda, este es el tiempo de la misericordia, por ello nos preparamos en conciencia para vivirlo con hondura de espíritu. 

Al recibir la ceniza sobre nuestras cabezas, escucharemos una invitación que resonará de forma especial durante estos cuarenta días en nuestro interior: «Conviértete y cree en el Evangelio». Con este gesto sencillo pero cargado de significado, iniciamos la Cuaresma, un tiempo que no es de tristeza, sino de entrenamiento espiritual y de retorno a lo esencial.

Nos adentramos, pues, en el desierto, que como siempre me gusta indicar, es lugar de combate; sí, pero también de encuentro, especialmente con uno mismo. La Cuaresma nos sitúa simbólicamente en la soledad, siguiendo los pasos de Jesús. El desierto es el lugar del silencio donde Dios habla al corazón, pero también es el lugar de la debilidad y la tentación. Hoy, nuestros "desiertos" están marcados por el ruido, las prisas y una excesiva conexión tecnológica que, paradójicamente, nos desconecta de los que tenemos al lado. Os invito a buscar vuestro propio desierto: diez minutos de silencio diario, un paseo sin teléfono, un momento de lectura reposada de la Palabra. No dejéis consultar el Evangelio del día para que la Palabra sea vuestra brújula.

El Papa Léón XIV en su audiencia este pasado día 11 nos pedía que esta Cuaresma que vamos a empezar sea un tiempo para «profundizar nuestro conocimiento y amor por el Señor, examinar nuestros corazones y nuestras vidas, así como para volver a centrar nuestra mirada en Jesús y su amor por nosotros». Y que los tres pilares tradicionales de la cuaresma sean «una fuente de fortaleza en nuestro esfuerzo diario por tomar nuestra cruz y seguir a Cristo». El Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2026  es un auténtico regalo, unas ideas concisas y muy concretas que se nos ofrecen sobre cómo escuchar, tener hambre de la Palabra y vivirlo unidos en comunidad. 

Desde antiguo, cada año se nos propone vivir este camino bajo estas tres claves esenciales, tres "armas" de la luz. La Iglesia nos ofrece estas tres herramientas, que son clásicas pero no pasadas de moda, las cuales debemos redescubrir con creatividad:

Una oración que conecte: No se trata de rezar más por obligación, sino de buscar el silencio. Que no sea un monólogo, sino un dejar que Dios nos mire. Os animo a redescubrir el Sacramento de la Reconciliación. Si necesitáis guía, el portal Catholic.net ofrece excelentes reflexiones sobre cómo vivir la confesión como un encuentro de amor. Os invito a participar especialmente en la Adoración Eucarística de los jueves y en el Vía Crucis que rezaremos cada viernes en el templo.

Un ayuno que libere: Más allá de la privación de comida, ayunemos de la indiferencia, de las palabras que hieren y del ruido digital que nos impide escuchar a Dios y al prójimo. No es una dieta, es una disciplina. Ayunemos de juzgar a los demás, de la queja constante y del consumo innecesario. Que lo que ahorremos con nuestro ayuno tenga un rostro concreto: el de los más pobres.

Una caridad que transforme: Que nuestra limosna no sea una moneda para calmar la conciencia, sino un gesto de cercanía. La caridad es el termómetro de nuestra fe. Os pido que miremos a las pobrezas que nos rodean: las familias que pasan necesidad, los parados, los enfermos. La caridad es la expresión máxima de la misión de la Iglesia. La Cuaresma es un buen momento para colaborar activamente en la labor social de la Iglesia, en nuestro caso con Cáritas Parroquial ó, por ejemplo, dedicando tiempo a quienes están solos en nuestras parroquias... Recuerdo con cariño a las Hermanas Amparo y Bibiana, las cuales pusieron por costumbre en esta Parroquia que en Adviento y Cuaresma el Párroco peregrinaba junto a las Hermanas del Santo Ángel por las casas de nuestros mayores y enfermos a saludarles o llevarles la comunión o la Unción de Enfermos. 

Somos comunidad en camino, pues nadie camina solo hacia la Pascua. Somos un cuerpo. Por eso, os convoco a los actos comunitarios que a lo largo de estos cuarenta días iremos teniendo: celebraciones, charlas cuaresmales, concierto, retiro, confesiones... Sólo tratan de ser ayudas para no desfallecer en este trayecto que nos encamina hacia la alegría de la Resurrección.

No olvidemos que la meta no es la ceniza, sino el fuego de la noche de Pascua. Todo el esfuerzo de estas semanas tiene un sentido: llegar renovados a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. No tengamos miedo de mirar nuestras heridas y entregárselas al Señor para que Él las cure y las sane.

Os espero este Miércoles de Ceniza, a las 19'30 horas, para iniciar juntos este camino. Recibir la ceniza es reconocer nuestra fragilidad, pero sobre todo, es aceptar que el amor de Dios es capaz de transformarlo todo.

Que este tiempo sea para todos nosotros un verdadero "desierto" donde florezca la esperanza. 

Que la Virgen María, que acompañó a su Hijo en el camino de la Cruz, y vivió la Soledad tras depositar su cuerpo en el sepulcro, nos enseñe a ser fieles y a vivir estos cuarenta días con un corazón dócil y esperanzado. Caminamos hacia la mañana de Resurrección, no sólo ahora, sino siempre. Que ello esponje nuestro espíritu, conscientes de que nuestra meta no es la cruz, sino la luz.

Con mi bendición y afecto,
Joaquín:
Vuestro Párroco.

lunes, 16 de febrero de 2026

Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026


Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». (1)

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». (2) El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». (3) En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». (4)

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

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(1) Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.

(2) S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.

(3) Benedicto XVI, Catequesis (9 de marzo de 2011).

(4) S. Pablo VI, Catequesis (8 de febrero de 1978). 

"Cristo nos llama a formar parte de su sacerdocio". Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

 

domingo, 15 de febrero de 2026

"No he venido a abolir, sino a dar plenitud". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos a punto de interrumpir el Tiempo Ordinario; este domingo VI nos vemos ya casi a las puertas de la Cuaresma, que iniciaremos este próximo miércoles de ceniza. No retomaremos el Tiempo Ordinario hasta pasada la Solemnidad de Pentecostés. En el domingo de hoy la Palabra de Dios quiere ir preparando ya nuestro corazón para esta etapa de gracia que nos disponemos a vivir como recogimiento interior camino de la Pascua. El salmista nos ha dicho: "Dichoso el que camina en la ley del Señor"; que también se traduce como "en la voluntad del Señor". Y es que a veces nos ocurre que queremos imponer nuestra voluntad, y se nos va la vida en ese empeño: que en la comunidad de vecinos se hagan las cosas así o que en la Parroquia se hagan las cosas asá; que el gobierno vaya por este camino o el Obispo por el otro... Y perdemos de vista lo que Jesús nos recordará hoy en el evangelio: "cielo y tierra pasarán, pero tus palabras no pasarán ". Esta debe una nuestra clave esencial de vida, lo cual no significa que los cristianos no tengamos que implicarnos en un mundo mejor, al contrario. Como diría la Madre Teresa de Calcuta, el océano sería menos océano sin la gota que cada uno aportamos, pero, lo realmente importante para nosotros es construir el reino que no se ve: el interior, del Espíritu y su reinado que no es de este mundo, pero que ya ha comenzado entre nosotros.

San Pablo continúa en su ardua predicación a los Corintios, donde el Apóstol experimenta que los mayores opositores que encuentra son precisamente los "sabios"; no sólo los filósofos, también los entendidos de otras religiones se creen en posesión de la única verdad y ven en la predicación de Pablo a un contrincante. Pero el Apóstol no se enfrenta a ellos debates filosóficos ni argumentaciones elevadas, pues es consciente de que debe darles a conocer lo más grande que ha encontrado en su camino: Jesucristo. Evidentemente que anunciar a Cristo en Corinto fue muy complejo: ¿cómo presentar como Mesías a un hombre que murió en una cruz? ¿De qué sabiduría nos hablas que nosotros no conozcamos?... San Pablo no se anda por las ramas: "enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria". Una sabiduría que no viene de capacidades propias, sino del Espíritu; una sabiduría diferente, que es la novedad que trajo Cristo. Una sabiduría para vivirla aquellos que quieren ser de Jesús, los que quieren ser Santos, los que tratamos de responder a la invitación del Maestro buscando la perfección, como nuestro Padre lo es.

Por su parte la primera lectura del libro del Eclesiástico nos habla del misterio del pecado frente a la libertad del hombre. Es un tema muy presente en nuestro día a día: la evidencia que el mal existe, actúa y no descansa, frente a la evidencia que Dios pudiera parecer indiferente a las actuaciones del maligno. El autor del texto es sencillo a la hora de abordar la libertad de cada cual y a la hora de decidir: "El te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera". Lo de elegir agua o fuego está bien claro, cada cual es autónomo para elegir hacer el bien o el mal. Pero, lo de muerte o vida nos suena un poco más raro: ¿podemos elegir morir o vivir?. A alguno le sonará a esa frase de "Tolkien" en "El Señor de los anillos": "Muchos de los que viven merecen la muerte. Y algunos de los que mueren merecen la vida"... Ciertamente, en nuestro mundo hay personas que no quieren vivir y no les queda otra que seguir adelante, y otros que experimentan que la vida se les escapa entre los dedos como agua, pero no se quieren morir. En mi pueblo un señor mandó poner en la lápida de su nicho: "muero en contra de mi voluntad"... Pero las palabras del Eclesiástico las interpretamos a la luz de Jesucristo Resucitado, por eso podemos elegir entre morir y vivir, pues sabemos que "si con Él morimos, con Él vivimos".

El evangelio de hoy es la conclusión del "Sermón de las Bienaventuranzas" que nos lleva acompañando tres domingos. Hoy concluimos su lectura, que es todo un catecismo de vida y hoja de ruta para el creyente. En este tramo de su predicación Jesús quiere dejarnos claro que la justicia cristiana no es la judía, pero que su estilo y ser no es tampoco el de un antisistema. Las palabras del salmista suenan de nuevo: "el que camina en la ley del Señor ". Y es que Jesús deja claro un principio inamovible: "no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud"... Nuevamente el Señor nos descoloca, pues llega a especificar que ha de cumplirse "hasta la última letra o tilde"; en hebreo hasta la última "iota"; es decir, hasta el más mínimo signo ortográfico. Esta es una gran reflexión ante la Cuaresma que vamos a iniciar, y es que Dios no nos pone normas para hacernos infelices, sino que sólo seremos felices si nuestros pasos transcurren por donde espera el Señor que vayan. Jesús no viene a abolir la enseñanzas antiguas, sino que nos las presenta desde una doctrina tan sublime, que hasta llega a pedirnos amar a quienes nos odian. Jesucristo, plenitud de la revelación, nos descubre la intimidad del Padre, y lo que quiere el Creador para nosotros. Una buena frase para interiorizar  y reflexionar en la oración esta Cuaresma sería ésta: "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva".

El Jesús que descubrimos en el evangelio de este domingo no es un Nazareno "light", no es un Jesús "hippie" ni un Cristo "setentero". Es hora ya de dejar de vivir anclados en clichés trasnochados y desfasados, que sólo aportan amargura e infelicidad. Qué triste es ver personas que se dicen cristianas y que viven en una maquinación continua y constante, pues les hierve la sangre que las cosas no vayan en la dirección que ellos desean. El evangelio de este día desmonta esos castillos de naipes, y nos plantea un interrogante: ¿Cuándo voy a dejar de hacer y pensar todo en función de lo que yo quiero y deseo para empezar a preguntarme qué pensará Dios de esto o aquello? ¿Qué me dice a mí cada día su Palabra? ¿Qué me dice y pide la Iglesia?... Y es que a veces queremos ser cristianos de menú libre: soy muy católico pero defiendo abiertamente el aborto; soy muy cristiano pero lo que la Iglesia enseña no lo comparto; yo comulgo con Dios pero no con los curas ni los obispos... Jesús es claro en sus palabras de este día, no sólo con incumplir, sino que los que enseñan su mensaje como no es, ese "será el menor importante en el reino de los cielos", que es algo así como decir: ¡Atenerse a las consecuencias! Por eso cuidado con las modas, las corrientes, las ideas anticristianas etc. El demonio llega a nosotros por muchos medios y canales para decirnos: ¡Disfruta! ¡No hagas caso! ¡Pásalo bien! ¡No te confiesaes! ¡Odia! ¡Critica! ¡No ames!... De cuántas cosas nos advierte hoy el Señor que nos llevan a la perdición: el rencor, los pleitos, el adulterio o el jurar... Todo el Sermón es con dos vías: "Habéis oído que se dijo", frente a "pero yo os digo". Ó, "el que se salte", ante "pero quien los cumpla"... Que nuestra fe se muestre también en nuestro mirar y en nuestro actuar; lo que tenemos que sacar no es el ojo, sino los prejuicios con que tantas veces miramos; esas personas que como coloquialmente decimos "no nos entran por el ojo", aunque nos hayan hecho algo o igual nada, pero que sencillamente no digerimos. Igualmente nuestra mano, una mano que no es capaz de tenderse al otro, de ayudar, de regalar paz, esa mano no es la de un seguidor de Cristo, por eso advierte el Señor sobre ir a parar a la "gehenna". La "gehenna" era el basurero de Jerusalén, un quemador de vertidos, y también un sinónimo del infierno. Quiero quedarme también y trasladaros la última petición del evangelio de hoy: "Que vuestro hablar sea si, sí; no, no"... No seamos tibios, no vivamos con doble discurso, sino con autenticidad e ideas claras en nuestra fe.

Evangelio Domingo VI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo:
“No cometerás adulterio”.

Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.

Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor

La parábola del invierno. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Estoy asomado a una ventana donde se contempla un horizonte nevado y hace frío hasta en la mirada. Puede parecer que este tiempo invernal es una época dura que cuanto antes hemos de ir superando. Como si estos meses fueran un peaje inevitable que debemos poco a poco atravesar. Las jornadas tienen menos luz y se trabaja en los adentros con discreción y calidez, no a la intemperie que nos dejaría gélidos y tiritones. Pero lentamente los días se van alargando con las fechas imparables que van recabando minutos y espacios a esa vida que no se detiene. Así paulatinamente se nos irá colando antes la luz cada mañana al despertar nuestros ojos, mientras que esa luz madrugadora se hace cada vez más remolona al decirnos adiós al atardecer de cada tarde. No estamos ante la explosión pizpireta de una primavera en flor como en otras épocas de calendas personales o sociales, tampoco nos hallamos ante el apacible estío que llena de sosiego la holganza tranquila al fresco de la brisa de la tarde, y ni siquiera estamos ante el otoño de paz serena con las alfombras de hojas caídas que nos llenan de nostalgia entrañable. El invierno tiene otro formato, otros grados y tiene también otro paisaje.

Es difícil este tiempo de los inviernos tenaces en el que el frío por fuera parece que nos atenta por dentro, y nos deja demasiado desnudos ante una intemperie desnuda también escuálidamente. El paisaje invernal impone esa nota de austeridad que puede sumirnos en una cierta soledad, en un pasmo aterido que nos impone la tristeza o el desencanto. Y, sin embargo, en el invierno la vida también crece, aunque no lo parezca: tiene su sentido, cumple su misión, por eso es urgente saber escuchar su mensaje descubriendo su secreto y calidez. No tiene la apariencia colorida de otras estaciones del año, pero hace su papel indispensable y trabaja calladamente para que luego lleguen los frutos sabrosos y dulces, y rompan las flores con su aroma delicioso, y el agua salte cantarina por torrentes y valles tras el llanto fecundo con el que se derriten nuestros neveros y glaciares desde las cimas más altas hasta las simas indescifrables de profundas hondonadas.

Nuestra vida tiene momentos de invierno que no son inútiles, ni sin sentido, aunque cueste comprenderlos, abrazarlos y vivirlos con todo su significado. Hay que saber habitarlos con la sencillez y sabiduría de quien también aquí se atreve a entender el mensaje de Dios que se esconde en cada instante. Porque no es el momento de la flor ni del fruto, sino el tiempo de la raíz. Y las raíces no trabajan en el escaparate, sino en la más noble trastienda de penumbra recatada, para que luego se pueda presentar y exhibir lo que callandito se ha ido preparando cada día y cada tarde en una vida que no para.

Decía el gran poeta Rilke que “Dios espera donde están las raíces”. No somos nosotros quienes con nerviosa ansiedad nos empeñamos en solucionar con herramientas humanas lo que tan sólo en Dios tiene su arreglo cumplido y completo. Pero en ese surco invernal hay también semillas, que no por ocultas a la mirada dejan de trabajar para el bien bondadoso, para la verdad verdadera y para la belleza hermosa. Esta sería la sabiduría que deberíamos aprender de la parábola del hermano invierno, porque en ella se nos enseña una página inexcusable de vida que no deberíamos dejar pasar sin aprenderla.

Tiene nombres que identifican en la vida esta parábola, como tiene el tiempo de una edad y el domicilio de una circunstancia. Cuando ese nombre señala un momento y su contexto, la parábola deja de ser alarde literario vacío, y se torna un regalo, una verdadera gracia. Porque en el trance del invierno también Dios abraza nuestros temores, cura las heridas que nos desangran, relativiza los desprecios que nos infligen, y en ese cauce se nos susurra una palabra y se nos acerca una ternura que nos libra del hastío escéptico, de la bronca insidiosa y del miedo que acorrala, mientras nos hace sabios con la sabiduría del buen Dios que, en nuestras raíces, trabaja.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

La situación crítica de Cuba fuerza a sus obispos a aplazar la visita ad limina al Vaticano

(ACI/InfoCatólica) El Secretariado de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba informó que los obispos de la isla han solicitado al Papa León XIV aplazar su visita a Roma, ante la grave situación que atraviesa el país. La decisión, comunicada este 12 de febrero, se justifica por el empeoramiento del escenario socioeconómico, que —según el texto— está provocando «tanta inestabilidad e incertidumbre».

La visita ad limina estaba prevista para comenzar el lunes 16 de febrero. En el marco de ese viaje, los obispos tenían programado reunirse con el Papa León XIV el 20 de febrero. Además, durante su estancia en la Santa Sede, los prelados planeaban rezar en las cuatro basílicas papales y mantener encuentros con distintos dicasterios vaticanos.

Sin embargo, en el comunicado compartido, la COCC explicó que «ante el agravamiento de la situación socio económica del país, que genera tanta inestabilidad e incertidumbre, los obispos católicos han solicitado al Santo Padre León XIV, aplazar la visita ad limina para una fecha posterior a la prevista inicialmente».

El texto del episcopado añade una nota de fidelidad y plegaria en medio de la prueba: «Seguimos orando por nuestra patria, y renovamos nuestro afecto y comunión con el Papa y con la Sede Apostólica».

La información señala que la prolongada crisis económica y social en Cuba se ha agudizado en los últimos días. En particular, se menciona el anuncio del gobierno de Estados Unidos del 29 de enero sobre la imposición de aranceles a los países que envíen petróleo al país caribeño, como una forma de presionar al régimen comunista.

El gobierno cubano ha establecido más restricciones de las que ya venía afrontando la población. Asimismo, el domingo previo a la publicación, el régimen informó que ya no contaba con combustible para aviones comerciales, una situación que afecta especialmente al turismo, descrito como una de las principales fuentes de ingreso del gobierno.

En el mismo contexto, se recuerda que el 31 de enero los obispos expresaron en un comunicado que Cuba corre el riesgo de caer en un caos social y de violencia si no se dan los cambios estructurales que necesita y que, según advirtieron, son cada vez más urgentes.

Con este panorama, la COCC ha optado por pedir la reprogramación de la visita ad limina, con la intención de realizarla cuando existan condiciones más estables, manteniendo al mismo tiempo —según su propio mensaje— la oración por Cuba y la comunión con el Sucesor de Pedro y la Sede Apostólica.