La Fiesta de la Visitación de María a su prima Santa Isabel cobra en Lugones una dimensión especial, y es que forma parte su ADN. Decía el enamorado Cronista de Lugones y malogrado José Antonio Coppen, que las fiestas de Santa Isabel, al datar del siglo XIX podía presumir de haber conocido tres siglos diferentes: ¡cierto! Esta festividad, que tradicionalmente cierra el mes de agosto, une el misterio evangélico con el latir cotidiano de nuestra localidad. En un cruce de caminos históricamente marcado por el paso de tiempo, el esfuerzo industrial y el constante crecimiento humano. El viaje de la Virgen se convierte en un icono que siempre aporta luz. El relato bíblico nos muestra una fe que no se estanca, sino que se pone en movimiento para servir a los demás. María no guarda la buena noticia en el aislamiento; sale al encuentro de inmediato con prontitud, a compartir el gozo. Al igual que María cruzó la geografía de Judea para abrazar a su prima anciana, Lugones se ha construido históricamente gracias a personas que se pusieron en camino. Desde aquellos primeros pobladores que se asentaron al amparo de las calzadas romanas, hasta las familias que llegaron con el auge industrial del último medio siglo. Lugones, encrucijada de caminos, puede presumir de ser tierra de encuentros, acogida y dinamismo cotidiano.
Cuando María entra en el hogar de Isabel, se desborda la alegría y el reconocimiento mutuo. Las Sagradas Escrituras plasman este momento cumbre que hoy inspira nuestra fiesta local: Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó la criatura en su vientre ( Lc 1, 41). Llevar a Cristo implica transformar los espacios comunes, renovando y acogiendo. Es la crónica de un camino que une la prisa alegre del servicio con la solidez de una comunidad que, a lo largo de los siglos, ha sabido construirse a base de encuentros, trabajo y fe compartida de los propios y los que van llegando. El relato bíblico de la Visitación nos sitúa ante una fe que no es estática ni puramente contemplativa. No es la prisa del ansia contemporánea, sino la urgencia del amor que no puede esperar. María desafía la fatiga, la montaña escarpada y las distancias, para llevar el mayor tesoro: ''el fruto bendito de su vientre''. El encuentro entre María e Isabel es también el abrazo entre el ayer y el mañana, entre la juventud audaz y la ancianidad experta y venerable. El espíritu de la Visitación nos llama a fortalecer la vida espiritual, asociativa, cultural, caritativa... La Visitación es el ejemplo supremo de esta dinámica. María no da un discurso teológico a Isabel; le ofrece su presencia, su ayuda en las tareas domésticas y su testimonio de creyente. La verdad del Evangelio se hace creíble cuando se traduce en conciliación familiar, en el respeto mutuo entre los ciudadanos y en la acogida hospitalaria a quienes eligen, como la mejor posible, esta localidad para vivir.
Afirmaba el Papa León XIV: ''En este día, el del encuentro con su prima Isabel, se contiene el secreto de cualquier otro día, de cualquier otra época. Y las palabras no son suficientes; es necesario un canto, que la Iglesia sigue entonando cada día, al atardecer, «de generación en generación» (Lc 1,50). La sorprendente fecundidad de la estéril Isabel confirmó a María en su confianza; le anticipó la fecundidad de su “sí”, que se prolonga en la fecundidad de la Iglesia y de toda la humanidad, cuando la Palabra renovadora de Dios es acogida. Ese día dos mujeres se encontraron en la fe, después permanecieron tres meses juntas para ayudarse, no sólo en las cosas prácticas, sino en un nuevo modo de leer la historia''. El magisterio del Papa León ilumina con especial fuerza el sentido de esta celebración. En sus recientes intervenciones, el Santo Padre insiste en que las grandes historias de salvación se construyen en los hechos más sencillos y humanos de la vida diaria: «El Dios de la Biblia se manifiesta en la liberación de la esclavitud, en el nacimiento ya inesperado de un hijo, en el amor misericordioso y fiel. Habla a través de hechos y encuentros, rostros e historias». Ahí tenemos el regalo de la reciente encíclica Magnifica humanitas (magnífica humanidad) que no aborda únicamente el reto de la Inteligencia Artificial, sino especialmente, la prioridad de la dignidad humana. Un texto que no deja indiferente a quien se asoma a sus enseñanzas, y también aquí nos encontramos la escena de la Visitación: ''El cántico de María acompaña nuestro compromiso. Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación'' (Nº 243). Este mensaje es un fuerte asidero espiritual. Y cómo olvidar su reciente visita a España, donde nos el Pontífice nos ha regalado unas bellas y profundas reflexiones para nuestra realidad, alguna en el seno de la palabra libre de nuestra democracia. Quizás una de las más aplaudidas por creyentes y no creyentes ha sido su propuesta para huir de la polarización, que pasa por anteponer la cultura del encuentro frente al enfrentamiento; nosotros podríamos traducirlo por vivir en clave de visitación, en lugar de confrontación.
Celebrar la Visitación de María a Isabel es un llamado urgente a caminar «cum festinatione» —con prisa alegre— al encuentro de quienes nos rodean. Es un compromiso a no ser meros espectadores ni a preocuparnos únicamente de lo nuestro. Estamos llamados a imitar los tres pasos del camino de María: 1º Salir: Romper la inercia, la rutina vacía, la comodidad personal y el acomodo, los clichés, los tópicos y estereotipos, los muros. 2º Abrazar: Escuchar con paciencia a las generaciones que nos precedieron y acoger con esperanza a las nuevas, tender la mano a quien jamás se la daríamos: al que no piensa lo que yo pienso, al que no cree lo que yo creo, al que no vota a quien yo voto, a quien no tiene el color de la piel como la mía... 3º Alabar: Los creyentes agradecemos lo que Dios nos concede; sí, pero al tiempo, qué importante es que valoremos el trabajo desinteresado de otros -como en el caso de la Sociedad de Festejos- con reconocimiento y gratitud. Y es que no es poco el esfuerzo, no sólo por sacar las fiestas adelante, sino al mismo tiempo, el de tantas personas que con su trabajo diario, aún movidos por convicciones diferentes, siguen haciendo de Lugones un lugar donde da gusto vivir y donde todos nos queremos quedar. Que la Virgen de la Visitación y su prima Santa Isabel bendigan cada familia de nuestro pueblo, y nos conceda siempre la gracia de caminar con prisa alegres para salir, abrazar y alabar.
Joaquín, párroco










