viernes, 4 de abril de 2025

Nuevo Vicario Episcopal de Avilés – Occidente

El Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, ha nombrado nuevo Vicario Episcopal de Avilés – Occidente al sacerdote D. Reinerio Rodríguez Fernández, párroco de la Unidad Pastoral de Santo Tomás de Sabugo, en Avilés.

D. Reinerio llega al Consejo Episcopal en sustitución de D. Jesús Emilio Menéndez Menéndez, párroco de la Unidad Pastoral de Luarca, que llevaba ejerciendo esta responsabilidad desde el año 2016.

Reseña

D. Reinerio Rodríguez Fernández

Nacido en Pola de Lena en 1975. 

Cursó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Oviedo. como alumno afiliado a la Universidad Pontificia de Salamanca. 

Fue ordenado diacono por manos de Monseñor Gabino Díaz Merchán en 2001, ejerciendo su diaconado el curso pastoral 2001- 2002 como diácono adscrito a San Martín de Moreda - Aller. 

Fue ordenado sacerdote por Monseñor Osoro en 2002 (Domingo de Pentecostés) y su Primera Misa Solemne tuvo lugar en su Parroquia natal de San Martín el Real de Pola de Lena.

Su primer destino pastoral fue como Vicario Parroquial de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea, Santa María de Carceda, San Martín de Besullo, San Pedro de las Montañas, Santa María de Limés, Santa María Magdalena de Linares de Acebo, San Cristóbal de Entreviñas y San Juan de Araniego - Parajas (2002 - 2013)

Especial mención merece su dedicación sacerdotal en el Hospital El Carmen - Severo Ochoa de Cangas de Narcea, en el Santuario de Nuestra Señora del Acebo o en los templos del Carmen de Ambasaguas o Santa Bárbara de Trones en esos once años en el suroccidente asturiano.

En el año 2013 fue destinado a la parroquia de Santo Tomás de Cantorbery (Sabugo), en Avilés. En 2017 asumió la encomienda de Consiliario de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad de Sabugo. Desde 2023 atiende también la Parroquia - Santuario de Nuestra Señora de las Mareas de Avilés. Entre 2013 a 2024 también trabajó en la pastoral del Colegio Santo Tomás de Cantorbery.

jueves, 3 de abril de 2025

Rafael Belda: «Tenemos una deuda con la vida contemplativa»

(revistaecclesia.es) El sacerdote y religioso de los Cooperatores Veritatis de la Madre de Dios, subdirector de la BAC y coordiador general de Sapientia Amoris, subraya que la misión primordial de una editorial católica es la evangelización

El padre Rafael Belda, CVMD ha sido protagonista en los últimos meses por tres asuntos. Presentó una nueva edición de su libro Al paso de los niños, ahora con la Biblioteca de Autores Cristianos, fue nombrado por la Comisión Ejecutiva de la CEE subdirector de la BAC y culminó el proyecto editorial Sapientia amoris para la formación teológica de la vida contemplativa, que ha coordinado. Entre su nueva tarea y el acompañamiento a los que permanecen ocultos al mundo en oración, guarda un hueco para hablar con ECCLESIA de Sapientia amoris y del nuevo encargo.

¿Qué supone para usted que los obispos le hayan nombrado subdirector de la BAC?

—Fue un nombramiento que no esperaba. Tras varios años colaborando con la CEE en la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, y cuando estaba ya finalizando —a nivel editorial— el plan de formación teológica para la vida contemplativa Sapientia amoris, pensé que mi tiempo en Madrid llegaba a su fin. Pero con este nuevo servicio no parece que sea así. Este encargo es para mí una responsabilidad, un reto y una oportunidad. Una responsabilidad, porque es respuesta a una llamada y elección de la Iglesia y para la Iglesia. Un reto, porque si bien es verdad que tengo una pequeña experiencia en el mundo editorial, dar el salto a la BAC me produce un poco de vértigo, pues la envergadura de esta editorial es muy considerable. Y es una oportunidad; para seguir sirviendo en y a la Iglesia, que me lo ha dado todo y a la que no quiero negarle nada.

—¿Cómo encaja en su trayectoria como sacerdote y religioso?

—Como sacerdote encaja muy bien, porque con la ordenación sacerdotal, los presbíteros quedamos vinculados a los obispos en calidad de sus principales colaboradores; la misión nos viene de ellos. Considero una gracia ayudar a los sucesores de los apóstoles en lo que sea posible. De las tres funciones (tria munera) propias del ministerio ordenado, trabajar en la BAC me permite ejercer la función de enseñar por medio de cuanto se publica con calidad en el campo de la Biblia, la teología, la espiritualidad, la historia, la filosofía, las biografías… Y como religioso es una bendición, porque los cooperadores de la Verdad, además de dedicarnos a la enseñanza, a evangelizar educando, deseamos poner el carisma recibido al servicio de la Iglesia y responder con generosidad al requerimiento de sus pastores. Como hijos espirituales de san José de Calasanz, trabajar en una editorial me parece una hermosa forma de ampliar el registro ministerial carismático y de aunar el lema Piedad y Letras. El ministerio ordenado de los religiosos en la Iglesia, estando vinculado a la Iglesia universal, arraiga en la Iglesia diocesana, a la que sirve más directamente, siempre en la comunión con el obispo y sin que la identidad propia del instituto al que se pertenece quede diluida. Con esta encomienda en BAC solo veo potenciarse todos estos aspectos.

—¿Cuáles serán sus tareas?

—Acabo de empezar e imagino que se irán perfilando. Pero, de entrada, puedo decir que mi servicio se mueve en dos ámbitos: el relacionado con el director de la BAC, y el relacionado con el buen equipo de trabajadores con que contamos. Respecto del director, soy su más cercano colaborador, dispuesto a ayudarle en lo que necesite, me pida y me sea posible. De momento, me ha confiado el seguimiento de varias obras. Respecto a los compañeros, tengo mucho que aprender de ellos, pues la mayoría están avalados por un recorrido profesional que les convierte en expertos y «maestros» de quien acaba de llegar. El trabajo es colegial y sinodal. Igualmente, quiero señalar que, como sacerdote, mi servicio no tiene que ver solo sobre lo que se edita, sino también está relacionado con los compañeros implicados en el engranaje editorial, entre quienes me siento con una humilde misión pastoral. Mi quehacer profesional no está por encima de mi ser sacerdotal.

—¿Cuál es, en su opinión, el papel de una editorial como la BAC en la misión de la Iglesia en España?

—La BAC es una editorial con vocación evangelizadora desde esa «caridad intelectual» que tanto promovió Benedicto XVI. Su misión primordial es evangelizar —en el ámbito de la cultura— por medio de unas publicaciones que sean sal, luz y fermento para la comunidad cristiana y para la sociedad en general. Sin esta pasión por la evangelización, ¿qué sentido tendría para un sacerdote trabajar en una editorial? Existimos para evangelizar. Y evangelizar en sentido amplio. Colaborar, pues, desde una solícita labor editorial, en la buena formación del Pueblo de Dios, de los catequistas, educadores, padres de familia, religiosos y, en concreto, de los seminaristas y futuros pastores, es misión evangelizadora. Es un gran servicio que colabora para que el Evangelio se extienda.

—¿Cuál es el autor de la BAC o la obra que más le ha marcado?

—Durante el tiempo de la formación inicial como religioso, y después como formador de novicios y de profesos, me marcó bastante la lectura de Mensaje espiritual y pedagógico de san José de Calasanz, escrito por el religioso escolapio Dionisio Cueva, y también la biografía San José de Calasanz, maestro y fundador, escrita por Severino Giner. En los años del estudio de la teología me ayudaron algunos números de Clásicos de espiritualidad y Sapientia fidei. Y desde la ordenación sacerdotal hasta hoy destaco el gran bien que me ha hecho acudir a las obras completas de san Agustín, san Jerónimo, santa Teresita de Lisieux —entre otros— y, en los últimos años, las de Joseph Ratzinger, gran obra sin concluir editorialmente.

Por otra parte, todo lo que publica BAC respecto al Magisterio siempre me es de gran ayuda. Por último, hay otro autor más reciente al que admiro por su capacidad de aunar teología, exégesis, espiritualidad y anuncio del Evangelio. Hablo del italiano Francesco Giosuè Voltaggio. Y no quiero dejar de nombrar aquí dos autores: el franciscano y arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, con su libro sobre teología de la vida consagrada titulado La fidelidad creativa, y el sacerdote de Toledo Félix del Valle, con su libro El fuego y el barro.

—¿Tiene algún sueño editorial?

—Sí. Es un deseo íntimo que no tiene por qué llevarse adelante. Me encantaría que la BAC pudiera publicar algún día las obras completas de un hombre cuyos escritos han sido un fiel compañero de mi camino cristiano, religioso y sacerdotal: Raniero Cantalamessa.

—¿Le ayudará en su nueva tarea el bagaje de haber coordinado Sapientia amoris?

—Sí, culminando el trabajo intenso de Sapientia amoris, contemplo ese tiempo como una providencia de Dios con la que me ha ido preparando para esta nueva etapa en BAC. Coordinar a 24 profesores-autores, al equipo revisor de textos, a los asesores monásticos, y estar en contacto con EDICE para supervisar el proceso editorial ha sido un verdadero entrenamiento y ejercicio en el ámbito de las publicaciones para el encargo actual. No llego a BAC sin recorrido previo en la casa.

—Una pregunta para aquellos que no han oído hablar de Sapientia amoris. ¿De qué trata?

—Es un plan de formación teológica para la vida contemplativa que en su día nace en la Universidad Eclesiástica San Dámaso con el apoyo de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Surge por la confluencia de dos realidades: una, la reiterada petición de diversas comunidades monásticas sobre la necesidad de una adecuada formación teológica, y, otra, la solicitud pastoral de los obispos, preocupados por atender a los monasterios de nuestra Iglesia en España. Y todo ello bajo la luz de un principio enunciado por el Concilio Vaticano II y secundado tantas veces por los pontífices hasta Francisco: «La necesaria renovación de la vida consagrada depende principalmente de la adecuada formación de sus miembros» (cf. PC 18). El plan está dirigido a las comunidades claustrales, los monasterios y conventos de vida contemplativa.

—¿Qué objetivos tiene?

—Más que objetivos, es interesante comentar sus características esenciales. Es un plan de teología sistemática formado por un elenco de 24 asignaturas, con un contenido de síntesis actualizada sobre cada materia y con una exposición que es accesible también para quien no tiene estudios superiores. El proyecto busca entrar en los monasterios sin sacar necesariamente a ninguna hermana de su ámbito habitual, respetando así su vida claustral. Al mismo tiempo, se procura que el estudio individual pueda beneficiar a toda la comunidad.

Recoge las disciplinas y asignaturas del quinquenio propio de los estudios que cursa un seminarista en su preparación al presbiterado, pero con una orientación monástica. La estética editorial ha sido muy cuidada, procurando armonizar sobriedad con dignidad. La via pulchritudinis nos conduce a la via veritatis. La propuesta de trabajo respeta la peculiaridad de cada monasterio y alumna, porque se adapta al ritmo individual, evitando un calendario que lesione la vida contemplativa.

—¿Cómo ha ayudado esta propuesta a la vida contemplativa en nuestro país?
—La cantidad de testimonios de las hermanas que han hecho o están haciendo el plan es inmensa. Las religiosas del Instituto Mater Dei, encargadas de la Secretaría técnica del proyecto y que forman igualmente parte del equipo evaluador, pueden dar amplia cuenta de ello. Son testimonios tanto de hermanas jóvenes como de monjas ancianas, unas con carrera y otras solo con estudios básicos; testimonios preciosos que levantan acta del mucho bien que este plan ha hecho, está haciendo y hará en la vida contemplativa de los monasterios. Hay federaciones monásticas que, sin renunciar al plan formativo propio, han añadido esta formación teológica. Algunos monasterios, con comunidades filiales en otros países, han «exportado» Sapientia amoris, dándole así una proyección internacional.

Los datos están ahí: en una primera etapa se llegó a alcanzar 536 matrículas. A lo largo de estos años las cifras han variado; en la actualidad, contabilizamos 174 monasterios en España que tienen monjas matriculadas, con un total de 390 alumnas cursando asignaturas, a las que hay que añadir 310 monasterios que siguen el plan por vía de suscripción al mismo. A esto se le suman 19 monasterios de fuera de España que están vinculados al plan; desde Portugal, Italia o Francia a Taiwán o Corea del Sur, entre otros. En algunos lugares, las propias hermanas lo están traduciendo al idioma del país. Por último, quisiera decir que, sin haberlo pretendido, se ha generado una verdadera intercongregacionalidad monástica entre distintas órdenes, que comparten material y experiencias.

—¿Por qué es importante que los contemplativos cultiven la formación teológica?

—Sin una necesaria formación permanente y, en concreto, sin una adecuada formación teológica, es fácil que se llegue a una cierta frustración vocacional y hasta una progresiva deformación del mismo carisma contemplativo. La formación teológica es puerta para adentrarse en la experiencia del Misterio de Dios. Si la teología es la búsqueda de una comprensión racional, en cuanto sea posible, del misterio de la revelación cristiana, en los contemplativos importa la «teología del corazón», una teología para la vida, no tanto de carácter especulativa o apologética, sino de carácter sapiencial y esponsal, que les ayude a conocer más y más el amor de Dios. Se trata de propiciar una formación teológica con el fundamento de la Sagrada Escritura, acompañada por la Tradición e interpretada con el Magisterio de la Iglesia.

— ¿Cuál es su análisis sobre esta realidad de la vida de la Iglesia?

—No soy un analista cualificado para hacer una radiografía, pero puedo aportar mi parecer. Vivimos tiempos nada fáciles para escuchar la voz de Dios, que no deja de llamar. Hay un ruido social ensordecedor y un materialismo consumista que, unido al tsunami de secularización de nuestra posmoderna sociedad neopagana, ha logrado sedar las conciencias hasta silenciar esas grandes preguntas de la existencia que antaño ponían a los jóvenes en búsqueda constante por el sentido de la vida y, en definitiva, por Dios. El papa Francisco insiste en la misión que tenemos los cristianos de «despertar al mundo». Y el mejor modo de despertar el adormilado corazón humano es la evangelización hecha «a tiempo y a destiempo», de todos los modos.

La vida contemplativa es el corazón de la Iglesia. Esta frase dice verdad, pero ¿nos la creemos? En el cuerpo humano, el corazón está oculto y ahí late día y noche bombeando la sangre a todos los miembros; respecto de la Iglesia, así es la vida contemplativa, escondida con Cristo en Dios. Personalmente, contemplo a las monjas como las mujeres que reproducen la vida de la Virgen en cada generación; y a los monjes, como quienes, silentes y orantes, hacen presente la vida de san José en su Nazaret diario, en un ora et labora que es centinela fiel que custodia al Pueblo de Dios y a la sociedad en general.

Toda esta riqueza inmensa no se puede perder. Alrededor de los últimos diez años, se han cerrado aproximadamente un centenar de monasterios en España, país que tenía la gracia de albergar un tercio de la vida contemplativa del mundo. El papa Francisco, que valora tanto esta forma tan antigua de consagración, ha querido renovarla y ha promulgado la constitución apostólica Vultum Dei quaerere y su correspondiente instrucción aplicativa Cor orans. Hemos de ayudar, de todos los modos, a apuntalar y fortalecer bien la vida contemplativa. Tenemos una deuda de amor, porque durante siglos ella ha sido un baluarte en la Iglesia, un puerto seguro en las tormentas de la historia, un lugar de espiritualidad, cultura y sabiduría, un oasis para los sedientos de Dios, una verdadera civitas Dei en medio de las ciudades de los hombres. Es responsabilidad de todos evitar su decadencia, y es deber nuestro promover la santidad de sus miembros.

La oración del no creyente. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) Acaba de ser publicado en Italia un libro del psiquiatra y escritor Vittorino Andreoli (Verona 1940) con el sugestivo título “La oración del no creyente”. Para los católicos, la oración, sepámoslo o no, “es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre”. Y, como enseña san Agustín, Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. De esta sed, de este anhelo, de esta búsqueda del significado de la propia existencia, aun sin la certeza de Dios, da testimonio el escrito de Andreoli: La oración del no creyente – nos dice - “expresa el deseo de lo divino que está dentro de lo humano”. Y, ello, a pesar de que este deseo tiene como contexto una sociedad y una cultura marcada por la duda y por la pérdida de fe, por el cansancio de creer.

El autor da voz a los que buscan, a los que no creen pero quisieran creer, a los que creían y ya no creen. Al leer su reflexión es fácil evocar a dos personajes de “San Manuel Bueno, mártir”, de Miguel de Unamuno; el del sacerdote Manuel Bueno y el de Lázaro. Ambos “se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada”. La demarcación entre el creyente y el “otro de la fe” no siempre es una frontera nítida. El “otro de la fe” permanece en cierto modo en el creyente, que necesita investigar lo que cree y profundizar en las razones por las que cree. Y, viceversa, el creyente se cuela por los entresijos de la mente y del corazón del que, oficialmente, dice no creer. Ambos, creyente y no creyente, tienen en común la condición humana, que es apertura a lo nuevo y búsqueda de lo que es más grande que el propio pensamiento. San Anselmo, en su “Proslogion”, decía que “Dios es más grande que todo lo que puede ser pensado” pero, a la vez “es lo más grande que puede ser pensado”. Esa posibilidad da cuenta de la singularidad del hombre, “el animal divino”, que diría Gustavo Bueno.





La oración de Andreoli es una búsqueda de racionalidad y de esperanza. De racionalidad a la hora de explicar la existencia del mundo: “Como muchos, estoy convencido de que la belleza y la complejidad del universo no pueden ser resultado del Caos. Es imposible que el orden de la naturaleza, que la belleza de una mariposa que nace e inmediatamente encuentra la flor donde colocar su probóscide y alimentarse del néctar, sea una combinación aleatoria. No es posible que la belleza del cerebro humano y sus funciones sean producidas por el Caos. Albert Einstein dijo que el hombre debe esforzarse por descubrir una pequeña ley del universo, mientras este está compuesto de una infinidad de leyes… que alguien debe haber reunido armoniosamente”.

Pero no basta con esta visión racional para sostener la esperanza. Se precisa el diálogo con Dios, el encuentro y la relación con él. Y de este deseo surge la plegaria: “Siento la necesidad de un Dios que pueda escucharme”. Con la sola razón el hombre no puede comprenderse del todo a sí mismo y, piensa el autor, tampoco a Dios: “Mis pensamientos sobre ti son desesperados y sirven para argumentar que el cerebro humano, tal vez la condición humana, no puede comprenderte. Eres un misterio. Porque el hombre es un extraño para sí mismo. Y de nada sirve la invitación que estaba escrita en el frontón del templo de Apolo en Delfos: ‘Conócete a ti mismo’. Con mi cerebro no puedo conocer mi cerebro”. Aun así, se dirige a Dios este no creyente diciéndole: “Tal vez hiciste al hombre incapaz de reconocerte, pero lo hiciste capaz de desearte, de encontrarte”.

No sé qué pensarán los lectores. Yo veo en esa confesión de la capacidad del hombre de desear y de encontrar a Dios un comienzo; un afecto hacia el creer que puede constituir la tierra propicia en la que brote, si acaso no lo ha hecho ya, la semilla de la fe.

miércoles, 2 de abril de 2025

La curiosa historia de José Antonio Caunedo y Cuenllas, el cura llagareru de Amandi que enseñaba a hacer sidra en el siglo XVIII

(Lne/ José A. Ordoñez) "La sidra en este país es mejor que en otros, digo si la benefician bien, porque la manzana es mejor, y no por otra causa". Buena manzana y una adecuada combinación de variedades dulces y amargas. Esa era la clave para elaborar una sidra asturiana de calidad hace casi 250 años, según José Antonio Caunedo Cuenllas, el párroco ilustrado de San Juan de Amandi (Villaviciosa) que firmó en la segunda mitad del siglo XVIII los dos primeros tratados específicos de los que hay constancia sobre la bebida regional y su materia prima.

En palabras del historiador Luis Benito García, director de la Cátedra de la Sidra de la Universidad de Oviedo, el sacerdote inició "el proceso científico de racionalización productiva en materia de sidra y pomología" con las investigaciones llevadas a cabo en el llagar que se hizo construir en el prado de su rectoral maliayesa .

Caunedo y Cuenllas formó parte de ese grupo de párrocos rurales ilustrados que, además de enseñar el Evangelio, se preocuparon por la mejora de las condiciones de vida de sus feligreses, para los que escribieron artículos y libros de divulgación en agronomía.

Ahí estuvieron también el colungués Fray Toribio de Pumarada y Toyos (1658-1714), autor de "Arte general de granjerías"; el mierense José Sampil, quien fuera amigo, capellán y secretario de Jovellanos, con su "Nuevo plan de colmenas" o Lope José Bernardo de Miranda, el cura de Leces (Ribadesella) y su "Noticia sobre la agricultura y la economía rural de Asturias". Además, un sobrino de nuestro cura de Amandi, José Caunedo, a cargo de la parroquia de Santo Tomás de Feleches, en Siero, escribió el "Informe sobre los medios de aumentar y mejorar las castas de ganado vacuno, lanar y de cerda, y observaciones sobre el Pintón".

Al cumplirse los 300 años de su nacimiento, un libro del historiador llastrín Carlos Otero Busta recupera la figura de Caunedo y Cuenllas como primer gran teórico de la sidra asturiana y artífice de obras de restauración en la iglesia parroquial de San Juan de Amandi, una de las grandes joyas del Románico de Villaviciosa y del conjunto de la región. Así se le recuerda en una inscripción que se conserva en un muro de la iglesia y que está fechada en 1796, seis años antes de su fallecimiento y de que fuera enterrado en el interior del templo.

José Antonio Caunedo vino al mundo en 1725 en la pequeña aldea de Villamor, perteneciente a la parroquia somedana de San Esteban de Las Morteras. Estudió en Oviedo y, una vez integrado en la carrera eclesiástica, su primer destino, en la década de 1750, fue la parroquia de Santa Coloma (Allande). De ahí pasó a San Juan de Muñás (Valdés), hacia 1764, y, finalmente, a su último destino en Amandi, del que tomó posesión en 1769 y en el que permaneció durante 33 años, hasta su fallecimiento en 1802.

La Villaviciosa que se encontró el sacerdote somedano a su llegada a Amandi ya tenía una fuerte impronta llagarera. "En los siglos XVI y XVII se constata una reseñable actividad sidrera en el municipio", afirma Luis Benito García, quien también apunta como en aquel entonces la manzana maliayesa era muy apreciada, especialmente la de las variedades reineta y coloradina, dos de las más de veinte que se cultivaban en el concejo.

La estancia de Caunedo como cura y arcipreste de Villaviciosa, cargo que prueba el prestigio que llegó a alcanzar en el concejo, coincide con un notable incremento de la producción de sidra tras la llegada de nuevas especies de manzanos desde Francia gracias a Pedro Peón Duque de Estrada.

El propio director de la Cátedra de la Sidra subraya la relevancia que también tuvieron los escritos de Caunedo y Cuenllas en las "numerosas novedades en cuanto a la elaboración del caldo y cultivo del fruto" que se hizo patente en el concejo en los albores del siglo XIX.

Tal y como queda reflejado en su testamento, reproducido en el reciente libro de Otero Busta, el párroco de Amandi, natural y procedente de concejos en las que la elaboración de sidra era residual, no tardó en construirse una bodega dotada de llagar y unos dieciséis toneles en el prado de la rectoral.

"A mis expensas hice fabricar el lagar para exprimir la sidra y también los toneles, que serán diez y seis, poco más o menos, los hice fabricar, comprando las maderas necesarias, pagando a los maestros y oficiales, y costeando todo lo demás", detalla en el documento en el que figuran sus últimas voluntades.

La bodega y la panera, que también levantó por su cuenta el sacerdote, procuraban ingresos a la parroquia. Concretamente, veinte reales y una fanega de pan anuales, respectivamente.

El cura Caunedo no escribía de oído sobre la sidra. Su labor como llagareru fue la base de sus textos sobre la materia, con un alto grado de especialización tanto en lo que se refiere a la selección y manejo de la materia prima como a la elaboración.

El primero de los textos es de 1785 y lleva por título "Del fomento de los plantíos y modo de hacer la sidra en Asturias". Se publicó en 1803, al año siguiente de la muerte del autor, en el "Semanario de agricultura y artes dirigido a los párrocos", a modo de respuesta a una carta del cura de Turienzo de los Caballeros (León) en la que pedía consejo ante la escasa calidad de su sidra.

El de Amandi incide, en primer lugar, en la conveniencia de "mezclar" varias especies de manzanas, teniendo en cuenta que "cuanto más dulces, finas y gustosas sean, tanto mejor sale la sidra". A este respecto, asegura que es la alta calidad de su materia prima lo que hace que la sidra de Villaviciosa sea "superior a la que se hace en Vizcaya, Inglaterra etcétera".

Sobre la recogida del fruto, Caunedo recomienda que se "pañe" la manzana "entrado noviembre". Ya en el llagar, aconseja que "no se debe interrumpir el ejercicio de la prensa hasta que se saque toda, cortando la masa o pila por las orillas con una pala de hierro dos veces al día, y echando los recortes en medio para volverla a prensar". Además, el experto llagareru advierte al elaborador de sidra de que el aire "es su mayor contrario" y le insta a mantener las cubas en perfecto estado de limpieza.

En este texto también da cuenta de que en algunos lugares del Principado se mezclaban manzanas y peras para hacer sidra, aunque "no con buen efecto", pues lo que resultaba era "una bebida mala y desabrida". Lo mismo opina de la "sidra de otras frutas". "Yo la he visto en Galicia de cerezas, tan áspera y desagradable que apenas se podía beber".

También se refiere Caunedo en este tratado que escribió en la rectoral de Amandi hace 240 años a las consecuencias del transporte en la sidra, polémica que ocuparía al sector durante la segunda mitad del siglo XX con no pocas voces que afirmaban que la bebida asturiana se estropeaba al pasar el Pajares.

"Es verdad que en pipas y barriles se embarca, y aun en carros se lleva a Oviedo y otras partes, pero pierde mucho. En botellas y barrilillos la conducen a Castilla, Madrid y América, llega dulce y buena, y se conserva puesta en bodegas bien frescas. En botellas se conserva mucho tiempo, pues hierve con más lentitud por estar comprimida", detalla Caunedo, quien da cuenta de que a principios del siglo XVIII "vino aquí un oficial inglés a hacer los primeros toneles y dejó discípulos que los hacen muy perfectos de corazón de roble o de castaño bravo".

El párroco lamenta, para concluir este escrito, que no se aproveche la borra "por falta de instrumentos o de instrucción, o por desidia", ya que de la misma "se puede sacar aguardiente y aseguran que sale delicado".

El otro texto sobre la sidra que se conserva del párroco de San Juan de Amandi, "Memoria sobre el manzano y la fabricación de la sidra", se recoge en el libro con la versión unificada que Juaco López Álvarez, director del Muséu del Pueblu d’Asturies, publicó en 1993 en la revista "Cubera".

Este manual para el llagareru del siglo XVIII se abre con una prolija relación de las "más de treinta variedades" de manzana de sidra que por aquel entonces se daban en las pumaradas de Villaviciosa, seguida de información sobre los tres tipos de llagares en uso para "exprimir la sidra", conocidos como "de cepa, de pesa y de tijera". A juicio de nuestro cura, los de tijera eran "los que se fabrican de nuevo (...) como más oportunos y fuertes".

Para tener éxito en la elaboración de los caldos insiste en que las manzanas deben estar "bien sazonadas y maduras, lo cual no se verifica en este país generalmente hasta el mes de noviembre".

"La sidra varía mucho en el gusto, sustancia y espíritu, conforme a la calidad de la manzana (y) es común sentir que la de este concejo de Villaviciosa es preferible a la de todo el Principado, y aún podemos decir que apenas en toda Europa se encontrará de igual bondad", subraya el sacerdote, convencido de que la clave de la buena sidra está en la materia prima. En una manzana que en el concejo maliayés no se usaba para elaborar "confitura ni conserva alguna".

Caunedo concluye con una comparación de las sidras de Asturias con las de Vizcaya y las de Inglaterra, de la que la producción local sale muy bien parada.

En el caso de la vasca, el párroco reconoce que habla de oídas "por no haber visto jamás sidra de Vizcaya, mediante que nunca pasa de aquella tierra, ni viene aquí ninguna". No obstante, destaca que a los vascos debía gustarles mucho la asturiana, habida cuenta de que "la sidra de Villaviciosa se embarca muchas veces en el puerto que llaman los Tazones (sic), y se lleva a Santander y a Bilbao, donde es muy estimada".

Respecto a la sidra inglesa, Caunedo se muestra de lo más tajante tras "haber probado en Gijón una que decían y ponderaban por muy exquisita". "Realmente ni tenía color ni gusto a sidra, parecía un poco de barro desleído en agua, y de un gusto tan feo y amargo que no se podía llevar a los labios. No he visto una cosa más desabrida, sin embargo de las alabanzas vanísimas del patrón de la nave que la traía y de los marineros", escribió Caunedo, coincidiendo con quienes, por entonces, estaban convencidos de que los ingleses elaboraban su sidra "mezclada y adobada no sé con qué ingredientes y drogas, que la sacan de su esfera propia y natural, convirtiéndola en una especie de composición farmacéutica o de botica".

Un Papa «Guinness» para la eternidad. Por Pablo Cervera Barranco

(Rel.) Hay acontecimientos que son difíciles de olvidar, incluso imposibles de olvidar. Para los que vivimos aquella tarde del 2 de abril de 2005, en la Plaza de San Pedro o a través de la televisión, el recuerdo de las últimas horas en la tierra del

Papa Juan Pablo II nos pone todavía la carne de gallina. Un rezo universal se elevaba por una persona singular: un personaje histórico de gran envergadura para la Iglesia y para la humanidad. Se nos iba un padre, alguien que durante casi tres décadas nos había amado, entregando su vida hasta el último aliento. Eran las 21.37 h.

Tras su muerte, en esos días, se desplegaban pancartas por Roma: Santo subito! (¡Santo enseguida!). Al mismo tiempo, diversas autoridades y en numerosos areópagos de comunicación se le calificaba a Juan Pablo II como «Magno» (uno de los primeros que lo hizo fue el mismo Benedicto XVI)» título dado a otros grandes Papas de la historia de la Iglesia: León, Gregorio… Quizá es en Estados Unidos donde ese apelativo se ha enraizado más y hay perdurado más en el tiempo.

Efectivamente, «Magno», grande, pionero, adelantado, precursor…, marcas únicas para un Papa Guinness, un Papa de récords. El libro de los récords Guinness recoge anualmente la colección de hazañas y logros humanos y del mundo natural. Si no ha recogido todavía las siguientes cifras no sobrarán junto a todas las demás…

Cifras para la historia

Conservo todavía de aquellas fechas diversas cifras que recogí en torno al pontificado terminado y que marcaban toda una tabla de récords en la historia de la Iglesia.

Es verdad que la persona de Juan Pablo II no debe su valor a los récords: la persona se mide por lo que es y no por los efectos visibles de lo que hace. Y Juan Pablo II fue sobre todo un Papa santo. Así lo proclamará el Papa Francisco, junto al Papa Juan XXIII, el día 27 de abril de 2014, también en tiempo récord para un Papa. Por eso, el verdadero récord que la humanidad tiene que batir lo marcan los santos porque ya en vida alcanzaron la meta de la eternidad.

Todo ello no quita que esa santidad se fraguó en las coordenadas históricas de espacio y tiempo que a Karol Wojtyla le tocaron en suerte vivir.

Fueron 26 años y 5 meses de pontificado, el tercero más largo en los aproximadamente 2.000 años de historia de la Iglesia católica.

Apenas iniciado el pontificado, en Méjico (enero de 1979), Juan Pablo II se dio cuenta de la importancia de los viajes apostólicos. Y, ni corto ni perezoso, abrió camino a una nueva presencia del Papa en el mundo: así, entre sus viajes dentro y fuera de Italia recorrió un total de 1.247,613 kilómetros, es decir, 3,24 veces la distancia de la Tierra a la Luna. Fueron 14 dentro de Italia y 104 fuera, en los que visitó 129 países y territorios diferentes. En Italia los viajes fueron 146. Habló a cada uno en su lengua pues dominaba el italiano, francés, alemán, inglés, español, portugués, ucraniano, ruso, croata, esperanto, griego antiguo y latín, así como su lengua materna, el polaco. Además tenía suficientes conocimientos del checo, lituano, húngaro y conocía algo el japonés, tagalo y varias lenguas africanas.

Con todo, nadie podrá acusarle de no haber sido Obispo de Roma, a pesar de haber pasado 822 días, más de dos años y tres meses, fuera del Vaticano. Lo corroboran las 301 visitas a parroquias en Roma, su diócesis.

Siempre he tenido el convencimiento de que Juan Pablo II puso el papado a la altura de la historia, no sólo en credibilidad y prestigio, sino también en el uso de los medios de comunicación de nuestro siglo. Por ello no es de extrañar que se prodigara como nadie en el uso de la palabra y leyera más de 20.000 discursos, que sumaron un total de 100.000 páginas. Además publicó más de 100 documentos importantes, incluyendo 14 encíclicas, 45 cartas apostólicas y 14 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones apostólicas y 28 Motu proprio. Fue para mí un privilegio traducir durante cinco años, para la edición española de L’Osservatore, discursos pronunciados en lenguas diversas y que hacían reconocer la situación de la Iglesia en los diversos lugares del mundo, sus necesidades y los anhelos del Papa sobre cada uno de ellos (viajes, cartas credenciales…).

Karol Wojtyla, desde su espiritualidad y su filosofía, era un amante de la persona a quien Cristo, «el Verbo encarnado revela el misterio del hombre y su vocación» (Gaudium et Spes, 22). Son palabras de un documento del Vaticano II, citadas infinidad de veces por Juan Pablo II, y en cuya redacción tuvo él mucho que ver: ¿sería una frase suya? Los que tuvimos la dicha de encontrarnos personalmente, incluso varias veces, con Juan Pablo II nos dábamos cuenta de que al hablar con cada uno y mirarle a los ojos todo lo demás desaparecía: el interlocutor era lo único importante. Los datos de sus encuentros con los hombres prueban su amor hacia el hombre. Según los datos que la Prefectura de la Casa Pontificia hizo públicos al celebrarse el 26º aniversario de su pontificado, celebrado pocos meses antes de morir, Juan Pablo II recibió a 1.512.300 personas; 387.100 en las audiencias generales de los miércoles, 140.200 en audiencias particulares, 368.000 en las ceremonias litúrgicas y 617.000 en el Ángelus de los domingos. Las más de 1.160 audiencias generales en el Vaticano congregaron a más de 17,64 millones de personas. Sin duda, fue un Papa al que «accedimos» todos. Cada domingo de mis años romanos bajaba a rezar con él el Ángelus. Parecía que desde la ventana se abría al mundo, cargaba con él, rezaba por él y nos recordabas las diversas situaciones de necesidad, hambre o guerra del momento, al tiempo que saludaba nominalmente a los grupos venidos de todo el mundo. Nunca como entonces entendí la importancia de rezar por las intenciones del Papa…

Las cifras siguen y hablan con elocuencia, no son papel mojado. Quizá porque uno de los mensajes nucleares del Concilio Vaticano II era la vocación universal a la santidad, que él tomó personalmente tan en serio ¡y cómo!, no quiso que faltaran modelos para todos de cara a este destino eterno del hombre. Así, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos, beatificó a 1.338 personas y canonizó a otras 482. Para no ser santo, ya no vale la excusa de no tener modelos…

Al frente de la Iglesia nombró a 231 cardenales (sus consejeros y asesores más cercanos) en 9 consistorios convocados para la creación de los mismos.

Profundamente enraizado en Cristo, el Redemptor hominis (como se tituló su primera encíclica), fue al encuentro del mundo también a través de las autoridades de los pueblos. Con este ánimo se reunió con más de 1.590 jefes de Estado o de Gobierno; recibió a 426 jefes de Estado, reyes y reinas, 187 primeros ministros, 190 ministros de Exteriores y recibió las cartas credenciales de 642 embajadores.

Un Papa pionero

Magno, grande, pionero, adelantado, precursor…Así le he llamado más arriba. La magnitud, aunque sólo sea por las cifras queda probada. Sí, digo «sólo», porque hay mucho más que números en la vida de Juan Pablo II. También en otros aspectos destacó Karol Wojtyla y, por eso, le he llamado pionero, adelantado, precursor…

Efectivamente Juan Pablo II fue el primer Papa en visitar una sinagoga (Roma, abril de 1986); una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, mayo 2001). Podemos decir que era como poner en acto el decreto Nostra Aetate del Vaticano II sobre las relaciones con el pueblo de Israel y otros creyentes no cristianos. Además dio conferencias de prensa en los aviones y en la Oficina de Prensa de la Santa Sede (24 enero 1994); publicó libros de prosa y poesía; residió en un hotel, en lugar de en una nunciatura apostólica, durante sus viajes (Hotel Irshad en Baku, Azerbaiyán, mayo 2002); añadió cinco nuevos misterios al Rosario (octubre 2002); presidió la Misa en un hangar de aviones (Aeropuerto de Fiumicino, Roma, diciembre 1992); convocó una Jornada de Perdón (Año Jubilar 2000), «inventó» y convocó las Jornadas Mundiales de la Juventud….

Juan Pablo II ha sido el primer Papa (Benedicto XVI le siguió a continuación) en publicar durante su pontificado cinco libros de carácter personal, es decir, no magisterial: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y Misterio (1996), Tríptico Romano (2003), ¡Levantaos, vamos! (2004), Memoria e Identidad (2005).

También fue el primer Papa que entró en la celda de una cárcel, en diciembre de 1983, para reunirse con quien estuvo a punto de asesinarle, Ali Agca, el turco que atentó contra su vida en mayo de 1981; celebró Misa en la comunidad católica más al norte del mundo, a 350 kilómetros del Círculo Polar Ártico (Tromso, Noruega, 1989); utilizó una letra (la «M» de María) en su blasón papal, cuando normalmente las reglas de la heráldica autorizan a emplear palabras alrededor del blasón, pero no dentro de él.

Creo, pues, no sin razón, que es pionero, inventor, precursor, adelantado…

El récord de la santidad

He comenzado queriendo situar las magnitudes desgranadas en estas páginas precisamente en el marco de la santidad. Sobre Juan Pablo II se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo. Harán falta estudios sobre su espiritualidad, sobre sus virtudes teologales y cardinales vividas en grado heroico (eso es la santidad). Los historiadores recogen datos e interpretan. Lo que difícilmente podrán, porque queda abierta al misterio, es el corazón, vivificado por la vida divina, que animó toda esa biografía personal, toda esa entrega eclesial, todo ese recorrido hasta volver al corazón de donde todos hemos salido. No en vano, Juan Pablo II terminó su existencia con esta palabras que el Vaticano confirmó que había dicho en su lengua materna: «Pozwólcie mi iść do domu Ojca (Déjenme ir a la casa de mi Padre)».

martes, 1 de abril de 2025

Se cumplen 66 años de la inauguración del Valle de los Caídos: ¿Sigue vigente la Carta Apostólica Salutiferae Crucis?

(Infovaticana) El 1 de abril de 1959, justo veinte años después del día que Francisco Franco ganó la Guerra Civil Española, se inauguró la basílica del Valle de los Caídos.

En un artículo publicado ese mismo día en ABC, el abad, Justo Pérez de Urbel, lo define como “una de las maravillas de la civilización europea”. Franco llega al monumento cerca del mediodía. Tras una misa solemne, salió a la explanada y dirigió un discurso.

«Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada; como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y se santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento», dijo Franco el día de la inauguración del Valle.

El general Franco afirmó que «habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido (…) En todo el desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?»

«Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidado; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta», añadió.

Franco destacó en su intervención que «hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros, de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron bajo la esclavitud comunista, podemos comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de nuestros ideales y de nuestra paz interna».
Carta Apostólica Salutiferae Crucis del Papa Juan XXIII

En este contexto de obsesión por parte del Gobierno de España por acabar y destruir el Valle de los Caídos en la farsa bautizada como proceso de resignificación en la que está colaborando activamente la Iglesia española con el aval de la Santa Sede, conviene preguntarse si la Carta Apostólica Salutiferae Crucis del Papa Juan XXIII sigue vigente.

Dicha carta, con la que se eleva al honor y dignidad de basílica menor la iglesia de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fue publicada en el año 1960 y está firmada por el cardenal Tardini. En esa misiva, el Vaticano destaca que en el monte donde se construyó la basílica del Valle de los Caídos «se eleva el signo de la Redención humana ha sido excavado en inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos en la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española».

«Esta obra, única y monumental, cuyo nombre es Santa Cruz del Valle de los Caídos, la ha hecho construir Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España, agregándola una Abadía de monjes benedictinos de la Congregación de Solesmes, quienes diariamente celebran los Santos Misterios y aplacan al Señor con sus preces litúrgicas», escribió el cardenal Tardini.

Una de las partes que el Gobierno pretende «resignificar» es el impresionante mosaico que decora el interior de la cúpula de la basílica. Con estas palabras se refirió el cardenal Tardini a la misma: «Ni se debe pasar por alto el riquísimo mosaico en que aparecen Cristo en su majestad, la piadosísima Madre de Dios, los apóstoles de España Santiago y San Pablo y otros bienaventurados y héroes que hacen brillar con luz de paraíso la cúpula de este inmenso hipogeo».

En esa Carta Apostólica, el Papa Juan XXIII elevó a perpetuidad el Valle de los Caídos como basílica «sin que pueda obstar nada en contra. Esto mandamos, determinamos, decretando que las presentes Letras sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces y que consigan y obtengan sus plenos e íntegros efectos y las acaten en su plenitud aquellos a quienes se refieran actualmente y puedan referirse en el futuro; así se han de interpretar y definir; y queda nulo y sin efecto desde ahora cuanto aconteciere atentar contra ellas, a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquiera autoridad».

Francisco habla mejor, ya se sienta ante su escritorio y va remitiendo la infección pulmonar

(Rel.) Las informaciones facilitadas este martes por la Santa Sede apuntan a que la recuperación del Papa es lenta pero constante y efectiva.

Los análisis de sangre dan como resultado valores normales y la última radiografía a la que fue sometido muestra que se está recuperando de la infección pulmonar que fue el origen de su estancia hospitalaria entre el 14 de febrero y el 23 de marzo.

Los médicos califican su situación como "estacionaria". Francisco continúa la terapia farmacológica y la doble fisioterapia, tanto motora como respiratoria, y ha mejorado de las dificultades en el habla que mencionó en su día el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y que se evidenciaron cuando saludó y bendijo a los fieles al abandonar el hospital.

Su estado de ánimo es "bueno". Sigue utilizando oxigenación de alto flujo por la noche y con flujos menores por el día, e incluso puede estar sin oxígeno durante "periodos cortos".

Francisco ya trabaja algunos ratos sentado ante su escritorio.

Este miércoles se publicará el texto de la catequesis de la audiencia general, y el viernes se informará sobre el Ángelus del domingo.

La homilía del Jubileo de los Enfermos será leída durante la Misa por monseñor Rino Fisichella y en lo que respecta al mensaje Urbi et Orbi de Pascua Oficina de Prensa confirma que "es prematuro" hacer predicciones.