domingo, 17 de mayo de 2026

Madre San Pascual, Una mujer entregada totalmente a Dios

El 17 de Mayo es el día de la Chère mère, de la Madre San Pascual. La Madre San Pascual fue una religiosa que dedicó su vida a la educación cristiana, a la caridad y al servicio de los más necesitados. Junto al Padre Luis Antonio Ormieres, fundó de la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda, sabiendo descubrir en cada persona el rostro de Cristo y transmitir a sus hijas espirituales el amor a Dios, la sencillez y la confianza en la Providencia.

Nació en Francia en el siglo XIX en una familia profundamente cristiana. Desde muy joven manifestó una gran sensibilidad religiosa y un deseo ardiente de consagrarse totalmente al Señor. En una época en la que la sociedad estaba marcada por las dificultades y la pobreza, comprendió que la educación y la atención a los necesitados eran caminos privilegiados para evangelizar.

Con gran fe y valentía junto al P. Ormieres, pusieron la obra de su Congregación bajo la protección de los santos ángeles custodios. Su misión principal fue la educación de niños y jóvenes, especialmente de los más pobres, así como el acompañamiento espiritual y humano de quienes sufrían necesidad material o moral.

Toda la vida de la Madre San Pascual estuvo marcada por el amor a Jesucristo y la confianza absoluta en la voluntad de Dios. Vivió con humildad, espíritu de sacrificio y una profunda vida de oración. Ella misma repetía con frecuencia: “Todo por Jesús y para Jesús”. Y también enseñaba: “La caridad y la humildad son las alas del alma.” Su vida refleja las palabras del Evangelio: “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y aquellas otras del apóstol San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece.” (Fil 4, 13).

La Madre San Pascual enseñaba a sus religiosas a vivir en espíritu de sencillez y entrega, confiando siempre en la Providencia Divina, incluso en medio de las dificultades. La Fundadora entendió que educar era una forma de evangelizar y de dignificar a la persona humana. Por ello impulsó escuelas, obras sociales y comunidades religiosas donde se anunciaba el Evangelio con cercanía y misericordia. Su vida puede resumirse en las palabras de Jesús: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). La Madre San Pascual veía en cada niño y en cada pobre una presencia viva del Señor. Por eso pidió siempre a sus hermanas que trataran a todos con dulzura, paciencia y espíritu evangélico.

La Congregación quedó marcada por una profunda devoción a los Santos Ángeles. La Madre San Pascual veía en ellos compañeros de camino y protectores de la misión evangelizadora. Inspiraba a sus religiosas con palabras llenas de confianza: “Los ángeles nos conducen siempre hacia Dios”. Esta espiritualidad ayudó a crear comunidades centradas en la oración, la fraternidad y el servicio alegre.

La obra de la Madre San Pascual continúa viva hoy en las Hermanas del Santo Ángel, presentes en distintos lugares del mundo en diferentes actividades pastorales, principalmente en el campo de la enseñanza. Su ejemplo sigue inspirando a quienes desean vivir el Evangelio desde la humildad, la educación y la caridad. Su vida recuerda las palabras del evangelio: “Brille así vuestra luz ante los hombres” (Mt 5, 16). La Madre San Pascual fue una mujer de fe firme, corazón humilde y caridad incansable. Su historia es un testimonio de cómo Dios puede realizar grandes obras a través de personas sencillas que se abandonan plenamente a su voluntad.

''Dios asciende''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Celebramos hoy la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Este día marca un punto de inflexión definitivo en la historia de la salvación. Jesús no se marcha para desentenderse de nosotros, sino que asume su señorío universal y nos confía su propia misión. Las lecturas de este Ciclo A nos invitan a profundizar en el misterio de su ausencia física, que en realidad se convierte en una presencia nueva, interior y eclesial.

La primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles comienza justo donde termina el Evangelio de Lucas. El autor nos sitúa en ese intervalo de cuarenta días en el que Jesús resucitado consolida la fe de sus discípulos. Los apóstoles, todavía marcados por una mentalidad puramente humana y nacionalista, preguntan: "¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?". Ellos buscaban una victoria política visible, el fin de la ocupación romana y la gloria terrenal. Jesús corrige con delicadeza pero con firmeza su perspectiva. El tiempo de Dios no coincide con los cronómetros humanos. En lugar de un reino político local, Jesús les promete el don del Espíritu Santo. Este don no es para el aislamiento espiritual, sino para la acción: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra". La Ascensión se describe con un lenguaje simbólico y teológico: "Fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos". La nube en la Sagrada Escritura representa la manifestación de la gloria divina (la Shejiná). Jesús entra de forma definitiva en la esfera de Dios.

El reproche de los dos hombres vestidos de blanco es la clave para nosotros hoy: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?". La Ascensión no es una invitación a la evasión mística ni a los brazos cruzados. Mirar al cielo es necesario para recordar nuestra meta, pero la tarea está en la tierra. Quedarse estáticos paraliza la misión. La Ascensión nos urge a sumergirnos en la historia humana para transformarla con la fuerza del Evangelio.

En la segunda lectura San Pablo, en su carta a los Efesios, eleva una oración profunda por la comunidad. Pide a Dios que nos conceda "espíritu de sabiduría y de revelación" para conocerlo verdaderamente. El Apóstol sabe que la mente humana por sí sola no puede abarcar la grandeza del misterio de Cristo. Necesitamos que los ojos de nuestro corazón sean iluminados. Pablo describe la Ascensión como el despliegue del poder omnipotente del Padre. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo. Estar sentado a la derecha de Dios significa compartir su mismo poder, su misma autoridad y su soberanía sobre toda la creación. Cristo "está por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación". Nada en este mundo, ningún poder político, económico o espiritual, es superior a Él. Pero lo más hermoso de este texto es el vínculo que Pablo establece entre Cristo y la Iglesia. Dios "lo dio a la Iglesia como cabeza suprema". La Iglesia es su Cuerpo, y ella es "la plenitud del que lo llena todo en todas las cosas". Esto significa que Cristo ha querido necesitar de nosotros. Nosotros somos sus pies para caminar hacia el marginado, sus manos para partir el pan y sanar las heridas de éstos, y su boca para proclamar la justicia y la paz. La Ascensión glorifica a la Cabeza, lo que da a los miembros del Cuerpo la esperanza cierta de que un día compartiremos esa misma gloria.

El Evangelio de Mateo concluye con la escena conocida como la "Gran Comisión", situada en un monte de Galilea. El monte evoca las grandes teofanías del Antiguo Testamento y el Sermón de la Montaña. Los once discípulos se encuentran con Jesús. Mateo añade un detalle muy humano y consolador: "Lo adoraron, pero algunos dudaron". La comunidad que va a recibir la misión universal no es perfecta; está compuesta por hombres que creen, pero que también experimentan fragilidad y las dudas. Jesús no espera a que sean impecables ni perfectos para confiar en ellos.

Jesús se acerca y les quiere así, pero les habla con una autoridad absoluta: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra". Basado en este poder, dicta el mandato misionero que sostiene a la Iglesia hasta el día de hoy: "Id y haced discípulos de todos los pueblos". La misión tiene tres dimensiones claras. La primera es "Ir": salir de las propias comodidades y fronteras geográficas o existenciales. La segunda es "Bautizar": introducir a los hombres en la vida misma de la Trinidad; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y la tercera es "Enseñar": ayudar a guardar y poner por obra todo lo que Jesús ha mandado, que se resume en el mandamiento del Amor.

El Evangelio no termina con una despedida dolorosa, sino con el ánimo contra el miedo o la vacilación y promesa más rotunda de la Escritura: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Mateo abre su Evangelio presentando a Jesús como el Enmanuel, el "Dios con nosotros", y lo cierra confirmando esa identidad. Jesús ya no está en un lugar concreto de Tierra Santa; ahora, gracias a su Ascensión, está presente en todas partes, en todo sagrario, en cada comunidad reunida en su nombre y, de manera especial, en el rostro de los pobres y sufrientes; no lo olvidemos. Celebrar la Ascensión del Señor es celebrar nuestra propia dignidad y nuestro compromiso. Cristo ha llevado nuestra naturaleza humana a lo más alto de la gloria divina. Nuestro destino es el cielo, pero nuestro deber es el suelo. No somos huérfanos; no estamos solos ante los desafíos del mundo actual, ante la indiferencia religiosa, la injusticia interna o externa o nuestros propios sufrimientos familiares o personales: ¡Él está con nosotros!

Vayamos hoy a nuestras casas con la certeza de su presencia. Seamos esos testigos valientes que el mundo necesita: cristianos que no miran al cielo con nostalgia pasiva, sino que trabajan y luchan en la tierra con la esperanza puesta en la eternidad. Con razón celebra la Iglesia en este Domingo la Jornada de las Comunicaciones Sociales, pues fue en la Ascensión cuando el Señor nos envió a darlo a conocer al mundo.

Este día, 17 de mayo, es un día también especial para nuestras Hermanas del Santo Ángel que celebran la onomástica de su Fundadora, la Madre San Pascual, que también Ella nos enseñe a todos a "ir despacio para lograr llegar lejos"...

Evangelio Domingo de la Ascensión del Señor

Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor

Sorpresa que siempre provoca. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Puedo decir que no sé acostumbrarme. Es como una sorpresa que siempre me provoca, y no por sabida y esperada deja de provocar el asombro y la gratitud. En estos tiempos que corren tan turbulentos en tantos sentidos, tan aciagos por las amenazas bélicas o por las guerras en curso, por los dimes y diretes de los mentideros con sus frivolidades y escaramuzas, por los escenarios de corrupción en una parte de la clase política y sus trampas en la gobernanza, en estos tiempos en los que nos asolan estas podredumbres, aparece como más necesario, una vez más, la referencia moral y ese rearme ético que ponga en primer plano la verdad, la bondad, la paz y la belleza.

No en vano, los fautores de ese escenario preocupante que acabo de señalar, tienen como usanza atacar de mil modos la presencia cristiana en la sociedad, como si fuera una espina que tienen clavada en sus cuentas pendientes, en sus contradicciones a mansalva, necesitando poner en sus dianas a la Iglesia católica para distraer la focalización en sus vergüenzas, para denostar a los cristianos ninguneándonos con sus censuras o señalándonos con sus ataques mediáticos y legislativos.

Por eso, vuelve a sorprenderme con inmenso agrado que a pesar de tanto y a pesar de ellos, la presencia cristiana permanece como un faro de referencia en medio de las tempestades geopolíticas, económicas, éticas y culturales. Se vuelve a repetir lo que sucedió hace dos mil años: la persecución hacia Jesús y aquellos primeros cristianos, no era una persecución inocente o fortuita, sino la reacción de quienes amigos de la oscuridad, la depravación y la muerte, se sentían incómodos ante quien se presentaba aún en medio de todos sus defectos y pecados, como testigos de la luz amiga, de la regeneración moral y de la vida.

Cuando parece que nos han hecho mella tantas andanadas contra la Iglesia y que debemos colgar el cartel de “se vende” en nuestros principios y nuestras propuestas, resulta que renace inesperadamente el interés por el Evangelio, por la tradición cristiana y por nuestra postura moral ante tantos desafíos. Lo pude experimentar hace días ante el precioso espectáculo de subir con más de 700 jóvenes hasta Covadonga caminando por la montaña y adentrándonos en sus bosques. Chicos y chicas sanos y joviales, que hacen sus estudios, saben divertirse sanamente y tienen un interés creciente por vivir todas sus cosas desde la clave cristiana: sus preguntas, sus amores, sus ensueños, sus heridas, sus certezas. Todo un regalo por el que di gracias con ellos ante nuestra Santina.

Pero, como acontece cada año por estas fechas de pascua, volvemos a celebrar en nuestra catedral de Oviedo un acontecimiento peculiar que despierta hasta el extremo la gratitud más asombrada: el hecho de ver nuestra iglesia madre diocesana llena hasta la bandera y el campanario, por los 372 jóvenes adultos que llaman a la puerta. No para apostatar sino para pedir el bautismo o recomenzar su vida cristiana. Algunos sólo estaban bautizados, pero jamás vivieron nada como hijos de la Iglesia, y recibirán con plena conciencia su primera comunión tras encontrarse con Jesús y comenzar propiamente hablando su andadura como cristianos. Otros, ya bautizados y con la primera comunión, no tuvieron luego un recorrido creyente y jamás recibieron la confirmación. Se trata de este importante número de hombres y mujeres, jóvenes adultos que, bautizándose, recibiendo la Eucaristía y confirmándose llenarán nuestra comunidad diocesana de tanta esperanza, por el paso que van a dar.

Nuestra sociedad necesita este testimonio, que no es el relato de los escándalos de la corrupción cotidiana, sino el de la esperanza que no defrauda cuando tras el encuentro con Cristo la vida cambia, y nos convoca a ser testigos de la paz, la bondad, la verdad y la belleza que llenan la ciudad de alegría. Todo un regalo por el que dar tantas gracias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 16 de mayo de 2026

Una liturgia más bella. Por Carlos Granados García

(Alfa y omega) Este nuevo libro del cardenal Robert Sarah aborda, sobre todo, la cuestión de la música sacra en la liturgia. El volumen transcribe una serie de entrevistas realizadas por Peter Carter. Es un libro recomendable y aleccionador. La ventaja que tiene el género literario de la entrevista es que hace la lectura más amena y entretenida. La desventaja es que se difumina a veces el hilo conductor.

En todo caso, Peter Carter demuestra ser un entrevistador eficaz. Sus preguntas son provocativas, a veces un poco subversivas, con un estilo típicamente americano, cortante y al grano.

Si pasamos al contenido, creo que leer al cardenal Sarah es siempre recuperar el sentido de lo sagrado en la liturgia: silencio o contemplación son palabras que resuenan continuamente en el libro. A ello se suma un hondo sentido de la centralidad de la liturgia en la vida cristiana. La respuesta de los mártires de Albitene en el año 304 expresa bien lo que para el cardenal Sarah es (o debería ser) la natural perspectiva cristiana: sine dominico non possumus, «sin domingo no podemos vivir»; sin la Eucaristía dominical no podemos subsistir.

En general, el libro es profundamente heredero de Joseph Ratzinger y de su punto de vista sobre el sentido de la música en la liturgia, la preservación del latín, la belleza de la liturgia o el significado de una paticipatio actuosa en la ella.

Las preguntas del pertinaz entrevistador obligan, a veces, al cardenal Sarah a aterrizar sobre terrenos un poco tortuosos, como cuando Carter inquiere sobre la «necesidad» del canto gregoriano, o se empeña en saber hasta qué punto es posible el baile durante una celebración eucarística o porfía sobre la medida en que ciertos ritmos musicales modernos pueden emplearse en un contexto litúrgico. Son temas que evidentemente despiertan cierta curiosidad y que pueden impactar más en una lectura superficial. Repito, sin embargo, que para mi gusto lo que aporta el cardenal Sarah supera con mucho toda esta serie de cuestiones más puntuales.

En su profundidad última, lo que despierta este libro es el sentido de la belleza sagrada de la liturgia. Esa belleza es, en sí misma, testimonio de Cristo e invitación a adentrarse en el misterio. Una liturgia banal, descuidada, secularizada; o una liturgia de mero aplauso y escenario, de espectáculo y pasarela de moda, nos deja, en el fondo, muy vacíos.

No quiero terminar sin añadir que las palabras del cardenal Sarah respiran, sin duda, un sincero cariño y cercanía a los sacerdotes que, ciertamente, hacen mucho más reales y llevaderas la serie de exhortaciones particulares que les dirige en el libro.

viernes, 15 de mayo de 2026

Santoral del día: San Isidro, Labrador

El perfil del Santo se caracteriza por su humildad y sencillez en sus tareas con una base de Fe muy sólida. Hoy celebramos a San Isidro Labrador. Nacido a finales del siglo XI, casa con María de la Cabeza y, fruto de su matrimonio, tienen un hijo al que ponen el nombre de Illán. Esposa e hijo también son Santos.

Durante la mayor parte de su vida trabajó en el campo al servicio de Juan de Vargas. Su Fe y sencillez le hacen agradable a Dios. En su trabajo como jornalero de Don Juan de Vargas fue calumniado asegurando que no cumplía bien sus labores.

El amo fue a ver y se le encontró en el trabajo y dando gracias a Dios. Un día su hijo cae al pozo y ambos esposos oran, recobrándole sano y salvo. En otra ocasión le acusaron falsamente a su esposa a la que levantaron rumores oscuros sobre lo que hacía al cruzar el río.

Isidro le llevó cerca de ella y nada más llegar a la orilla la cruzaba y también oraba al Señor. Después de una feliz ancianidad, colmado de años, muere en olor de santidad. Su cuerpo incorrupto descansa en la Colegiata construida en su honor.

Varias décadas después, fue descubierto su cuerpo. Beatificado por el Papa Pablo V en 1619, hace que sea finalmente Benedicto XIII el que le eleve a los altares. San Juan XXIII le declara Patrón de los agricultores y las gentes del campo. También lo es de la ciudad de Madrid.

El Papa León XIV visitará la Conferencia Episcopal Española

(C.E.E.) La Santa Sede ha hecho pública hoy la agenda oficial del Santo Padre León XIV durante su viaje a España el próximo mes de junio. 

En la lista de actos, se ha publicado que visitará la sede de la Iglesia en España, en la calle Añastro, el día 8 de junio. Precisamente, el encuentro con los obispos españoles se produce en un momento muy significativo para la institución: la CEE cumple 60 años de existencia en 2026.

Se espera que en la visita a la Casa de la Iglesia el Papa se encuentre con los obispos españoles y pueda dedicarles unas palabras de aliento en su misión. El presidente de la CEE, Mons. Luis Arguello, también dirigirá una alocución en el acto y ambos firmarán en el libro de honor. Además, habrá un intercambio de regalos y previsiblemente que el Santo Padre pueda saludar a los trabajadores de la Conferencia Episcopal Española.

¿Qué es la Conferencia Episcopal Española?

La CEE fue creada en 1966 y surgió como “primer fruto del Concilio Vaticano II”, según dijeron los obispos españoles en una carta escrita el mismo día de la clausura del Concilio. Es una institución permanente integrada por los obispos de España en comunión con el Papa y bajo su autoridad, para el ejercicio conjunto de algunas funciones pastorales.

En la actualidad, está formada por diez Comisiones Episcopales y ocho subcomisiones que trabajan en el estudio y tratamiento de algunos temas específicos que afectan a un campo determinado de la acción pastoral común de la Iglesia en España.

A la Conferencia Episcopal compete estudiar y potenciar la acción pastoral en los asuntos de interés común, propiciar la mutua iluminación en las tareas del ministerio de los Obispos, coordinar las actividades eclesiales de carácter nacional, tomar decisiones vinculantes en las materias a ella confiadas y fomentar las relaciones con las demás Conferencias, sobre todo con las más próximas. En la actualidad, hay 113 Conferencias Episcopales en todo el mundo.

La CEE, como instrumento del espíritu colegial de los obispos (cfr. Apostolos suos, 14; Codex iuris canonici, c. 447), ha desarrollado su tarea en un periodo de profundas transformaciones tanto en lo eclesial como en lo social, cultural y político.