domingo, 19 de abril de 2026

"Al partir el pan". Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Nos congregamos como Comunidad en este Domingo III de Pascua. Hoy la liturgia nos invita a contemplar a un Dios que no se queda en la tumba, ni siquiera en un cielo distante, sino que se hace compañero de camino. En este día ponemos nuestra mirada en Emaús, un relato que es el espejo de nuestra propia fe. A veces caminamos tristes, sin reconocer que el Señor camina a nuestro lado...

En la primera lectura, vemos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Aquél que negó a Jesús, ahora se pone de pie ante la multitud para proclamar el Kerygma, el anuncio fundamental de nuestra fe. Pedro recuerda que Jesús no fue sólo un hombre bueno, sino alguien "acreditado por Dios" mediante signos y prodigios. La clave del discurso es que "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Nuestra esperanza no se basa en una filosofía, sino en el hecho histórico y espiritual y testifical de muchos de que Dios rompió las ataduras de la muerte. San Pedro no habla de oídas; él y los once son testigos oculares. Esta lectura nos interpela: ¿Es nuestra vida hoy un testimonio creíble de que Jesús está vivo?

En la segunda lectura redescubrimos el precio de nuestra libertad. San Pedro nos recuerda en su carta la seriedad de nuestra vocación cristiana. Vivimos como "extranjeros" en este mundo, con la mirada puesta en la eternidad. Nuestra libertad no se compró con bienes materiales corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. No es miedo al castigo, sino el asombro y respeto profundo ante un Padre que juzga sin favoritismos. Es el compromiso de no despreciar el sacrificio que Cristo hizo por nosotros.

El Evangelio de Lucas nos presenta una de las escenas más bellas y pedagógicas de toda la Escritura. Dos discípulos se alejan de Jerusalén —el lugar del fracaso y la cruz— hacia Emaús, que simboliza la vuelta a la rutina y la desilusión. Jesús se acerca, pero "sus ojos estaban retenidos". La tristeza y las expectativas políticas frustradas les impedían ver la realidad de la Resurrección. Jesús realiza con ellos la primera "misa" fuera del Cenáculo; una muestra de que necesitamos vivir de la liturgia para seguir con nuestro camino. Jesús les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones comiencen a arder; esto es la liturgia de la Palabra. Al llegar a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es en la fracción del pan donde finalmente lo reconocen. Ahí tenemos la liturgia eucarística. Y, ¿qué ocurre cuando termina la cena? Interrumpen la huida, vuelven a la comunidad alegres y sin miedos aunque ya fuera de noche. Una vez que encuentran al Resucitado, ya no pueden seguir huyendo. Regresan inmediatamente a Jerusalén para compartir esa alegría con los demás. El encuentro con Cristo siempre nos devuelve a la misión y a la Iglesia.

También hoy, Jesús se nos hace el encontradizo en nuestras propias tristezas. Nos sale al paso de nuestra peregrinación. Nos habla en las Escrituras, se parte y reparte en el pan y se nos entrega en el altar... Gracias Señor por ser alimento en el camino, y perdona por tantas veces que no somos capaces de reconocerte. Qué buen tiempo este de Pascua para cambiar, pues a veces nuestro ego nos impide reconocer al Señor porque no pocas veces le tenemos por enemigo o contrincante. En cuántas ocasiones Jesús pasa a nuestro lado en personas muy concretas de las que desconfiamos, a las que crucificamos con nuestras palabras, críticas, juicios y calumnias... Es curioso, ante la situación de nuestro mundo en guerra parece que todos opinamos igual: "no a la guerra, sí a la Paz". Pero luego en nuestra vida no somos constructores de paz: con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas... Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, nuestro mundo sería un poco mejor... Pidamos al Señor, como los discípulos: "Quédate con nosotros, porque atardece". Que su presencia ilumine nuestras oscuridades y nos convierta en testigos valientes de su Resurrección. Amén.

Evangelio del Domingo III de Pascua



Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:
«¿Qué?».

Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor 

Habermas y Ratzinger. Saber dialogar. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Cada día aparece en los periódicos la sección de esquelas mortuorias. Para la inmensa mayoría de los lectores se trata de noticias anónimas sobre personas desconocidas que acaban de fallecer. Cuatro datos que se aportan sobre el nombre y apellidos de los finados, la edad que tenían, quiénes son sus allegados y la certeza (o no) de que han recibido los sacramentos y la bendición. No son noticias anónimas para los más cercanos que serán quienes propiamente lamentarán la pérdida de su ser querido y por él verterán sus lágrimas y ofrecerán las plegarias pertinentes.

Hace unas semanas ha fallecido un señor alemán que apenas ha transcendido su deceso. Se trata de Herr Jürgen Habermas. De profesión filósofo, ha muerto con 97 años. Hasta aquí nada de particular. Se hizo célebre el encuentro que mantuvo en enero de 2004 con el entonces cardenal Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI. Fue una conversación abierta, aunque apenas transcendió a la opinión pública y publicada.

Ambos pensadores, los dos de una máxima altura intelectual, nos permitieron asistir a un debate insólito y sanamente provocador. No es habitual sentarse a dialogar serenamente dos personas de universos tan distintos. En cualquier caso, resulta realmente hermoso que se permita colarnos en esa escena en donde dos hombres leales con sus preguntas y testigos de las respuestas que encontraron permitan cotejarnos con ellos. Cada uno de nosotros somos un cofre de preguntas de todo tipo cuando dejamos que la realidad provoque una búsqueda, un deseo, un anhelo que nos hace mendigos y peregrinos de la verdad. Máxime cuando lo que lamentablemente aflora en la crónica diaria es más bien lo contrario: la mediocridad más zafia, la corrupción más hipócrita, la mentira más ensayada, el declive sin freno en total caída libre.

Frente a esto, que dibuja en demasiada medida el panorama cultural, político y social de nuestro tiempo, emergen los ejemplos como Habermas y Ratzinger que nos permiten una altura de miras capaz de ennoblecer precisamente nuestra mirada. Ellos hablaron, cada uno desde su perspectiva, de cómo los grandes temas que hoy nos cuestionan cuando bajamos a la arena de lo concreto, están reclamando una comprensión honesta, sin censura ni prejuicio, llamando a las cosas por su nombre y siendo honradamente leales con su demanda. Ellos denominaron a estas cuestiones “asuntos pre-políticos”. Porque antes de que en un parlamento se puedan acordar decisiones votadas por mayoría en las respectivas cámaras, hay cuestiones previas que no son susceptibles (o no deberían serlo) de los tira y afloja, de los dimes y diretes, de los intereses partidistas o económicos.

Estos temas son pre-políticos porque están (o deberían estarlo) antes de toda consideración, cuando hablamos de la vida, o de la verdad, o de la bondad, o de la belleza. Cuando se fomenta una cultura de la muerte banalizando hasta su exclusión la vida del no nacido, la vida del nacido en todas sus circunstancias incluso en su fase terminal, rompemos un diálogo posible si la vida no cuenta. Dígase lo mismo con la verdad, que se asfixia en la llamada post-verdad de todas las engañifas con las que se rigen tantas gobernanzas fallidas y falaces. O con la bondad, que queda erradicada por una pervertida actitud cicatera y excluyente incapaz de mirar con el corazón. O con la belleza que se vilipendia hasta el mancharla con el esperpento que falsea nuestra dignidad sencilla y auténtica. No, no es posible construir nada serio en la sociedad, cuando la vida, la verdad, la bondad y la belleza no preceden el diálogo que nos permite buscar, compartir, corregir y custodiar aquello que fuimos llamados a ser. Para Ratzinger esto se llamaba secundar la caricia creadora de Dios, para Habermas fue apertura leal ante lo que se nos da como indicio del hallazgo que nos engrandece y nos salva. Hermosa lección que aprendemos sólo de los maestros.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 18 de abril de 2026

Un libro saca a la luz la historia de los 10.000 mártires de la Guerra Civil

(COPE) El catedrático Javier Paredes publica 'Hasta el cielo', una obra que documenta la persecución religiosa durante la Segunda República y la contienda española

El catedrático de historia contemporánea Javier Paredes ha publicado su último libro, Hasta el cielo (editorial Saint Romance), una obra que ha alcanzado un notable eco en los medios de comunicación. El libro se posiciona en el número 5 en el ranking de libros de historia de Amazon y cuenta con una valoración de 4.8 sobre 5 estrellas, reflejando el interés por el tema que aborda: la persecución religiosa en España.

El título del libro evoca la exclamación que pronunciaban los mártires de la Segunda República y de la Guerra Civil (1931-1939) cuando eran conducidos al martirio en la zona del Frente Popular. Según la obra, esta fue la mayor persecución sufrida por la Iglesia católica en sus 2000 años de historia, con más de 10.000 asesinatos entre obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, de los cuales 2.154 ya han sido canonizados o beatificados.

Un recorrido por el martirio

A lo largo de 183 páginas, fruto de una selección de más de 200 artículos y una exhaustiva investigación, el libro se divide en cinco capítulos. En ellos se aborda la historia de obispos mártires como los de Barbastro, Tarragona o Ciudad Real; religiosas como las carmelitas descalzas o las adoratrices; y religiosos como los mártires de Turón de 1934, los claretianos de Barbastro o los Agustinos del Escorial.

Historias de fe inquebrantable

La obra rescata testimonios conmovedores como el de Francisco Castellón, un ingeniero químico de 22 años acusado de fascista por un Tribunal Popular de Lérida. Cuando el fiscal le preguntó directamente si era católico, él respondió sin dudar: "Sí, soy católico". Su verdadero delito, según se narra, era ser un cristiano conocido.

La noche antes de ser ejecutado, Castellón escribió una carta a su prometida, Mariona Peregrí: "Nuestras vidas se unieron y dios ha querido separarlas. [...] Una cosa quiero decirte, cásate si puedes. Desde el cielo, yo bendeciré tu unión y tus hijos". En la misiva, añadía: "No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí".

No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí"

Otro de los relatos destacados es el del canónigo de la catedral de Vic, Juan Jadeau Oller. Mientras sonreía camino de ser fusilado, explicó a los milicianos que su alegría se debía a que Dios le estaba concediendo las gracias que había pedido, entre ellas, dar su vida por Jesucristo y salvar un alma.

Sus palabras impactaron a uno de los milicianos, que tiró su arma y se arrodilló ante él pidiendo ser salvado. Ante la orden del jefe del pelotón de que se apartara, el hombre replicó: "¿No veis que esto es grande? ¿Hemos de matar a un hombre así?". Finalmente, el miliciano converso se dirigió al sacerdote y le dijo: "Padre, deme la solución, porque prefiero morir con usted que seguir con ellos", y ambos fueron fusilados juntos.

Pascua, Encuentro con el Resucitado. Por Roberto Gutiérrez González OCD



Apuntes sobre la historia, la estructura, la liturgia, la espiritualidad y las posibilidades pastorales de la celebración del tiempo pascual

Pascua es el tiempo litúrgico del encuentro con el Resucitado. Por ello, es el tiempo de la alegría, por habernos encontrado con Él, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (EG, 1).

Escuchemos una homilía de Melitón de Sardes sobre la Pascua, cuya lectura nos remonta a la teología pascual: «Soy yo, en efecto vuestra remisión; soy yo, la Pascua de la salvación; yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestro rescate, yo vuestra vida, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestra resurrección, yo vuestro rey… Él es el Alfa y el Omega, Él es el principio y el fin. Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, el caudillo, el Señor, aquel que ha resucitado de entre los muertos, aquel que está sentado a la derecha del Padre».

Se puede afirmar que la Pascua anual es la institución cristiana más antigua después del domingo y que hunde sus raíces en la fiesta de la Pessah. De la Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada «día del Señor» (cf. Ap 1, 10), pasamos a la Pascua anual celebrada por las primeras comunidades cristianas a partir del siglo II, como memorial de la Muerte y de la Resurrección. Es, entonces, cuando en torno a esta fiesta nace su prolongación 50 días, hasta Pentecostés.

Vigilia Pascual

Originariamente, la Pascua se celebraba durante una vigilia nocturna dedicada a las lecturas, oraciones, cantos y que concluía con la celebración de la Eucaristía. Es alrededor de los siglo II-III cuando se incorpora la liturgia bautismal. En último lugar, se introduce la liturgia de la luz.

Estos elementos han estado presentes, y casi sin sufrir variaciones, en la liturgia de la Pascua romana, incluso después de la reforma realizada por el Concilio Vaticano II, en la que la estructura de la Vigilia Pascual sigue este esquema: liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y la liturgia eucarísitca.

Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, nos disponemos a celebrar la Pascua, el paso, la Resurrección. La Vigilia de la Pascua del Señor y la Pascua de toda la Iglesia, origen y raíz del año litúrgico. Todo ello lo celebramos en medio de la noche, esperando la nueva luz. En la noche, se renuevan todas las cosas. La luz pascual, que desde los orígenes (Génesis) hasta el final (Apocalipsis), es signo de Cristo luz del mundo que lo invade todo y lo penetra todo. Ese fuego que nos recuerda la columna de fuego que condujo al pueblo de Israel y el fuego del Espíritu que enciende el resucitado en nuestros corazones.

El cirio es bendecido y adornado, signo de Cristo resucitado. Caminamos de las tinieblas a la luz, como nuevo Pueblo de Dios, guiados por esa columna de fuego, de donde tomamos nuestra luz para ser hijos de la luz.

Todo es nuevo, todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristianos y litúrgicos.

El solemne anuncio de la Pascua, el pregón pascual, canto lírico, pero cargado de teología y lleno de sentimientos que acogemos con fe y gozosa escucha, con plena participación.

Cuatro son las ideas centrales: una invitación gozosa a todo el universo, una oración de bendición y exaltación de la Pascua del Señor («esta noche dichosa», síntesis de las noches salvíficas de Dios en la historia de la salvación), un canto a la redención pascual («¡oh feliz culpa que mereció tal Redentor», una noche donde se reconcilia todo, lo humano y lo divino) y finalmente un ofrecimiento con una petición: «Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado en tu nombre (…) y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo».

A la luz de Cristo resucitado, proclamamos la Palabra de Dios, en un tono progresivo, cristocéntrico y que nos remite al bautismo. Pasamos de las lecturas del Antiguo Testamento al Nuevo, pero entre los dos cantamos con solemnidad el canto del Gloria, antiguo himno de la mañana, que nos lleva también al sentido pascual de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Pidiendo en la oración colecta: «Oh, Dios, que has iluminado esta noche santísima con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio».

El agua viva, regeneradora, signo de la vida nueva de Cristo, es el recuerdo memorial de la Pascual y del bautismo. El sacrificio y el banquete eucarístico, encuentro con Cristo resucitado que nos anuncia el banquete eterno, es la comida del Resucitado y con el Resucitado, nos invita a llevar a todos el anuncio y la alegría de Cristo resucitado.

Domingo de Pascua

La respuesta del salmo invitatorio del oficio de lectura de este día dice: «Verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Aleluya!», donde expresamos de nuevo el gozo y la alegría. Por ello, nos volvemos a reunir por segunda vez en la mañana del domingo para expresar ese gozo y esa alegría celebrando la «misa del día».

Todo nos habla de vida, belleza, novedad: el cirio que nos preside, el presbiterio con flores, los ornamentos blancos, ponen de manifiesto lo que canta la antífona de entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, aleluya: me cubres con tu mano, aleluya; tu sabiduría es sublime, aleluya, aleluya». Lo viejo se renueva y todo ello es llevado a la perfección.

Lo que celebramos tiene que manifestarse en nuestra vida, de la «lex orandi a la lex vivendi», es decir, no se puede disociar lo que celebramos y oramos con lo que luego vivimos, por ello, la oración colecta reza así: «Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida».

Nuestra participación en el sacrificio y sacramento de la misa nos capacita para vivir más auténtica y efectivamente el misterio que se inició en nosotros el día de nuestro bautismo. La eucaristía de este día, si cabe, nos tendría que hacer caer en la cuenta del carácter pascual de toda la misa, prenda de vida eterna, de nuestra futura resurrección. Con las segundas vísperas del domingo de Pascua se cierra el triduo pascual. Esta oración de alabanza, de acción de gracias y petición, cierra en un ambiente contemplativo, las celebraciones del día. Las antífona del Magníficat dice: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya».

Este es el fruto de las Pascua, el don que nos regala Cristo, que, por su misterio pascual, ha restablecido la paz, la alianza entre Dios y el hombre.

Cincuentena Pascual y Octava Pascual

Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora el triunfo de Cristo resucitado presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. La Pascua es la expresión culmen del amor de Dios. Del amor de un Dios que se hace pascua para nosotros. Es el paso del odio al amor.

Con la reforma conciliar sobre liturgia, se ha restituido al tiempo pascual su significado. En las normas sobre el año litúrgico se dice: «Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo»» (n. 22). Este tiempo es llamado por los padres orientales como «el gran domingo» ya que todos los elementos que hacen del domingo un día de fiesta, concluyen en la cincuentena. Se tiene que hacer ver el carácter unitario de estas siete semanas.

Estas siete semanas se desdobla en otro ciclo de ocho días, la octava pascual, con un carácter eminentemente bautismal. Los neófitos pregustaban durante estos ocho días las delicias de su bautismo. Durante estos días recibían las últimas catequesis, llamadas mistagógicas. El último día se desprendían de sus vestidos blancos y tomaban asiento entre el pueblo.

El misterio de la Resurrección recorre todo este tiempo. Durante los 50 días es lo que vamos a celebrar, ellos es la causa de nuestra alegría, del encuentro con el resucitado. Así, los domingos de Pascua nos narran los distintos encuentros que tiene Jesús: con las mujeres, con el grupo de los doce, con María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles sentado en la mesa, en el lago Tiberíades.

Después de la Octava, no se pierde de vista la Resurrección, sino que se la contempla desde otra perspectiva, de la presencia de Cristo en la Iglesia: como buen Pastor, como camino y conduce al Padre, como la Vid.

Todo el tiempo pascual es la exaltación de Cristo, Señor del universo donde Cristo sea todo en todos. Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas, la vida que derrota a la muerte, el amor que vence al odio. Es donde profundizamos en el bautismo recibido o en la fe ya vivida.

Es el tiempo de la alegría y del banquete, donde cantamos el aleluya y la comunidad se reconoce como misterio de comunión y fraternidad.

Los cantos de la Pascua hacen nacer de nuevo a la esperanza, colma de alegría a los cristianos. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos vivifica, donde lo vivimos a través de los sacramentos y donde somos llamados a testimoniar la Buena Noticia con nuestras vidas. «Id a Galilea, allí me veréis». Volvamos a nuestros quehaceres de cada día y lo veremos y conoceremos en la fracción de pan, en la escucha de la Palabra, en el sacramento de la caridad hacia el hermano. Es el momento de caminar, es el momento de ser sus testigos, es el momento de ser pascua para la humanidad.

viernes, 17 de abril de 2026

La Iglesia de Asturias hace memoria hoy día 17 de abril de San Pedro Poveda y Castroverde, educador y mártir.

La figura de San Pedro Poveda (1874-1936), sacerdote, pedagogo y mártir, encuentra en Asturias un escenario fundamental para el desarrollo de su pensamiento y obra. Aunque nació en Linares, fue en tierras asturianas donde terminó de madurar la visión que daría origen a la Institución Teresiana. Su llegada a Covadonga tras una intensa labor con las clases populares en las cuevas de Guadix, Poveda fue nombrado canónigo de la Real Colegiata de Covadonga en octubre de 1906. 

Durante sus siete años en el santuario llevó una vida de oración y estudio a los pies de la "Santina". Aquí profundizó en la situación educativa de España y en la necesidad de formar a maestros cristianos competentes. Se integró tanto en la cultura local, que los asturianos le apodaron cariñosamente "Don Pedrín", e incluso incorporó giros del habla asturiana en sus escritos. Como secretario del Cabildo, participó en el remate de obras clave, como el túnel de acceso a la Santa Cueva.

En el año 1911 tiene lugar el nacimiento de las Academias. Ese año marcó un hito en su trayectoria con la fundación de sus primeras academias, precursoras de su gran proyecto educativo. La Academia de Oviedo fue la primera de la Institución Teresiana, enfocada en la formación de mujeres que estudiaban Magisterio. La Academia de Gijón por su parte estaba orientada a varones, donde publicó su influyente "Ensayo de un Proyecto Pedagógico".

La estancia de Poveda en Asturias no fue un simple retiro espiritual, sino un periodo de innovación pedagógica. Su enfoque en la dignidad de la mujer y la profesionalización de la enseñanza le valió ser reconocido por la UNESCO como "Humanista y Pedagogo" en su centenario. Su memoria sigue viva en la región, no solo a través de la Institución Teresiana, sino por su profundo vínculo con nuestra tierra, ya que San Pedro Poveda "se forjó en Covadonga".

El Papa León logra un alto el fuego en Camerún: felicita a los constructores de paz desde Bamenda

(Rel.) En un comunicado de la Alianza por la Unidad, que agrupa a los movimientos separatistas anglófonos de Camerún, se ha decretado desde el martes un alto el fuego con motivo de la visita de León XIV, en nombre de "la responsabilidad, la moderación y el respeto por la dignidad humana", para crear "un corredor y un ambiente seguros" para las actividades del Papa.

En el Oeste de Camerún, en las dos regiones anglohablantes, desde 2016 hay un conflicto armado entre guerrillas y el ejército, que según un Informe de 2025 de International Crisis Group ha causado unas 6.500 víctimas mortales en el llamado conflicto de Ambazonia. También ha desplazado a unas 580.000 personas dentro del país. A eso habría que sumar unas 73.000 que habrían pasado a Nigeria. Según la ONU, 1,8 millones de los cuatro millones de habitantes de las regiones anglófonas necesitan ayuda humanitaria, mientras que unos 250.000 niños se ven afectados por el cierre de escuelas debido al conflicto.

En el marco de este "corredor", el Papa llegó este jueves a Bamenda, capital de una de esas regiones, cerca de la frontera con Nigeria. En la catedral de San José, en Bamenda, celebró un encuentro con representantes de diversas religiones (religiones tradicionales animistas, protestantes y musulmanes) y de ambas lenguas, aunque el Papa se dirigió a los presentes en el inglés que caracteriza a la región.

Hablaron testimonios de afectados por la guerra. "¡En Dios, en su paz, siempre podemos comenzar de nuevo!", dijo el Pontífice.

Cristianos y musulmanes de la región trabajan en un Movimiento por la Paz con el que intentar mediar entre los bandos enfrentados por razones políticas, en las que el separatismo ha estado muy presente. "Desearía que esto sucediese en muchos otros lugares del mundo", exhortó el pontífice, "vuestro trabajo por la paz puede ser un modelo".

"Los maestros de la guerra aparentan ignorar que basta un momento para destruir, y en ocasiones toda una vida no es suficiente para reconstruir. Y cierran los ojos al hecho de que se gastan miles de millones de dólares en matar y destruir, pero no se encuentran en ningún lado los recursos necesarios para la salud, la educación y la restauración", denunció.

"La paz no es algo que tengamos que inventar, sino algo que hemos de abrazar aceptando a nuestro prójimo como hermano y hermana. No elegimos a nuestros hermanos y hermanas: ¡simplemente debemos aceptarnos mutuamente! Somos una sola familia, que habita el mismo hogar: este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios", añadió.

Al salir de la catedral soltó una paloma en signo de la paz, acompañado de varios líderes locales, ante la multitud congregada fuera del templo.