En la solemnidad de Pentecostés, recordamos la venida del Espíritu Santo y celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. El lema de este año, «Pueblo de Dios que sale al encuentro» nos propone conjugar en el horizonte del laicado en España dos elementos que nos comprometen: la implementación del Sínodo y la reflexión sobre la presencia de los cristianos en la vida pública.
El proceso sinodal va más allá de ser una mera cuestión de organización interna para revelarse como un nuevo modo de presencia en el mundo. Para los cristianos en España, este camino no es nuevo. Como todos recordamos, en febrero de 2020, el Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en salida» inició este proceso proponiendo dos claves trans versales de trabajo: el discernimiento y la sinodalidad. Estas se vieron confirmadas por el desarrollo del último Sínodo, viviendo la sinodalidad como modo de ser y actuar de la Iglesia.
Uno de los cuatro itinerarios propuestos en el Congreso fue la presencia en la vida pública. Aquella intuición compartida se ha visto refrendada por el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad (2024): «Cada bautizado responde a las exigencias de la misión en los contextos en los que vive y trabaja desde sus propias inclinaciones y capacidades, manifestando así la libertad del Espíritu en la concesión de sus dones» (DF 58). Esta convergencia entre misión y sinodalidad nos re cuerda que la presencia en la vida pública no es una tarea delegada por la jerarquía, sino un derecho y un deber que surgen del don del bautismo. El cristiano está en la política, la empresa o la educación como un ciudadano que, desde el discernimiento iluminado por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, busca el bien común y el anuncio del reino de Dios. La sinodalidad, por tanto, se convierte en camino para concienciar a los laicos a ser protagonistas autónomos y maduros en la vida pública.
Al subrayar la importancia de la presencia en la vida pública por parte de los cristianos, estamos hablando de querer potenciar una conversión a la dimensión social del Evangelio como inherente a la propia vocación bautismal y a promover que nuestras comunidades sean auténtica Iglesia sinodal en salida, que existe para evangelizar,
se constituye en instrumento de anuncio, liberación y promoción de
la dignidad de toda persona y que, desde la escucha de los gozos y
las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo (GS 1), tiene en la «cultura del encuentro» la clave de aproximación a la realidad social en la que se encuentra (1).
El compromiso transformador de la realidad es inherente a toda la
Iglesia. Ser creyente no solo exige preguntarnos quién soy yo sino, sobre todo, para quién soy yo, como nos recordaba el Congreso de Vocaciones. Toda persona bautizada, cualquiera que sea su vocación, vive
la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico
concreta de manera propia y particular estas dos dimensiones. En este
sentido, la presencia en la vida pública adquiere gran importancia en
la vivencia de la vocación laical. Profundizar en la importancia de la
presencia del cristiano en la vida pública ayuda a recuperar la dimensión social como verificación de la propia vocación. Los creyentes estamos llamados a estar en el mundo y a transformarlo.
Sin embargo, es innegable que, a menudo, nos invade una cierta
resistencia a manifestar públicamente nuestra fe, una dificultad que va
desde la comprensión interna de esa necesidad hasta el paso definitivo
de llevarla a la práctica. No siempre resulta sencillo mostrarnos como
creyentes en los entornos donde nos movemos, pero esa presencia pública actúa como un termómetro diario que revela la salud de nuestra
fe. Nos indica hasta qué punto el Evangelio ha transformado nuestras
vidas, convirtiéndonos en personas más solidarias, misericordiosas,
justas y fraternas, o si, por el contrario, nuestra creencia se queda solo
en lo privado.
Manifestar lo que creemos implica estar no solo dispuestos, sino
deseosos de explicar por qué apostamos por un amor desinteresado
y a fondo perdido, defendiendo la misericordia y la justicia como los
pilares fundamentales tanto de las relaciones personales como de las
sociales y políticas. Significa sostener que la vida es digna desde su inicio hasta su fin y que existe una responsabilidad compartida entre personas e instituciones para garantizar condiciones de trabajo y de vida que respeten esa dignidad. Esta coherencia nos impulsa a defender el
destino universal de los bienes y la prioridad de erradicar la pobreza,
bajo la premisa de que los últimos deben ser los primeros, trabajando
por una paz que nazca del respeto profundo a cada criatura de Dios y
del cuidado de la creación como un don recibido.
Si esta presencia pública nos parece difícil es porque, objetivamente,
lo es; nos obliga a reconocer cuánto nos falta para alcanzar el ideal de
vida que Jesús propone y nos exige superar el vértigo de derribar esas
barreras que, consciente o inconscientemente, levantan muros entre
nuestra fe y nuestra vida cotidiana, dividiéndolas en compartimentos
estancos. Plantearnos esta dimensión pública es, en realidad, un ejercicio de honestidad en todos nuestros espacios —la familia, el empleo,
el ocio o el compromiso social— cuestionando nuestra respuesta ante
situaciones de injusticia, marginación o violencia.
Aunque quizás no estemos acostumbrados a medirnos con esta
vara, el mensaje de Jesús es inequívoco, desde su presentación en la
sinagoga hasta el mandato de que lo hecho a los más pequeños se le
hace a él mismo. En sintonía con esto, el magisterio de la Iglesia y especialmente los últimos papas, nos llaman a no separar la fe en Jesucristo
de la realidad concreta, instándonos a iluminar el mundo mediante es
tilos de vida que impregnen la política, la vida social y las asociaciones
civiles con los valores del Evangelio.
En el contexto actual de nuestra Iglesia, se nos pide reforzar una
mirada atenta a los signos de los tiempos, reconociendo al Espíritu que
brota incluso en las grietas de nuestra compleja sociedad. Es una invitación comunitaria a generar gestos de humanización y a demostrar
que es posible construir la vida social desde el amor y el diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este sentido, una de
las cosas que la sinodalidad aporta a la vida pública es lo que el Sínodo
llama la «conversación en el Espíritu»: un método que sustituye el enfrentamiento dialéctico por la escucha activa. Frente a la polarización
que fractura nuestra sociedad, el cristiano sinodal propone el diálogo
como herramienta de construcción.
En definitiva, la presencia pública no es algo opcional para el cristiano, sino que reside en el corazón mismo de su propuesta espiritual: anunciar a Dios es hacer vida su amor en nuestro entorno, tal como
hizo Jesucristo. Son nuestras obras, y el modo en que nos relacionamos
con quienes más sufren el dolor o la exclusión, las que verifican y hacen
respetable nuestra fe ante la sociedad de hoy. Esta «mística del hacer
nos prójimos» es la que verdaderamente nos permite encontrar a Dios
en medio de las circunstancias cotidianas. Actuar en el mundo de esta
manera nos abre el corazón a la llamada del Padre, aceptando nuestra
condición de levadura y pequeña semilla que, por la acción divina, se
vuelve un elemento imprescindible para transformar el mundo en lo
que Dios soñó: un hogar de hermanos que caminan en paz y justicia.
El desafío actual es evitar que la sinodalidad se quede atrapada en
meros espacios de discusión de salón. Las conclusiones del Congreso
de Laicos de 2020 ya nos advertían: la Iglesia es «en salida» o no es.
El Documento final de 2024 nos ofrece ahora las herramientas teológicas
para dar el salto. La presencia pública no es un apéndice de la fe; es el
lugar donde la sinodalidad se hace carne. Estamos llamados a ser un
«pueblo de Dios» que no solo camina por las naves de los templos, sino
que camina, sobre todo, por las calles de nuestro mundo, aportando la
luz del Evangelio a los desafíos del presente.
En estas semanas, hemos conmemorado el primer aniversario del
pontificado del papa León XIV y estamos a las puertas de su primer
viaje a España. En estos meses sus palabras siempre nos han animado
a vivir como Iglesia misionera, promotora de una paz desarmada y
desarmante, capaz de construir «puentes dialogando, siempre abierta
a recibir con los brazos abiertos a todos, a todos aquellos que necesi
tan nuestra caridad, nuestra presencia, diálogo y amor» (2). Que la cele
bración de esta Jornada nos sea de ayuda para disponernos del mejor
modo posible a acoger la visita del Santo Padre.
A todo ello os animamos con la confianza de que el Espíritu que el
Señor ha entregado a su Iglesia, y que celebramos en Pentecostés, es
el que nos antecede siempre.
león XIV, Bendición «Urbi et orbe» (8 de mayo de 2025).
Presidente de la Comisión
Mons. Carlos M. Escribano Subías
Arzobispo de Zaragoza
Subcomisión de Familia y Vida
Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Canarias
Mons. Antonio Prieto Lucena
Obispo de Alcalá de Henares
Mons. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real
Mons. Ángel J. Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
Subcomisión de Infancia y Juventud
Mons. Arturo P. Ros Murgadas
Obispo de Santander
Mons. Francisco Jesús Orozco Mengíbar Obispo de Guadix
Mons. David Abadías Aurín
Obispo auxiliar de Barcelona
Consiliario de Manos Unidas y Acción Católica
Mons. Santos Montoya Torres
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
Foro de Laicos
Mons. Sergi Gordo Rodríguez
Obispo de Tortosa






