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sábado, 11 de julio de 2026
Homilía del Sr. Arzobispo en la despedida de los padres jesuitas de San Esteban del Mar (Gijón)
Queridos hermanos y hermanas, paz y bien a todos. Saludo cordialmente al señor Vicario General, don Adolfo, al Provincial de los jesuitas, padre Enrique, así como al vicario de la zona de Gijón-Oriente, don José Ángel, al párroco de esta comunidad hasta este momento, padre Manuel, y a los demás sacerdotes jesuitas o diocesanos que nos acompañan. A las religiosas presentes y a todos vosotros, queridos hermanos, en el Señor.
La vida está hecha de momentos que señalan el calendario de cada biografía: la llegada o la partida, las lágrimas o las sonrisas: la salud pletórica o la enfermedad que nos achaca, el aplauso o el desprecio, y la vida se va tejiendo en cada tramo de nuestra andadura de cada uno de estos momentos.
Hace casi 60 años, con inmensa alegría, llegaron los padres jesuitas para hacerse cargo en esta capilla, que para ellos era familiar por ser la del Centro de Formación Profesional Escuela Revillagigedo, de la Comunidad Natahoyo de los jesuitas desde hace ochenta años, para constituirse en una parroquia nueva en Gijón, la parroquia de San Esteban del Mar. Sesenta años después, los jesuitas, que como todo religioso, como todo sacerdote, tienen ligero el equipaje y están prontos para ir a donde la Providencia nos envía, vuelven a hacer maleta, y se ponen a caminar.
No es un capricho, no es tampoco un desdén, sino una necesidad que se siente en la comunidad. La diócesis de Oviedo mira con inmensa gratitud estos años, que no han sido pocos, de la entrega de estos buenos jesuitas en este rincón diocesano de Gijón. Y con inmensa comprensión, aceptamos que, por imperativos de recolocación vocacional en sus cuadros personales, tengan que decirnos adiós, como quien dice simplemente un “hasta luego”. Queda aquí toda la labor bien hecha, que ha sido tanta y realmente buena. Y queda la amistad que nos une, que podremos seguir gozando, estén donde estén, y quedando nosotros donde quedamos.
A los padres jesuitas nuestra gratitud como Archidiócesis de Oviedo. Ellos pertenecen a una familia religiosa cuyo padre fundador, San Ignacio de Loyola, sintió como llamada esa itinerancia que le sacaba de los monasterios, o de los conventos que otras familias religiosas precedentes tenían como hábitat, para hacerles misioneros disponibles a lo que el Papa pudiera indicarles, siendo compañeros en esta avanzadilla evangelizadora en donde no ha habido espacio, lugar o encomienda, en donde la Compañía de Jesús no haya tenido una preciosa presencia: en el mundo educativo, en el compromiso de la pastoral social, al lado de la gente más pobre, también marcando el horizonte moral y la altura intelectual en tantas universidades, en las parroquias más sencillas y en las labores de mayor incumbencia, en la pasión misionera sin fronteras ni exclusiones, siempre siguiendo lo que Dios pedía buscando su mayor gloria, debidamente discernido, obedeciendo a la Santa Madre Iglesia.
Por eso mi agradecimiento personal como arzobispo y la diócesis que en esta tarde represento es una gratitud sentida por estos casi 60 años de amistad, de compromiso y de trabajo pastoral. Cuando decimos adiós los cristianos, decimos siempre hasta luego. No es el adiós fatal, que llena de nostalgia apagada y de distancia insuperable una relación interrumpida. Sino un hasta luego lleno de gratitud por lo que hemos compartido y también lleno de esperanza en lo que deseamos como mejor para todos y cada uno de ellos.
La Palabra de Dios de este decimocuarto domingo, nos señala ya en la palabra del profeta Zacarías que Dios es alguien sencillo, alguien que se adapta, alguien que sabe entrar en un pollino de borrica, no en un alazán pendenciero como quien triunfa provocadoramente, llegando a los lugares metiendo miedo. Es más bien alguien tan sencillo que es el remedo de la entrada de Jesús en Jerusalén, en una misma cabalgadura, entre hosanas y vivas, como instrumento de la paz y heraldo del bien.
Esta imagen que el profeta nos ha dibujado es lo que cualquier misionero, cualquier religioso, cualquier sacerdote debe pretender, y nada más que esto: entrar con sencillez, sabiéndonos portadores de una gracia que, repartiendo nuestras manos, no la han hecho ellas. Y sabiéndonos portavoces de una palabra que, aunque la pronuncien nuestros labios, no la han inventado ellos.
Portavoces de una palabra más grande, portadores de una gracia mayor de las que sencillamente somos instrumentos. Es lo que han hecho los padres jesuitas en estos 60 años en esta parroquia de San Esteban. Es lo que intentamos hacer en cada rincón de Asturias, de España y del mundo entero, aquellos que somos enviados en el nombre de Dios para comunicar la Buena Nueva.
El Evangelio nos ha dibujado ese secreto de Jesús, que no era otro sino su relación con el Padre Dios, madrugando cada día o trasnochando cada tarde para ponerse a la escucha de su Palabra y a la contemplación de su Belleza. Con ellas luego propondría parábolas y realizaría signos y milagros, para los que especialmente sencillos y descartados, sufrían el agobio y el cansancio cotidianos.
Por eso, junto con mi gratitud, vayan mis mejores deseos. Algunos jesuitas marchan, peo otros aquí quedan a Dios gracias. Y seguiremos beneficiándonos de ese precioso carisma, el de la Compañía de Jesús, en nuestra Iglesia diocesana. Tienen esos dos colegios, esta escuela de formación profesional y varias obras apostólicas. Quedará esta parroquia nuevamente en las manos de los sacerdotes diocesanos que con premura podremos enviar.
La Compañía de Jesús, permanece y por tanto su carisma sigue siendo un regalo y una bendición para nuestra diócesis que yo agradezco. Por eso, querido Padre Provincial, querido amigo Enrique, gracias porque estáis, porque seguís estando, continuando escribiendo esta historia inacabada que con nosotros habéis escrito ya.
Ahora se pone un punto y seguido en esta parroquia de San Esteban y serán otros los escribanos como responsables últimos de esta comunidad cristiana, pero sabemos bien, como el Papa Francisco nos lo recordó, y el Papa León sigue insistiendo en ello, lo que ya desde el Concilio Vaticano ii se nos dijo: que la Iglesia no la hacemos los obispos o los curas, la Iglesia es el pueblo de Dios. En ella hay esas tres vocaciones fundamentales: los pastores con su ministerio, los consagrados con sus carismas y los laicos con su compromiso bautismal en la familia, en el trabajo y en la política. Una comunidad cristiana goza de estas tres vocaciones cristianas básicas y las vivimos fraternamente cada uno con su llamada personal de Dios.
Cada cual con su responsabilidad construimos el Reino, haciendo creíble lo que Jesús predicó y haciendo cercano lo que Él puso en nuestras manos. Dios, que es sencillo, no es un Dios lejano ni huraño. Tan cercano es a nosotros que no hay lágrimas nuestras con las que Él no haga su llanto, y no hay sonrisa y alegría nuestra con la que él no haga su propia fiesta. Y esta es la buena noticia que en este momento histórico del mundo y de la sociedad tan amenazada por guerras, tan acosados por corrupciones varias, tan desanimados por tantos motivos, los cristianos debemos y podemos acercar un mensaje evangélico, como quien canta una buena noticia, y regala a raudales un motivo para la esperanza.
Reitero mi gratitud a los padres jesuitas, lo mejor para lo que les depara a los que aquí han estado trabajando, en lo que la Divina Providencia les encomendará, desde la obediencia a la Compañía de Jesús y a las necesidades de la Iglesia. Y lo mejor deseamos también para la comunidad cristiana que seguirá viva y acompañada por el nuevo párroco que venga.
Decía el Padre Manuel que no son todos los que están, pero los que estáis sois muy bienvenidos. Me presta enormemente poderos agradecer vuestra numerosa presencia en esta tarde, agridulce, pero no llena de melancolía. Porque la melancolía siempre nos arruga y nos deja débiles, mientras que el adiós, aunque sea un hasta luego, despierta siempre y sencillamente la gratitud y la buena esperanza. Y es lo que, a todos vosotros, hermanas y hermanos, de corazón yo os deseo.
Que Dios os bendiga, que San Esteban nos acompañe, y que la Virgen Santísima os proteja con su manto. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Parroquia San Esteban del Mar (Gijón)
4 de julio de 2026
viernes, 10 de julio de 2026
San Cristóbal, Patrono de El Castro (Lugones)
San Cristóbal Mártir es universalmente conocido como el patrono de los conductores y transportistas. Su tradición evoca a un hombre de fuerza descomunal que ayudaba a los viajeros a cruzar un peligroso río. Según el relato cristiano, en una ocasión cargó sobre sus hombros a un niño que pesaba tanto como el mundo entero: era el propio Jesucristo. De ahí nace su nombre (del griego Christophoros, "portador de Cristo") y su arraigada protección sobre los viajeros. Antaño se creía que bastaba con mirar su imagen por la mañana para quedar libre de peligros durante el día. Hoy, esa herencia se traduce en las medallas y estampas que presiden infinidad de salpicaderos de coches y camiones. En la localidad asturiana de Lugones, el barrio de El Castro vive con especial devoción la memoria de San Cristóbal. Ubicado en un punto estratégico del concejo de Siero, este histórico entorno rendía honores a su patrono en la finca del Peralón.
A nivel nacional, la Conferencia Episcopal Española (CEE) canaliza esta misma devoción a través de la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. Promovida por el departamento de Pastoral de la Carretera, englobado en la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, esta jornada nacional alcanza ya su 58.ª edición. La Iglesia española celebra este día de manera estratégica el primer domingo de julio, coincidiendo con la primera gran operación salida de las vacaciones de verano. El objetivo prioritario es apelar a la conciencia moral de todo aquel que se pone al volante. Bajo el lema evangélico «Sed prudentes y sencillos», la campaña de la CEE enfatiza que la seguridad vial constituye un verdadero acto de amor al prójimo.
Los obispos articulan su llamamiento en torno a pautas fundamentales: La Prudencia, entendida como la virtud de anticipar riesgos, acatar estrictamente los límites de velocidad y evitar las distracciones para salvaguardar la vida propia y ajena. La Sencillez, traducida en la carretera como el ejercicio de la humildad, la paciencia ante los fallos ajenos y la cortesía de ceder el paso. Y Gratitud y Bendición, pues los subsidios de la jornada rinden homenaje al trabajo esencial de camioneros, taxistas, repartidores y servicios de emergencia. El patronazgo de San Cristóbal en El Castro de Lugones demuestra cómo las identidades locales se alinean perfectamente con las preocupaciones globales de la Iglesia.
Los Jesuitas dejan la Parroquia de Tremañes tras 45 años de presencia y 54 años vinculados al lugar
La Compañía de Jesús empezó a colaborar en la Parroquia de San Juan Bautista de Tremañes (Gijón) en 1972, cuando era párroco de esta localidad el sacerdote diocesano D. José María Díaz Bardales. Bardales se había formado con los jesuitas en Carrión de los Condes y les tenía un grandísimo aprecio. Es a comienzos de los setenta cuando se incorpora a colaborar con la parroquia de Tremañes el P. Cándido Viñas, S.J., que estaba destinado en la Universidad Laboral. Cuando la Compañía de Jesús dejó la Laboral, en 1978, al P. Cándido lo destinaban fuera, y Bardales habló con Don Gabino para evitar su marcha. El arzobispo dijo: "Hombre, si el padre provincial de los jesuitas accediese a darle un nombramiento en Tremañes...". Era el padre provincial en ese momento el P. Valentín Menéndez, S.J., natural de Gijón, que también había estudiado en Carrión de los Condes. El provincial dio el visto bueno y, así, el P. Cándido fue nombrado coadjutor de la parroquia de Tremañes. Después se incorporó otro jesuita, el P. Jesús Ángel Fernández, S.J., también cura obrero. En 1979, D. José María Díaz Bardales pidió a Monseñor Díaz Merchán que nombrase a los jesuitas párrocos de Tremañes; a este le pareció bien y fue nombrado el P. Cándido párroco moderador del equipo in solidum de la Parroquia de San Juan Bautista de Tremañes, junto a D. José María Díaz Bardales y el P. Jesús Ángel Fernández, S.J., como coadjutor.
Con la jubilación del entonces párroco de San José de Gijón, Don Carlos Díaz, en 1981, el arzobispo de Oviedo en aquel momento, Monseñor Díaz Merchán, nombró nuevo párroco de la feligresía de San José al sacerdote D. José Luis Martínez González, que ejercía en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en el barrio gijonés de La Calzada. Don José Luis puso como condición al arzobispo que aceptaba ir a San José si en la parroquia de Fátima le sustituía Bardales. A su vez, Bardales aceptó ir destinado a La Calzada y dejar la parroquia de Tremañes con la condición de que siguieran los jesuitas con la parroquia de San Juan Bautista. No se logró, sin embargo, establecer una comunidad independiente de jesuitas en el lugar, sino lo que se conoce en la Compañía de Jesús como un coetus; es decir, un pequeño grupo de jesuitas que dependen de una comunidad mayor. En el caso de Tremañes, los jesuitas que vivieron en el lugar siempre se consideraron parte de la comunidad del Natahoyo, siendo el superior de esa casa también el de Tremañes.
Entre 1990 y 1998 llegaron a ser tres jesuitas viviendo en Tremañes, con el refuerzo del P. José Manuel Alonso Busto, S.J. —natural de Villaviciosa— junto al P. Cándido y al P. Jesús Ángel. El P. José Manuel empezó colaborando en la parroquia de Tremañes y en la de Santa Bárbara del Poblado de 1990 a 1995. En 1995 fue nombrado párroco in solidum de San Juan Bautista de Tremañes. En 1998, el P. José Manuel es destinado a Santiago de Compostela. Tras un año junto a la tumba del Apóstol, fue destinado a Montevideo (Uruguay), donde permaneció hasta 2003, año en que regresa a España. Tras un curso sin destino, regresa a Gijón a la Comunidad de la Inmaculada como operario durante el curso 2004-2005. En el año 2005 es destinado a la Comunidad de León, donde estará encargado de la biblioteca hasta 2009. En el año 2009 es enviado a la enfermería de Villagarcía de Campos (Valladolid), donde fallece en 2018 a los 94 años de edad.
En el año 2018 se despidió el P. Cándido Viñas, S.J., de Tremañes al ser destinado a la enfermería de Villagarcía de Campos —su pueblo natal—. Ya había estado vinculado a Gijón en una primera etapa de maestrillo (1960-1962) en la Universidad Laboral y, después, optó por la experiencia de cura obrero trabajando, entre otras empresas, en la Industria Laviada, el dique de Duro Felguera y de barrendero en la empresa Limpiezas El Sol. Falleció en 2022 a los 87 años de edad. En el año 2018 fue nombrado párroco de San Juan Bautista de Tremañes por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes, O.F.M., el P. Jesús Ángel Fernández, S.J., el único jesuita que quedaba en el lugar. En estos últimos ocho años ha atendido la parroquia de Tremañes junto a la capilla de Nuestra Señora del Rosario de Lloreda. Con la jubilación del P. Jesús Ángel se pone fin a la presencia de la Compañía de Jesús en Gijón de forma fija, aunque seguirán atendiendo desde Oviedo la pastoral del Colegio La Inmaculada, del Centro Revillagigedo y del Hogar de San José. San Juan Bautista de Tremañes era la última parroquia que llevaba la Compañía en la Archidiócesis de Oviedo tras haber dejado la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Gijón en 1999, la parroquia de Santa Olaya del Natahoyo en 2008, la parroquia de la Inmaculada de Gijón (que fue suprimida en 2017) y tras haber traspasado la de San Esteban del Mar este mes de julio de 2026. Al devolver a la diócesis la parroquia de San Juan Bautista de Tremañes, en la que colaboraban desde 1972 y que atendían desde 1979, ya solo le queda a la Compañía la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Oviedo, del antiguo convento de las Salesas. Se da la circunstancia de que el nuevo párroco de Tremañes, Don Arturo Serrano Calvo Aladro, fue también en su día jesuita, hoy sacerdote diocesano de Oviedo y capellán castrense en la reserva.
jueves, 9 de julio de 2026
Unidos en oración junto a nuestro Párroco
Con profundo respeto, fe y cariño hemos conmemorado en nuestra comunidad parroquial el primer aniversario de la partida al encuentro del Señor de Doña María Teresa Vila Fernández, madre de nuestro querido Párroco. Ha transcurrido un año desde que Tere fue llamada a la Casa del Padre. A lo largo de este tiempo, su recuerdo ha permanecido vivo no solo en el corazón de su familia, sino también en el de toda esta comunidad cristiana que, desde el primer momento, hizo suyo el dolor de su pastor.
Quienes tuvimos la dicha de conocerla la recordamos como una mujer de fe profunda, generosidad silenciosa y una entrega admirable a los demás. Su mayor legado se refleja en la vocación y el servicio de su hijo, quien día a día guía los pasos espirituales de nuestra parroquia con el mismo amor y dedicación que sin duda aprendió en el seno de su hogar.
La pérdida de una madre deja un vacío que solo la fe en la Resurrección puede reconfortar. Por ello, en esta fecha tan significativa, nos hemos unimos de manera especial en oración junto a nuestro Párroco y a toda su familia. Hemos querido rodearlos con nuestro afecto fraterno y nuestra plegaria, recordando las palabras de San Agustín: "No te lamentes por haberlo perdido, da gracias por haberlo tenido".
Invitamos a todos los fieles y miembros de la comunidad a unirse en la Santa Misa que se ofrecerá en su memoria. Nos reunimos en torno al altar para dar gracias a Dios por la vida de María Teresa y para pedir por su eterno descanso, con la firme esperanza de que ya goza de la paz celestial en la presencia del Señor, su queridísimo Cristo de Candás, y de la Virgen María, Nuestra Señora de Covadonga.
Recordamos las hermosas palabras que Don Joaquín escribió hace año con motivo de la despedida de su madre: Agradecimiento. Por Joaquín Manuel Serrano Vila
Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz. Amén.
El Nuncio en España: «La dignidad precede al Estado y no está subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías»
(Infovaticana) Mons. Piero Pioppo pronuncia en la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal una conferencia sobre el consenso moral que enmienda de raíz el liberalismo procedimental: sin verdad sobre el hombre, la democracia se queda en «mera formalidad».
El Nuncio Apostólico en España, Mons. Piero Pioppo, intervino el pasado 7 de julio en la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal Española, la Fundación Pablo VI y la Universidad Pontificia de Salamanca, dedicada al «colapso de la democracia». Su conferencia, titulada El consenso moral como fundamento de la sociedad democrática, recorre de Cicerón a Ratzinger, pasa por la Transición española y desemboca en el reciente discurso de León XIV ante las Cortes Generales del 8 de junio.
Pero lejos de quedarse en un elogio genérico de la democracia, el representante del Papa en España dejó afirmaciones de notable calado doctrinal —y de evidente lectura política— sobre el aborto, la eutanasia, la libertad educativa de los padres y el fundamento último de todo consenso: Jesucristo.
1. La dignidad no la vota nadie
El pasaje central de la conferencia sitúa la dignidad humana por encima de cualquier mayoría parlamentaria, apoyándose en Benedicto XVI y su discurso ante el Bundestag:
«Por lo tanto, la sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana, que precede al Estado y no está subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. Desde este debido respeto a la dignidad humana se derivan, entre otras, las siguientes consecuencias: la justicia pone límites a la fuerza; el poder necesita legitimidad; los pobres pertenecen a la comunidad y el extranjero es acogido conforme a su dignidad, esto último como parte del rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia que sugiere al Estado la atención a los más necesitados. Así lo recordó, con altura de miras, el Santo Padre en varios de sus discursos durante su estancia en nuestro País.»
2. De la concepción al ocaso natural: el dardo a las leyes de aborto y eutanasia
Glosando el discurso de León XIV ante las Cortes, el Nuncio recordó a los legisladores españoles cuál es la primera víctima cuando la dignidad «se oscurece»:
«En consecuencia, toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Porque, cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.»
3. La libertad no es elegir, es adherirse al bien
Frente a la concepción liberal de la libertad como mera ausencia de coacción, Pioppo propuso la definición clásica, citando la Dignitatis humanae:
«La libertad de pensamiento, de conciencia y de religión son los pilares sobre la que se edifica el Estado contemporáneo. Ser libre no es solo ausencia de coacción o disponer de posibilidades de elección. Es también reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Toda sociedad libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que se salvaguarde la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones.»
4. Los padres, no el Estado, eligen la educación de sus hijos
En plena vigencia de la legislación educativa española, el Nuncio subrayó —con cita del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos— un derecho que calificó de «primario e inalienable»:
«Muchos padres depositan grandes esperanzas en las instituciones educativas como valiosas aliadas en la educación de los hijos. Esta colaboración ha de respetar siempre el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas. Los valores de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, la justicia o la reciprocidad serían mera formalidad sin el respeto a la verdad sobre el ser humano y a los valores objetivos que dimanan de la dignidad de la persona humana. El Estado requiere de una base moral previa para no caer en la arbitrariedad.»
5. La clave de bóveda: solo Cristo revela la verdad sobre el hombre
La conclusión de la conferencia abandona el terreno de la razón compartida y proclama sin ambages el fundamento cristológico de todo consenso posible:
«La clave de bóveda del consenso moral, en todos los ámbitos de la vida humana, los que han sido objeto de esta reflexión y los que le son complementarios (perdón, tolerancia, diálogo, coexistencia, etc.) es que la verdad sobre el hombre la revela solo Jesucristo y es comunicada por su Iglesia: somos y estamos llamados a vivir como Hijos de Dios y hermanos en Cristo. Un futuro mejor depende de la formación y consolidación de la conciencia moral y de la colaboración de todos. Solo la Verdad nos hace libres (Jn 8, 32) y hay que buscarla con sincero corazón. Quien la busca, como la buscaba San Agustín con su corazón inquieto, la acaba encontrando y, desde ese encuentro con la Verdad, viene iluminado el entendimiento humano para que podamos constituir las bases de un auténtico consenso moral como fundamento de la sociedad democrática.»
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