jueves, 19 de marzo de 2026

Reflexión de nuestro Párroco en la Solemnidad de San José


Dejamos en este día a un lado la austeridad de la Cuaresma, para honrar a San José por todo lo alto, el esposo de la Santísima Virgen, a quien el mismo Cristo llamó ''Padre''. Por eso tampoco en esta jornada no falta un recuerdo especial para todos los padres; vivos o difuntos, pues San José es un modelo y Patrono. Celebrar a San José es un motivo de alegría: en Él tenemos un intercesor tan querido, pues como dijo Santo Tomás de Aquino "Hay muchos santos a quienes Dios ha dado el poder para ayudarnos en las necesidades de la vida, pero el poder que se le ha dado a San José es ilimitado: se extiende a todas nuestras necesidades, y todos aquellos que lo invocan con confianza están seguros de ser escuchados". Así nos acercamos a Él tan confiados; esto explica cómo el pueblo fiel le venera con tanto fervor, siendo un santo silencioso y discreto. No conocemos ni una sola palabra suya, pero vemos sus acciones nos dice más aún. San José no habla: actúa; no impone, sino obedece; no busca protagonismo, sino ser justo... Es el hombre en el que Dios confía para custodiar lo más sagrado: a Jesús y a María. A partir de la liturgia de hoy, os invito a imitar tres rasgos de San José: saber esperar, saber confiar y saber custodiar.

En el Segundo Libro de Samuel, escuchamos la promesa que Dios hace al rey David: "Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas... tu trono se mantendrá por siempre". San José es el eslabón crucial que conecta esta antigua promesa con su cumplimiento en Jesús. Aunque él no es el padre biológico, su papel como padre legal e "Hijo de David" permite que Jesús sea reconocido como el Mesías esperado. José nos enseña que Dios es fiel a su palabra, incluso cuando los tiempos humanos parecen no coincidir con los divinos. En el glorioso Patriarca  se verifica la obediencia en la prueba desde su "Sí" interior. San José se encontró con planes que no esperaba ni eran los suyos. Tuvo que huir a Egipto y vivir la incertidumbre y la pobreza. Sin embargo, su grandeza reside en su capacidad de escuchar a Dios en medio del ruido del mundo. La santidad de José nos enseña qué, cuando los planes humanos se desmoronan, el plan de Dios sigue en pie. Estamos por tanto, ante una promesa, una Casa que dura para siempre. San José sabe esperar; su corazón se mantiene sereno al no dudar de que Dios cumple sus promesas a su tiempo.

San Pablo, en su carta a los Romanos, nos propone a Abrahán como modelo de fe, quien "apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza". Esta misma fe es la que define a José. No fue la observancia externa de una ley lo que lo salvó, sino su confianza absoluta en Dios. José se encontró en una situación humanamente incomprensible —el embarazo de María— y, al igual que Abrahán, se fió de la promesa de Dios más que de sus propias certezas, convirtiéndose en padre de una nueva descendencia espiritual. He aquí una fe que cree contra toda esperanza. San José sabe confiar; cree incluso cuando el panorama es oscuro o confuso.

El Evangelio de San Mateo nos muestra el drama interior de un "hombre justo". José, para no difamar a María, decide dejarla en secreto, pero la intervención divina en sueños cambia su rumbo. Justicia según Dios: Ser justo para José no fue aplicar fríamente la ley, sino ser respetuoso con el prójimo y dócil a la voluntad del Padre. El texto concluye con una frase poderosa: "Al despertar, José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado". No hubo palabras, solo obediencia creativa. José no cuestionó; simplemente custodió y protegió la Vida que nacía y a su Portadora. San José es el santo de la retaguardia, de quien aprendemos el valor de trabajar en la sombra. No necesitó aplausos para cumplir su misión. Esa es la verdadera escuela de San José: trabajar sin que se note, servir sin pedir honores, y saber que nuestra recompensa no está en el reconocimiento de los hombres, sino en la mirada de Dios. San José sabe custodiar; cuida la fe, la familia y a los más débiles con la misma ternura con la que cuidó a Jesús y María.

A San José lo llamamos el Patrono de la Iglesia Universal. Él es el constructor del hogar de Nazaret. Hoy recordamos con gratitud que fue un 19 de marzo, bajo el patrocinio de San José, cuando en 1939 se puso la primera piedra del templo donde hoy rezamos. San José no solo construyó con madera; cuidó la vida de su familia. Nosotros, al celebrar esta solemnidad, estamos llamados a ser como Él: artesanos de la esperanza, la confianza y la custodia. En un mundo que a veces parece que encuentra en la absoluta ruina moral y espiritual, San José nos invita a tomar las herramientas de la caridad para levantar de nuevo nuestra comunidad, nuestro pueblo, nuestro mundo... 

Que como San José, seamos capaces de "despertar" de nuestros propios planes para abrazar con valentía los planes de Dios para nosotros.

Oración

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Don Leandro Vigil Miyar, el Párroco reconstructor de San Félix de Lugones

En la historia de las comunidades, a menudo los nombres más influyentes no son los que más resuenan en las placas conmemorativas y monumentos, sino aquellos que trabajaron en la sombra cuando todo se desmoronaba. Este es el caso de Don Leandro Vigil Miyar, al que hoy recordamos al cumplirse el 83º aniversario de su fallecimiento. La santa misa de este día la aplicamos como cada año en sufragio por su alma.

Vocación forjada en el corazón de Asturias

Nacido en 1867 en Puelles (Villaviciosa), Don Leandro creció a la sombra de un Valdediós entonces herido por la exclaustración. Su camino al altar fue natural: del seminario local a la ordenación en Oviedo en 1892. Antes de llegar a su destino definitivo, fue un "pastor itinerante" que dejó huella en Linares, Sariego, Vibaño y, muy especialmente, en el Coto de San Juan de Arenas.

Un detalle que une su biografía con la historia de Gijón fue su paso como Regente por San Félix de Porceyo, donde entre 1911 y 1914 cuidó de esa feligresía mientras el párroco titular lidiaba con la enfermedad. Tras un productivo regreso a su Villaviciosa natal (Tornón y Celada), el destino —o la providencia— lo llevó en 1923 a Lugones, el lugar donde su fe sería puesta a prueba por el fuego.

El respeto en tiempos de ira

Lo que hace extraordinaria la figura de Don Leandro no es sólo su labor pastoral, sino su calidad humana. Durante la llamada Revolución de Octubre de 1934 y la posterior Guerra Civil, mientras el clero asturiano sufría una persecución feroz, él fue un caso excepcional.

A pesar de que en Lugones existía un campo de concentración donde otros sacerdotes sufrieron martirio, los milicianos locales respetaron a Don Leandro. El pacto fue sencillo: vestir de seglar. Bajo esa apariencia civil, el "cura de Lugones" siguió ejerciendo su ministerio; se dice que los republicanos incluso "hacían la vista gorda" cuando celebraba sacramentos en la clandestinidad. Ese respeto mutuo es el mayor testamento de la bondad que él irradiaba.

De las cenizas al nuevo templo

El final de la guerra dejó un panorama desolador: el antiguo templo románico del siglo XII había sido dinamitado. Don Leandro, ya anciano y con la salud resentida, no se dejó abatir por las ruinas. Con el apoyo del canónigo Eliseo Gallo, emprendió la titánica tarea de levantar el actual templo de San Félix Mártir.

La primera piedra se puso el día de San José de 1939 y, en el tiempo récord de poco más de un año, el nuevo edificio fue consagrado, en junio de 1940. Fue éste su último gran servicio. Don Leandro falleció el 20 de marzo de 1943 dejando tras de sí no solo una iglesia de piedra, sino una comunidad cohesionada que supo mantener unida en los momentos más oscuros de nuestra historia.

Hoy, ocho décadas después, su figura merece ser rescatada del olvido. Don Leandro Vigil Miyar no fue solo un párroco; fue el puente que permitió a Lugones cruzar el abismo de la guerra sin perder su identidad ni su fe.

Habermas y el diálogo entre filosofía y religión. Por Guillermo Juan Morado

(La puerta de Damasco) En una de sus acepciones, la palabra “diálogo” significa “discusión o trato en busca de avenencia”. La conversación, la interlocución, el debate, ha de tener por objetivo un cierto acuerdo o conformidad. En español se habla de “diálogo de besugos” cuando el coloquio carece de toda coherencia lógica y de “diálogo de sordos” cuando los interlocutores no se prestan atención.

Muchas de las obras de Platón revisten la forma literaria de un diálogo, de una conversación. Entre ellos, el titulado “Menón”. Intervienen en este texto varios personajes: Sócrates, Menón, un esclavo de Menón y Anito, el acusador de Sócrates. En un determinado momento, Sócrates pone una condición para hablar con el esclavo de Menón: “¿Es griego y habla griego?”. Es decir, es preciso un mínimo común, una base compartida, que posibilite la configuración exacta del planteamiento de una cuestión y, en consecuencia, el auténtico diálogo.

El puente de unión entre los seres humanos, y conviene reivindicarlo en tiempos de aparente retroceso a la ley de la selva, es la racionalidad, la palabra, el lenguaje, el “logos”. Sin ese nexo que nos vincula y que permite la comunicación sería imposible escapar al (falso) diálogo de besugos o de sordos.

En la Academia Católica de Baviera tuvo lugar, el 19 de enero de 2004, un diálogo importante entre un teólogo y un filósofo ilustrado. El teólogo era Joseph Ratzinger (16.4.1927 – 31.12.2022), por entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, algo después, Papa de la Iglesia Católica. El filósofo era el recientemente fallecido Jürgen Habermas (18.6.1929 – 14.3.2026). De ambos se puede decir que compartían, además de la nacionalidad germana, la relevancia de ser destacadísimos pensadores de nuestra época.

Habermas ha teorizado la “ética del discurso”, la búsqueda de normas morales de validez universal aceptables para todos los afectados por ellas, mostrándose sensible asimismo al papel que desempeña la religión en las sociedades democráticas y atendiendo a las bases que hacen posible la convivencia entre creyentes y no creyentes. Siendo un pensador laico, no creyente, se interesó cada vez más por la religión, por entender la perspectiva religiosa con la que muchos ven el mundo; perspectiva que puede contribuir a preservar un valioso bagaje moral para el funcionamiento de la democracia. Una correcta secularización no puede equivaler simplemente a arrinconar la visión religiosa, a prescindir de ella en la esfera pública, sino más bien a “traducirla” en términos seculares que ayuden a edificar la sociedad y a preservar la dignidad de sus miembros.

Ratzinger ha defendido siempre el papel de la razón en la religión cristiana. El erudito romano Marco Terencio Varrón (116-27 antes de Cristo) distinguía tres tipos de teología: la mítica – propia de la poesía y del teatro -, la natural – elaborada racionalmente por los filósofos - y la civil – al servicio de la política -. El cristianismo optó por dialogar con la teología natural, filosófica, y reivindicó para sí mismo el carácter de religión ilustrada, apostando por la síntesis entre la fe y la razón. El cristianismo, insiste Ratzinger, se propone como verdad a la que cabe aproximarse también por el camino de la razón, cuya dignidad – la de la razón humana – reivindica incansablemente. El encuentro con la razón no es un paso dictado por la utilidad táctica, sino una exigencia interna del propio cristianismo.

Para Habermas el pensamiento laico – no creyente – y las tradiciones religiosas han de llevar a cabo un aprendizaje recíproco. Para Ratzinger, la búsqueda de una base ética común ha de contar con escucha mutua de la razón y de la religión; también para corregir, con la ayuda de la razón, las patologías que pueden amenazar a la religión, así como, con la ayuda de la religión, sanar las patologías de las que no está inmune la razón.

“¿Es griego y habla griego?”. Como en el “Menón”, sigue siendo urgente apostar por una base común. Solo así se contribuirá al cultivo de una razón y de una religión dignas del hombre.

martes, 17 de marzo de 2026

Llamamiento para la Colecta de los Cristianos en Tierra Santa

Querido hermano,

¡Cuánto hemos esperado que la paz pudiera finalmente devolver la vida y la esperanza a Tierra Santa! Los así llamados diálogos y acuerdos se han multiplicado, pero al mismo tiempo las armas no han callado. Se ha dicho que se ha alcanzado la paz; sin embargo, aunque los medios de comunicación hablen hoy mucho menos que antes, se sigue disparando, las personas continúan muriendo, las tierras siguen siendo disputadas y los cristianos siguen emigrando para salvar sus vidas. Incluso las escuelas, con frecuencia, no pueden contar con los profesores, porque no se les permite transitar.

Sé que dirigirme a ti y a la familia cristiana de la que eres responsable es cada vez más difícil, y que las palabras que te dirijo año tras año pueden parecer repetitivas. Sé que cada vez es más arduo pensar en desinfectar y vendar, mientras sea posible, las heridas de este mundo tan atrozmente desgarrado. Pero los cristianos no podemos sino esperar, porque Dios es nuestra esperanza, y Dios no defrauda. Ese crucifijo que cuelga en nuestras habitaciones y en nuestros lugares sagrados es el signo de una vida más fuerte que la muerte, pero que ha pasado a través de la muerte. Debemos cambiar mucho: de mentalidad, de sensibilidad, de prioridades en la vida cotidiana, porque este mundo nos deshumaniza progresivamente sin que nos demos cuenta.

No nos olvidemos nunca de rezar, porque Dios es nuestra esperanza. Pero ahora deseo proponerte un pequeño gesto que va precisamente en la dirección de esta conversión, de este cambio: ofrecer un poco de nuestro dinero para ayudar a nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en peligro extremo a vivir un día más, a encontrar la esperanza y la posibilidad de volver a empezar. Es un gesto importante para ellos, fundamental para la Custodia de Tierra Santa, que desde hace tanto tiempo vela sobre los lugares que marcaron la vida del Señor Jesús. Se trata de un gesto importante también para nosotros, porque nos ayuda a comprender que, sin un sacrificio, sin un cambio real en nuestra existencia, permanecemos inertes en este mundo en llamas y, por tanto, nos volvemos cómplices de quienes lo incendian.

Un gesto que se concretará en casi todo el mundo (pues algunas comunidades han elegido otra fecha) precisamente el Viernes Santo, el día en que recordamos a Aquel que dio no una limosna, sino su propia vida, su último aliento, que es el Espíritu Santo, para que este mundo fuera sanado y recomenzara a esperar en lo inesperado. Los Papas han querido este gesto y continúan queriéndolo, porque están convencidos de que solo en la paternidad, en el compartir y en la amistad solidaria se puede reconstruir una realidad que vuelva a tener semblanza humana, y llevar a cabo el proyecto de humanidad querido por Dios desde el momento de la creación.

Para vivir, también es necesaria de vuestra contribución. Muchísimos cristianos de Tierra Santa lo han perdido todo, incluso el trabajo que provenía del servicio a los peregrinos. Ahora, casi todos ellos, por miedo, tienden a no aventurarse más en aquellas tierras. Nuestros hermanos y hermanas en la fe que habitan los Santos Lugares saben que, con vuestra ayuda —y quizá solo con ella—, aunque no se pueda garantizar su incolumidad, al menos podrán reabrirse las escuelas, se podrán construir algunas viviendas nuevas y, allí donde la destrucción es total, se garantizarán algunos cuidados. Primero las bombas y luego las catástrofes naturales han desfigurado su tierra, haciéndola inhabitable, por no hablar del número creciente de víctimas, sin un solo día en el que puedan respirar con serenidad.

Te ruego que, con las palabras que mejor se adapten a la sensibilidad de tu gente, hagas resonar nuestro deber de cuidar de Tierra Santa, así como de tantos otros lugares devastados. Comparte imágenes, sensibiliza a través de las múltiples fuentes que dan a conocer el esfuerzo cotidiano de los pocos cristianos que logran permanecer en su tierra. Existen muchos medios disponibles, comenzando por los llamamientos de los Papas y de los pastores comprometidos del lugar. Procuremos que nuestra gente llegue a la Colecta con la conciencia de que dar es un signo fuerte de fe, de que una Tierra Santa sin creyentes es una tierra perdida, porque se pierde la memoria viva, que es la continuidad con la fuente de la salvación que nos ha regenerado en Cristo. Exhorta, convence, despierta las conciencias y llámalas a la solidaridad de este único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, extendida por todas las tierras del mundo. El sacrilegio no es solo un acto cometido contra la Eucaristía; también es un sacrilegio el acto cometido contra el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. ¡Cuánto insistía San Agustín en este concepto: cuando recibes el Cuerpo de Cristo en el altar, ten presente que recibes lo que eres! «Convertíos en lo que veis y recibid lo que sois» (Serm. 272).

Estoy convencido de que nuestra gente —tu gente— no será insensible a este llamamiento, porque las fibras más vivas, aquellas que el Bautismo ha hecho parte integrante del deseo universal de bien que nos prepara para el encuentro con Dios, solo esperan ser reforzadas o, al menos, simplemente despertadas. El Papa León XIV no cesa de recordar a nuestra mente y a nuestro corazón este compromiso de ser uno para que haya paz; no una tregua provisional, no un odio perpetuo, no un gasto inmenso en armamentos, sino una contribución a nuestro renacimiento común: «Quiero dar gracias a Dios por los cristianos que, especialmente en Oriente Medio, perseveran y resisten en sus tierras, más fuertes que la tentación de abandonarlas. A los cristianos se les debe dar la posibilidad, no solo con palabras, de permanecer en sus tierras con todos los derechos necesarios para una existencia segura. ¡Os lo ruego, comprometámonos con ello!» (Audiencia a los participantes en el Jubileo de las Iglesias Orientales, 14 de mayo de 2025).

¡Cuántas veces he visitado personalmente a esas minorías cristianas que cada mañana se despiertan con el peligro de no tener ya un lugar donde existir! Ayudadnos a ofrecerles una esperanza concreta y no solo palabras de consuelo, porque nosotros, que los visitamos, sabemos que nos marcharemos de allí, mientras que ellos se quedan con sus miedos, incluso con el terror de que, precisamente por ser cristianos, puedan ser eliminados. La Colecta para Tierra Santa, con la ayuda diaria e inestimable de nuestros franciscanos y de todos los que animan y sirven en las comunidades locales, será una gota en el océano; pero el océano, a fuerza de perder sus gotas, se está convirtiendo en un desierto.

Que el Señor bendiga abundantemente a quienes, también en este Viernes Santo, se sientan deudores de la vida recibida y cooperadores de una creación que acerque la Jerusalén terrena a la Jerusalén celestial. Gracias, querido hermano, por escucharme. Que el Padre sostenga tus esfuerzos por la paz y tu contribución para dar vida a quienes son víctimas inocentes de la guerra. Caín y Abel siguen existiendo hoy. Y, sin embargo, el Hijo de Dios nos ha mostrado que, cuando hay que elegir, no se quita la vida al otro, sino que se entrega la propia por el otro.

Claudio Card. Gugerotti
Prefecto

Michel Jalakh, O.A.M.
Arzobispo Secretario

León XIV celebrará la misa del Corpus Christi el 7 de junio en Madrid

(C. E. E.) La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha desvelado que el Santo Padre León XIV celebrará la misa del Corpus Christi en Madrid el 7 de junio, «en un lugar público aún por determinar». Lo han confirmado durante una rueda de prensa que se ha desarrollado en la sede de la CEE Rafa Rubio, responsable de comunicación en la visita del Papa, y Sara de la Torre, delegada episcopal de Medios de Comunicación del arzobispado de Madrid.

Aunque han dejado claro que la agenda del viaje apostólico aún no ha sido definitivamente confirmada por la Santa Sede, sí se ha detallado que León XIV tiene previsto aterrizar en Madrid en la mañana del sábado, 6 de junio, y permanecerá en la capital hasta el martes, 9, por la mañana. Desde allí viajará a Barcelona, donde estará hasta el jueves, 11 de junio. Un dato que se desconocía y que se ha confirmado durante el encuentro con periodistas: León XIV empleará la mañana del día 10 para visitar la basílica de la Sagrada Familia, la obra magna de Antonio Gaudí, y la abadía de 

Montserrat, ambas en Barcelona.

En la tarde del 11 se desplazará a las islas Canarias. Tras pasar ese día en Las Palmas, el 12 de junio acudirá a Tenerife y, de ahí regresará a Roma. La agenda definitiva del viaje, según han señalado, «la hará pública oficialmente el Vaticano este semana o la próxima».

¿Acudirá a más ciudades?

Habrá dos misas que se prevén multitudinarias: la del Corpus Christi en Madrid y la que se celebre en el Puerto de la Cruz, en Tenerife. Preguntados por otros posibles destinos durante su viaje a España, Rubio ha respondido que «no puedo confirmar ni desmentir si visitará otras ciudades». Lo cierto es que, en Madrid permanecerá tres días, entre el 6 y el 9 de junio, tiempo que se antoja bastante prolongado, lo que podría hacer factible que se desplazase hasta otras ciudades cercanas a la capital. Pero habrá que esperar a que la Santa Sede confirme la agenda definitiva del viaje de León XIV.