Vida consagrada, ¿para quién eres?
La XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada se celebra pocos días antes de cumplirse el primer aniversario de un significativo acontecimiento de la Iglesia que peregrina en España: el Congreso de Vocaciones. Asamblea de Llamados para la Misión, con el lema «¿Para quién soy?».
Motivados por este encuentro de comunión fraterna entre todas las vocaciones, nos hacemos eco de su celebración, hace un año, en la nuestra del 2 de febrero de 2026, puesto que la vida consagrada debe seguir construyendo la cultura vocacional para tomar conciencia de que cada uno somos una vocación para la misión.
El lema que hemos elegido este año para la Jornada en España pone de relieve que la pregunta por la propia identidad (¿qué o quién soy?) es ineludible, pero quedarse solo en ella entraña algunos peligros, sobre todo si la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, conforman nuestro horizonte último de vida y misión.
Con el fin de evitar la autorreferencialidad —un peligro presente para la vida consagrada, como nos advirtió en diversas ocasiones el papa Francisco—, a los consagrados, siempre sedientos de ahondar en nuestra identidad (mirada centrífuga), nos viene muy bien reparar a la vez en los rostros que pueblan nuestro paisaje de sentido (mirada centrípeta). El primero es el polo de las raíces; el segundo, el de las alas.
Sabemos que no le crecen alas a quien no tiene raíces, pero tampoco se le conservan las raíces a quien no despliega las alas. Por eso, con deseo y decisión tanto de oblación como de dedicación plena a los otros, la vida consagrada no puede cesar de preguntarse: ¿para qué o para quién soy?
Cuando los consagrados dejamos resonar esta pregunta sobre nosotros mismos y nuestros hermanos y hermanas, su impronta se refracta en tres interrogantes que ahondan y desarrollan el lema para esta XXX Jornada Mundial:
1. Vida consagrada, ¿a quién llamas? La vida consagrada es para aquellos a los que es capaz de convocar, a los que transmite que Dios enamora para hacer vida, en unión con él, muchas teselas del Evangelio de Jesús que hombres y mujeres inspirados por el Espíritu han iniciado antes que nosotros, con grandes dificultades, pero, sobre todo, con un amor apasionado por el Señor que llama y por la humanidad que lo necesita a él.
La vida consagrada es para los que vienen a ella por su cauce, para aquellos a los que llama como eco de la voz de Dios —siempre antigua y siempre nueva— que persuade, guía al desierto, habla al corazón y abre una puerta de esperanza (cf. Os 2,16-17).
La cuestión vocacional, que tanto nos preocupa en estos tiempos y estas latitudes, no es solo una urgencia coyuntural, que también, sino sobre todo una exigencia carismática: somos para aquellos a quienes llamamos a través de nuestro amor evangélico; o mejor, para aquellos a los que el Señor llama, también a través de nosotros, a vivir a fondo la fe cristiana y la entrega de la vida.
En este sentido, este primer interrogante nos conecta con el núcleo del voto de castidad, que es el del amor centrado en Dios y ofrecido a todos; particularmente, a quienes el Señor quiere llegar con una palabra veraz de claridad y calidez. Él es el camino de luz y esperanza que nos lleva al amor infinito. Un amor que contribuye a la comunión fraterna sinodal que la vida consagrada está urgida a tejer en su seno y con el resto del pueblo de Dios en camino, propiciando una conversión de las relaciones por amor.
2. Vida consagrada, ¿a quién buscas? La vida consagrada es para Dios, a quien cada persona consagrada busca. Es para el único, para el absoluto, para el Padre, para el Señor. No hay nada más importante que aquello —aquel— que cada persona consagrada busca. Vivir en tensión permanente el quærere Deum es no solo la fuente de la que brota la consagración de la vida —su razón de ser, su raíz más íntima, su verdad última—, sino también la tarea fundamental de nuestro quehacer cotidiano.
La vida consagrada es para Dios y escrutar su rostro cada día es parte sustancial de su misión. En este sentido, este segundo interrogante nos da la medida del voto de obediencia, que es el del amor que desea al Señor, a Cristo Hijo de Dios vivo, a quien quiere ir y de cuya palabra de vida eterna quiere vivir, como confiesa Pedro (cf. Jn 6,68); para que todo lo que se entreteje con el pasar de la vida y de los rostros penda de la voluntad de Dios.
En el Señor fijamos los ojos, pues es luz y cayado para discernir los pasos del proceso sinodal en el que la participación de las personas consagradas en la Iglesia particular y universal se hace imprescindible por su consagración bautismal y vocacional.
3. Vida consagrada, ¿a quién sirves? La vida consagrada es para los pobres, a quienes se entrega. Es para el que ha sido privado de la compañía y el consuelo de los hombres, pero nunca de Dios, que se abaja para servirle. Y en ese servicio a los desamparados el Señor no quiere estar solo; quiere a su lado a los hombres y mujeres que han conocido su amor y saben que se puede vivir de él y de su Palabra en toda circunstancia, también —quizá especialmente— en las más aciagas y las más adversas.
En este sentido, este tercer interrogante remite al voto de pobreza, que es el del amor que se contenta sencillamente con la presencia del amado y de los amigos del amado; y no necesita nada más que ser cercano y estar disponible para los que no tienen a nadie que sea y esté con ellos, sin asustarse de su humillación ni huir de su pobreza.
Una pobreza que es puerta abierta de esperanza a la austeridad liberadora y a la generosidad que brota de la gratuidad. Una pobreza que se hace puente de esperanza desde quienes, con sus votos y su fraternidad, se saben vulnerables, necesitados de amor, sanación y liberación hacia los que sufren la fragilidad, como nos muestra Dios encarnado, pobre y humilde.
La misión de la vida consagrada, que llega a todos, tiene una predilección irrenunciable por los pobres y por las periferias geográficas y existenciales. Es otra de sus contribuciones para ser una Iglesia sinodal en misión.
Buscando respuesta a cada una de estas cuestiones, encontramos el modo de extender y fortalecer hoy, como bautizados con nuestra vocación de personas consagradas, la comunión, la participación y la misión en la Iglesia, tal y como el último sínodo y su proceso de implementación nos invitan a realizar.
Pero, sobre todo, recorriendo estos tres interrogantes, descubriremos que el corazón de la persona consagrada se vuelve menesteroso y agradecido a su Señor. Agradecido, porque el Señor no deja de salir a su encuentro y sacudir sus comodidades, preguntando: «Vida consagrada, ¿para quién eres?»; y menesteroso, porque nunca termina de responder con toda verdad y generosidad a la pregunta y necesita que el Señor la siga pronunciando sobre él. Vivir bajo esa pregunta sin dejar de ensayar la mejor respuesta es ya una forma de fidelidad que refleja la de Dios.
«Vida consagrada, ¿para quién eres?» se convierte así en algo más que un lema: es un eco de la Palabra viva que, vivida en clave de consagración, amplía nuestros horizontes de comunión, participación y misión. Aquellos en los que podemos enriquecer a muchos —y a nosotros mismos—, poniendo en juego nuestra vida de dedicación entera a Dios y a los hermanos a través de la vivencia plena de la castidad, la obediencia y la pobreza, verdadero don profético de las personas consagradas para toda la Iglesia y para los hombres y las mujeres de buena voluntad.
XXX Jornada de la Vida Consagrada, 2 de febrero de 2026
SRES. OBISPOS DE LA COMISIÓN EPISCOPAL
PARA LA VIDA CONSAGRADA