miércoles, 2 de abril de 2025

La curiosa historia de José Antonio Caunedo y Cuenllas, el cura llagareru de Amandi que enseñaba a hacer sidra en el siglo XVIII

(Lne/ José A. Ordoñez) "La sidra en este país es mejor que en otros, digo si la benefician bien, porque la manzana es mejor, y no por otra causa". Buena manzana y una adecuada combinación de variedades dulces y amargas. Esa era la clave para elaborar una sidra asturiana de calidad hace casi 250 años, según José Antonio Caunedo Cuenllas, el párroco ilustrado de San Juan de Amandi (Villaviciosa) que firmó en la segunda mitad del siglo XVIII los dos primeros tratados específicos de los que hay constancia sobre la bebida regional y su materia prima.

En palabras del historiador Luis Benito García, director de la Cátedra de la Sidra de la Universidad de Oviedo, el sacerdote inició "el proceso científico de racionalización productiva en materia de sidra y pomología" con las investigaciones llevadas a cabo en el llagar que se hizo construir en el prado de su rectoral maliayesa .

Caunedo y Cuenllas formó parte de ese grupo de párrocos rurales ilustrados que, además de enseñar el Evangelio, se preocuparon por la mejora de las condiciones de vida de sus feligreses, para los que escribieron artículos y libros de divulgación en agronomía.

Ahí estuvieron también el colungués Fray Toribio de Pumarada y Toyos (1658-1714), autor de "Arte general de granjerías"; el mierense José Sampil, quien fuera amigo, capellán y secretario de Jovellanos, con su "Nuevo plan de colmenas" o Lope José Bernardo de Miranda, el cura de Leces (Ribadesella) y su "Noticia sobre la agricultura y la economía rural de Asturias". Además, un sobrino de nuestro cura de Amandi, José Caunedo, a cargo de la parroquia de Santo Tomás de Feleches, en Siero, escribió el "Informe sobre los medios de aumentar y mejorar las castas de ganado vacuno, lanar y de cerda, y observaciones sobre el Pintón".

Al cumplirse los 300 años de su nacimiento, un libro del historiador llastrín Carlos Otero Busta recupera la figura de Caunedo y Cuenllas como primer gran teórico de la sidra asturiana y artífice de obras de restauración en la iglesia parroquial de San Juan de Amandi, una de las grandes joyas del Románico de Villaviciosa y del conjunto de la región. Así se le recuerda en una inscripción que se conserva en un muro de la iglesia y que está fechada en 1796, seis años antes de su fallecimiento y de que fuera enterrado en el interior del templo.

José Antonio Caunedo vino al mundo en 1725 en la pequeña aldea de Villamor, perteneciente a la parroquia somedana de San Esteban de Las Morteras. Estudió en Oviedo y, una vez integrado en la carrera eclesiástica, su primer destino, en la década de 1750, fue la parroquia de Santa Coloma (Allande). De ahí pasó a San Juan de Muñás (Valdés), hacia 1764, y, finalmente, a su último destino en Amandi, del que tomó posesión en 1769 y en el que permaneció durante 33 años, hasta su fallecimiento en 1802.

La Villaviciosa que se encontró el sacerdote somedano a su llegada a Amandi ya tenía una fuerte impronta llagarera. "En los siglos XVI y XVII se constata una reseñable actividad sidrera en el municipio", afirma Luis Benito García, quien también apunta como en aquel entonces la manzana maliayesa era muy apreciada, especialmente la de las variedades reineta y coloradina, dos de las más de veinte que se cultivaban en el concejo.

La estancia de Caunedo como cura y arcipreste de Villaviciosa, cargo que prueba el prestigio que llegó a alcanzar en el concejo, coincide con un notable incremento de la producción de sidra tras la llegada de nuevas especies de manzanos desde Francia gracias a Pedro Peón Duque de Estrada.

El propio director de la Cátedra de la Sidra subraya la relevancia que también tuvieron los escritos de Caunedo y Cuenllas en las "numerosas novedades en cuanto a la elaboración del caldo y cultivo del fruto" que se hizo patente en el concejo en los albores del siglo XIX.

Tal y como queda reflejado en su testamento, reproducido en el reciente libro de Otero Busta, el párroco de Amandi, natural y procedente de concejos en las que la elaboración de sidra era residual, no tardó en construirse una bodega dotada de llagar y unos dieciséis toneles en el prado de la rectoral.

"A mis expensas hice fabricar el lagar para exprimir la sidra y también los toneles, que serán diez y seis, poco más o menos, los hice fabricar, comprando las maderas necesarias, pagando a los maestros y oficiales, y costeando todo lo demás", detalla en el documento en el que figuran sus últimas voluntades.

La bodega y la panera, que también levantó por su cuenta el sacerdote, procuraban ingresos a la parroquia. Concretamente, veinte reales y una fanega de pan anuales, respectivamente.

El cura Caunedo no escribía de oído sobre la sidra. Su labor como llagareru fue la base de sus textos sobre la materia, con un alto grado de especialización tanto en lo que se refiere a la selección y manejo de la materia prima como a la elaboración.

El primero de los textos es de 1785 y lleva por título "Del fomento de los plantíos y modo de hacer la sidra en Asturias". Se publicó en 1803, al año siguiente de la muerte del autor, en el "Semanario de agricultura y artes dirigido a los párrocos", a modo de respuesta a una carta del cura de Turienzo de los Caballeros (León) en la que pedía consejo ante la escasa calidad de su sidra.

El de Amandi incide, en primer lugar, en la conveniencia de "mezclar" varias especies de manzanas, teniendo en cuenta que "cuanto más dulces, finas y gustosas sean, tanto mejor sale la sidra". A este respecto, asegura que es la alta calidad de su materia prima lo que hace que la sidra de Villaviciosa sea "superior a la que se hace en Vizcaya, Inglaterra etcétera".

Sobre la recogida del fruto, Caunedo recomienda que se "pañe" la manzana "entrado noviembre". Ya en el llagar, aconseja que "no se debe interrumpir el ejercicio de la prensa hasta que se saque toda, cortando la masa o pila por las orillas con una pala de hierro dos veces al día, y echando los recortes en medio para volverla a prensar". Además, el experto llagareru advierte al elaborador de sidra de que el aire "es su mayor contrario" y le insta a mantener las cubas en perfecto estado de limpieza.

En este texto también da cuenta de que en algunos lugares del Principado se mezclaban manzanas y peras para hacer sidra, aunque "no con buen efecto", pues lo que resultaba era "una bebida mala y desabrida". Lo mismo opina de la "sidra de otras frutas". "Yo la he visto en Galicia de cerezas, tan áspera y desagradable que apenas se podía beber".

También se refiere Caunedo en este tratado que escribió en la rectoral de Amandi hace 240 años a las consecuencias del transporte en la sidra, polémica que ocuparía al sector durante la segunda mitad del siglo XX con no pocas voces que afirmaban que la bebida asturiana se estropeaba al pasar el Pajares.

"Es verdad que en pipas y barriles se embarca, y aun en carros se lleva a Oviedo y otras partes, pero pierde mucho. En botellas y barrilillos la conducen a Castilla, Madrid y América, llega dulce y buena, y se conserva puesta en bodegas bien frescas. En botellas se conserva mucho tiempo, pues hierve con más lentitud por estar comprimida", detalla Caunedo, quien da cuenta de que a principios del siglo XVIII "vino aquí un oficial inglés a hacer los primeros toneles y dejó discípulos que los hacen muy perfectos de corazón de roble o de castaño bravo".

El párroco lamenta, para concluir este escrito, que no se aproveche la borra "por falta de instrumentos o de instrucción, o por desidia", ya que de la misma "se puede sacar aguardiente y aseguran que sale delicado".

El otro texto sobre la sidra que se conserva del párroco de San Juan de Amandi, "Memoria sobre el manzano y la fabricación de la sidra", se recoge en el libro con la versión unificada que Juaco López Álvarez, director del Muséu del Pueblu d’Asturies, publicó en 1993 en la revista "Cubera".

Este manual para el llagareru del siglo XVIII se abre con una prolija relación de las "más de treinta variedades" de manzana de sidra que por aquel entonces se daban en las pumaradas de Villaviciosa, seguida de información sobre los tres tipos de llagares en uso para "exprimir la sidra", conocidos como "de cepa, de pesa y de tijera". A juicio de nuestro cura, los de tijera eran "los que se fabrican de nuevo (...) como más oportunos y fuertes".

Para tener éxito en la elaboración de los caldos insiste en que las manzanas deben estar "bien sazonadas y maduras, lo cual no se verifica en este país generalmente hasta el mes de noviembre".

"La sidra varía mucho en el gusto, sustancia y espíritu, conforme a la calidad de la manzana (y) es común sentir que la de este concejo de Villaviciosa es preferible a la de todo el Principado, y aún podemos decir que apenas en toda Europa se encontrará de igual bondad", subraya el sacerdote, convencido de que la clave de la buena sidra está en la materia prima. En una manzana que en el concejo maliayés no se usaba para elaborar "confitura ni conserva alguna".

Caunedo concluye con una comparación de las sidras de Asturias con las de Vizcaya y las de Inglaterra, de la que la producción local sale muy bien parada.

En el caso de la vasca, el párroco reconoce que habla de oídas "por no haber visto jamás sidra de Vizcaya, mediante que nunca pasa de aquella tierra, ni viene aquí ninguna". No obstante, destaca que a los vascos debía gustarles mucho la asturiana, habida cuenta de que "la sidra de Villaviciosa se embarca muchas veces en el puerto que llaman los Tazones (sic), y se lleva a Santander y a Bilbao, donde es muy estimada".

Respecto a la sidra inglesa, Caunedo se muestra de lo más tajante tras "haber probado en Gijón una que decían y ponderaban por muy exquisita". "Realmente ni tenía color ni gusto a sidra, parecía un poco de barro desleído en agua, y de un gusto tan feo y amargo que no se podía llevar a los labios. No he visto una cosa más desabrida, sin embargo de las alabanzas vanísimas del patrón de la nave que la traía y de los marineros", escribió Caunedo, coincidiendo con quienes, por entonces, estaban convencidos de que los ingleses elaboraban su sidra "mezclada y adobada no sé con qué ingredientes y drogas, que la sacan de su esfera propia y natural, convirtiéndola en una especie de composición farmacéutica o de botica".

Un Papa «Guinness» para la eternidad. Por Pablo Cervera Barranco

(Rel.) Hay acontecimientos que son difíciles de olvidar, incluso imposibles de olvidar. Para los que vivimos aquella tarde del 2 de abril de 2005, en la Plaza de San Pedro o a través de la televisión, el recuerdo de las últimas horas en la tierra del

Papa Juan Pablo II nos pone todavía la carne de gallina. Un rezo universal se elevaba por una persona singular: un personaje histórico de gran envergadura para la Iglesia y para la humanidad. Se nos iba un padre, alguien que durante casi tres décadas nos había amado, entregando su vida hasta el último aliento. Eran las 21.37 h.

Tras su muerte, en esos días, se desplegaban pancartas por Roma: Santo subito! (¡Santo enseguida!). Al mismo tiempo, diversas autoridades y en numerosos areópagos de comunicación se le calificaba a Juan Pablo II como «Magno» (uno de los primeros que lo hizo fue el mismo Benedicto XVI)» título dado a otros grandes Papas de la historia de la Iglesia: León, Gregorio… Quizá es en Estados Unidos donde ese apelativo se ha enraizado más y hay perdurado más en el tiempo.

Efectivamente, «Magno», grande, pionero, adelantado, precursor…, marcas únicas para un Papa Guinness, un Papa de récords. El libro de los récords Guinness recoge anualmente la colección de hazañas y logros humanos y del mundo natural. Si no ha recogido todavía las siguientes cifras no sobrarán junto a todas las demás…

Cifras para la historia

Conservo todavía de aquellas fechas diversas cifras que recogí en torno al pontificado terminado y que marcaban toda una tabla de récords en la historia de la Iglesia.

Es verdad que la persona de Juan Pablo II no debe su valor a los récords: la persona se mide por lo que es y no por los efectos visibles de lo que hace. Y Juan Pablo II fue sobre todo un Papa santo. Así lo proclamará el Papa Francisco, junto al Papa Juan XXIII, el día 27 de abril de 2014, también en tiempo récord para un Papa. Por eso, el verdadero récord que la humanidad tiene que batir lo marcan los santos porque ya en vida alcanzaron la meta de la eternidad.

Todo ello no quita que esa santidad se fraguó en las coordenadas históricas de espacio y tiempo que a Karol Wojtyla le tocaron en suerte vivir.

Fueron 26 años y 5 meses de pontificado, el tercero más largo en los aproximadamente 2.000 años de historia de la Iglesia católica.

Apenas iniciado el pontificado, en Méjico (enero de 1979), Juan Pablo II se dio cuenta de la importancia de los viajes apostólicos. Y, ni corto ni perezoso, abrió camino a una nueva presencia del Papa en el mundo: así, entre sus viajes dentro y fuera de Italia recorrió un total de 1.247,613 kilómetros, es decir, 3,24 veces la distancia de la Tierra a la Luna. Fueron 14 dentro de Italia y 104 fuera, en los que visitó 129 países y territorios diferentes. En Italia los viajes fueron 146. Habló a cada uno en su lengua pues dominaba el italiano, francés, alemán, inglés, español, portugués, ucraniano, ruso, croata, esperanto, griego antiguo y latín, así como su lengua materna, el polaco. Además tenía suficientes conocimientos del checo, lituano, húngaro y conocía algo el japonés, tagalo y varias lenguas africanas.

Con todo, nadie podrá acusarle de no haber sido Obispo de Roma, a pesar de haber pasado 822 días, más de dos años y tres meses, fuera del Vaticano. Lo corroboran las 301 visitas a parroquias en Roma, su diócesis.

Siempre he tenido el convencimiento de que Juan Pablo II puso el papado a la altura de la historia, no sólo en credibilidad y prestigio, sino también en el uso de los medios de comunicación de nuestro siglo. Por ello no es de extrañar que se prodigara como nadie en el uso de la palabra y leyera más de 20.000 discursos, que sumaron un total de 100.000 páginas. Además publicó más de 100 documentos importantes, incluyendo 14 encíclicas, 45 cartas apostólicas y 14 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones apostólicas y 28 Motu proprio. Fue para mí un privilegio traducir durante cinco años, para la edición española de L’Osservatore, discursos pronunciados en lenguas diversas y que hacían reconocer la situación de la Iglesia en los diversos lugares del mundo, sus necesidades y los anhelos del Papa sobre cada uno de ellos (viajes, cartas credenciales…).

Karol Wojtyla, desde su espiritualidad y su filosofía, era un amante de la persona a quien Cristo, «el Verbo encarnado revela el misterio del hombre y su vocación» (Gaudium et Spes, 22). Son palabras de un documento del Vaticano II, citadas infinidad de veces por Juan Pablo II, y en cuya redacción tuvo él mucho que ver: ¿sería una frase suya? Los que tuvimos la dicha de encontrarnos personalmente, incluso varias veces, con Juan Pablo II nos dábamos cuenta de que al hablar con cada uno y mirarle a los ojos todo lo demás desaparecía: el interlocutor era lo único importante. Los datos de sus encuentros con los hombres prueban su amor hacia el hombre. Según los datos que la Prefectura de la Casa Pontificia hizo públicos al celebrarse el 26º aniversario de su pontificado, celebrado pocos meses antes de morir, Juan Pablo II recibió a 1.512.300 personas; 387.100 en las audiencias generales de los miércoles, 140.200 en audiencias particulares, 368.000 en las ceremonias litúrgicas y 617.000 en el Ángelus de los domingos. Las más de 1.160 audiencias generales en el Vaticano congregaron a más de 17,64 millones de personas. Sin duda, fue un Papa al que «accedimos» todos. Cada domingo de mis años romanos bajaba a rezar con él el Ángelus. Parecía que desde la ventana se abría al mundo, cargaba con él, rezaba por él y nos recordabas las diversas situaciones de necesidad, hambre o guerra del momento, al tiempo que saludaba nominalmente a los grupos venidos de todo el mundo. Nunca como entonces entendí la importancia de rezar por las intenciones del Papa…

Las cifras siguen y hablan con elocuencia, no son papel mojado. Quizá porque uno de los mensajes nucleares del Concilio Vaticano II era la vocación universal a la santidad, que él tomó personalmente tan en serio ¡y cómo!, no quiso que faltaran modelos para todos de cara a este destino eterno del hombre. Así, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos, beatificó a 1.338 personas y canonizó a otras 482. Para no ser santo, ya no vale la excusa de no tener modelos…

Al frente de la Iglesia nombró a 231 cardenales (sus consejeros y asesores más cercanos) en 9 consistorios convocados para la creación de los mismos.

Profundamente enraizado en Cristo, el Redemptor hominis (como se tituló su primera encíclica), fue al encuentro del mundo también a través de las autoridades de los pueblos. Con este ánimo se reunió con más de 1.590 jefes de Estado o de Gobierno; recibió a 426 jefes de Estado, reyes y reinas, 187 primeros ministros, 190 ministros de Exteriores y recibió las cartas credenciales de 642 embajadores.

Un Papa pionero

Magno, grande, pionero, adelantado, precursor…Así le he llamado más arriba. La magnitud, aunque sólo sea por las cifras queda probada. Sí, digo «sólo», porque hay mucho más que números en la vida de Juan Pablo II. También en otros aspectos destacó Karol Wojtyla y, por eso, le he llamado pionero, adelantado, precursor…

Efectivamente Juan Pablo II fue el primer Papa en visitar una sinagoga (Roma, abril de 1986); una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, mayo 2001). Podemos decir que era como poner en acto el decreto Nostra Aetate del Vaticano II sobre las relaciones con el pueblo de Israel y otros creyentes no cristianos. Además dio conferencias de prensa en los aviones y en la Oficina de Prensa de la Santa Sede (24 enero 1994); publicó libros de prosa y poesía; residió en un hotel, en lugar de en una nunciatura apostólica, durante sus viajes (Hotel Irshad en Baku, Azerbaiyán, mayo 2002); añadió cinco nuevos misterios al Rosario (octubre 2002); presidió la Misa en un hangar de aviones (Aeropuerto de Fiumicino, Roma, diciembre 1992); convocó una Jornada de Perdón (Año Jubilar 2000), «inventó» y convocó las Jornadas Mundiales de la Juventud….

Juan Pablo II ha sido el primer Papa (Benedicto XVI le siguió a continuación) en publicar durante su pontificado cinco libros de carácter personal, es decir, no magisterial: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y Misterio (1996), Tríptico Romano (2003), ¡Levantaos, vamos! (2004), Memoria e Identidad (2005).

También fue el primer Papa que entró en la celda de una cárcel, en diciembre de 1983, para reunirse con quien estuvo a punto de asesinarle, Ali Agca, el turco que atentó contra su vida en mayo de 1981; celebró Misa en la comunidad católica más al norte del mundo, a 350 kilómetros del Círculo Polar Ártico (Tromso, Noruega, 1989); utilizó una letra (la «M» de María) en su blasón papal, cuando normalmente las reglas de la heráldica autorizan a emplear palabras alrededor del blasón, pero no dentro de él.

Creo, pues, no sin razón, que es pionero, inventor, precursor, adelantado…

El récord de la santidad

He comenzado queriendo situar las magnitudes desgranadas en estas páginas precisamente en el marco de la santidad. Sobre Juan Pablo II se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo. Harán falta estudios sobre su espiritualidad, sobre sus virtudes teologales y cardinales vividas en grado heroico (eso es la santidad). Los historiadores recogen datos e interpretan. Lo que difícilmente podrán, porque queda abierta al misterio, es el corazón, vivificado por la vida divina, que animó toda esa biografía personal, toda esa entrega eclesial, todo ese recorrido hasta volver al corazón de donde todos hemos salido. No en vano, Juan Pablo II terminó su existencia con esta palabras que el Vaticano confirmó que había dicho en su lengua materna: «Pozwólcie mi iść do domu Ojca (Déjenme ir a la casa de mi Padre)».

martes, 1 de abril de 2025

Se cumplen 66 años de la inauguración del Valle de los Caídos: ¿Sigue vigente la Carta Apostólica Salutiferae Crucis?

(Infovaticana) El 1 de abril de 1959, justo veinte años después del día que Francisco Franco ganó la Guerra Civil Española, se inauguró la basílica del Valle de los Caídos.

En un artículo publicado ese mismo día en ABC, el abad, Justo Pérez de Urbel, lo define como “una de las maravillas de la civilización europea”. Franco llega al monumento cerca del mediodía. Tras una misa solemne, salió a la explanada y dirigió un discurso.

«Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada; como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y se santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento», dijo Franco el día de la inauguración del Valle.

El general Franco afirmó que «habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido (…) En todo el desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?»

«Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidado; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta», añadió.

Franco destacó en su intervención que «hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros, de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron bajo la esclavitud comunista, podemos comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de nuestros ideales y de nuestra paz interna».
Carta Apostólica Salutiferae Crucis del Papa Juan XXIII

En este contexto de obsesión por parte del Gobierno de España por acabar y destruir el Valle de los Caídos en la farsa bautizada como proceso de resignificación en la que está colaborando activamente la Iglesia española con el aval de la Santa Sede, conviene preguntarse si la Carta Apostólica Salutiferae Crucis del Papa Juan XXIII sigue vigente.

Dicha carta, con la que se eleva al honor y dignidad de basílica menor la iglesia de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fue publicada en el año 1960 y está firmada por el cardenal Tardini. En esa misiva, el Vaticano destaca que en el monte donde se construyó la basílica del Valle de los Caídos «se eleva el signo de la Redención humana ha sido excavado en inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos en la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española».

«Esta obra, única y monumental, cuyo nombre es Santa Cruz del Valle de los Caídos, la ha hecho construir Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España, agregándola una Abadía de monjes benedictinos de la Congregación de Solesmes, quienes diariamente celebran los Santos Misterios y aplacan al Señor con sus preces litúrgicas», escribió el cardenal Tardini.

Una de las partes que el Gobierno pretende «resignificar» es el impresionante mosaico que decora el interior de la cúpula de la basílica. Con estas palabras se refirió el cardenal Tardini a la misma: «Ni se debe pasar por alto el riquísimo mosaico en que aparecen Cristo en su majestad, la piadosísima Madre de Dios, los apóstoles de España Santiago y San Pablo y otros bienaventurados y héroes que hacen brillar con luz de paraíso la cúpula de este inmenso hipogeo».

En esa Carta Apostólica, el Papa Juan XXIII elevó a perpetuidad el Valle de los Caídos como basílica «sin que pueda obstar nada en contra. Esto mandamos, determinamos, decretando que las presentes Letras sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces y que consigan y obtengan sus plenos e íntegros efectos y las acaten en su plenitud aquellos a quienes se refieran actualmente y puedan referirse en el futuro; así se han de interpretar y definir; y queda nulo y sin efecto desde ahora cuanto aconteciere atentar contra ellas, a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquiera autoridad».

Francisco habla mejor, ya se sienta ante su escritorio y va remitiendo la infección pulmonar

(Rel.) Las informaciones facilitadas este martes por la Santa Sede apuntan a que la recuperación del Papa es lenta pero constante y efectiva.

Los análisis de sangre dan como resultado valores normales y la última radiografía a la que fue sometido muestra que se está recuperando de la infección pulmonar que fue el origen de su estancia hospitalaria entre el 14 de febrero y el 23 de marzo.

Los médicos califican su situación como "estacionaria". Francisco continúa la terapia farmacológica y la doble fisioterapia, tanto motora como respiratoria, y ha mejorado de las dificultades en el habla que mencionó en su día el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y que se evidenciaron cuando saludó y bendijo a los fieles al abandonar el hospital.

Su estado de ánimo es "bueno". Sigue utilizando oxigenación de alto flujo por la noche y con flujos menores por el día, e incluso puede estar sin oxígeno durante "periodos cortos".

Francisco ya trabaja algunos ratos sentado ante su escritorio.

Este miércoles se publicará el texto de la catequesis de la audiencia general, y el viernes se informará sobre el Ángelus del domingo.

La homilía del Jubileo de los Enfermos será leída durante la Misa por monseñor Rino Fisichella y en lo que respecta al mensaje Urbi et Orbi de Pascua Oficina de Prensa confirma que "es prematuro" hacer predicciones.

lunes, 31 de marzo de 2025

Discurso inaugural de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española

 

El emotivo mensaje del Arzobispo de Oviedo tras la explosión que ha causado cinco muertos en una mina de Asturias: "Queridos mineros"

(COPE) El accidente en la mina de Cerredo, en el concejo de Degaña (Asturias), con una explosión que ha dejado cinco trabajadores fallecidos y cuatro heridos graves, este lunes por la mañana, ha supuesto un duro golpe para la sociedad asturiana. Y la Iglesia no es excepción. 

El Arzobispo de Oviedo, Monseñor Jesús Sanz Montes, ha enviado un cariñoso mensaje en recuerdo de "estos mineros queridos". Sanz Montes asegura que el accidente, ocurrido en la tercera planta de la explotación, "es una triste noticia que se lleva por delante sueños, historias y proyectos". Por eso, ha querido enviar "un fuerte abrazo, lleno de respeto y afecto a familiares y compañeros".

El máximo responsable de la Archidiócesis de Oviedo defiende que "la vida es un túnel, que a veces te acorrala y aplasta, que no tiene salida, pero la esperanza cristiana es, justamente, la que abre la hendidura para mirar más allá, con una mirada que tiene ojos de cielo".

Monseñor Jesús Sanz Montes pide "por el eterno descanso de estos mineros queridos y por el consuelo esperanzado de familias y compañeros".

Los mensajes de pésame y afecto llegan desde todos los puntos de España. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha querido dar las "gracias a los servicios de emergencia que están trabajando en las labores de rescate", cuya labor ha sido clave para el rápido hallazgo de las personas atrapadas en la mina; así como para el traslado de los heridos a los hospitales de Ponferrada y Oviedo.

En la red social 'X' -antigua Twitter-, el jefe del Ejecutivo central ha enviado "un sentido abrazo a los familiares de las víctimas mortales del accidente producido en una mina en Degaña", así como su "deseo de una pronta recuperación a quienes han resultado heridos".

domingo, 30 de marzo de 2025

“ Su padre lo vio y se conmovió ”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Nos vemos ya en el domingo IV de Cuaresma, llamado ''Laetare'' -''¡alegraos!''- pues ya hemos superado el ecuador de nuestro camino; ya queda menos para la Pascua esperada y anhelada. Como nos pasa en el Adviento con el domingo "Gaudete" hoy el color litúrgico es diferente, toma un color distinto; no es el morado penitencial ni tampoco el blanco festivo; es un color rosáceo o salmón que nos recuerda en qué punto estamos. Aún en cuaresma; sí, pero con el alivio de vernos ya empezando casi la cuenta atrás hacia la Semana Santa, prácticamente a la vista. La liturgia de este domingo pone nuestra atención en la misericordia de Dios, en su perdón, no como algo abstracto ni como una excusa del todo vale, sino como una certeza que ha de empujarnos a transformar nuestro estilo de vida, a disfrutar de la gracia de vivir no alejados del Señor y los hermanos, sino en paz, y con la premisa de que la misericordia que Dios tiene con nosotros hemos de aplicarla hacia todos los ámbitos de nuestra vida día a día. En la misericordia Dios nos restaura y también nosotros podemos restaurar siendo misericordiosos con los demás.

En la primera lectura del libro de Josué se nos revela un cambio en la vida de aquel pueblo errante y peregrino por el desierto; caminaron esperando llegar a aquella tierra prometida y no habiendo alimento en la estepa fue el mismo Dios quien los alimentó con el "maná". Pero aquí lo que se nos relata es que el maná se acabó por estar ya en la tierra soñada, y donde ya podían alimentarse de los productos de ese lugar. Ahí empezaba su libertad e independencia total, por eso el Señor dice a Josué «Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto». La esclavitud no era sólo que no podían salir de aquellas tierras donde eran cautivos y tenían que construir lo que los egipcios les mandaban; no eran dueños ni de su propia tierra y comida, sino que todo les venía impuesto. Por eso, esa primera pascua en Guilgal, ya fuera del desierto, es una acción de gracias a la bondad del Señor para con los suyos que experimentaron de primera mano las palabras del salmista: ''Gustad y ved qué bueno es el Señor''. El tema de la tierra es difícil de entender hoy en España, al igual que el del trabajo; hace años tener tierras y poder trabajarlas era lo más grande, pero actualmente vemos cómo nuestros pueblos se vacían, cómo las fincas para la agricultura cada vez valen menos y son muy pocos los que sueñan con continuar esa labor. Hace años era una vergüenza no trabajar y un orgullo lo contrario, ahora es casi un mérito el vivir sin hacer nada dependiendo de pagas, herencias, pelotazos, trampas, famoseo, sueldos Nescafé... Pero para un judío el trabajo es algo sagrado, por eso siempre han tenido esa fama de ser tan buenos para los negocios. Para ellos es un honor tener un trozo de tierra a su nombre y trabajarla con su sudor, pues les recuerda lo mucho que sus antepasados soñaron para dejar de ser errantes, para no depender del maná y poder vivir del trabajo de sus manos en la tierra prometida.  

El evangelio de este domingo por su parte nos presenta la parábola del Hijo pródigo, una de las páginas más hermosas y profundas del evangelio donde se nos abre de par en par el corazón del Señor que queda en este relato perfectamente descrito. Puede parecernos que sabemos la historia de memoria, que ya poco nos dice y, sin embargo, su profundidad es tal que tras dos mil años de interpretaciones, reflexiones y exégesis sobre estos versículos sigue siendo un mar espiritual en el que sumergirnos. A cada cual nos dice algo diferente y nuevo; con cada gesto, personaje y palabra al fluye en nuestra mente y corazón. A fin de cuentas es un canto de cómo Dios es amor, de cómo nos ama y hasta qué extremos nos sigue amando, esperando y perdonando. En plena Cuaresma este relato es un recordatorio de que el Padre nos llama, nos añora y nos espera para regalarnos su misericordia, para que dejemos la vida de pecado que nos tiene tirados a la altura del barro en que se revuelcan los animales de bellota. Para eso nos espera Dios, no para reprocharnos nada ni castigarnos, pues cuando nos acercamos al confesionario experimentamos exáctamente lo mismo que el hijo pródigo: nos sentimos levantados, abrazados, vestidos de gala y con fiesta en el cielo por nuestro retorno al hogar. 

Cuando nos alejamos de Dios, de la Iglesia, de la vida de fe, perdemos los bienes de su casa, la eucaristía principalmente; este es el banquete al que volvemos con ropas nuevas y en el que podemos participar de nuevo tras haber recibido ese abrazo de perdón que Cristo nos regala en la confesión sacramental, en la reconciliación con Él. Es aquí, en la eucaristía no sólo dominical, sino de cada día, donde gustamos y vemos lo bueno que es el Señor para con cada uno de nosotros, pues Él hace fiesta cada vez que venimos reconociendo que somos frágiles, que necesitamos de su perdón, que tantas veces somos pródigos por caminos muy lejanos a su casa y, sin embargo, como Padre que es, no lleva cuenta de nuestras faltas, no nos las reprocha, sino que en silencio espera que seamos nosotros quienes se las contemos y le pidamos perdón no para condenarnos, sino precisamente para levantarnos volviendo a Él. San Pablo lo explica muy bien en su segunda epístola a los Corintios que también hemos escuchado: ''Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación''. El Apóstol es muy claro; esto no es un invento humano, ha sido el Señor quien dijo a sus discípulos: ''a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados''. Por eso, en esta Cuaresma, no dejemos de preparar nuestro interior para los días santos que se acercan. Jesús sigue siendo el que «acoge a los pecadores y come con ellos» y que decían los escribas; sí, somos nosotros, y qué orgullo saber que Cristo no nos trata como merecen nuestros pecados. Aunque nos hayamos ido de malas maneras, aunque hayamos estado años lejos, aunque lo malgastáramos todo, Él sigue conmoviéndose en sus entrañas al vernos y sale corriendo a nuestro encuentro para abrazarnos y besarnos, para celebrar fiesta y comida por el anhelado reencuentro: "Sí, me levantaré; volveré donde está mi Padre"...