martes, 27 de enero de 2026

María Luisa Eugui, una vida con huella. Fallecida en el accidente de Adamuz, su hermano sacerdote está enterrado en Lugones

(Diario de Navarra/ Belén Rosique Conesa) María Luisa Eugui Hermoso de Mendoza, natural de Pamplona, fue una mujer cuya vida se caracterizó por una entrega generosa y diaria, y por una cercanía y capacidad poco común para hacer fácil lo que parecía difícil. A lo largo de sus 78 años, supo vivir con naturalidad una vocación que entendía como servicio, dejando una huella profunda y agradecida en quienes la trataron.

En 2019 tuve la suerte de recibirla en el aeropuerto. Aterrizaba en Madrid después de haber vivido veinticinco años en Jerusalén y en otras ciudades de Israel. Detrás de la primera imagen que conservo —la de una mujer menuda— fui descubriendo, ya en sus últimos años, a alguien cuya vida estuvo marcada por una disponibilidad constante para servir allí donde hiciera falta.

Esa actitud abierta y generosa se tradujo, décadas más tarde de incorporarse al Opus Dei como numeraria en 1963, en una de las etapas que para ella fueron más significativas de su vida: su trabajo en Jerusalén. María Luisa fue de las primeras personas del Opus Dei en trasladarse allí, adonde llegó en 1994, cuando el contexto cultural, social y religioso era complejo y sensible. Allí permaneció hasta 2019, dedicando veinticinco años a tareas formativas, educativas y sociales.

Quienes la conocimos podemos destacar su modo discreto y eficaz de trabajar, su capacidad para hacer propias las necesidades de los demás, y su profundo respeto por las personas y las circunstancias de cada uno. María Luisa sabía crear, con ese corazón recio, tan característico de los navarros, un clima de confianza y de familia a su alrededor. Su paso por Jerusalén dejó una estela de afecto y gratitud, fruto de una dedicación constante, generosa y alegre.

Era una persona muy resolutiva: afrontaba los problemas buscando soluciones concretas y sin darles más importancia de la necesaria. Esa su manera de ser, transmitía confianza a quienes trabajaban y vivían con ella.

María Luisa se volcaba de forma natural en las personas y por eso todos la queríamos. Su trato era sencillo, cercano, lleno de humanidad. Sabía estar, acompañar y animar, y hacía sentirse a cada uno valorado y comprendido, tanto a sus familiares y personas del Opus Dei, como a sus numerosas amigas. Con ellas participaba de actividades culturales y artísticas de la ciudad, buscando hacer disfrutar y descansar a los demás.

Desde 2019 vivía en Madrid, donde continuó ofreciendo su experiencia y su cercanía, siempre disponible para ayudar. Recuerdo que nos solía compartir, con enorme cariño, anécdotas de su infancia y juventud en la capital navarra. Los últimos años de su vida se dedicó, con su natural cariño, al cuidado de personas mayores, así como de las amigas y personas conocidas. Eran frecuentes sus viajes a Talavera de la Reina, donde aprovechaba para encontrarse con amistades residentes en la provincia de Toledo.

Su fallecimiento, a causa del accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) el 18 de enero, fue para todos los que la conocíamos tan inesperado como doloroso. Queda, sin embargo, el recuerdo agradecido de una vida entregada, coherente y fecunda, vivida con alegría, fortaleza y un amor sincero a Dios y a los demás. Una existencia que deja huella.

Octavo centenario del ''tránsito'' de San Francisco de Asís: Una llamada a la reconciliación y la paz. Por Guillermo Juan Morado

(Atlántico diario) En la llanura de Asís, ciudad de la región italiana de Umbría, se levanta la imponente basílica de Santa María de los Ángeles, coronada por una hermosa cúpula y una estatua dorada de la Virgen. Este templo alberga una pequeña iglesia, la Porciúncula, un lugar muy especial para san Francisco de Asís, donde quiso pasar los últimos días de su vida hasta que le sobrevino la muerte, el 3 de octubre de 1226. Había nacido en 1181 o 1182 y, solamente dos años después de su fallecimiento, fue canonizado en 1228. En 2026 se celebra, pues, el octavo centenario de su “tránsito”.

El saludo que san Francisco hizo suyo fue: “El Señor os dé la paz” y quiso que los “hermanos menores”, sus compañeros y discípulos, fuesen por el mundo como mensajeros de la paz. Francisco dio ejemplo de ello y, así, en 1212 planeó llevar entre los sarracenos su “cruzada” de paz. Con ese fin partió para Siria, pero una tormenta le obligó a desistir. Algo más tarde, intentó dirigirse a Marruecos a través de España, pero lo detuvo una enfermedad y no le quedó más alternativa que conformarse con la peregrinación a Santiago de Compostela. En 1219, en Egipto, logró ser recibido por el sultán Melek-el-Kamel. Era el tiempo de la Quinta Cruzada, de guerra entre cristianos y musulmanes, pero Francisco se presenta ante el sultán desprovisto de cualquier arma, con el único deseo de “predicar la penitencia”, de restablecer los lazos que vinculan a todos los seres humanos.

Con motivo de la apertura de este octavo centenario, León XIV ha dirigido una carta a los ministros generales de la Conferencia de la Familia Franciscana en la que expresa el deseo de que “el mensaje de paz encuentre un profundo eco en la actualidad de la Iglesia y de la sociedad”. La paz es la suma de todos los bienes de Dios, un don que desciende de lo alto: “¡Qué ilusión sería pensar en construirla solo con las fuerzas humanas! Y, sin embargo, es un don activo, que hay que acoger y vivir cada día”, comenta el papa.

En esta época, marcada por guerras que parecen interminables, por divisiones internas y sociales que crean desconfianza y miedo, san Francisco sigue hablando: “No porque ofrezca soluciones técnicas, sino porque su vida indica la fuente auténtica de la paz”. Una paz que no se limita a las relaciones entre los seres humanos, sino que abarca toda la creación: “Esta intuición resuena con especial urgencia en nuestro tiempo, cuando la casa común está amenazada y gime bajo la explotación. La paz con Dios, la paz entre los seres humanos y con la Creación son dimensiones inseparables de una única llamada a la reconciliación universal”, sintetiza el pontífice.

Es hermosa la oración dirigida a san Francisco que el papa ofrece en su carta, de la que reproducimos el fragmento final: “Tú, que desarmado atravesaste las líneas de la guerra y de la incomprensión, concédenos el coraje de construir puentes allí donde el mundo levanta fronteras. En este tiempo afligido por conflictos y divisiones, intercede para que lleguemos a ser artesanos de paz: testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo. Amén”.

lunes, 26 de enero de 2026

Cien años de oración contemplativa en el Cerro de los Ángeles: las Carmelitas celebran su jubileo


(InfoCatólica) El próximo 30 de enero, el monasterio de Carmelitas Descalzas del Cerro de los Ángeles celebrará con una misa solemne la apertura de un Año Jubilar concedido por el Papa León XIV para conmemorar el centenario de su establecimiento definitivo en este enclave madrileño. La ceremonia, que presidirá el obispo de Getafe, Ginés García Beltrán, tendrá lugar a las 19:00 horas y ofrecerá a los fieles la oportunidad de obtener indulgencia plenaria cumpliendo los requisitos establecidos por la Iglesia.

Un siglo de vida contemplativa a la sombra del Sagrado Corazón

Aunque la fundación del Carmelo del Cerro de los Ángeles se remonta a 1924, cuando el Corazón de Jesús inspiró este proyecto a la entonces novicia Hermana Maravillas de Jesús en el Carmelo de El Escorial, el deseo del Sagrado Corazón no se vio cumplido hasta dos años después. Fue el 26 de octubre de 1926, fecha en la que se celebraba por primera vez en la Iglesia universal la Fiesta de Cristo Rey, cuando Santa Maravillas de Jesús y su comunidad pudieron instalarse definitivamente en el monasterio recién construido.

La fundación respondía a una inspiración mística concreta:

«Estando un día en la oración, entendí que el Señor me decía: "Allí quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis una Casa donde tenga mis delicias; ese Corazón que es despreciado de tantos hombres, allí quiere ser de vosotras amado, alabado y consolado"» (Correspondencia de Santa Maravillas)

Este fragmento da una idea toda la arquitectura espiritual del monasterio. La santa relata cómo la inspiración no fue un proyecto personal, sino una respuesta a lo que ella consideró una petición de desagravio. En sus diarios, también describe la primera vez que vio el monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles y cómo sintió la urgencia de que aquellas religiosas vivieran «a su sombra» para acompañar la soledad de la imagen.

Un reconocimiento pontificio a cien años de oración

El Papa León XIV ha querido honrar este centenario concediendo un Año Jubilar que se extenderá durante todo 2026, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre. Esta gracia extraordinaria subraya la importancia espiritual e histórica de una comunidad que durante un siglo ha mantenido ininterrumpidamente su vida contemplativa en uno de los lugares más emblemáticos de la devoción al Sagrado Corazón en España.

La misa inaugural del próximo viernes contará con la presencia del obispo diocesano, quien ha cursado invitación a todos los sacerdotes que deseen concelebrar el acontecimiento, en señal de comunión con las religiosas carmelitas en esta efeméride centenaria. Los fieles que participen en la ceremonia y cumplan las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre) podrán beneficiarse de la indulgencia plenaria asociada a este jubileo.

Mensaje para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2026


Vida consagrada, ¿para quién eres?

La XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada se celebra pocos días antes de cumplirse el primer aniversario de un significativo acontecimiento de la Iglesia que peregrina en España: el Congreso de Vocaciones. Asamblea de Llamados para la Misión, con el lema «¿Para quién soy?».

Motivados por este encuentro de comunión fraterna entre todas las vocaciones, nos hacemos eco de su celebración, hace un año, en la nuestra del 2 de febrero de 2026, puesto que la vida consagrada debe seguir construyendo la cultura vocacional para tomar conciencia de que cada uno somos una vocación para la misión.

El lema que hemos elegido este año para la Jornada en España pone de relieve que la pregunta por la propia identidad (¿qué o quién soy?) es ineludible, pero quedarse solo en ella entraña algunos peligros, sobre todo si la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, conforman nuestro horizonte último de vida y misión.

Con el fin de evitar la autorreferencialidad —un peligro presente para la vida consagrada, como nos advirtió en diversas ocasiones el papa Francisco—, a los consagrados, siempre sedientos de ahondar en nuestra identidad (mirada centrífuga), nos viene muy bien reparar a la vez en los rostros que pueblan nuestro paisaje de sentido (mirada centrípeta). El primero es el polo de las raíces; el segundo, el de las alas.

Sabemos que no le crecen alas a quien no tiene raíces, pero tampoco se le conservan las raíces a quien no despliega las alas. Por eso, con deseo y decisión tanto de oblación como de dedicación plena a los otros, la vida consagrada no puede cesar de preguntarse: ¿para qué o para quién soy?

Cuando los consagrados dejamos resonar esta pregunta sobre nosotros mismos y nuestros hermanos y hermanas, su impronta se refracta en tres interrogantes que ahondan y desarrollan el lema para esta XXX Jornada Mundial:

1. Vida consagrada, ¿a quién llamas? La vida consagrada es para aquellos a los que es capaz de convocar, a los que transmite que Dios enamora para hacer vida, en unión con él, muchas teselas del Evangelio de Jesús que hombres y mujeres inspirados por el Espíritu han iniciado antes que nosotros, con grandes dificultades, pero, sobre todo, con un amor apasionado por el Señor que llama y por la humanidad que lo necesita a él.

La vida consagrada es para los que vienen a ella por su cauce, para aquellos a los que llama como eco de la voz de Dios —siempre antigua y siempre nueva— que persuade, guía al desierto, habla al corazón y abre una puerta de esperanza (cf. Os 2,16-17).

La cuestión vocacional, que tanto nos preocupa en estos tiempos y estas latitudes, no es solo una urgencia coyuntural, que también, sino sobre todo una exigencia carismática: somos para aquellos a quienes llamamos a través de nuestro amor evangélico; o mejor, para aquellos a los que el Señor llama, también a través de nosotros, a vivir a fondo la fe cristiana y la entrega de la vida.

En este sentido, este primer interrogante nos conecta con el núcleo del voto de castidad, que es el del amor centrado en Dios y ofrecido a todos; particularmente, a quienes el Señor quiere llegar con una palabra veraz de claridad y calidez. Él es el camino de luz y esperanza que nos lleva al amor infinito. Un amor que contribuye a la comunión fraterna sinodal que la vida consagrada está urgida a tejer en su seno y con el resto del pueblo de Dios en camino, propiciando una conversión de las relaciones por amor.

2. Vida consagrada, ¿a quién buscas? La vida consagrada es para Dios, a quien cada persona consagrada busca. Es para el único, para el absoluto, para el Padre, para el Señor. No hay nada más importante que aquello —aquel— que cada persona consagrada busca. Vivir en tensión permanente el quærere Deum es no solo la fuente de la que brota la consagración de la vida —su razón de ser, su raíz más íntima, su verdad última—, sino también la tarea fundamental de nuestro quehacer cotidiano.

La vida consagrada es para Dios y escrutar su rostro cada día es parte sustancial de su misión. En este sentido, este segundo interrogante nos da la medida del voto de obediencia, que es el del amor que desea al Señor, a Cristo Hijo de Dios vivo, a quien quiere ir y de cuya palabra de vida eterna quiere vivir, como confiesa Pedro (cf. Jn 6,68); para que todo lo que se entreteje con el pasar de la vida y de los rostros penda de la voluntad de Dios.

En el Señor fijamos los ojos, pues es luz y cayado para discernir los pasos del proceso sinodal en el que la participación de las personas consagradas en la Iglesia particular y universal se hace imprescindible por su consagración bautismal y vocacional.

3. Vida consagrada, ¿a quién sirves? La vida consagrada es para los pobres, a quienes se entrega. Es para el que ha sido privado de la compañía y el consuelo de los hombres, pero nunca de Dios, que se abaja para servirle. Y en ese servicio a los desamparados el Señor no quiere estar solo; quiere a su lado a los hombres y mujeres que han conocido su amor y saben que se puede vivir de él y de su Palabra en toda circunstancia, también —quizá especialmente— en las más aciagas y las más adversas.

En este sentido, este tercer interrogante remite al voto de pobreza, que es el del amor que se contenta sencillamente con la presencia del amado y de los amigos del amado; y no necesita nada más que ser cercano y estar disponible para los que no tienen a nadie que sea y esté con ellos, sin asustarse de su humillación ni huir de su pobreza.

Una pobreza que es puerta abierta de esperanza a la austeridad liberadora y a la generosidad que brota de la gratuidad. Una pobreza que se hace puente de esperanza desde quienes, con sus votos y su fraternidad, se saben vulnerables, necesitados de amor, sanación y liberación hacia los que sufren la fragilidad, como nos muestra Dios encarnado, pobre y humilde.

La misión de la vida consagrada, que llega a todos, tiene una predilección irrenunciable por los pobres y por las periferias geográficas y existenciales. Es otra de sus contribuciones para ser una Iglesia sinodal en misión.

Buscando respuesta a cada una de estas cuestiones, encontramos el modo de extender y fortalecer hoy, como bautizados con nuestra vocación de personas consagradas, la comunión, la participación y la misión en la Iglesia, tal y como el último sínodo y su proceso de implementación nos invitan a realizar.

Pero, sobre todo, recorriendo estos tres interrogantes, descubriremos que el corazón de la persona consagrada se vuelve menesteroso y agradecido a su Señor. Agradecido, porque el Señor no deja de salir a su encuentro y sacudir sus comodidades, preguntando: «Vida consagrada, ¿para quién eres?»; y menesteroso, porque nunca termina de responder con toda verdad y generosidad a la pregunta y necesita que el Señor la siga pronunciando sobre él. Vivir bajo esa pregunta sin dejar de ensayar la mejor respuesta es ya una forma de fidelidad que refleja la de Dios.

«Vida consagrada, ¿para quién eres?» se convierte así en algo más que un lema: es un eco de la Palabra viva que, vivida en clave de consagración, amplía nuestros horizontes de comunión, participación y misión. Aquellos en los que podemos enriquecer a muchos —y a nosotros mismos—, poniendo en juego nuestra vida de dedicación entera a Dios y a los hermanos a través de la vivencia plena de la castidad, la obediencia y la pobreza, verdadero don profético de las personas consagradas para toda la Iglesia y para los hombres y las mujeres de buena voluntad.

XXX Jornada de la Vida Consagrada, 2 de febrero de 2026

SRES. OBISPOS DE LA COMISIÓN EPISCOPAL
PARA LA VIDA CONSAGRADA

domingo, 25 de enero de 2026

"A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy es Domingo: ¡el día del Señor! Y así nos congregamos como comunidad peregrina en torno a su palabra y a la mesa de su sacrificio por nosotros. En este domingo III del Tiempo Ordinario confluyen varias realidades que no podemos pasar por alto. En primer lugar celebrar el domingo de la Palabra, una jornada que tiene como finalidad que los católicos tomemos conciencia del valor de la palabra de Dios en nuestra vida. Una palabra que no ha de quedarse en un sonido hueco que resuena de fondo cada vez que venimos a la eucaristía, sino que debe ser una de las fuentes de las que beba nuestra vida de oración; necesitamos dedicar tiempo a su lectura, estudio, contemplación e interiorización. No se nos pide un fin intelectual, sino que seamos capaces de hacer vida esa palabra que escuchamos y compartimos cada domingo, y llevarla a nuestro día a día, teniéndola como guía de nuestras actuaciones.

También en este 25 de enero se celebra la "fiesta de la conversión de San Pablo", con la que se concluye el Octavario de "Oración por la Unidad de los Cristianos". Es un motivo que no ha de limitarse sólo a estos días, sino a todo el año. Que seamos uno para que el mundo crea. El tirón de orejas de San Pablo a los Corintios que hemos escuchado en la epístola, es una llamada de atención para nosotros mismos: "que no haya divisiones entre vosotros". Y dice San Pablo: "me he enterado... de que hay discordias entre vosotros"... Nada nuevo bajo el sol, ¿verdad? Y es que todos somos diferentes, todos tenemos nuestro criterio, estilo, gustos y formas diferentes de ver las cosas. Y este es el gran reto que se nos pone hoy delante, que nos reconozcan por el amor que nos tenemos entre nosotros, y no porque no nos podamos ni ver. Si cada domingo venimos a la misa de modo individualista, pensando "yo vengo a encontrarme con el Señor", pero luego no quiero saber nada de los que se sientan en mi banco, me cae mal la que lee, no trago al cura, los niños me ponen de mal humor... ¡Algo falla! Ese corazón no ha descubierto aún al Señor. Por eso la pregunta del Apóstol es tajante: ¿está Cristo dividido?... Este texto lo elegí recientemente para el funeral de nuestro querido Juan, y yo hacía una traducción adaptada a nosotros. Al igual que cuando San Pablo dice "yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas..." nos suena un poco lejano, pongamos otros nombres: "yo soy de Juan Pablo, yo soy de Benedicto, yo soy de Francisco, yo soy de León"... Y lo mismo podemos hacer con los nombres de nuestros obispos, con los sacerdotes que han pasado por cada parroquia. Y no es que nos quedamos sólo en ese gusto personal -que es lógico y legítimo que unas personas las sintamos más cercanas que otras- lo malo es cuando eso se vuelve un pretexto para el pecado en la murmuración y maledicencia... Yo con este Papa ya no voy a Roma, yo con este obispo no marcó la X en la declaración de la renta, yo con este párroco ya no voy a misa pues no es de los míos... Con esto sólo gana el diablo, el que divide, el que hace fiesta cada vez que los que nos decimos cristianos utilizamos nuestra lengua para despellejar a esa persona de la Parroquia que no soportamos, al sacerdote por el último cambio que ha hecho, o al obispo por lo que ha predicado. Necesitamos la unidad, y no sólo hay que rezar por ella, sino poner los medios en cada uno de nosotros y en nuestros entorno para lograrla.

La primera lectura del profeta Isaías nos regala un pasaje bellísimo: "En otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí"... Se refiere por el contexto histórico a la opresión de los asirios sobre Israel, por eso alude a la liberación de aquellos años difíciles afirmando: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande"... Nosotros vemos este versículo una afirmación mayor, como es el nacimiento del sol que nace de lo alto, en el aún reciente tiempo de Navidad. El próximo 2 de febrero se cumplirán cuarenta días de haber festejado la Natividad del Señor, y así celebraremos "la presentación de Jesús en el templo": el día de las candelas, en que tomará todo su sentido el salmo que hemos cantado este domingo: "el Señor es mi luz y mi salvación". También en el evangelio de hoy tomado del capítulo 4 de San Mateo encontramos este territorio de Zabulón y Neftalí, ese lugar al otro lado del mar, denominado la "Galilea de los gentiles". El evangelista nos dice primero que Jesús "se retiró a Galilea". Lo hizo como comienza indicando el texto "al enterarse de que habían arrestado a Juan". Esto no deja de ser significativo, termina una predicación y empieza otra. Pero más adelante el autor del texto nos indicará por qué se retira en este lugar y no en otro: "para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta".

Jesucristo quiere dejar claro que Él es la luz, que viene para los pobres y los últimos, "para iluminar a los que viven en tinieblas". Y más en concreto a Zabulón y Neftalí, que era una tierra famosa por ser su población mayoritariamente pagana, lo que rompe todos los esquemas. El Mesías viene al mundo y nace, primero, en una población que no salía ni el mapa, y después, siendo ya adulto, inicia su predicación no en Jerusalén, sino en Galilea. He aquí que en Él se hace realidad que "a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló"... En Jesucristo Dios cumple su promesa y lleva a efecto su proyecto de amor. Jesús comienza a predicar, y su invitación es solemne: "¡convertios!" Es decir, cambiad de mentalidad. Y la predicación de Jesús también tiene respuestas: Él llama e invita "venid en pos de mí ". Y los llamados no le hacen esperar, no le sigue para un rato, sino que dejan oficio, familia y vida para ir en pos de Él, como hacen Santiago y Juan, que dejan la barca; sí, pero también a su padre. Jesús comienza su misión en Galilea recorriendo la comarca, tal como nos dice San Mateo: "enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo". Vemos a Jesucristo como Sacerdote, Profeta y Rey, diciéndole a los gentiles que "está cerca el reino de los cielos"... En definitiva, predicando la realeza de Dios por medio del "evangelio del reino". 

Evangelio Domingo III del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.

Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.

Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Palabra del Señor

Cuando la muerte no avisa. Por Mons. Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Todos nos quedamos sin palabras. Las imágenes golpeaban no sólo nuestras retinas, sino sobre todo el corazón dejándonos helados ante tamaña tragedia humana, como siempre que nos sobreviene un accidente imprevisto, un atentado terrorista, una catástrofe natural o una enfermedad que, esquiva, no avisa jamás, dejándote como espectador tocado y hundido que no da crédito a lo que sucede en tan sólo unos segundos.

Sacaron billete de tren con diverso recorrido. De todas las edades, de tantas procedencias y con variados destinos. Unos venían de cumplir exitosos con unos exámenes, otros para gozar unos días en familia, también había motivos para disfrutar de un viaje placentero con amigos, o sencillamente un traslado rutinario por razones laborales. Pero ninguno subió al tren para el desenlace que cambiaría del todo la vida por imponerse cruelmente así la muerte. Nombres y rostros en una biografía imprevistamente truncada.

El galardonado escritor que en 1994 recibió el Príncipe de Asturias de las Letras, el mexicano Carlos Fuentes, tiene expresiones desgarradas ante la impostura que se percibe en una muerte traicionera que te lleva a los que más quieres, cuando quizás más los necesitabas. Son célebres sus reflexiones: “La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte”, para apostillar con una coda final ante la infinita tristeza inerme: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

Son formas literarias, broncas y sinceras, para pedir el libro de reclamaciones cuando llega la inesperada circunstancia en la que el silencio es nuestra mejor palabra, y las lágrimas nuestro más discreto argumento, mientras nos quedamos pobres, muy pobres; pequeños, muy pequeños, ante algo que nos desborda por completo. Es la gran pregunta sobre el significado de la vida, sin que tengamos fácil la respuesta cuando la muerte nos la censura. Los que somos creyentes no estamos exentos de este inmenso dolor. Todos tenemos esa común experiencia cuando hemos afrontado el duelo ante el supremo adiós de alguien que hemos querido de veras. El dolor es común denominador de todos los mortales. Los cristianos sabemos llorar sin rompernos y callando guardamos el dolor en el alma. Es el ejemplo del mismo Jesús cuando le comunicaron la muerte de su amigo Lázaro o cuando se conmovió ante el cortejo fúnebre del hijo de la viuda de Naim.

¿Dónde estaba Dios?, se preguntan algunos queriendo imputar a ese Ser anónimo e invisible para ellos señalándolo como chivo expiatorio de su desgarro. Y siempre podemos decir con respeto y delicadeza que Dios estaba en los que trágicamente sufren la muerte, en los que inmediatamente ponen en danza su amor entregando su tiempo, sus enseres, sus camas y despensas, su esperanza sin factura ni precio. Ahí estaba Dios: unas veces abrazado a los crucificados que así mueren y otras en la guisa de cirineo arrimando el hombro como el joven Julio con sus quince años, o dándolo todo por amor a los que quedan como con la pequeña Cristina con sus seis años nada más.

No es distinto el dolor, pero sí el modo de vivirlo. No es el llanto desesperado de quien sin fe sólo le queda el vacío que te punza o la blasfemia que no alivia el inmenso dolor de las entrañas. Lo podemos afrontar como quien sabe que duelen la vida y la muerte, pero desde la confianza que genera la Resurrección prometida por Jesús, vencedor de su muerte y de la nuestra, es un dolor esperanzado, con lágrimas que no son amargas que, aunque duelan, no nos destruyen. La vida es un viaje que no termina en la muerte, sino que nos adentra en esa patria para la que nacimos y en la que eternamente viviremos con Dios y los que aquí hemos querido tanto. Descansen en paz.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo