domingo, 9 de agosto de 2026

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El hilo conductor de la liturgia de este Domingo XIX del Tiempo Ordinario es el encuentro con Dios en medio de la crisis y el descubrimiento de su presencia oculta, que desarma nuestros miedos y nos invita a una confianza radical. En las distintas lecturas vemos a creyentes ejemplares —Elías, Pablo, los Apóstoles y Pedro— enfrentándose a la tormenta, la persecución, el desánimo o el dolor profundo. Dios no se manifiesta en el ruido ensordecedor del mundo ni en el control de nuestras certezas humanas, sino en el susurro de la brisa, en la verdad del Espíritu y en la mano tendida de Jesús sobre las aguas. Así la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro en el mar de nuestra vida cotidiana. Con frecuencia nos encontramos cansados, asustados por vientos contrarios y con la sensación de que nuestras barcas y proyectos zozobran. La liturgia nos invita a hacer silencio y a afinar el oído del alma. Dios está pasando a nuestro lado; no viene a destruir con el estruendo de la fuerza, sino a rescatarnos con la delicadeza de su amor.

En la lectura del libro primero de los Reyes vemos al profeta Elías que se encuentra en un momento de crisis absoluta. Ha defendido celosamente el nombre del Señor contra los profetas de Baal, pero ahora la reina Jezabel lo busca para matarlo. Desanimado, asustado y deseando la muerte, huye al monte Horeb y se esconde en una cueva. Elías esperaba que Dios interviniera de forma espectacular y destructiva para aplastar a sus enemigos. Sin embargo, el texto nos regala una catequesis profunda sobre la naturaleza de Dios. Por un lado se nos presentan los falsos escenarios del poder. Pasa un huracán violento que rompe las rocas, pero Dios no está allí. Viene un terremoto que sacude los cimientos de la tierra, pero Dios tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y Dios sigue ausente de la espectacularidad. Y viene el colofón con la pedagogía de la brisa suave: Dios se hace presente en el «susurro de una brisa suave» o "el rumor de un silencio sutil". Sólo cuando Elías percibe esta paz delicada, se cubre el rostro con el manto en señal de adoración y sale a la entrada de la cueva. Vivimos en la cultura del ruido, las prisas y la inmediatez. A veces exigimos a Dios que actúe con "terremotos" o "fuegos", solucionando mágicamente nuestros problemas o castigando lo que consideramos injusto. Esta lectura nos enseña que para escuchar a Dios es indispensable cultivar el silencio interior. Dios habla bajo, susurra al corazón. Si nuestra mente está llena de voces, angustias o pantallas, nos perderemos el paso salvador del Señor. El salmista nos lo confirma de nuevo: "La paz y la justicia se besan"...

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, el autor nos introduce en un tipo de tormenta muy diferente: el sufrimiento pastoral y el dolor por la incredulidad de los suyos. El Apóstol experimenta una «gran tristeza y un dolor incesante» en su corazón porque sus hermanos de raza, el pueblo de Israel, no han reconocido a Jesús como el Mesías. Pablo llega a decir algo impresionante: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos». Está dispuesto a renunciar a su propia salvación si con ello lograra que su pueblo aceptara el Evangelio. He aquí el misterio de la elección, San Pablo enumera con orgullo los privilegios de Israel: la filiación, la gloria, las alianzas, la ley, las promesas y, sobre todo, que de ellos procede Cristo según la carne. Esta lectura sacude nuestra indiferencia: ¿nos duele de verdad que nuestros seres queridos, amigos o la sociedad en general vivan de espaldas a Dios? El sufrimiento de Pablo no nace del orgullo herido de un predicador que fracasa, sino del amor apasionado de un testigo que quiere lo mejor para los suyos. Nos invita a interceder por los que dudan o andan alejados, recordando que nuestra fe no es un privilegio para uso exclusivo, sino una responsabilidad misionera y un don que debe compartirse con  pasión y compasión.

El pasaje del evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de San Mateo, sitúa a la Iglesia primitiva y a nosotros mismos en el escenario clásico de las dificultades de la fe. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y adelantarse a la otra orilla mientras él sube al monte a orar a solas. Al llegar la noche, la barca se encuentra en medio del lago, sacudida por las olas y con el viento en contra. Es el símbolo exacto de la Iglesia y del creyente en épocas de crisis, secularización o sufrimiento personal. Sentimos que Jesús está ausente y que las fuerzas del mal nos superan. De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. En lugar de consolarse, los discípulos gritan de miedo pensando que es un fantasma. A menudo nos cuesta reconocer a Dios en medio del sufrimiento; confundimos su pedagogía o su cercanía con una amenaza o con la nada. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La palabra de Jesús introduce la calma antes de aplacar el viento físico. El "Soy yo" evoca el nombre divino revelado a Moisés. Es la certeza de que Dios tiene el control por encima del caos. Pedro, impulsivo, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Al recibir el «Ven», Pedro camina apoyado únicamente en la palabra de su Maestro. Pero al apartar los ojos de Jesús y fijarse en la violencia del viento, empieza a hundirse. Ante el grito desesperado de «Señor, sálvame», la reacción de Jesús es inmediata: extiende la mano y lo agarra. El reproche es amoroso: «¿Por qué has dudado, hombre de poca fe?» No busca hundir a Pedro, sino purificar su confianza. Al subir a la barca, el viento cesa y la comunidad prorrumpe en una profesión de fe: «Realmente eres Hijo de Dios». Mantengamos la mirada en Jesús como Pedro. Cuando las olas de la enfermedad, los problemas familiares, económicos o la debilidad espiritual golpeen nuestra barca, no nos concentremos únicamente en el tamaño del problema y la angustia de la crisis. Si miramos sólo al viento, le tendremos miedo y nos hundiremos. Miremos a Cristo, escuchemos su Palabra y, si fallamos, tengamos la valentía de gritar con humildad: «¡Señor, sálvame!». Él está siempre a la distancia de una mano extendida. 

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