miércoles, 24 de junio de 2026

El precursor del Mesías: la singular grandeza de San Juan Bautista

(Infovaticana) La Iglesia celebra este 24 de junio la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, una fiesta excepcional dentro del calendario litúrgico. Junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, Juan es la única persona cuyo nacimiento terreno es objeto de una celebración litúrgica universal. No se trata de un detalle menor: refleja el lugar único que ocupa en la historia de la salvación como último de los profetas de Israel y precursor inmediato del Mesías.

Mientras la Iglesia suele conmemorar la muerte de los santos —su verdadero nacimiento para el Cielo—, en el caso de San Juan Bautista se celebran tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su martirio, el 29 de agosto. El propio Cristo explicó la singularidad de su misión cuando afirmó: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista» (Mt 11,11).

La fecha de la solemnidad está vinculada al relato del Evangelio de San Lucas. Allí se indica que Isabel se encontraba en el sexto mes de embarazo cuando recibió la visita de la Virgen María. Por ello, la Iglesia situó el nacimiento de Juan seis meses antes de la Navidad, estableciendo la celebración el 24 de junio.

El niño que despertó el asombro de Israel

El Evangelio de San Lucas relata cómo el nacimiento de Juan estuvo rodeado de signos extraordinarios. Isabel, considerada estéril y ya avanzada en años, dio a luz un hijo cuando toda esperanza humana parecía extinguida. La noticia provocó admiración entre vecinos y familiares, que reconocieron la acción de Dios en aquel acontecimiento.

La reacción de quienes presenciaron aquellos hechos es significativa: «Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”» (Lc 1,66).

La pregunta revela una intuición profunda. Aquellos hombres y mujeres comprendían que estaban ante algo que superaba la normalidad de la vida cotidiana. No conocían todavía el alcance de la misión de Juan, pero percibían que Dios estaba actuando.

El papa Francisco recordaba precisamente esta dimensión del relato al señalar que todo el acontecimiento está envuelto en «un alegre sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud». Una actitud que contrasta con la indiferencia y el acostumbramiento espiritual tan frecuentes en nuestro tiempo.

Un nombre recibido de Dios

Otro detalle central del relato es la elección del nombre. Los familiares querían llamar al niño Zacarías, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, Isabel se opuso con firmeza: «Debe llamarse Juan».

La decisión no respondía a un capricho personal. El nombre había sido indicado por Dios a través del ángel antes de la concepción del niño. Cuando Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, confirma por escrito esa elección, recupera inmediatamente el habla.

La obediencia abre así una etapa nueva. Allí donde el hombre había encontrado un límite a causa de su falta de fe, Dios vuelve a actuar cuando encuentra disponibilidad para cumplir su voluntad.
El único santo cuyo nacimiento celebra la Iglesia

La singularidad litúrgica de San Juan Bautista no se limita a que la Iglesia celebre tanto su nacimiento como su martirio. La tradición cristiana ha visto en ello una consecuencia de la misión excepcional que recibió de Dios.

Numerosos Padres y teólogos sostuvieron que Juan fue santificado antes de nacer, cuando aún se encontraba en el seno de Isabel. El Evangelio relata cómo el niño saltó de gozo en el vientre de su madre al recibir la visita de la Virgen María, que llevaba en su seno al Salvador. Por ello, la tradición católica ha considerado que Juan fue purificado del pecado original antes de su nacimiento, aunque no concebido sin él como ocurrió con la Santísima Virgen.

Esta antigua convicción ayuda a comprender por qué la Iglesia celebra su nacimiento terreno, algo reservado únicamente a Jesucristo, a la Virgen María y al Precursor. Su vida estaba enteramente orientada a preparar la venida del Mesías.

Una de las fiestas más importantes de la cristiandad

Durante siglos, la Natividad de San Juan Bautista fue una de las grandes celebraciones del calendario cristiano. En numerosas regiones de Europa era día de precepto y se preparaba con ayuno y abstinencia en su víspera, siguiendo una tradición que subrayaba la importancia del Precursor del Señor.

La noche del 23 de junio también dio origen a una de las costumbres populares más extendidas de la cristiandad: las hogueras de San Juan. Encendidas en pueblos y ciudades de toda Europa, simbolizaban a aquel a quien Cristo definió como una «lámpara que arde y resplandece» (Jn 5,35) y expresaban la alegría por el nacimiento de quien preparó los caminos del Mesías.

La importancia litúrgica de esta solemnidad fue tal que durante siglos contó incluso con una octava propia y, en algunos lugares, se celebraba con varias misas a lo largo de la jornada. Aunque muchas de estas prácticas desaparecieron tras las reformas litúrgicas del siglo XX, siguen recordando el lugar excepcional que San Juan Bautista ha ocupado siempre en la tradición de la Iglesia.

Cuando Dios abre caminos imposibles

La figura de Juan Bautista está marcada desde su origen por la irrupción de Dios en situaciones humanamente cerradas. Una mujer estéril concibe. Un hombre que había perdido la palabra vuelve a hablar. Una familia anciana recibe un hijo inesperado.

Son signos que anuncian una verdad constante en la historia de la salvación: Dios no está condicionado por las limitaciones humanas.

Por eso la liturgia de esta solemnidad invita también a contemplar la propia vida desde la esperanza. Allí donde todo parece agotado, donde los proyectos fracasan o las fuerzas escasean, Dios continúa siendo capaz de abrir caminos nuevos. Como anuncia el profeta Isaías: «Voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,19).

La voz que preparó el camino de Cristo

Nacido de los santos Zacarías e Isabel mediante una intervención extraordinaria de Dios, Juan creció en el desierto llevando una vida austera de oración y penitencia. Los Evangelios lo presentan vestido con piel de camello y alimentándose de langostas y miel silvestre, mientras predicaba la conversión y anunciaba la inminente llegada del Reino de Dios.

Su misión alcanzó su punto culminante cuando reconoció a Jesús como el Mesías y lo bautizó en las aguas del Jordán, dando comienzo a la vida pública del Salvador. Fue entonces cuando pronunció una de las frases más decisivas de toda la historia cristiana: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Por eso la tradición de la Iglesia lo considera el último de los profetas del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, el primer testigo del Nuevo.

Un profeta que murió por defender la ley de Dios

La misión de Juan Bautista no terminó a orillas del Jordán. Después de señalar a Cristo como el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», continuó predicando la conversión sin hacer concesiones al poder político.

Su denuncia pública de la unión ilícita entre Herodes Antipas y Herodías le costó la prisión y finalmente la vida. Por petición de Salomé, hija de Herodías, el rey ordenó su decapitación.

La Iglesia celebra este martirio cada 29 de agosto. No fue una muerte accidental ni fruto de rivalidades políticas, sino la consecuencia de haber defendido la verdad moral frente a la arbitrariedad del poder. Juan murió por mantenerse fiel a la ley de Dios, convirtiéndose así en modelo para todos los cristianos llamados a dar testimonio de la verdad incluso cuando ello exige sacrificio.

Por eso Cristo pudo decir de él: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista». Su grandeza no residió en los milagros ni en el poder humano, sino en haber sido la voz que preparó el camino del Señor y el testigo que permaneció fiel hasta el final.

La figura de San Juan Bautista sigue recordando que la verdadera misión del cristiano consiste en señalar a Cristo y permanecer fiel a la verdad, aunque ello tenga un precio. Como dijo el propio Precursor al contemplar el comienzo de la misión del Salvador: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

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