martes, 23 de diciembre de 2025

No dejemos que nos arrebaten la misa de gallo. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) La gente. Ya saben. Siempre la gente: “les viene mejor por la tarde, acuden muchos más fieles, más cómodo para todos".

Simplemente me produce una gran tristeza comprobar, año tras año, cómo la tan tradicional misa del gallo va desapareciendo en su horario habitual. No sé las costumbres de otros países, pero en España la misa del gallo de la noche de la nochebuena, a las doce de la noche, era todo un referente. Era. Son muchas las parroquias y comunidades que, en aras de una supuesta acomodación a lo que la feligresía demanda, han decidido mantener el nombre -misa del gallo- para lo que la liturgia del día denomina otra cosa.

El día de Navidad el misal contempla cuatro celebraciones distintas de la eucaristía: misa de víspera, de media noche, de la aurora y del día. La misa del gallo es la de media noche que en España suele ser precisamente a esa hora: doce de la noche. Llamar misa del gallo a cualquier celebración de la víspera es, sencillamente, hacer trampas.

Y el caso es que la cosa es facilita.

En parroquias grandes, lo normal, por facilitar la asistencia a misa de tantas personas, cada una con sus particulares circunstancias, es celebrar en la tarde del 24 la misa de víspera. Es una buena posibilidad porque son muchas las familias que se reúnen a cenar en nochebuena y no siempre es fácil apagar las luces y marchar todos a la misa del gallo. Hay que tener también en cuenta las personas mayores.

El día de Navidad es complicado asistir a misa. Encuentros familiares, gente que pasa por casa, preparar todo con tiempo para la comida familiar no facilita acudir a misa en la mañana y no digamos por la tarde, con esas sobremesas del buen yantar. Todo se soluciona con una misa el 24 por la tarde.

Es fácil suprimir cosas, lo que hacemos tantas veces en aras de un mejor servicio a la gente y que no sé yo si no esconde también un mucho de comodidad de todos, empezando por el señor cura. Eso sí, una vez que algo se quita, es complicadísimo volver a ponerlo.

En mis pueblos la cosa es como es. Celebraré el 24 por la tarde en Gandullas, allí siempre tenemos las misas dominicales y festivas así, y la solemnísima misa del gallo, a las 12, en Braojos, con pastorela y todo. El día de Navidad misa en La Serna, Piñuécar y Gandullas.

Yo apostaría por revitalizar la misa del gallo.

En los pueblos, trasladando todos los folklores que se nos ocurran, desde los niños vestidos de pastorcitos hasta pequeños detalles con los fieles, a la misa de siempre a las doce de la noche. Buscar algo que anime a acudir.

En parroquias grandes, sugeriría celebrar una misa de víspera a media tarde con una liturgia muy sencilla y volcarse en la misa del gallo con todo lo que se nos ocurra: liturgia cuidada, invitación a los niños, detalle de la parroquia, chocolatada final… Todo menos abandonar lo que recibimos de nuestros mayores.

Vivimos tiempos de fuerte secularización y agresividad contra la Iglesia. Nos pasamos el ramadán felicitando a la comunidad musulmana y a la vez nuestros políticos son incapaces de decir feliz navidad. Justo porque tenemos necesidad de dar testimonio en estos tiempos recios, en vez de rendirnos cómodamente, toca voltear las campanas, cantar, celebrar y llenar nuestros pueblos y ciudades de familias que salen de casa a las doce de la noche, con frío y con nieve, para celebrar y cantar el nacimiento del Hijo de Dios.

Feliz Navidad. Un año más los pastores de Braojos bailarán y cantarán celebrando el nacimiento del Hijo de Dios.

La Sagrada Familia no fue un símbolo migratorio

(Infovaticana) La referencia a la Sagrada Familia como paradigma de la inmigración contemporánea se ha convertido en un recurso habitual en determinados discursos eclesiales. Sin embargo, no todo paralelismo es legítimo, ni toda analogía es inocente. La realidad de obispos comparando el nacimiento de Cristo en Belén con la situación actual de la inmigración irregular en España y otros países occidentales, vuelve a poner sobre la mesa una confusión que no es menor: la instrumentalización de un misterio central de la fe cristiana para respaldar una determinada agenda sociopolítica.

María y José no eran inmigrantes en el sentido moderno del término. No huían de su patria, no cruzaban fronteras de manera irregular ni se establecían en tierra ajena. Se desplazaban dentro de su propio pueblo, en cumplimiento de una obligación legal —el censo— y buscaban alojamiento dispuestos a pagarlo. Que no encontraran posada no fue fruto de un rechazo ideológico ni de una estructura injusta, sino de una circunstancia concreta que la Providencia permitió para que el Hijo de Dios naciera en la pobreza y la humildad.

Equiparar este hecho salvífico con fenómenos migratorios masivos, desordenados y, en muchos casos, promovidos por intereses políticos y económicos ajenos al bien común, no solo es una simplificación grosera: es una deformación del sentido del Evangelio.

El pesebre no legitima cualquier relato

El nacimiento de Cristo en un establo no es una denuncia sociológica ni un manifiesto político. Es un misterio teológico. El Verbo se hizo carne para redimir al hombre del pecado, no para ofrecer categorías interpretativas a debates contemporáneos complejos que requieren prudencia, realismo y justicia.

Cuando se afirma que “hoy tampoco hay sitio en la posada” para justificar lecturas actuales sobre inmigración, se corre el riesgo de vaciar el misterio de la Encarnación de su contenido sobrenatural y reducirlo a un símbolo utilizable según la conveniencia del momento. La pobreza de Belén no es intercambiable con cualquier situación de precariedad moderna, ni la caridad cristiana puede confundirse con la aceptación acrítica de procesos que afectan gravemente a la cohesión social, cultural y espiritual de las naciones.

La doctrina social de la Iglesia habla con claridad de la dignidad de toda persona, pero también del deber de los Estados de regular los flujos migratorios, proteger el bien común y garantizar el orden. Silenciar uno de estos polos para enfatizar solo el otro no es doctrina católica: es ideología.
Caridad sin verdad no es caridad

La Iglesia no está llamada a repetir consignas ni a bendecir narrativas dominantes, sino a iluminar la realidad con la verdad de Cristo. Utilizar a la Sagrada Familia como argumento retórico en debates políticos contemporáneos no ayuda ni a los fieles ni a los propios inmigrantes. Al contrario: trivializa el misterio cristiano y confunde las conciencias.

La Encarnación nos enseña humildad, obediencia a Dios y confianza en la Providencia. Nos llama a la caridad personal y concreta, no a la manipulación simbólica de los dogmas. Defender la fe implica también defender su recta interpretación.

«Cuando se pone el belén, la pieza más importante es el Misterio: hacia Él tienen que ir todas las miradas»

(Iglesia de Asturias) La tradición de poner el belén en Navidad permite imaginar y profundizar en el ambiente del momento en que nació Jesús. Con sus escenas costumbristas, sus detalles, con los gestos y semblantes de cada figura es posible pasar por la imaginación cómo pudo ser ese momento que cambió la historia de la humanidad. En nuestra diócesis son varias las asociaciones que, durante todo el año, trabajan para mostrar esas escenas que sólo podemos contemplar en Navidad, los belenes, los nacimientos, y una de ellas es la de Gijón, con su presidenta, Mª Elvira Suárez, a la cabeza. Hablamos con ella.

¿Cómo nació tu pasión por poner el Belén?

Bueno, yo creo que mi pasión por los nacimientos viene desde pequeña. Es algo que siempre vi hacer en mi casa y lógicamente, heredé esa tradición.

El tiempo fuerte del trabajo en la Asociación Belenista en Gijón es la Navidad, pero me consta que trabajáis durante todo el año. ¿Cómo es un poco esa labor en lo escondido?

Me gusta que me hagan esa pregunta porque siempre estamos habituados a ver un belén, pero no nos damos cuenta muchas veces de lo que hay detrás. Es un trabajo de un año entero prácticamente, porque en enero estamos quitando un belén y automáticamente estamos pensando en qué hacemos para la próxima Navidad. Ahí empezamos a decir «vamos a recrear esta escena» o «vamos a basarnos en un pueblo asturiano o en algo hebreo o en algo atípico como podría ser a lo mejor poner un belén, a veces lo digo un poco de broma, por ejemplo en una especie de nave espacial». Lo bueno de todo esto es que se ponga y que esta afición no decaiga y que lo sigamos haciendo.

¿Hay relevo? ¿La gente joven se va animando?

Pues sí, por suerte hay relevo. Tenemos una chica de 13 años, y dos chicos, de entre 15 y 16 años, que se suele decir, apuntan maneras. Digo esto porque se les ve con afición y con ganas y van por el taller a trabajar. Necesitamos socios y nos viene bien que la gente aporte ideas. Ellos son savia nueva y cuando los ves aparecer por el taller, no solo un día, sino de continuo, es una satisfacción.

No sólo instaláis belenes en Gijón porque también lo hacéis fuera.

Sí, nos movemos por Gijón pero también ponemos el belén de Parque Principado y el de Cangas de Onís, del Ayuntamiento. En Gijón son unos cuantos los que nosotros ponemos. Nuestro buque insignia es el Antiguo Instituto, no porque sea ni mejor ni mayor, sino porque es el belén monumental, el tablero tiene unos 35 metros cuadrados y bueno, ahí se pueden exhibir, por así decir, muchas escenas o por lo menos muchas figuras.

El belén, además del disfrute estético que supone, también ayuda a que nos metamos en esas escenas que tuvieron lugar hace 2.000 años en Belén. Lo apuntabas antes, ¿cómo os enfrentáis al lienzo en blanco cada año, para ayudar a transmitir la fe?

Pues sí, la esencia de la Navidad, amén de que la Navidad es todo para mí y para mucha gente que nos movemos en el taller, está en el Misterio. Es una pieza clave porque es el que muestra el nacimiento de Jesús. Por lo que es importante ubicarlo siempre en un sitio que ayude a que la vista vaya hacia él. Que sea el referente. Después están los Reyes Magos, que son importantes y además a los niños les hace muchísima ilusión verles. Son, junto con el Misterio, lo primero que quiere ver la gente.

Para aquellos que «montan el belén» en sus casas y les gustaría mejorarlo un poco pero no saben por dónde empezar, ¿habrá algún que otro truco que ayude?

Pues sí, uno es muy de andar por casa y es que no sea plano. Es decir, que no esté todo en una mesa, por ejemplo, a la misma altura. Si ponemos varias escenas a diferentes alturas, ayudándonos de alguna caja que luego se recubra, o de musgo (que hay que comprar, no cogido del campo), eso ya nos dará sensación de profundidad y la vista se recrea cuando no está todo plano. Otra cosa es que las figuras grandes están situadas hacia adelante y las pequeñas detrás. Así, haremos una sensación de escala o disminución que simulará la lejanía. Luego hay que dejar un poco a la imaginación y a lo que cada familia quiera hacer.

domingo, 21 de diciembre de 2025

''Le pondrás por nombre Jesús''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Llegamos al cuarto domingo de Adviento, encendiendo la última vela de La Corona. Vivimos estos días con emoción, conscientes de que ya está al llegar Aquél a quién esperamos. Preparamos los últimos detalles para vivir esta Navidad de forma auténtica, y eso sólo lo lograremos adentrándonos en la contemplación del misterio del Dios encarnado e insertado en nuestra historia y propia vida... Las lecturas de este domingo nos ponen la mirada ya sobre esta realidad, y es que el misterio se desvela, se hace visible lo que era invisible; la misericordia del Señor llega a nosotros a través de sí mismo. Cuando rezamos "el Ángelus" y decimos ''El Verbo se hizo carne,'' solemos responder: '¡y habitó entre nosotros!'' Otros cambian el verbo al presente, lo cual también me parece correcto: ''¡y habita entre nosotros''! No desperdiciemos la Navidad con pequeñeces, si Cristo no va ser el protagonista los próximos días, viviremos unas fiestas bonitas, pero no habremos vivido la verdadera realidad que nos convoca a ellas: una Navidad muy cerca de Dios y muy cerca del prójimo, especialmente del que sufre.

Prepararnos a la Navidad implica dejarnos sorprender, maravillarnos con las obras del Señor que es capaz de todo. La criatura engendra al Creador; es lo que en estos días de las ferias mayores de Adviento contemplamos en María en su estado de buenaesperanza. Dios se humaniza, y el hombre también de algún modo se diviniza con la encarnación y el nacimiento del Salvador. Lo curioso de esta situación es que pasó y pasa desapercibida, como si fuera algo inesperado o improvisado, cuando en verdad estamos ante lo ''prometido por sus profetas en las Escrituras Santas,'' como nos dice San Pablo en su carta de hoy a los romanos. El Papa León XIV en su audiencia de ayer afirmaba:  ''la Navidad está a las puertas, podemos decir: ¡el Señor está cerca! Sin Jesús, esta afirmación —el Señor está cerca— podría sonar casi como una amenaza. En Jesús, en cambio, descubrimos que, como habían intuido los profetas, Dios es un seno de misericordia. El Niño Jesús nos revela que Dios tiene entrañas de misericordia, a través de las cuales genera siempre. En Él no hay amenaza, sino perdón''.

La liturgia de la palabra nos trae hoy a dos hombres que viven una lucha interior muy fuerte, en la primera lectura encontramos a rey Ajaz y en el evangelio a San José. El profeta Isaías nos presenta la situación de Ajaz, que atraviesa un momento complejo en el que peligra el trono de Judá y, curiosamente, el signo será una mujer que ha concebido y dará a luz a un hijo. Así la joven Almah, es un paralelismo con María, como lo es el monarca en comparación a San José, que también era de familia real, de la casa de David. Dios cumple sus promesas, da cumplimiento a su palabra, y sale en ayuda de sus siervos. Las preocupaciones del rey Ajaz son las de un soberano que es consciente de que su reino es algo más que una parcela de poder, sino de que está llamado a cosas grandes y vive su relación con Yavhé con tal temor que aún siendo rey y pasando por un momento de incertidumbre ante la invitación a pedirle al Señor un signo, afirma: «No lo pido, no quiero tentar al Señor». San José, por su parte, vive el tormento de descubrir que María está esperando un hijo, y en él se desata una lucha interna. Vemos aquí la grandeza de San José, que desobedece a la ley para salvar a la persona que quiere; quizás algo en su interior le decía que María no podía haberle engañado, que se encontraba ante algo que le superaba, y en esas dudas benditas de San José sale el Señor al paso para tranquilizarle. 

Necesitamos acercarnos a la figura de San José, y aprender de sus silencios. El ángel le dice algo que a veces nos pasa desapercibido:  ''tú le pondrás por nombre Jesús''. Como nos sabemos el relato casi de memoria, puede que ya no nos diga mucho, pero el ángel le está recordando que Dios ya le está dando un premio en esta vida: el de ser el padre putativo de su Hijo. En la religión judía los hombres sólo hacen una cosa a la hora de nacer el niño, y es ponerles el nombre. Que un descendiente de David fuera el elegido para esta misión esa una nueva confirmación de que Cristo era el esperado, el que había de venir, el Mesías prometido... Os animo de corazón a prepararos para estos días que llegan; en la Parroquia tendremos retiro y confesiones esta semana, además de muchas otras actividades que son propuestas para avivar el espíritu. Que la Nochebuena no sea una excusa para beber y comer sin más; a veces es muy triste que preparamos unas mesas muy elegantes y adornadas pero no bendecimos la mesa, o ponemos platos muy refinados, pero dedicamos la cena a despellejar vivo a alguien que no podemos ver... Que la Navidad nos cambie, nos haga crecer; que el 24 de diciembre haya sitio para el Niño Jesús en nuestra agenda, y no sólo para la gastronomía y la fiesta gastronómica. El salmista nos lo ha dicho claro: ''Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria''.

Evangelio Domingo IV de Adviento

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24

La generación de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.

Palabra del Señor

La lección de un niño. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Hacía frío en aquellas majadas con sus cercanas cumbres nevadas. La magia del tardío otoño había alfombrado los caminos llenando de misterio y encanto los senderos de nuestras pisadas. Aquellos bosques nos adentraban en el pequeño pueblo serrano, en donde el humo de las chimeneas ponía el complemento de aromas ancestrales con el buen olor a madera quemada en los llares que ambientaban las callejuelas empedradas. Al fondo, emergía la iglesia con su campanario enhiesto y sus tañidos que convocaban a la cita cristiana. Al pasar adentro, con un templo lleno de gente buena, me saludó el párroco para advertirme que estaban los más pequeños, niños y niñas que se preparaban para hacer la Primera Comunión ocupaban los bancos de adelante con ojos llenos de curiosidad. Era el domingo con el que comenzábamos el adviento, las cuatro semanas con las que los cristianos nos preparamos para la verdadera navidad. El párroco, tras presentarme a los pequeños, me indicó que en la homilía les dijese alguna palabra cariñosa adaptada a su edad e itinerario. Así lo hice con todo mi esmero.

Todos ellos me miraban con el asombro propio de estar viendo por primera vez al arzobispo en su parroquia. Le pregunté inocentemente: ¿quién de vosotros se acuerda del canto que hemos entonado al comenzar la Eucaristía? Entonces levantó su mano un chavalín, como hacen en clase cuando les pregunta la maestra. Con voz determinada dijo sin titubeo: “¡Ven, Señor, no tardes!”. Efectivamente, eso habíamos cantado todos como canto de entrada.

¿Cómo te llamas?, le dije. Él me dijo con resolución: me llamo Óscar y tengo ocho años. Muy bien, Óscar, respondí. Has acertado y tienes buena memoria. Pero… ¿a quién le dices tú “ven”? Entonces, mirando a su alrededor respondió señalando a la niña que tenía a su lado: a esta, no. Esa pequeña se quedó con los ojos como platos y puso carita de extrañeza como diciendo que no entendía nada. Se llamaba Marina y era de la misma edad que Óscar. También se preparaba para la Primera Comunión.

Yo quedé sorprendido y sin saber por dónde seguir ante esa declaración de exclusión de Óscar hacia Marina. Y como para salir del atolladero, se me ocurrió pedirle una explicación, sabiendo que era arriesgado ese careo delante de los demás niños y niñas, con una iglesia abarrotada de fieles que expresaban su delicia por la frescura del chaval y la evidente perplejidad de mi parte.

La respuesta de Óscar fue impresionante: yo a Marina no la digo “ven” porque ella está aquí, a mi lado. Yo le digo “ven” solamente a quien no está, a quien me falta. Así fue su explicación, y mi perplejidad se tornó en agradecimiento porque me estaba dando una lección, a todos nos la daba, ese pequeño que ponía en mi corazón la misma pregunta, pero al revés: ¿a quién le dices tú “ven”? ¿A Jesús, nada menos? Para venir a la cuestión que tanto bien me hizo: a Jesús, no… porque está a mi lado. ¿Seguro? La pregunta me señalaba una cuestión de envergadura: Jesús… ¿está siempre y en todo… o sólo algunas veces y en determinadas situaciones?

Llevo todas estas semanas dejándome provocar por la enseñanza de aquellos niños en los que Dios me hacía el examen. ¿Cómo se llama mi espera? ¿Cuál es la ausencia de Dios en mis miedos, mis heridas, mis rencores y mediocridades? Porque es ahí, precisamente ahí, donde tengo que cantar con todas las fibras de mi vida: ¡Ven, Señor, no tardes!

Rezo por esos dos pequeños, por aquel grupo de niños, que se asoman con inocencia al misterio de la navidad, para dar gracias por el regalo de su villancico vivido poniendo la estrofa del “ven, Señor”, en la música de sus ausencias en mi vida cristiana.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo