viernes, 21 de enero de 2022

23 de enero, Domingo de la Palabra de Dios

(C.E.E.) El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el 23 de enero, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. El papa Francisco instituyó esta Jornada el 30 de septiembre de 2019, con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis, con el fin de dedicar un domingo completamente a la Palabra de Dios.

El área de Pastoral Bíblica de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado ha editado unos materiales para contribuir a la celebración de esta Jornada: una presentación del director del secretariado de esta Comisión, Francisco Julián Romero; un método para ayudar a leer la Palabra de Dios; y un subsidio litúrgico para el celebrante y otro para el monitor.

La Palabra de Dios alimenta la vida

«La Palabra de Dios alimenta la vida» es el título que ha elegido Francisco Julián Romero para el texto de presentación de la Jornada de este año. Un título con el que une el Domingo de la Palabra de Dios a la celebración del Sínodo que celebra la Iglesia. «La Palabra -explica- es el alimento para la vida que precisamos en este caminar juntos como pueblo de Dios. Ella es como la sabia que en nuestro interior nos da ilusión, esperanza y deseo firme para seguir por el sendero de Dios y hacer presente su reino». Además, invita «a leerla en comunidad y con el sentir de la Iglesia».

Ante los interrogantes que plantea la rutina diaria de la vida personal y eclesial, propone buscar la respuesta en la Palabra de Dios que es «la luz que resuelve sus dudas, que afianza sus convicciones, que responde a sus preguntas y que refuerza sus inquietudes».

Además, ofrece algunas recetas para que acercarse a la Palabra produzca estos frutos. Y lo hace acudiendo a Benedicto XVI, san Agustín y el papa Francisco: dejar un espacio a la Palabra de Dios en nuestro día a día y leer la Biblia entrablando una conversación con Dios, sabiendo que allí está el Señor para hablarnos y para revelarnos sus secretos más íntimos.

Francisco Julián Romero termina su presentación reclamando que esta Jornada no se quede en una efeméride si no que sea una ocasión para afianzar «en la vida personal, comunitaria y pastoral el valor de la Palabra de Dios y la inquietud por leerla, meditarla y convertirla en alimento para la vida personal, comunitaria y pastoral». Especialmente en este tiempo de Sínodo, «afiancemos de este modo el camino sinodal que estamos recorriendo. De esta manera tendrá una mayor fecundidad nuestro caminar juntos».

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Método de la lectio divina

La lectio divina es una antigua práctica que enseña a leer, meditar y vivir un texto de la Palabra de Dios por medio de un método muy sencillo que consiste en seguir varios pasos. Este método se incluye entre los materiales para la preparación de esta Jornada.

Preparación previa

Como preparación previa hay que buscar la lectura que se va a meditar junto con aquello que vamos a necesitar de ayuda o apoyo para la comprensión del texto, su profundización y reflexión. Después, se hace la señal de la cruz, y tras un momento de silencio, la Oración de preparación.

Empezamos: guía paso a paso

Lectura de la Palabra de Dios: ¿qué dice el texto? Leemos el texto las veces que sea necesario hasta que comprendamos bien lo que en él se dice. Hay que hacer una lectura pausada. Este momento es de suma importancia. Es necesaria la comprensión de lo que la Palabra narra.

¿Qué me dice Dios con este texto? Tras otra lectura nos detenemos a preguntarnos lo que el Señor nos ha dicho por medio del texto. Es el momento de la profundización de la Palabra de Dios para acogerla en nuestro interior. Dios cuando inspiró al autor quiso hablar a los hombres. Intentamos descubrir el mensaje divino contenido en el texto: ¿qué me dice el Señor?, ¿qué mensaje particular me quiere Dios hacer llegar? Tomamos el tiempo necesario para descubrirlo. Lo hacemos con serenidad y paz.

Ora. Habla con Dios sobre lo que te ha comunicado. Dialoga con el Señor sobre lo que has descubierto en este texto. Puedes, si es necesario y lo quieres expresar, darle gracias, pedir perdón, alabarle, adorarle, hacerle alguna petición… dile todo lo que esté en tu corazón. Cuéntaselo con sinceridad.

Contemplación: queda unos instantes en silencio en la presencia de Dios. No digas nada. Solamente pon tu pensamiento y tus afectos en el Señor.

Acción: es el momento de concretar lo que el Señor quiere que vivas de lo que te ha dicho. No hay que ponerse muchos propósitos. Intenta concretar y decide realizar una acción o a lo sumo dos. Ve cómo la(s) puedes poner en práctica en tu vida real y concreta.

Terminamos con una oración final de acción de gracias: da gracias al Señor por esta lectio divina que has vivido.

jueves, 20 de enero de 2022

San Ireneo de Lyon en camino a convertirse en Doctor de la Iglesia

Tal como informa un comunicado emitido este 20 de enero por la Oficina de Prensa de la Santa Sede, esta mañana el Cardenal Marcello Semeraro, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, propuso al Papa Francisco durante su audiencia privada, que aceptara el dictamen afirmativo de la Sesión Plenaria de los Cardenales y Obispos miembros del mismo Dicasterio, sobre la concesión del título de Doctor de la Iglesia Universal a San Ireneo, Obispo de Lyon, que probablemente nació en Esmirna (actual Turquía) entre el año 130 y el 140 y murió en Lyon (Francia) en el 202.

Su nacimiento se sitúa hacia el año 130 y formó parte del grupo de seguidores de San Policarpo, obispo de Esmirna que, a su vez, fue discípulo del apóstol San Juan. En esa ciudad se educó hasta que el Prelado le mandó a la actual Francia. Una vez allí, y más concretamente en Lyon, se ordena sacerdote en medio de un ambiente cruel y cruenta persecución a los cristianos.

Pronto será enviado como Legado a Roma para suplicar al Papa Eleuterio que trate el tema de los montanistas, herejes que surgieron de la mano de Montano, hombre de Frigia que se autoproclamó profeta y aseguraba que cualquier pecado mortal cometido alejaba de Dios de tal forma que ni el Sacramento de la Reconciliación lo podía perdonar. Al mismo tiempo anunciaba como inminente la Segunda Venida de Cristo.

Ireneo fue elevado a la Sede Episcopal Lionesa, en un momento en el que el gnosticismo de Marción, había impactado en las filas cristianas, señalando que el Dios del Antiguo Testamento es distinto del Dios Neotestamentario, promoviendo también que habría almas destinadas a la condenación, anticipándose a la doctrina de Calvino sobre la predestinación.

En esta desviación calvinista se defendía que Dios creaba a los hombres de propio para que unos se salvasen y otros se condenasen de propio. El Obispo de Lyón refutó tal desviación en su Tratado contra los herejes. Muere mártir en torno al año 200, destacando su frase:“La gloria de Dios es que el hombre viva”.

D. Atilano: Hermano, Padre y Pastor

La presente publicación discurre entre dos intenciones: semblanza y homenaje. En ella intervienen más de medio centenar de personas que desde diferentes ámbitos civiles y eclesiales han tenido relación estrecha con don Atilano.

Todo un recorrido desde su infancia hasta el momento actual, pasando por su etapa formativa y de ministerio sacerdotal en Asturias, su etapa en Zaragoza como secretario de monseñor Elías Yánez, y posterior ministerio episcopal en las diócesis de Oviedo, Ciudad Rodrigo y Sigüenza - Guadalajara. 

Este libro se ha editado con motivo de estos aniversarios en homenaje a Atilano Rodríguez, en el cual cincuenta personas (entre familiares, amigos o sacerdotes) han escrito elogiosos textos. 

El volumen, titulado Hermano, Padre y Pastor, está prologado por el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, el Cardenal Juan José Omella, firmando el epílogo José Sánchez como Obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara y antaño obispo auxiliar de Oviedo. En la parte dedicada a nuestra diocesis han escrito nuestro Arzobispo Monseñor Jesús Sanz Montes, D. Jesús Bayón Rodríguez, D. Javier Gómez Cuesta o D. José Antonio González Montoto entre otros.

miércoles, 19 de enero de 2022

Catequesis del Papa sobre san José 8. San José padre en la ternura

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera profundizar en la figura de San José como padre en la ternura.

En la Carta Apostólica Patris corde (8 de diciembre de 2020) pude reflexionar sobre este aspecto de la ternura, un aspecto de la personalidad de san José. De hecho, incluso si los Evangelios no nos dan particularidades sobre cómo ejerció su paternidad, podemos estar seguros de que su ser hombre “justo” se tradujo también en la educación dada a Jesús. «José vio a Jesús progresar día tras día “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2,52): así dice el Evangelio. Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4)» (Patris corde, 2). Es bonita esta definición de la Biblia que hace ver la relación de Dios con el pueblo de Israel. Y la misma relación pensamos que haya sido la de san José con Jesús.

Los Evangelios atestiguan que Jesús usó siempre la palabra “padre” para hablar de Dios y de su amor. Muchas parábolas tienen como protagonista la figura de un padre (1). Entre las más famosas está seguramente la del Padre misericordioso, contada por el evangelista Lucas (cf. Lc 15,11-32). Precisamente en esta parábola se subraya, además de la experiencia del pecado y del perdón, también la forma en la que el perdón alcanza a la persona que se ha equivocado. El texto dice así: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (v. 20). El hijo se esperaba un castigo, una justicia que al máximo le habría podido dar el lugar de uno de los siervos, pero se encuentra envuelto por el abrazo del padre. La ternura es algo más grande que la lógica del mundo. Es una forma inesperada de hacer justicia. Por eso no debemos olvidar nunca que Dios no se asusta de nuestros pecados: metámonos bien esto en la cabeza. Dios no se asusta de nuestros pecados, es más grande que nuestros pecados: es padre, es amor, es tierno. No se asusta de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestras caídas, sino que se asusta por el cierre de nuestro corazón —esto sí, le hace sufrir—, se asusta de nuestra falta de fe en su amor. Hay una gran ternura en la experiencia del amor de Dios. Y es bonito pensar que el primero que transmite a Jesús esta realidad haya sido precisamente José. De hecho, las cosas de Dios nos alcanzan siempre a través de la mediación de experiencias humanas. Hace tiempo —no sé si ya lo he contado—un grupo de jóvenes que hacen teatro, un grupo de jóvenes pop, “innovadores”, quedaron impresionados por esta parábola del padre misericordioso y decidieron hacer una obra de teatro pop con este argumento, con esta historia. Y lo hicieron bien. Y todo el argumento es, al final, que un amigo escucha al hijo que se había alejado del padre, que quería volver a casa, pero tenía miedo de que el padre lo echase y lo castigase. Y el amigo le dice, en esa obra pop: “Manda un mensajero y di que tú quieres volver a casa, y si el padre te va a recibir que ponga un pañuelo en la ventana, la que tú veas apenas tomes el camino final”. Así lo hizo. Y la obra, con cantos y bailes, sigue hasta el momento en el que el hijo entra en la calle final y se ve la casa. Y cuando alza los ojos, ve la casa llena de pañuelos blancos: llena. No uno, sino tres-cuatro en cada ventana. Así es la misericordia de Dios. No se asusta de nuestro pasado, de nuestras cosas malas: se asusta solamente del cierre. Todos nosotros tenemos cuentas que resolver; pero hacer las cuentas con Dios es algo muy bonito, porque nosotros empezamos a hablar y Él nos abraza. ¡La ternura!

Entonces podemos preguntarnos si nosotros mismos hemos experimentado esta ternura, y si nos hemos convertido en testigos de ella. De hecho, la ternura no es en primer lugar una cuestión emotiva o sentimental: es la experiencia de sentirse amados y acogidos precisamente en nuestra pobreza y en nuestra miseria, y por tanto transformados por el amor de Dios.

Dios no confía solo en nuestros talentos, sino también en nuestra debilidad redimida. Esto, por ejemplo, lleva a san Pablo a decir que también hay un proyecto sobre su fragilidad. Así, de hecho, escribe a la comunidad de Corinto: «Para que no me engreía con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea […]. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”» (2 Cor 12,7-9). El Señor no nos quita todas las debilidades, sino que nos ayuda a caminar con las debilidades, tomándonos de la mano. Toma de la mano nuestras debilidades y se pone cerca de nosotros. Y esto es la ternura. La experiencia de la ternura consiste en ver el poder de Dios pasar precisamente a través de lo que nos hace más frágiles; siempre y cuando nos convirtamos de la mirada del Maligno que «nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo», mientras que el Espíritu Santo «la saca a la luz con ternura» (Patris corde, 2). «La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. […] Mirad cómo las enfermeras, los enfermeros tocan las heridas de los enfermos: con ternura, para no herirles más. Y así el Señor toca nuestras heridas, con la misma ternura. Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, en la oración personal con Dios, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad: él es mentiroso, pero se las arregla para decirnos la verdad para llevarnos a la mentira; pero, si lo hace, es para condenarnos. En cambio, el Señor nos dice la verdad y nos tiende la mano para salvarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona» (Patris corde, 2). Dios perdona siempre: metéoslo, esto, en la cabeza y en el corazón. Dios perdona siempre. Somos nosotros que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él perdona siempre, también las cosas más malas.

Nos hace bien entonces mirarnos en la paternidad de José que es un espejo de la paternidad de Dios, y preguntarnos si permitimos al Señor que nos ame con su ternura, transformando a cada uno de nosotros en hombres y mujeres capaces de amar así. Sin esta “revolución de la ternura” —hace falta, ¡una revolución de la ternura!— corremos el riesgo de permanecer presos en una justicia que no permite levantarnos fácilmente y que confunde la redención con el castigo. Por esto, hoy quiero recordar de forma particular a nuestros hermanos y a nuestras hermanas que están en la cárcel. Es justo que quien se ha equivocado pague por su error, pero es igualmente justo que quien se ha equivocado pueda redimirse del propio error. No puede haber condenas sin ventanas de esperanza. Cualquier condena siempre tiene una ventana de esperanza. Pensemos en nuestros hermanos y nuestras hermanas encarcelados, y pensemos en la ternura de Dios por ellos y recemos por ellos, para que encuentren en esa ventana de esperanza una salida hacia una vida mejor.

Y concluimos con esta oración:

San José, padre en la ternura,
enséñanos a aceptar ser amados precisamente en lo que en nosotros es más débil.
Haz que no pongamos ningún impedimento
entre nuestra pobreza y la grandeza del amor de Dios.
Suscita en nosotros el deseo de acercarnos al Sacramento de la Reconciliación,
para ser perdonados y también capaces de amar con ternura
a nuestros hermanos y a nuestras hermanas en su pobreza.
Sé cercano a aquellos que se han equivocado y por esto pagan un precio;
ayúdales a encontrar, junto a la justicia, también la ternura para poder volver a empezar.
Y enséñales que la primera forma de volver a empezar
es pedir perdón sinceramente, para sentir la caricia del Padre.


(1) Cf. Mt 15,13; 21,28-30; 22,2; Lc 15,11-32; Jn 5,19-23; 6,32-40; 14,2;15,1.8.

Necrológica

Ha fallecido el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. Eustasio Víctor Manuel Sánchez Fonseca: ''Tito''

Nació en Pola de Siero el 5 de febrero de 1958 en el seno de una familia cristiana, tuvo una tía religiosa. Concluido el bachillerato se introdujo en el mundo laboral, trabajando en una empresa de muebles. 

Ingresa en el Seminario Metropolitano de Oviedo donde realiza los Estudios Eclesiásticos. Tras recibir la ordenación diaconal es destinado a la parroquia de San Nicolás de Bari del Coto-Gijón como diácono adscrito el curso pastoral 1987 -1988. Concluida su formación, recibe la ordenación sacerdotal en la Catedral de Oviedo el día 15 de mayo de 1988 de manos del entonces Arzobispo de Oviedo, Monseñor Gabino Díaz Merchán. 

Sus encomiendas pastorales fueron las siguientes:

Vicario parroquial de Santa María Magdalena de Cangas de Narcea, así como miembro del equipo sacerdotal de Linares de Acebo, Limés, Carceda y San Cristobal de Entreviñas (1988- 1991)

Párroco de San Juan Bautista de Campo de Caso, San Antonio de la Felguerina, San Bartolomé de Orlé, Santa Mª Magdalena de Pendones y San Salvador de Sobrecastiello-Bezanes (1991-1998)

Año sabático (1998 - 1999)

Capellán del Centro Penitenciario de Villabona - Llanera (1999 - 2000)

Adscrito a San Pedro Apóstol de Pola de Siero (2000 - 2001)

Párroco de San Román de Candamo, Santiago de Aces, San Nicolás de Cuero, Santa María de Fenolleda, Santa Eulalia de Llamero, Santa María de Murias, Santa María de Valle y San Juan Bautista de Ventosa (2002 - 2012)

En abril de 2012 es trasladado al Arciprestazgo de Siero fijando su domicilio en el barrio de Leñeces (Valdesoto). Además de ayudar a los sacerdotes de la zona, desempeñó una importante colaboración con Cáritas Diocesana. Desde el año 2013 se le nombra Adscrito a las parroquias de San Pedro de Pola de Siero y San Félix de Valdesoto. 

Actualmente era Adscrito a la Unidad Pastoral de Siero formada por las parroquias de San Pedro de Pola de Siero, San Juan de Celles, Santa Cruz de Marcenado, San Martín de Vega de Poja, San Pedro de la Collada, San Juan Evangelista de Muñó, Santiago de Arenas – Carbayín Alto, San Juan de Arenas del Coto, Santa Marta de Carbayín Bajo, San Félix de Valdesoto y Santa Eulalia de Vigil desde que recibiera este nombramiento en 2018.

Falleció en el día de ayer, martes 18, de forma inesperada de un infarto fulminante estando su domicilio de Leñeces (Valdesoto). Tenía 63 años de edad y 33 de ministerio sacerdotal. 

D. E. P.

La Capilla ardiente estará situada en el Tanatorio de Meana (Siero) hasta las 12,30 de hoy, jueves. El funeral por su eterno descanso tendrá lugar el jueves 20 de enero a las 13´00 horas en la Parroquia de San Pedro de Pola de Siero, y será presidido por el señor Arzobispo de Oviedo. A continuación recibirá cristiana sepultura en el cementerio parroquial.

''Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que eres mi Dios'' (Sal 55)

martes, 18 de enero de 2022

Ministerio de Acólitos en el Seminario

El Arzobispo de Oviedo Mons. Jesús Sanz presidió ayer, en la Capilla Mayor del Seminario Metropolitano, la celebración del Ministerio del Acolitado para diez seminaristas diocesanos; cuatro de ellos pertenecientes al Seminario Metropolitano, y seis, del Redemptoris Mater.

El acolitado era una de las antiguas «órdenes menores» que reformó el papa san Pablo VI, pasando a llamarse ministerio. Los más importante del cambio fue que estos servicios volvieron a ser ejercidos por laicos, y no solo por clérigos, aunque para que se preparen mejor los candidatos al sacerdocio, siguen recibiendo estos ministerios. Lo central de este ministerio es que el acólito ayuda al diácono y al sacerdote en el altar.

Para los que van a recibir el diaconado y el sacerdocio, deben recibir los ministerios de lector y acólito y ejercerlos durante un tiempo adecuado, para disponerse mejor a los futuros oficios de la Palabra y del Altar. 

Entre los seminaristas que recibieron ayer el ministerio de acólito tenemos un recuerdo especial para uno de nuestros seminaristas de este curso: Yesid Montoya, así como otros que estuvieron en cursos pasados en nuestra parroquia: Juan González Crespo, Luis Guillermo Holguín Millán, Jonatan Solano y Joao Otávio da Silva ¡Enhorabuena a todos por este nuevo paso!

Año de la Lengua. Por Jorge Juan Fernández Sangrador

Elio Antonio de Nebrija (1444-1522) será la figura principal de 2022, pues en él se recordará, no solo su fallecimiento, hace quinientos años, sino también sus inigualables e impagables servicios a la Lengua española. El evento ha sido declarado “Acontecimiento de excepcional interés público”, con los correspondientes beneficios fiscales para quienes deseen colaborar en la cofinanciación de los actos conmemorativos.

De modo que las localidades vinculadas a la vida del maestro se han puesto ya, desde hace tiempo, manos a la obra para sumarse, en la medida de sus posibilidades, al general homenaje que se le tribute durante los próximos doce meses: Lebrija, Salamanca, Bolonia, Coca, Zalamea de la Serena, Villanueva de la Serena, Brozas, Sevilla, Medina del Campo, Logroño y Alcalá de Henares. Creo que son, en total, dieciocho. A ver cómo se las imagina Asturias para subirse al carro al que ya han sabido engancharse varios países hispanoamericanos.

Me atrevería a sugerir el que, a lo largo de 2022, se recordase lo que egregias personalidades literarias asturianas han hecho, continuando la labor de Nebrija, en favor de la Lengua desde la Real Academia Española. Sin embargo, después de haber visto el que a la madrileña plaza de Vázquez de Mella, académico, natural de Cangas de Onís, se le retirase el nombre, en el fatigoso quita y pon actual de placas denominativas, sin que nadie, en el Ayuntamiento cangués, ni en el Gobierno ni en las instituciones culturales del Principado de Asturias, ni en la Docta Casa de la calle Felipe IV de Madrid, mostrase en público un adarme de disconformidad con la medida, sólo cabe ser escéptico ante la posibilidad de que nadie secunde la idea.

Me parece que los académicos oriundos de nuestra región han sido veinte: Juan de Villademoros Rico y Castrillón, Pedro Rodríguez Campomanes y Pérez de Sorriba, Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez, Francisco Javier Martínez Marina, Juan Pérez Villamil y de Paredes, Jerónimo de la Escosura y López de Porto, Pedro José Pidal y Carniado, José Caveda y Nava, Ramón de Campoamor y Campoosorio, Zeferino González y Díaz-Tuñón, Emilio Cotarelo y Mori, Juan Vázquez de Mella y Fanjul, Armando Palacio Valdés, Ramón Pérez de Ayala y Fernández, Carlos Bousoño Prieto, José García Nieto, Víctor García de la Concha, Ángel González Muñiz, Margarita Salas Falgueras y Salvador Gutiérrez Ordóñez.

A ver si la diócesis ovetense, en cambio, se anima y hace algo. Para empezar, rebuscando en el fondo de “Libros viejos y raros” de la biblioteca del Seminario Metropolitano. Y luego dando valor a las aportaciones lingüísticas de los académicos eclesiásticos asturianos: el cura Juan de Villademoros Rico y Castrillón, que fue uno de los fundadores de la Real Academia Española; el canónigo, e historiador del Derecho, Francisco Javier Martínez Marina; y el cardenal dominico fray Zeferino González y Díaz-Tuñón.

Si se toma como referencia el dato de que el académico hubiese recibido en sus años jóvenes la tonsura eclesiástica, la lista de nombres asociados formalmente a la Iglesia se amplía. Pero es que, además, volviendo a Nebrija, éste estudió en Salamanca, cursó Teología en el Real Colegio de España en Bolonia, y, bajo el protectorado del cardenal Cisneros, en Alcalá de Henares, colaboró en la magna obra de la “Biblia políglota complutense”, dejando patente, una vez más, que la Lengua, la Cultura, la Biblia y la Teología son, juntas, además de necesarias colaboradoras, hermosa epifanía de la Palabra única, de la que toda realidad existente proviene y en la que halla su plenitud.