miércoles, 18 de septiembre de 2019

Los últimos auxilios. Por Mn. Francesc M. Espinar Comas

(Germinans Germinabit) 
La vida, es cierto, por todas las descaradas absurdidades pequeñas y grandes de las que está llena, tiene el inestimable privilegio de prescindir de aquella estúpida verosimilitud a la que el arte siente el deber de obedecer. 

Las absurdidades de la vida no tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderas. Justo al contrario de aquellas del arte que deben ser creíbles. Y una vez creíbles parece que ya no son absurdas. Un caso de la vida puede ser absurdo; una obra de arte, si es obra de arte, no. 

Pero bueno, vayamos a la vida real y al absurdo episodio veraniego acontecido a principios del mes de agosto. Una señora que llamaré Rosario (no por veleidad artística, sino por respeto a la familia) advierte próximo el fin de este exilio terreno. Tiene 96 años, viuda hace 20, y enferma sobre todo de aquella enfermedad crónica que se llama vejez, con achaques, catarro y golpecitos de tos. Desde hace meses ya no se levanta de la cama. Rosario es una mujer devota, es una católica a la vieja usanza. Cada domingo, una religiosa le lleva a casa la Comunión. Esta vez, sin embargo, pide a los parientes poder ver al sacerdote. Quiero con precisión un sacerdote.

La petición se activa rápido. El párroco de la parroquia del barrio no responde al teléfono. No está disponible, está fuera de cobertura o con el teléfono apagado. No está, está fuera. El chismoso de la parroquia les dice que esté en Cuba. ¿De vacaciones? No, les dice, de ejercicios espirituales. Obvio: Varadero es un lugar universalmente conocido como una de las localidades más famosas para hacer retiros contemplativos, meditaciones ascéticas y momentos de oración. De todas maneras está el vicario. Que venga él, es lo mismo.

El día después llega el susodicho a casa de Rosario. Llega por la tarde, con mucha calma, sin Santos Oleos y sin píxide ni Hostia Santa. Camisa hawaiana por fuera arremangada, zapatillas deportivas con el cocodrilo de Lacoste calzadas sin calcetines ni escarpines. Se sienta en el cabezal de la mujer, en un taburete cerca de la mesita de noche, con las piernas estiradas, pose distendida. Se detiene justo 12 minutos, justo el tiempo banal para una frasecilla de circunstancia, repitiendo: "Verá, se recuperará pronto" (¿se recuperará pronto?). 

Por no decir nada ni le habla de Jesús o de los Novísimos, del Más Allá o de la Vida eterna (no sea dicho), ni siquiera una Señal de la Cruz o darle una bendición o recitar una oración. Por no preguntar no le pregunta siquiera si desea confesarse o comulgar ("tenía que pedírmelo ella", se justificará más tarde) y en cuanto a la extremaunción... "la extremaunción ya no existe, sonaba mal, era un ritual oscuro, terrorífico y difícil de asumir, les dice. Ahora está la Unción de los Enfermos que celebramos una vez al año en la iglesia, en la comunidad, para todos los ancianos y enfermos de la parroquia que quieren participar". Amén, muchas gracias, adiós (pero no).

Y como no podía ser de otra manera, pues la señora Rosario era inflexible: insiste en querer absolutamente otro sacerdote, que sea un sacerdote, "un verdadero sacerdote" afirma. Esto demuestra cuán perfectamente inútil es el clero modernista, incluso en el momento del rescate espiritual extremo. Esa misma tarde, le toca al vicario moverse para encontrar otro sacerdote de pies a cabeza; como Dios manda, vaya. Y llama a un anciano sacerdote más que jubilado que reside en casa de su también anciana hermana. No se hace rogar, se mueve y llega apurado con su vieja pero siempre hermosa sotana, llevando todas las herramientas del oficio, toda la parafernalia del estuche. Breve pero intensa confesión, comunión con la partícula descansando en la lengua con cuidados de enfermería, una parte del rosario recitado junto con toda la familia a la que hace entrar en la habitación, repitiendo varias veces esa invocación apropiada, a la Madre de Dios: "ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Finalmente satisfecha, Rosario, al amanecer y durante el sueño, entrega su alma en paz a Dios. Reconfortada con los últimos auxilios, como decíamos antes y que sigue resultando agradable decirlo incluso hoy. Su rostro era sereno y en sus labios la insinuación de una sonrisa.

Del Oficio del Día

Que nadie busque su interés, sino el de Jesucristo. (San Agustín).
Sermón sobre los pastores 46,6-7

Ya que hemos hablado de lo que quiere decir beberse la leche, veamos ahora lo que significa cubrirse con su lana. El que ofrece la leche ofrece el sustento, y el que ofrece la lana ofrece el honor. Éstas son las dos cosas que esperan del pueblo los que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: la satisfacción de sus necesidades con holgura y el favor del honor y la gloria.

Desde luego, el vestido se entiende aquí como signo de honor, porque cubre la desnudez. Un hombre es un ser débil. Y, el que os preside, ¿qué es sino lo mismo que vosotros? Tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se levanta; ha nacido y tendrá que morir. De manera que, si consideras lo que es en sí mismo, no es más que un hombre. Pero tú, al rodearle de honores, haces como si cubrieras lo que es de por sí bien débil.

Ved qué vestidura de esta índole había recibido el mismo Pablo del buen pueblo de Dios, cuando decía: Me recibisteis como a un mensajero de Dios. Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. Pero, habiéndosele tributado semejante honor, ¿acaso se mostró complaciente con los que andaban equivocados, como si temiera que se lo negaran y le retiraran sus alabanzas si los acusaba? De haberlo hecho así, se hubiera contado entre los que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas. En ese caso, estaría diciendo para sí: «¿A mí qué me importa? Que haga cada uno lo que quiera; mi sustento está a salvo, lo mismo que mi honor: tengo suficiente leche y lana; que cada uno tire por donde pueda». ¿Con que para ti todo está bien, si cada uno tira por donde puede? No seré yo quien te dé responsabilidad alguna, no eres más que uno de tantos. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Por eso, el mismo Apóstol, al recordarles la manera que tuvieron de portarse con él, y para no dar la impresión de que se olvidaba de los honores que le habían tributado, les aseguraba que lo habían recibido como si fuera un mensajero de Dios y que, si hubiera sido ello posible, se habrían sacado los ojos para ofrecérselos a él. A pesar de lo cual, se acercó a la oveja enferma, a la oveja corrompida, para cauterizar su herida, no para ser complaciente con su corrupción. ¿Y ahora me he convertido en enemigo vuestro por ser sincero con vosotros? De modo que aceptó la leche de las ovejas y se vistió con su lana, pero no las descuidó. Porque no buscaba su interés, sino el de Jesucristo.

R/. Si te toca presidir, no presumas, sé como los demás y ocúpate de ellos.
V/. Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
R/. Sé como los demás y ocúpate de ellos.

Oración:
Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios

martes, 17 de septiembre de 2019

Ya estamos en horario de Invierno


Homilía envío de catequistas y agentes de pastoral al comienzo del curso pastoral 2019-2020

Hoy es una fiesta universal de toda la Iglesia que aquí en la Catedral de Oviedo, tiene una especial connotación. La fiesta es la exaltación de la santa Cruz, que es como decir contradiciendo nuestro refranero: no es mencionar la horca en la casa del ahorcado, sino mirar un instrumento del máximo suplicio, el más humillante y encarnizado, como un dulce recuerdo del pago amoroso de quien así con la entrega de su propia vida pagó para que mi libertad y felicidad fueran salvadas, para que con esa cruz el cielo cerrado se volviese a abrir para siempre eternamente.

Aquí en Oviedo, hoy comienza una novena que concluirá en el día de San Mateo, y que se denomina como la puerta que en algún año jubilar ha servido como puerta de entrada a la misericordia que sólo Dios puede conceder: la Perdonanza. Una expresión preciosa que indica que sea cual sea el derrotero de mi confusión distraída, de mis aventuras pródigas como camino a ninguna parte, de mis ingratitudes y pecados, al final no queda mi débil fragilidad que me hace lento, cansino, aburrido y desesperanzado, sino que al final queda siempre una última palabra que Dios se quiere reservar: a pesar de todo yo te quiero, por ti he pagado el precio que vale más que la vida, por ti espero a que puedas regresar, mi palabra última se llama misericordia y su puerta es la perdonanza.

Es este día hemos querido tener este encuentro como Iglesia diocesana. Tantas instituciones y realidades tienen siempre un punto de partida, un momento de recomienzo: las clases escolares, las sesiones políticas de los parlamentos, las competiciones deportivas, las temporadas musicales, los certámenes culturales… También los cristianos damos comienzo al curso pastoral. Podemos hacerlo tan discretamente que ni siquiera parezca que acabamos de empezar. Pero hemos preferido hacerlo así, de un modo familiar y eclesial, teniendo todavía reciente la mirada de nuestra madre la Santina que el pasado día 8 de septiembre celebramos en Covadonga.

Fue en ese lugar, corazón espiritual de nuestra Diócesis, donde al término del curso pasado nos reunimos un nutrido grupo de sacerdotes, religiosos y laicos, para orar y discernir por dónde deberíamos caminar en este curso que ahora comienza, pidiendo con María ese mismo don de que nos reúna en la incesante espera de quien llenará nuestro corazón y nos enviará después, sabedores de nuestros límites, conociendo nuestros desgastes y cansancios, también nuestras pequeñas trampas y tramas que nos hacen lentos y huidizos, comodones e insolidarios, no siempre disponibles de veras para la tarea que el Señor en su Iglesia nos ha encomendado. Y, sin embargo, estuvimos allí, sinceramente, queriendo volver a empezar con la ilusión añeja de alguien que tiene la osadía de fiarse de otro más grande, capaces de volver a nuestro particular Jerusalén y seguir dejando la ciudad llena de alegría cristiana.

Porque también Dios conoce nuestro empeño, y que queremos mirar de frente a los desafíos, poniendo una evangélica creatividad ante los retos pastorales que ahora reclaman el coraje confiado que nos permita dar respuesta a la nueva evangelización siempre inconclusa cuando acercamos a nuestra generación la Buena Noticia. Y esto hace que palpite en nosotros el sano entusiasmo que desde nuestra pequeñez consiente que Dios vuelva a enviarnos poniendo en nuestros labios palabras que dan vida y repartiendo con nuestras manos su gracia liberadora y bendita.

Fue allí en Covadonga donde nos dimos como tarea no sólo unos objetivos sino también un método que se recoge en el plan pastoral para el curso presente que en breve recibirá la Diócesis y, por lo tanto, todos vosotros. En comunión con la Iglesia universal, saludamos en la reciprocidad vocacional el mismo ser de la Iglesia, cuando los pastores con su ministerio, los consagrados con sus carismas y los fieles laicos con su secular profecía, estamos llamados a construir el Reino. Es lo que llamamos sinodalidad, que traduce operativamente lo que el apóstol Pedro decía: “cada uno con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás” (1 Ped 4,10).

Como un trabajo coral y sinodal, hemos visto la necesidad de seguir creciendo en las Unidades Pastorales, tanto en el ámbito rural de nuestros pueblos diseminados por valles, cuencas y costas, como en el ámbito urbano de nuestras villas y ciudades más pobladas. No es un reparto simple del territorio, sino un modo diferente de acompañar a nuestro pueblo cristiano desde esa sinodalidad vocacional antes referida.

Precisamente por la novedad que esto entraña, y para sacudirnos ciertas inercias que se amparan en la costumbre habitual del “siempre se hizo así” inmovilista, o en la pereza del “no nos moverán” de nuestras seguridades, necesitamos esa conversión pastoral a la que el papa Francisco convoca y reclama (cf. Evangelii Gaudium, 25-26), zambulléndonos en la novedad sabrosa de quien se deja sorprender y de quien evangélicamente se deja llevar.

A fin de no repetir lo mismo ni repetirnos nosotros mismos, tenemos la imperiosa necesidad de formarnos con una formación que no simplemente actualice la bibliografía que manejamos, sino la ilusión, el método pastoral y el entusiasmo. Una formación integral que abrace toda la persona: en su inteligencia bíblica y teológica, en su afecto fraterno y en el trabajo catequético de su apostolado. Ahí entramos todos: pastores, consagrados y laicos. Para que esta formación integral sea realmente integradora, deseamos que la oración, la palabra de Dios y la acogida de los sacramentos, siga nutriendo nuestra verdadera espiritualidad con sus ritmos litúrgicos, sus iniciativas espirituales y su calendario. Porque sin esta atención a lo profundo de nuestro encuentro personal y comunitario con Dios, correríamos el riesgo de plantear nuestras programaciones y planes que dibujan los mapas pastorales cada año, tan sólo como una administración de recursos y una estrategia de acción. Antes de proponer nada, hemos de escucharlo en el Corazón de Dios, de ahí la importancia primordial de la oración.

Esas líneas pastorales que encauzarán nuestra labor apostólica en este curso que ahora comienza son el fruto de la comunión fraterna entre los sacerdotes, los consagrados y los laicos, y con generosa disponibilidad trabajamos el arzobispo, los vicarios del consejo episcopal, los arciprestes con los territorios en ellos representados, los delegados episcopales con sus distintas áreas pastorales, los dos seminarios diocesanos. Días de plegaria y fraternidad, de discernimiento y programación, donde Dios nos fue trazando su divina voluntad que con espíritu cristiano buscamos y deseamos abrazar para este momento histórico de nuestra archidiócesis.

En esta mañana vais a recibir aquí en la iglesia madre de nuestra Diócesis, el envío por parte del Obispo diocesano a quienes estáis comprometidos e implicados en la tarea evangelizadora como catequistas, agentes varios de pastoral, profesores de religión. No somos francotiradores, sino discípulos que se saben enviados por la Iglesia consintiendo que Jesús ponga en nuestros pobres labios una Palabra de Vida, y que reparta con nuestras pequeñas manos la gracia que trae la paz, la gracia y la alegría.

Siguiendo una comparación de San Cirilo de Jerusalén, que la gracia del Espíritu es semejante al agua: en el lirio es blanca, en la rosa es roja, azul en la violeta, pero siempre es la misma y única agua que da la vida y la belleza al mundo multiforme: «El agua de la lluvia baja del cielo. Baja siempre del mismo modo y forma, pero produce efectos multiformes. Uno es el efecto producido en la palmera, otro en la vid y así sucesivamente, aunque sea siempre de una única naturaleza y no pudiendo ser diversa de si misma. La lluvia en efecto, no baja diversa, no se cambia a sí misma, sino que se adapta a las exigencias de los seres que la reciben y se convierte para cada uno de ellos en aquel don providencial del que necesitan. Del mismo modo también el Espíritu Santo aun siendo único y de una sola forma e indivisible, distribuye a cada uno la gracia según quiere» (S. Cirilo de Jerusalen, Catequesis 16 sobre el Espíritu Santo, 1,11-12).

Esta es la certeza de la comunión que nos une: que siendo distintos por tantos motivos, podemos vivir nuestra identidad, nuestro color y tarea particular, dejando que el agua del Espíritu ponga vida a nuestro trabajo haciéndonos comunidad cristiana.

El Señor os bendiga y yo en nombre de toda la Iglesia diocesana os agradezco vuestra preciosa entrega, dando comienzo a la andadura como discípulos a un año pastoral que ahora comienza. Que con nuestra querida Madre la Santina, nos pongamos a la escucha del Espíritu que incesantemente nos llega, mientras pedimos al buen Dios que no deje de sostener nuestra entrega que busca su gloria y el servicio a los hermanos, llenando de este modo este mundo, esta sociedad, esta ciudad, de la verdadera alegría.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M. San Salvador de Oviedo
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14 septiembre de 2019

lunes, 16 de septiembre de 2019

Y las Teresianas dejaron atrás sus raíces. Por Rodrigo Huerta Migoya

Ya no hay presencia de la Institución Teresiana en el Real Sitio -Santuario de Covadonga-; se han ido, han volado del nido más preciado y querido por su fundador.

Nadie se esperaba ver esto, pues aunque es evidente que las Teresianas de San Pedro Poveda también están padeciendo la crisis vocacional, todo el mundo imaginaba que la casa de Covadonga sería la última en cerrar sus puertas.

Más que Madrid o los Negrales, Málaga o Santander, que Córdoba o Valencia, Bilbao o Sevilla; que Jaén o Mallorca, León o Pozuelo de Alarcón; que Alicante o Teruel, Burgos o Barcelona; que Irlanda, los cinco colegios de Asia, los trece de América o los dos de África... por delante de todo ello está Covadonga por haber sido el amor primero de la Institución, su cuna y lugar predilecto en relación con los designios del fundador. No me atrevo a decir que Covadonga esté incluso por delante de Guadix, de su sepulcro en Madrid o de su pueblo natal de Linares; pero, sin duda, la cueva de Covadonga era el corazón y génesis de la Institución Teresiana, la cual ya no está aquí presente más que los días de su "voto teresiano".

Ningún instituto religioso podrá dar pasos mirando al futuro si "olvida" su pasado, y, en la marcha de las teresianas de Covadonga, estoy convencido de que San Pedro Poveda lo habría desaprobado. No era cualquiera su presencia en este Santuario cuando tenía, nada menos, que el privilegio de ser las "camareras" de la Santina; las que cuidaban las vestiduras de Nuestra Señora, las que apoyaban a la Escolanía en sus deberes, las que colaboraban en la vida litúrgico-pastoral del Santuario, las que acogían a los peregrinos y a los voluntarios del Grupo de Acogida... en definitiva, las Teresianas eran un importante puntal histórico; eran pasado y presente en Covadonga. Ojalá cambien los vientos y las hijas de San Pedro Poveda puedan volver a la raíz de sus raíces, a donde nacieron.

Como colofón, quiero dejar cuatro fragmentos de una carta de San Pedro Poveda escrita en Madrid en 1928 donde describe claramente la unión "inseparable" que él deseaba entre la Institución y el Santuario de Covadonga: 


¡Cuán grande es el regalo que la Santísima Virgen hace a la Institución Teresiana y cómo ha de corresponder la Institución a tan señalado favor!. Confieso ingenuamente que para mí este favor de nuestra Señora excede a cuanto pueda expresar de palabra y por escrito. Covadonga es para la Institución algo singular, único, y para mí algo más singular y único. La santa Cueva será siempre la verdadera cuna de nuestra amadísima Obra. Ante la imagen de la Santina se oró, se proyectó, se vio, por decirlo así, el desarrollo de la Obra (…)



De cómo se venera y se ama a la Virgen de Covadonga no hay necesidad de ponderarlo. Es un amor que se traduce en todas las manifestaciones de la vida teresiana. Después de todo lo dicho ¿podremos asegurar que es un gran regalo para la Institución el tener casa en Covadonga? Y si a lo expuesto se añaden las dificultades que ofreció siempre y a todo el que lo intentó entrar en aquel recinto, tendremos que reconocer como favor extraordinario el que nos otorga la Santísima Virgen llevándonos al lado de la santa Cueva. ¡Y cómo ha dispuesto nuestra Reina y Señora todo lo más conveniente para que en breve la Institución viva en su verdadera casa solariega! (...) 



Iremos, Dios mediante, a Covadonga muy pronto, y vamos persuadidos de que nos lleva la Santísima Virgen. ¿Sabremos corresponder a. fineza tan extraordinaria ?. Comencemos por agradecer y, aparte lo que cada cual diga a nuestra Señora, en todas las casas deberá tenerse noticia del día que comiencen las obras, de los viajes de los superiores, de la inauguración, etc., y deberá ser la casa de Oviedo la que comunique todas estas noticias, a fin de que en los Internados se dé públicamente gracias a la Virgen Santísima y se celebre todo cuanto se relacione con la casa de Covadonga, para, de esta manera, hacer que arraigue la devoción a la casa de la Santina.(...)



En otra ocasión haré, con el favor de Dios, un programa o reglamento para la nueva casa, y diré a todas lo que yo entiendo que debe ser y, además, cómo han de vivir y en qué se han de ocupar las teresianas que residan en Covadonga. 


Por hoy hago punto y os envío una bendición dejándoos en el Corazón divino.



NOTA:

Con motivo de la publicación de este artículo, pese a ser un hecho objetivo y evidente que la Institución Teresiana no está físicamente presente en Covadonga desde hace muchos meses de forma permanente (sólo puntualmente -días concretos- como refiere el propio artículo), que su oficio de camareras de la Virgen ha sido asumido por las Hermanas Carmelitas del Espíritu Santo, incluso algunas fuentes -antes de la publicación del artículo- nos confirmaron que "La Casina" (lugar de residencia habitual de la Institución) podría convertirse en museo; ayer, (19-09-2019) una llamada telefónica al responsable de este "Blog" por parte de una "Señorita Teresiana" residente en Oviedo que dijo hablar en nombre de la Institución -desconocemos cargo o responsabilidad-  nos manifestó que el motivo de la ausencia tan prolongada se debe a "unas obras y permisos para éstas en La Casina que están durando mucho, pero que no tienen pensado dejar atrás su presencia física y permanente en Covadonga".
Sea por "las obras", o porque el artículo interpelase algunas conciencias, como Iglesia agradecemos la llamada explicativa a la que nos referimos y deseamos de corazón que sean una realidad permanente los deseos y motivaciones de San Pedro Poveda.

Bernardito Auza, nuevo nuncio del Vaticano en España

(ABC) El hasta ahora observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, Bernardito Auza, ha sido nombrado nuevo embajador del Vaticano en España, según han confirmado fuentes del Ministerio de Exteriores.

El Consejo de Ministros dio este viernes su aprobación para autorizar el nombramiento de Bernardito Auza, de 60 años y origen filipino, como nuevo embajador de la Santa Sede en Madrid.

Aunque el proceso ha seguido los cauces habituales a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, según ha informado la revista Vida Nueva, el relevo en la Nunciatura madrileña se ha llevado a cabo «en un tiempo exprés» dada la coyuntura actual, teniendo en cuenta que apenas han transcurrido dos meses desde que el anterior nuncio, Renzo Fratini, hiciera efectiva su jubilación el pasado 2 de julio.

Por un lado, el Papa Francisco y Secretaría de Estado han llevado a cabo el proceso de elección con «cierta celeridad» y, por otro, el Gobierno ha respondido a la propuesta realizada por Roma «con rapidez» pese a estar en funciones.Auza fue ordenado sacerdorte en 1985 y un año después comenzó su actividad pastoral en la localidad filipina de Talibon. Entró en el servicio diplomática de la Santa Sede en 1990 y sirvió en la Nunciatura Apostólica en Madagascar, en Bulgaria y luego en Albania. Es también arzobispo de Suacia y se ha desempeñado como nuncio apostólico en Haití, a donde fue enviado en 2008.

Fue nombrado observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Nueva York el 1 de julio de 2014 y observador permanente de la Santa Sede ante la Organización de los Estados Americanos el 16 de julio de 2014.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Evangelio Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-32):

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:

“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:

“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.

Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:

«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor