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martes, 8 de septiembre de 2026

Nuestra Señora de Covadonga en su Natividad. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy el calendario de la Iglesia se viste de gala para celebrar la Natividad de la Santísima Virgen María, el bendito nacimiento de aquella que traería la Luz al mundo. Pero este día 8 de Septiembre, nuestro corazón se traslada también espiritualmente de forma especial hasta los pies de los Picos de Europa. Nos unimos al latido de todo un pueblo para celebrar la Solemnidad de Nuestra Señora de Covadonga; nuestra querida «Santina», la "reina de nuestra montaña". Qué hermoso es comprobar cómo la liturgia entrelaza el nacimiento universal de María con su manifestación en una pequeña cueva de la montaña asturiana. Celebrar la Natividad de María es celebrar el amanecer de la salvación; celebrar a la Virgen de Covadonga es dar gracias a Dios porque ese amanecer se convirtió en refugio, fortaleza y hogar para todos nosotros en los momentos de mayor dificultad.

El evangelio que contemplamos en esta fiesta nos recuerda que la historia de la salvación no está hecha de casualidades, sino de la fiel providencia de Dios. El nacimiento de una niña sencilla en un pueblo casi olvidado de Judea, fue el acontecimiento que cambió la historia humana para siempre. María nace limpia de pecado; hermosa, pequeña a los ojos del mundo, pero inmensa a los ojos de Dios. Ella es la aurora que anuncia la llegada del Sol de Justicia, que es Jesucristo. Al celebrar hoy su cumpleaños, la Iglesia se llena de esperanza. Dios nunca nos abandona; en los tiempos de mayor oscuridad, el Señor hace florecer la vida. María nos enseña que los planes más grandes de Dios comienzan siempre en la humildad, en lo cotidiano y en el silencio de un corazón dispuesto a decir: "Hágase en mí según tu palabra".

Esa misma jovencita de Nazaret, siglos más tarde, se hizo presente en la memoria, la fe y la historia de un pueblo que se debatía en la dificultad. Covadonga no es sólo un hermoso paisaje de piedra y agua entre verdes montañas; es un altar esculpido por la naturaleza donde Dios quiso ponernos una Madre. La tradición nos recuerda cómo la intervención de la Virgen junto a Don Pelayo devolvió la esperanza a una comunidad que lo daba todo por perdido. Pero Covadonga no empezó únicamente en una batalla, la Cueva ya era casa de la María mucho antes. Y Pelayo y sus soldados cristianos no fueron a aquel lugar por estrategia militar solamente, fueron a los pies de la que es Auxilio de todo creyente. Y Ella intercedió ante su Hijo para que lo que parecía imposible se hiciera posible, para que esta Península en la que ya apenas quedaban cruces en toda su geografía volviera a ser tierra de Jesucristo y, por ende, de María. Pero el milagro de Covadonga no se quedó atrapado en el siglo VIII. El verdadero milagro de la Santa Cueva se repite cada vez que un peregrino sube cansado y agobiado por los problemas de la vida, por las cruces de la enfermedad, de la falta de trabajo o de la soledad, de los problemas familiares o económicos, que al mirar a la cara y ver los ojos de la Santina encuentran paz... La cueva de Covadonga representa el corazón materno de María, un refugio donde siempre hay sitio, donde no se nos juzga, donde se curan las heridas del alma y se abre paso la esperanza, donde las rocas de nuestras dificultades se transforman en fortalezas gracias a la fe.

La Palabra de Dios y la mirada de la Virgen nos hacen hoy una invitación directa: no podemos salir de esta celebración siendo los mismos. El pasaje de la Visitación nos muestra a una María presurosa que no se queda mirándose a sí misma, sino que sale al encuentro de su prima Isabel para servirle y llevarle la alegría de Cristo. Celebrar en una la Natividad de la Virgen y la Solemnidad de Covadonga nos compromete a imitarla. La Santina nos pide hoy que bajemos de la montaña y nos convirtamos en portadores de esperanza en nuestros hogares, en nuestros trabajos y en nuestra sociedad. En un mundo tantas veces herido por la crispación, la división y el individualismo, los cristianos estamos llamados a ser constructores de puentes, artesanos de paz y sembradores de fraternidad. Subir a Covadonga o mirar a la Virgen en su día es pedirle el milagro que tanto necesitamos: que transforme nuestros corazones de piedra —duros ante el sufrimiento ajeno— en corazones de carne capaces de amar, acoger y perdonar.

Al celebrar el nacimiento de nuestra Madre del Cielo, le presentamos nuestras vidas, nuestras familias, nuestras alegrías y nuestras preocupaciones. Rezamos hoy especialmente por el pueblo asturiano, por España entera y por tantos peregrinos que encuentran en ella su estrella y guía. Acudamos a María con la confianza de hijos pequeños. Que en cada tempestad de nuestra existencia sepamos mirar a la Cueva de la esperanza, a la Cova donga (cueva de la Señora). Terminemos nuestra plegaria diciéndole con todo el cariño de nuestra alma: Felicidades, Madre Santa, en el día de tu Natividad. Cuídanos siempre, Santina de Covadonga, y llévanos de la mano hacia tu Hijo Jesús.

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