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domingo, 21 de junio de 2026

La brisa Prevost. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan desde los tambores de guerra internacionalmente y desde la saturación de corrupción política con las gobernanzas mendaces, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, todas las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan han puesto en evidencia la orfandad de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos. Ha sido la vivencia de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.

El estribillo constante ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de cavar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente.

Aunque es cierto que hubo tentativos de utilizar la visita papal como distracción por parte de algunos políticos aprovechando el tirón del Santo Padre para salir en la foto o deslizar sus fijaciones, quedó totalmente eclipsado el intento ante la evidencia palpable de lo que ha supuesto de grata sorpresa y saludable conmoción. La “brisa Prevost” fue un huracán de esperanza que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad, a abrazar humildemente la bondad y a no censurar la belleza que nos dilata alzando la mirada.

Ha sido ejemplar y especialmente generosa la actuación de la Guardia Civil, la Policía Nacional y las Policías Locales, con una amabilidad que por doquier se derrochaba. Cuando los obispos les agradecíamos a todos ellos la impagable labor que estaban realizando poniendo orden, coordinación y seguridad en unos eventos tan masivos, ellos declinaban cortésmente nuestra gratitud diciéndonos que lo hacían con sumo gusto y también ellos agradecidos por poder ayudarnos a todos. Y han sido cientos y cientos de pequeñas criaturas que le acercaban al papa para que les bendijese. Impresionaba como se ponía delante de ellos, los miraba y sonreía sin prisa, y luego les bendecía en sus frentes. Qué hermosa parábola del evangelio de la vida, cuando la infecundidad de tantas ideologías nos impone su fracaso estéril y vacío.

Ha sido una visita recíproca: el papa León XIV a España y nuestro pueblo fiel ha visitado también al Santo Padre. Así, emocionado nos dejaba esta despedida cariñosa: «Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España. Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: ¡Alzad la mirada!... ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!».

Regresa el papa a su sede romana, nosotros quedamos aquí en nuestras encrucijadas. Tal y como decía el Santo Padre a un pequeño grupo de obispos ya en el aeropuerto: ahora nos toca a nosotros acompañar a los hermanos fructificando y profundizando lo mucho recibido en estos días verdaderamente intensos. Y es lo que pedimos al Buen Dios y a nuestra Madre la Virgen María, que sepamos entender cuanto se nos ha dicho y que hagamos con ello un precioso camino de bienaventuranza, y alzando la mirada, se llenen nuestras ciudades de alegría y nuestras comunidades cristianas de la esperanza que nunca defrauda.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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