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domingo, 10 de mayo de 2026

"Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Queridos hermanos, en el día de San Juan de Ávila, Patrono del clero español, la liturgia y las lecturas de este VI domingo de Pascua nos preparan directamente para la gran solemnidad de Pentecostés y la Ascensión del Señor. La Palabra de Dios hoy nos invita a pasar de la presencia física de Jesús a su presencia mística y sacramental a través del Espíritu Santo, revelando cómo la Iglesia primitiva expandió sus fronteras gracias a la fuerza del Paráclito. En este Domingo celebra también la Iglesia la Pascua del Enfermo, una jornada que nos invita a mirar el sufrimiento humano con los ojos del Resucitado. En la noche oscura del dolor, de la cama de hospital o del fatídico diagnóstico inesperado, el Espíritu Santo actúa como el Consolador divino. Dios no es indiferente al sufrimiento humano; en Cristo, Él ha padecido primero. Los cristianos siempre hemos cuidado con mimo esta realidad, conscientes de que todo bien que se haga a un enfermo es el rostro visible, las manos y las caricias de ese Dios que cuida y no abandona.

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos sitúa en un contexto de dispersión. La persecución en Jerusalén, lejos de apagar el fuego de la fe, se convierte en el motor de la misión. Felipe, uno de los siete diáconos, no se recluye en el miedo. Baja a Samaría, una región históricamente enemistada y menospreciada por los judíos, para predicar a Cristo. El Evangelio purifica los prejuicios culturales y nacionales. La Palabra también va acompañada de signos. La multitud escucha unánimemente a Felipe porque sus palabras están respaldadas por hechos concretos: liberaciones y curaciones de paralíticos y lisiados. La teología lucana nos muestra que la salvación de Cristo es integral y restaura tanto el alma como el cuerpo. El texto señala que "la ciudad se llenó de alegría". La presencia del Resucitado transforma los entornos de dolor y división en focos de profunda consolación comunitaria. Esta es la experiencia de la alegría pascual. También el pasaje de los Hechos nos muestra cómo va tomando forma la estructura eclesial y la sacramental. Al enterarse los Apóstoles en Jerusalén, envían a Pedro y a Juan; esto fundamenta la unidad de la Iglesia. Mediante la oración y la imposición de las manos, los samaritanos reciben el Espíritu Santo. Este gesto sacramental complementa el bautismo y constituye el origen del sacramento de la Confirmación.

En la epístola, San Pedro escribe a comunidades cristianas que viven la fe en un ambiente hostil, sufriendo incomprensión y marginación por causa de su fidelidad a Cristo. El punto de partida de la apologética cristiana no es un argumento intelectual, sino la centralidad de Cristo en el templo interior del creyente. No basta con decir que uno es cristiano de palabra, hemos de demostrarlo con nuestros hechos, de forma que glorifiquemos a Cristo también con el corazón. El Apóstol exhorta: "Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere". Estamos ante la apología de la fe. El cristiano no puede vivir una fe ciega o muda; debe ser capaz de explicar de manera inteligente, coherente y madura por qué confía en las promesas de Dios. El texto subraya que esta defensa debe hacerse "con mansedumbre y respeto", manteniendo una conciencia limpia. La verdad no se impone por la fuerza ni por la agresividad verbal. El respeto al interlocutor y la coherencia de vida otorgan la verdadera autoridad al mensaje cristiano; el estilo de nuestro testimonio es fundamental. También aborda el Apóstol el misterio del sufrimiento redentor. Nos recuerda que Cristo murió por nuestros pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Sufrir por hacer el bien, siguiendo las huellas de Jesús, es una participación directa en su misterio pascual. El dolor físico o moral es iluminado por la certeza de que el Espíritu devuelve la vida.

El evangelio de este domingo tomado del capítulo 14 de San Juan nos habla de la promesa del Paráclito y la comunión de amor en el discurso de la Última Cena. Jesús estaba preparando las mentes y los corazones de sus discípulos para su inminente partida histórica. Y para ello da algunas premisas y claves. En primer lugar, establece una condición clara: el amor se traduce en fidelidad, por eso afirma "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos". En la teología joánica, el amor no es un sentimiento efímero ni una emoción pasajera, es la adhesión libre de la voluntad a la palabra del Maestro. Después les promete rogar al Padre para que envíe "otro Defensor" (el Paráclito), el Espíritu de la verdad. El término Paráclito significa literalmente "aquel que es llamado al lado de uno", el abogado defensor, consolador y guía en tiempos de prueba. Jesús fue el primer defensor; el Espíritu continúa y actualiza de manera invisible su obra salvífica. Y también les advierte de algo: el rechazo del mundo. El mundo no puede recibir al Espíritu porque se cierra a lo trascendente y prefiere la autosuficiencia. El Espíritu de la verdad sólo es perceptible para quien vive en sintonía con la fe. Nuestro mundo está lleno de personas que creen que sus ideas, sus gustos, sus opiniones, sus versiones... son la verdad, pero ya el Señor el domingo pasado nos dejó claro que sólo Él es la verdad. Y por último, Jesús les/nos tranquiliza: ''No os dejaré huérfanos''. Esta es una de las declaraciones más reconfortantes de Jesucristo. Su partida física da paso a una forma de presencia mucho más íntima y universal. Dios establece su morada permanente en el corazón del discípulo fiel. Necesitamos vivir desde la presencia interna del Espíritu: La mayor seguridad del cristiano radica en que jamás camina sólo. En medio de las dificultades familiares, laborales o de salud, la promesa de Cristo sigue vigente: "Yo vivo y vosotros viviréis".

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