Queridos hermanos, nos encontramos en la "madre de todas las vigilias". Es una noche santa como pocas: la oscuridad es vencida por un fuego nuevo, y el silencio del sepulcro es roto por el grito del "¡Aleluya!". Con la celebración de esta noche estamos llamados a ser "constructores de esperanza", dejando que la luz del Resucitado disipe nuestras tinieblas personales y toque de lleno nuestro corazón. Con la la Liturgia de la Luz hemos visibilizado cómo la luz de Cristo trae la claridad a nuestra noche. Ésta ha sido la primera catequesis de hoy. Comenzamos en la oscuridad, símbolo de un mundo sin Dios, del pecado que nos esclaviza y del miedo que nos paraliza. Pero el Cirio Pascual ha entrado proclamando que Cristo es la Luz. El mensaje del Cirio ha sido un aldabonazo a nuestros temores, pues Cristo es el ayer, el hoy, el principio y el fin. Aunque a veces nos toque caminar por cañadas oscuras, nada tememos, pues Él va con nosotros. Ésta ha de ser en esta solemnidad de la Pascua nuestra respuesta: al encender nuestras velas, no solo iluminamos el templo, sino que nos comprometemos a llevar esa claridad a los rincones oscuros de nuestra vida, de nuestro entorno, de nuestra sociedad: la soledad, la pobreza, el dolor...
No leemos siete lecturas por mero ritualismo, sino porque esta noche estamos recordando quiénes somos. Cada lectura es un paso de Dios hacia nosotros. En el Génesis, con La Creación vemos cómo Dios no hace el mundo por necesidad, sino por desbordamiento de amor. Al decir "Y vio Dios que era bueno", nos recuerda que nuestra esencia no es el pecado, sino la bendición. La Resurrección es la "Nueva Creación", ya que Cristo repara lo que el pecado había roto. El Sacrificio de Abraham es la prueba de la confianza absoluta. Abraham entrega a su hijo, pero Dios se lo devuelve. En la Pascua, el Padre entrega a su propio Hijo, pero no para perderlo, sino para que en su entrega todos recuperemos la filiación. Con El Paso del Mar Rojo en el pasaje del Éxodo nos sumergimos en el corazón de la noche. El pueblo de Israel no se salvó por sus fuerzas, sino porque Dios abrió camino donde solo había muerte, como era el mar. La Pascua es también nuestro Éxodo donde Cristo abre el camino a través de la muerte para que nosotros pasemos a la Vida. Preguntémonos: ¿Cuál es el "Egipto" o la esclavitud de la que Dios me está sacando hoy?... Después los Profetas -Isaías y Ezequiel- nos hablan de la fidelidad de Dios. Aunque el pueblo sea infiel, Dios promete un "corazón nuevo" y un "espíritu nuevo". Así la Resurrección es el cumplimiento de esta promesa: ya no tenemos un corazón de piedra, sino el corazón de Cristo latiendo en nosotros: un corazón de carne. En el Evangelio encontramos a las mujeres que van al sepulcro con "oscuridad en el corazón", cargando y empujando el peso de la piedra. Pero el ángel les da la noticia que cambia la historia: "No está aquí, ha resucitado"... La resurrección es el triunfo de la fidelidad de Jesús al Padre.
Si la Palabra nos cuenta la historia de la humanidad, el Bautismo nos cuenta nuestra propia historia. En la Vigilia Pascual, la fuente bautismal se convierte en el "seno materno" de la Iglesia. El Agua que purifica y da vida. El agua de esta noche es especial, se bendice introduciendo el Cirio Pascual en ella, simbolizando que Cristo (la Luz) fecunda el agua para que nos de hijos de Dios. No es solo agua que limpia el pasado, es agua que riega el futuro. Al renovar nuestras promesas, no hacemos un juramento vacío. Decimos "No" a la cultura de la muerte, al individualismo y al miedo. Es un acto de rebeldía espiritual contra todo lo que nos quita la paz. Luego, con la profesión de fe, cuando digamos "Creo", esta Noche nos proyecta a la eternidad. Creemos en un Dios que no se quedó en la cruz, sino que camina a nuestro lado. Al ser rociados con el agua bendita, recuperamos la dignidad, la blancura original de nuestro bautismo, nuestro recordatorio de que somos propiedad de Dios. El Bautismo nos injerta en el Cuerpo de Cristo. No nos salvamos solos; resucitamos como pueblo, por eso, al ver a los a los nuevos bautizados (si los hay) o al renovar nuestras promesas, recordamos que somos una familia llamada a la esperanza.
La tercera catequesis será la Liturgia Bautismal, nuestra propia Pascua. En esta noche renovamos nuestras promesas bautismales. El bautismo es morir con Cristo para nacer a una vida nueva. El agua que da vida no es un simple rito, es el recordatorio de que somos hijos de Dios. Así como la vestidura blanca es el signo de una vida que acepta ser transformada por la pureza y la gracia. La liturgia utiliza elementos sencillos pero profundos para explicarnos qué sucede en nuestra alma. El Agua, es el elemento fundamental que limpia y da vida. Al bendecir el agua, el sacerdote introduce el Cirio Pascual en la pila, simbolizando que Cristo (la Luz) fecunda el agua para que de ella nazcan nuevos cristianos. La Luz: al encender nuestras velas del Cirio, recordamos que hemos pasado de las tinieblas del pecado a la luz de la gracia. Las Letanías de los Santos: es esa una oración muy importante, pues no caminamos solos; invocamos a toda la Iglesia del cielo para que acompañe a los que van a ser bautizados y a nosotros en nuestra renovación.
La última catequesis ha sido la principal: la liturgia Eucarística. Podría parecernos que es la parte que ya nos conocemos mejor y que menos tiene de especial hoy, pero precisamente es lo que más ha de conmovernos. Desde la tarde del Jueves no habíamos vuelto a celebrar la eucaristía; hemos comulgado; sí, pero sin eucaristía, por eso en la Vigilia Pascual vivimos el momento de la consagración como el encuentro con Aquél que ha muerto y resucitado, con Aquél que vive: es volver de nuevo a la mesa. La Eucaristía es el lugar donde el Resucitado se hace presente en el pan y el vino, donde le reconocemos al partirnos y repartirnos el pan. El ángel dice a las mujeres que Jesús "va por delante a Galilea". Galilea es nuestra vida cotidiana: el trabajo, la familia, la calle... Allí es donde debemos encontrarlo vivo hoy. Somos llamados a vivir como resucitados: la Pascua no es un evento del pasado, es una realidad que debe "germinar" en nosotros. Que la alegría de esta noche no se quede en el templo: Salgamos a anunciar que la muerte no tiene la última palabra, que el pecado ha sido vencido y que, en Cristo, todo puede empezar de nuevo...
¡Feliz Pascua de Resurrección!

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