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miércoles, 18 de marzo de 2026

Don Leandro Vigil Miyar, el Párroco reconstructor de San Félix de Lugones

En la historia de las comunidades, a menudo los nombres más influyentes no son los que más resuenan en las placas conmemorativas y monumentos, sino aquellos que trabajaron en la sombra cuando todo se desmoronaba. Este es el caso de Don Leandro Vigil Miyar, al que hoy recordamos al cumplirse el 83º aniversario de su fallecimiento. La santa misa de este día la aplicamos como cada año en sufragio por su alma.

Vocación forjada en el corazón de Asturias

Nacido en 1867 en Puelles (Villaviciosa), Don Leandro creció a la sombra de un Valdediós entonces herido por la exclaustración. Su camino al altar fue natural: del seminario local a la ordenación en Oviedo en 1892. Antes de llegar a su destino definitivo, fue un "pastor itinerante" que dejó huella en Linares, Sariego, Vibaño y, muy especialmente, en el Coto de San Juan de Arenas.

Un detalle que une su biografía con la historia de Gijón fue su paso como Regente por San Félix de Porceyo, donde entre 1911 y 1914 cuidó de esa feligresía mientras el párroco titular lidiaba con la enfermedad. Tras un productivo regreso a su Villaviciosa natal (Tornón y Celada), el destino —o la providencia— lo llevó en 1923 a Lugones, el lugar donde su fe sería puesta a prueba por el fuego.

El respeto en tiempos de ira

Lo que hace extraordinaria la figura de Don Leandro no es sólo su labor pastoral, sino su calidad humana. Durante la llamada Revolución de Octubre de 1934 y la posterior Guerra Civil, mientras el clero asturiano sufría una persecución feroz, él fue un caso excepcional.

A pesar de que en Lugones existía un campo de concentración donde otros sacerdotes sufrieron martirio, los milicianos locales respetaron a Don Leandro. El pacto fue sencillo: vestir de seglar. Bajo esa apariencia civil, el "cura de Lugones" siguió ejerciendo su ministerio; se dice que los republicanos incluso "hacían la vista gorda" cuando celebraba sacramentos en la clandestinidad. Ese respeto mutuo es el mayor testamento de la bondad que él irradiaba.

De las cenizas al nuevo templo

El final de la guerra dejó un panorama desolador: el antiguo templo románico del siglo XII había sido dinamitado. Don Leandro, ya anciano y con la salud resentida, no se dejó abatir por las ruinas. Con el apoyo del canónigo Eliseo Gallo, emprendió la titánica tarea de levantar el actual templo de San Félix Mártir.

La primera piedra se puso el día de San José de 1939 y, en el tiempo récord de poco más de un año, el nuevo edificio fue consagrado, en junio de 1940. Fue éste su último gran servicio. Don Leandro falleció el 20 de marzo de 1943 dejando tras de sí no solo una iglesia de piedra, sino una comunidad cohesionada que supo mantener unida en los momentos más oscuros de nuestra historia.

Hoy, ocho décadas después, su figura merece ser rescatada del olvido. Don Leandro Vigil Miyar no fue solo un párroco; fue el puente que permitió a Lugones cruzar el abismo de la guerra sin perder su identidad ni su fe.

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