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domingo, 18 de enero de 2026

“ Tras de mí viene uno que está por delante de mí ”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El pasado domingo con la fiesta del Bautismo del Señor dejábamos atrás el hermoso Tiempo de Navidad, que a su vez estuvo precedida por el Adviento. En estos días, San Juan Bautista vuelve a aparecer en escena. En el Adviento le vimos como la voz que clamaba en el desierto, mientras que la semana pasada lo veíamos en el río Jordán en esa teofanía donde los cielos se rasgaban ante el bautismo de Jesús, cuando le sumergió en el agua. La palabra de Dios en este domingo II del Tiempo Ordinario nos invita a sopesar cómo reconocemos al Señor en nuestra vida, y si ese reconocimiento se traduce en cambios de rumbo, giros o necesarias transformaciones para adecuarnos convenientemente a lo que el Señor nos pide. Como ya comentamos el domingo pasado este volver al tiempo litúrgico que llamamos "Ordinario" y que dejaremos el miércoles de ceniza para no volver a retomarlo hasta pasado Pentecostés, supone en esta parte del año cristiano el salto de la infancia de Jesús ya a su vida pública con treinta años. Un fraile dominico ya fallecido afirmaba: ''Es verdad que históricamente nos hubiera gustado saber día a día lo que Jesús pudo hacer y sentir desde su nacimiento. Pero esta es una batalla de curiosidad perdida; también el silencio y el misterio, desde Nazaret hasta que se decide a salir de su pueblo, debe maravillarnos como una posibilidad del proyecto de Dios en el que no ocurre nada extraordinario, porque lo extraordinario es que Dios aprende a ser hombre''. Ahora en este Tiempo Ordinario, profundicemos nosotros cómo podemos ser hombres de Dios. 

Estrenamos en este día la lectura de la carta de San Pablo a los cristianos de Corinto cuyo comienzo hemos proclamado en la segunda lectura, donde el autor nos revela cómo su nueva vida no fue elección suya, sino del Altísimo, por ello afirma sentirse ''llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios''... ¿Y a quién escribe esta carta? Ya sabemos que a los corintios, pero el Apóstol perfila aún más quienes son sus principales destinatarios: ''a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo''. Esta definición nos viene muy bien para interiorizar en estos días que también estamos celebrando la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Y es que el mensaje del evangelio no llega a todos los que deberían llegar, porque con nuestra desunión somos motivo de escándalo. No sólo la separación entre católicos, ortodoxos, protestantes, luteranos... También las divisiones internas que vivimos en las comunidades parroquiales, religiosas o presbiterios. Y aquí no basta escudarse en que el otro es el malo y el culpable, o que por culpa del otro yo ya no practico, creo ni me implico. Si no que por el pecado original partimos de un "mea culpa personal". Si cada uno de nosotros no interioriza lo que en sus palabra, omisiones y obras dificultan la comunión con los demás, o incluso propician la división, seguiremos viviendo todos como la pescadilla que se muerde la cola. Y aquí, San Pablo, nos da la respuesta al problema cuando nos dice que Cristo es ''Señor de ellos y nuestro'''. Es decir; en Cristo todos somos hermanos, pues no ha enseñado a llamar a Dios ''Padre nuestro'': ¿puede haber mayor vínculo de unión que este?. 

La primera lectura del profeta Isaías nos trae ese fragmento del segundo cántico del siervo de Yahvé que vemos cumplido en Jesucristo: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». Es un texto muy profundo que merece la pena leer en paralelo al evangelio de este domingo, tomado del capítulo 1 de San Juan. En primer lugar, quiero traer a colación el pasaje de la Visitación, que tan de cerca nos toca en esta Parroquia. Pensemos en aquel saludo de los dos primos, cada uno en el vientre de su madre, ante este versículo de la profecía que Isaías hoy nos regala: ''Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios''. Sí, sabemos muy bien que eran familia y que Dios tenía para San Juan una misión muy importante como fue la de ser el Precursor. Este domingo vemos cómo Juan indica y revela quién es Jesús al verle: ''Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo''. Dirigirse a Jesucristo como "Cordero" es lo mismo que reconocerle y presentarle a los demás como el sacrificio inocente que que purifica nuestras faltas por su entrega, por la que será su ofrenda y sacrificio: la cruz, meta de la misión que ha iniciado el día mismo del Bautismo. Su muerte no será únicamente un acto de amor, sino además, la ofrenda que nos restaura la dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido. 

Y sigue el Bautista diciendo: ''Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Esto nos puede sonar raro: ¿Cómo nos dice San Juan que Jesús existía antes que él si en el momento de su encarnación Santa Isabel ya estaba en el sexto mes de embarazo?. Muy claro: Juan sabe que Jesús no es solamente un pariente; es consciente de que es el Verbo hecho carne, por eso afirma que es anterior a él. Y continúa San Juan diciendo: ''Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel''. Nuevamente San Juan nos descoloca: ¿Cómo no iba a conocer a su primo, si ya antes de nacer le reconoció en el vientre de su madre saltando de alegría?... A lo que ahora se refiere es que conocía a Jesús el hijo de María; sí, pero no había descubierto aún la profundidad que se escondía en Jesús. A veces ocurre esto, hay personas que se quedan tan sólo en el Jesús histórico, aceptan que fue un personaje, que influyó en la historia, que existió realmente. Pero los creyentes no podemos quedarnos sólo ahí: sin el dogma cristológico viviremos una visión de Jesucristo que nos parecerá bonita, profunda o comprometida, pero nos quedaremos muy lejos de descubrir al verdadero Cristo que la Iglesia nos invita a conocer en profundidad y con proyección trascendente. Jesús no es un simple obrero, ni únicamente un personaje inspirador. Estamos hablando, como dice el credo de Nicea, del ''Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero''. También hoy se siguen dando personas que sin saberlo viven instaladas en la herejía arriana, o adopcionista, incluso clérigos o religiosos que se consideran teólogos. No construyamos un Jesús a nuestra medida, ni nos dejemos engañar por los falsos profetas de nuestro tiempo que nos "venden" a un Jesús sin Jesucristo. 

La postura del propio Bautista es hoy digna de ser ensalzada: cumple su misión, pregona, predica, y nos señala con sus dedo quién es el Salvador. Juan se quita todo protagonismo, pues quiere dárselo todo a quien realmente lo tiene: Jesucristo. A esto estamos llamados también todos los bautizados: a servir antes que ser servidos, a hacer las cosas no buscando aplausos, réditos o ascensos, sino a ser cooperadores sencillos para que el mundo sepa quién es el Cordero de Dios. La mejor respuesta a lo que Dios nos pide nos la ofrece el salmo 39 que también hoy hemos proclamado: ''Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad''...

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